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La palabra Ñamérica

Todos o casi todos inventamos palabras; todos o casi todos las olvidamos sin nostalgia. Solo algún necio cada tanto se enamora de alguna. A mí me sucedió y lo estoy pagando: hace tres o cuatro años se me ocurrió la palabra Ñamérica y supe que intentaría guardarla; no fue fácil.

Yo quería, entonces, entender qué era América Latina. Llevaba décadas oyendo esas dos palabras raras: América, Latina. Era América porque en el siglo XVI un farsante florentino, Américo Vespucio, se atribuyó la proeza de otro, el genovés Cristoforo Colombo, y le endosó su nombre. Y Latina porque en el XIX ciertos franceses quisieron apropiársela, y llamarla latina los incluía en el juego. Pero América Latina —la idea de América Latina— tenía varios problemas: Brasil era uno de ellos.

Para pensar la región, Brasil es un aprieto. Por su lengua, distinta del resto, está en otro registro: nos escuchamos poco, nos conocemos menos. Por su historia, distinta del resto, está en otra liga: es tanto más grande. Brasil tiene más habitantes que Perú, Ecuador, Venezuela, Chile, Paraguay, Uruguay, Bolivia, Panamá, Costa Rica, Nicaragua, El Salvador, Honduras, Guatemala, Cuba, República Dominicana y Puerto Rico juntos; Brasil tiene más territorio que la suma de Argentina, México, Colombia, Perú y Bolivia —los cinco siguientes. Por eso, cuando uno quiere explorar las realidades y cifras regionales, las cifras y realidades brasileñas pesan demasiado. Decidí que si quería intentar entender —intentar entender— debía sacar a Brasil de la ecuación y centrarme en los demás países, los que se comunican, los que tienen una historia y una lengua comunes, los que no tienen un nombre común porque Latinoamérica incluye también al gigante distinto. Me faltaba, para pensarlos, un modo de nombrarlos.

Hispanoamérica nunca funcionó. Nadie dice Hispanoamérica si no se lo pagan: funcionarios, redactores cursis, locutores de actos; otra palabra que no se dice gratis. Y, además, Hispanoamérica le da un lugar excesivo, con perdón, al país que la ocupó hace siglos y le dejó grandes dones y maldones pero ya no está. La situación se me complicaba: es difícil trabajar sobre lo que no tiene nombre. Hasta que, aquella tarde, apareció Ñamérica.

(Ñamérica tiene, creo, las ventajas de la brevedad y el golpe seco. Su construcción es evidente: si algo distingue a la región es el castellano; si algo distingue al castellano es este raro capricho de habernos inventado un dibujito para escribir ese sonido que las demás lenguas romances dicen pero escriben con dos: la eñe. De donde, obviamente, Ñamérica.)

Primero dudé, después me cautivó. Ya tenía un nombre y un marco; para usarlos, solo me faltaba intentar contarla y entenderla: un trabajo de años. En parte lo hice aquí mismo, en estas páginas, cuando intenté narrar las ciudades sudacas; en parte, en tantos otros recorridos. El camino estaba lleno de lugares comunes: te dicen, sobre Ñamérica, tantas cosas —y algunas son incluso ciertas.

Te dicen que es la región más silvestre: un auténtico revuelo de selvas y praderas y colores que produce más carne y soja y minerales.

Te dicen que es la región más desigual: que en ninguna los más ricos tienen tanto más que los más pobres.

Te dicen que es la región más violenta: que en ninguna las personas matan más.

Te dicen que es la región más fugitiva: que en ninguna las migraciones determinaron tanto y en ninguna hubo, en los últimos años, tantos millones de migrantes.

Te dicen que es la región más católica: que en ninguna la cruz tiene tanta fuerza y tanto peso.

Te dicen que es la región más mágica: un auténtico revuelto de culturas, una mezcla como no se ha dado en ningún otro lugar.

Te dicen que es la región más agitada: la que siempre está a punto de empezar, de ser lo que debía; que se agita para ser lo que debía.

Te dicen —nos dicen— tantas cosas, y yo no las creía; yo quería, necio de mí, saber. Quería saber qué era Ñamérica y me puse a trabajar y pasó el tiempo.

Nunca me había costado tanto poder decir una palabra.

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