El tiroteo desde dentro: “Se oyeron cinco sonidos secos, no eran bandejas cayendo sino disparos”
Una corresponsal de EL PAÍS presente en la cena en la que Trump resultó evacuado narra lo ocurrido


Todo sucedió muy despacio y muy deprisa al mismo tiempo. Todo era muy normal en un momento, y se volvió surrealista en el siguiente. Acababa de empezar la cena anual de corresponsales de la Casa Blanca en la sala de baile del hotel Hilton de Washington. Los más de 2.200 comensales terminábamos el primer plato, una ensalada de burrata y guisantes frescos, y charlábamos, emperifollados en nuestros vestidos largos de gala nosotras, en esmoquín y pajarita ellos, en cientos de conversaciones amables o socarronas —“encantado de conocerle”, “es la primera vez que viene a esta cena?”, “¿apostamos cuántas veces Donald Trump utilizará algunas de sus frases habituales?“—. Desde una de las puertas se oyó una serie de sonidos secos.
No eran, como pensé —como pensó también Donald Trump—, los ruidos de un camarero bisoño tropezando con un carrito de bandejas. Eran disparos. Los que sonaron en un control de seguridad en el vestíbulo, cuando un maestro de California de 31 años, identificado como Cole Allen, se aproximó, pertrechado con cuchillos y armas de fuego. Todos al suelo.
Cualquier duda al respecto terminó de disiparla la carrera inmediata de agentes del Servicio Secreto, con la mano en la pistolera unos, con el rifle desenfundado otros, saliendo aparentemente de la nada (en realidad, de la antesala por la que apenas unos minutos antes habíamos accedido los invitados a nuestras mesas) y corriendo en fila india hacia la mesa presidencial en la que se encontraban Donald Trump y el vicepresidente, J.D. Vance, para interponerse ante posibles nuevos disparos y evacuarlos a toda prisa.

A partir de ese momento, la normalidad de la cena de corresponsales se transformó en una especie de película a cámara muy lenta. “¡Al suelo!" gritaba alguien. Periodistas e invitados, el Gobierno estadounidense en pleno, líderes del congreso, legisladores —el todo Washington—, lentejuelas y pajaritas se hermanaban refugiados debajo de las mesas.
No tuve, reconozco, esa capacidad de reacción en una décima de segundo. Pese a haber vivido en Estados Unidos una cuarta parte de mi vida y cubierto la Casa Blanca de cuatro presidentes —George W Bush, Barack Obama, Joe Biden y Donald Trump— no tengo la experiencia que sí acumula un ciudadano estadounidense cualquiera de ensayos sobre cómo comportarse en caso de tiroteo. No pensé en que un tirador podría entrar en la sala y lanzarse a tiros.
Mi reacción, consecuencia de la ignorancia y de una deformación profesional de décadas, fue quedarme sentada para observar todos los detalles posibles, mientras agarraba el móvil para intentar comunicarme con el periódico y contar la noticia que se estaba desarrollando ante mis ojos: un aparente intento de magnicidio.
Los intentos de llamar fueron inútiles. La sala de baile del Hilton, la mayor de todo Washington y que se selecciona siempre para la cena de corresponsales por ese motivo, está en un sótano. De por sí, la cobertura suele ser deficiente. En esta ocasión había desaparecido.
El Servicio Secreto se llevó en volandas a Vance. A rastras a Trump, que tropezó y cayó —“¿le han dado? ¿le han dado? No, nadie grita, eso es que está bien“—. Otros ocupantes de la mesa presidencial abandonaban la sala a gatas. “We are getting out of here! Fuck this!” (“¡Nos vamos! ¡Que le den a esto!)“, exclamaba alguien. Poco a poco, los corresponsales comenzaron a emerger de sus refugios bajo los manteles, entre imprecaciones por la falta de cobertura y recolección de notas sobre lo que estaba ocurriendo. ”¡Viva Estados Unidos!“, gritó un hombre: Dan Scavino, jefe adjunto de gabinete de la Casa Blanca, se supo después.
Nadie sabía gran cosa. Un rumor aseguraba que el atacante había sido abatido y su cuerpo se encontraba allí, en la antesala, detrás de las puertas que el Servicio Secreto había cerrado a su paso. Otro rumor, que resultó correcto, sostenía que no, que un hombre había sido detenido cuando intentaba acercarse a la sala.
En la confusión, algunos invitados lloraban. Otros necesitaban ayuda para levantarse, incapaces de moverse por la ansiedad. Legisladores y miembros del Gobierno salieron a toda prisa, por decisión propia o la de sus escoltas.
La presidenta de la asociación de corresponsales de la Casa Blanca (WHCA por sus siglas en inglés, la organizadora de la cena), Weijia Jiang, de la cadena de televisión CBS, comunicó desde el podio que se aguardase unos minutos, que se evaluaba si la cena fuera a proseguir. Una comunicación que sonaba incoherente. No había ánimo, ni apenas quórum, para continuar con el programa previsto: un menú de solomillo, langosta y dulces variados, y la actuación de un adivino. Al poco, Jiang regresó para confirmar que, efectivamente, el evento se cancelaba.
Trump envió un mensaje por redes sociales y convocó una rueda de prensa en la Casa Blanca, mientras prometía que la cancelación no era tal, solo un aplazamiento; en menos de 30 días se repetirá la cena: “Vaya noche en Washington. El servicio secreto y las fuerzas del orden han hecho un trabajo fantástico. Han actuado de manera decisiva y valiente. El tirador ha sido capturado y he recomendado que SIGA LA FIESTA, pero dependerá de las fuerzas del orden. Ellos tomarán una decisión pronto”, escribió casi de inmediato el presidente estadounidense en un mensaje en Truth, su red social. “Con independencia de la decisión que tomen, esta velada será muy diferente de lo planeado, y simplemente tendremos que organizarla otra vez (en otro momento)”.
En su rueda de prensa posterior, ya desde la Casa Blanca y aún trajeado con el esmoquin de la cena, Trump prometía ante los periodistas, igualmente trajeados y tomando notas en vestido de noche, que el evento se celebrará otro día. “No vamos a dejar que nadie nos arrebate nuestra sociedad, no vamos a cancelar nada”.
Era una situación muy diferente de la que habíamos calculado los cerca de 800 periodistas miembros de la Asociación de Corresponsales de la Casa Blanca, aquellos que cubrimos habitualmente la información presidencial.
La cena de corresponsales de la asociación es, tradicionalmente, el gran acontecimiento anual en el mundo del periodismo en Washington. Un evento de gala que agrupa a los periodistas que cubren la información presidencial en Washington, la crema y nata del mundo político, de los medios de comunicación, del poder en todas sus formas, y que suele estar salpicado de celebridades entre sus invitados. El presidente estadounidense de turno suele ser el invitado de honor en esta gran fiesta dedicada a celebrar la libertad de prensa. Pero Trump, que mantiene una compleja relación de amor-odio con la prensa, había declinado sistemáticamente asistir cada año. Hasta ahora.































Que Trump fuera a asistir a esta edición de la cena, donde tenía previsto pronunciar un discurso, había aportado una dosis especial de expectación y morbo al acontecimiento. En las horas previas —y en las múltiples fiestas organizadas en torno a la cena—, en los corrillos de periodistas se bromeaba sobre cuáles serían los insultos que el presidente dedicaría a sus anfitriones durante su intervención.
Pero nadie imaginaba que la noticia acabaría siendo otra, y que 45 años después, el Hilton reviviría el momento más aciago de su historia: el 30 de marzo de 1981 había sido escenario de un atentado contra el entonces presidente Ronald Reagan, que acababa de pronunciar allí un discurso. Una de las balas que disparó John Hinckley Jr rebotó y alcanzó al mandatario en un pulmón, lo que le provocó una fuerte hemorragia interna. Su portavoz, James Brady, un agente del Servicio Secreto y un agente de policía también quedaron heridos.
En el evento del sábado por la noche, había estado previsto que Trump ofreciera un discurso a los corresponsales ante la Casa Blanca, con los que él ha mantenido una relación complicada. El presidente suele arremeter contra los reporteros que la componen cuando le hacen preguntas que considera incómodas, y sus comentarios en ocasiones entran en el terreno personal. Al comenzar este mandato, su Casa Blanca decidió retirar a la asociación competencias que tradicionalmente había tenido en la organización de las coberturas presidenciales, que pasó a asumir la oficina de prensa de Trump.
Al mismo tiempo, el mandatario presume de ser el más accesible de la historia del país y responde a las preguntas de los periodistas casi a diario. Desde el comienzo de la guerra en Irán ha convertido casi en costumbre responder a las llamadas de diversos periodistas a su teléfono móvil, para concederles breves entrevistas.
Su portavoz, Karoline Leavitt, había bromeado en una entrevista antes de que comenzara la cena con que en el discurso de Trump “lloverían las balas”, en una alusión a los comentarios sardónicos que su jefe planeaba dirigir a los periodistas presentes y su percepción sobre los medios tradicionales.
Pero todo acabó ocurriendo de manera muy distinta a lo imaginado. Para cuando Jiang confirmaba que la cena no seguiría adelante, apenas quedaba ya gente en la sala. La policía había ido dando órdenes de evacuar la zona, convertida en escena de un delito.
A la entrada del hotel, un objeto daba cuenta de la rapidez de la evacuación: un zapato de lentejuelas doradas y tacón altísimo, abandonado en la huida por una Cenicienta washingtoniana anónima. En esta versión del cuento, no habían sido doce campanadas, sino cinco disparos, quienes la habían forzado a marchar descalza. En la acera seguíamos los periodistas, contando en directo, ya con conexión, el aparente intento de magnicidio.



























































