“Dar tiempo para que lo colectivo exista”: la universidad y el bien común
La universidad está llamada a contribuir al sentido de lo colectivo y la valoración de lo público no solo a nivel de sus principios declarados y de sus discursos, sino también en la medida en que da y valora la vida compartida

La Universidad Alberto Hurtado inauguró el año académico 2026 con una charla magistral de la investigadora Kathya Araujo, quien planteó preguntas fundamentales para pensar el momento actual: ¿qué sostiene la vida en común cuando los vínculos sociales se perciben tensionados y desgastados? ¿cómo se recupera la confianza en la democracia cuando no se tiene claro el valor de lo colectivo? Se trata de interrogantes que también para el quehacer de la universidad revisten una gran importancia.
En su presentación, Kathya Araujo dio cuenta de las transformaciones que desde las últimas décadas del siglo XX hasta ahora han ido profundizando procesos de individualización que tienen elementos emancipadores y democratizadores. Sin embargo, al darse estos cambios en el contexto de un modelo económico neoliberal, se tendió a reforzar concepciones de sujeto individualistas que debilitaron los lazos y horizontes compartidos. Hicieron falta, para sostener lo colectivo, iniciativas y discursos que ofrecieran formas de pensar, construir e imaginar la vida en común distintas a las del modelo del individuo que solo se necesita a sí mismo y su esfuerzo para triunfar. Esto explica, por lo menos en parte, las dificultades que enfrentan diversos grupos y comunidades por contar con adhesiones más sólidas y permanentes. Les pasa a las iglesias, a los partidos políticos, a las fundaciones, sindicatos y distintos tipos de agrupaciones. La pérdida de confianza en las instituciones y la poca disposición de muchas personas a entregar su tiempo y energía a causas que no ofrecen un beneficio individual evidente, dejan pocos espacios para tener la experiencia de lo colectivo.
Para reconstituir los lazos sociales y fortalecer la democracia se requiere, según la propuesta de Kathya Araujo, de dar “tiempo para que lo colectivo exista”, no como prescripción abstracta, sino como una invitación a pensar cómo nuestras prácticas sociales y culturales construyen, día a día, formas específicas de cohesión, convivencia y comunidad. La universidad está llamada a contribuir al sentido de lo colectivo y la valoración de lo público no solo a nivel de sus principios declarados y de sus discursos, sino también en la medida en que da y valora la vida compartida. El aprendizaje, las lecturas, los desafíos y también el ocio compartido pueden sostener valiosas experiencias en ese sentido. Para ello resulta imprescindible resistir y oponerse a los discursos que conciben la relación entre estudiantes e instituciones educativas en términos clientelares y que reducen el sentido de la universidad a la de productora de títulos.
La pregunta por la posibilidad de lo colectivo y el aporte al bien público ocupa un lugar central en el ámbito de la investigación que se realiza al interior de las universidades. Por más individual que parezca un proyecto de investigación, su existencia solo es posible y tiene sentido en el marco de una comunidad más amplia, que establece a lo largo de diversos procesos de intercambio y deliberación los criterios de validación del conocimiento que produce. Pero si, además, se pasa de una lógica de producción aislada al desarrollo de programas genuinamente interdisciplinarios y asociativos, el potencial para la experiencia de lo colectivo es aún mayor. La universidad tiene un rol muy importante que jugar igualmente en la conformación de comunidades de investigación que incorporen a estudiantes y académicos/as, que se comprometan con la generación de nuevos conocimientos bajo altos estándares éticos y que sepan comunicar al resto de la sociedad sus aprendizajes. Las diversas funciones que cumple la universidad -la formación de profesionales, la investigación, innovación, creación artística y vinculación con el medio- debieran realizarse siempre garantizando la existencia de espacios para la experiencia de lo colectivo. Esta, como argumentó Kathya Araujo en su exposición, resulta decisiva para la recuperación de las confianzas, la restitución de los lazos sociales y la revitalización de la democracia.







































