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Maneras de vivir
Columna
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Que lo quemen todo

Hay que seguir publicando todo tal cual, añadiendo en todo caso un prólogo. La censura convierte el pasado en una mentira

Fotograma de la película 'Farenheit 451'.
Fotograma de la película 'Farenheit 451'.

Pureza y perfección son conceptos incompatibles con el ser humano. Somos criaturas contradictorias y falibles, y la historia nos demuestra que aspirar a un bien absoluto ha sido el origen de infinitas masacres. Y lo peor, lo incomprensible para mí, es que esa absurda tentación de lo perfecto se enciende una y otra vez en el corazón de los humanos, convirtiendo a gente bienintencionada y normal primero en necios y después en monstruos.

Ahora tenemos un ejemplo claro de todo esto con la censura extrema de lo políticamente correcto. Es obvio que la lengua no es neutra. Un idioma es como la piel de una sociedad: refleja sus valores y se adapta a sus cambios. Nuestras palabras están cargadas de juicios y prejuicios, y en una sociedad en pleno cambio es lógico que los ciudadanos con valores distintos queramos limpiar el relato de las barbaridades más reaccionarias. Detesto los chistes de violaciones y de mariquitas, me repatea que alguien use peyorativamente las palabras judío o gitano, y sólo los muy burros siguen soltando perlas machirulas del tipo de “mujer tenías que ser”. La voluntad de adecuar el lenguaje a la realidad me parece de perlas y estoy muy de acuerdo. Lo malo es que corremos el riesgo de convertir esa reclamación plenamente legítima en un disparate dogmático. Es increíble lo bien que nos las arreglamos los humanos para retorcer las ideas hasta convertirlas en ideologías venenosas.

Los dos recientes escándalos de la reescritura de los libros del gran Roald Dahl (para quitar términos como “gordo” o “feo”) y de las novelas de James Bond (para limpiarlas de racismo) han puesto el asunto en el candelero. Es un intento de manipulación del pasado tan alucinante que no entiendo cómo no se dan cuenta estos puritanos del agravio que todo eso supone para las víctimas. Cojamos, por ejemplo, la autobiografía de Pablo Neruda Confieso que he vivido, en la que cuenta con terrible ligereza e ínfulas poéticas cómo violó a una sirviente tamil. ¿Qué harían nuestros nuevos censores con este material radiactivo? ¿Prohibir su publicación? ¿Quitar esa escena? Cualquiera de las dos medidas supondría una nueva violación de la mujer tamil, al condenar su sufrimiento a un terso e higienizado olvido. No; yo creo que hay que seguir publicando todo tal cual, añadiendo en todo caso un prólogo informativo (y, en contenidos extremos como el de Neruda, resaltando y reprobando el acto, para que no nos dejemos aturdir por la naturalidad con que lo narra). La censura convierte el pasado en una mentira.

Es tal el caos mental que todo esto origina que hay personas que sostienen cosas como que no se puede usar el adjetivo negro de forma negativa (“pensamientos negros” o “la negrura de la vida”, pongamos). Pero, por todos los santos, ¿dónde dejamos el ancestral temor a la oscuridad, a las tinieblas y la noche? Yo pienso seguir utilizando “negro” para expresar esa congoja. ¿Y quién dice hasta dónde debemos llegar con eso de la corrección del pasado? Podríamos exigir, por ejemplo, el borrado de todos los rasgos machistas de la literatura universal. No creo que sobrevivieran muchos libros. Por no hablar de la Biblia, que, según estos censores de lo puro, debería ser quemada en pira pública por el aluvión de barbaridades que contiene. O del Dúo Dinámico, merecedores de destierro por cantar Quince años tiene mi amor, que suena a corrupción de menores. Pero no se trata sólo de las palabras, sino también de los objetos, de estatuas y edificios. Dinamitar el Valle de los Caídos, por ejemplo, pero ¿por qué no también El Escorial? ¿No simbolizaba un poder imperial y opresor? ¿Y el Archivo de Indias de Sevilla, que ya el nombre mismo resuena a conquista malvadísima? Que lo quemen. Y también los castillos medievales, que a menuda gentuza representaban. Y las catedrales góticas católicas, construidas en pleno auge inquisitorial. Que lo calcinen todo. ¿Piensas que mis palabras son una burda broma? Pues no te creas. La Revolución Cultural de Mao hizo exactamente eso: destruyó, por pureza ideológica, gran parte del patrimonio cultural chino, los templos de Confucio y los palacios de los antiguos emperadores (además de matar a millones de personas), y esto sucedió hace apenas 50 años. Cuando los humanos emprendemos el camino fanático, podemos llegar muy lejos.

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