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Mariano Rajoy se confiesa: “La corrupción en el PP ha sido nuestro talón de Aquiles”

El expresidente desvela en sus memorias, ‘Una España mejor’, que sopesó dimitir durante la moción de censura y desgrana su ideario político y su relación con otros líderes

mariano rajoy libro
El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, abandona el hemiciclo el 31 de mayo de 2018, durante la moción de censura.

El jueves 31 de mayo de 2018, cuando salí hacia el Congreso de los Diputados, sabía, con toda certeza, que aquel iba a ser mi último debate parlamentario. El PNV mantenía la ficción de una deliberación interna, pero las cosas estaban meridianamente claras para cualquier persona con una mínima experiencia política. Yo intuí que la moción de censura iba a prosperar casi desde el mismo momento en que se presentó, pero a pesar de ello preparé mis dos intervenciones con el mayor esmero. Una para defender a mi Gobierno de la censura que se planteaba y otra para enumerar los argumentos que desaconsejaban votar al candidato propuesto. Evidentemente, los discursos no sirven para ganar votaciones, pero yo lo hice por respeto a todas las personas que me habían apoyado dentro y fuera de la Cámara, por consideración hacia todos aquellos que habían confiado en mí. Y sirvieron al menos para dejar constancia en el Diario de sesiones de todas las perversiones de una operación política que, según anuncié aquel día, “va a formar el Gobierno más inestable de la historia de España desde el año 1977, cosa que sabemos todos y cada uno de los presentes, incluidos los que van a apoyar al señor Sánchez”. Fin de la cita. A los hechos me remito.

Pude haberme ido a casa, pero algunos compañeros propusieron montar una comida. Lo agradecí

Cuando terminé las dos intervenciones, mi papel en aquel debate había concluido; había defendido a mi Gobierno, a mi partido y a mi persona de la mejor manera que supe y nada más podía hacer allí. Ahora era el candidato quien se convertía en protagonista de la sesión al debatir con el resto de los grupos el apoyo para su candidatura. Como mi presencia era ociosa ya había anunciado que no me quedaría a la sesión de la tarde, lo mismo que había hecho durante la moción de censura presentada por Podemos unos meses atrás. Pude haberme ido a casa, pero algunos compañeros propusieron montar una comida, algo que hacíamos habitualmente después de un debate parlamentario importante. Aquel día yo lo agradecí. Ellos quisieron acompañarme y yo también prefería estar acompañado. Alguien escogió un restaurante cercano y allí nos plantamos María Dolores de Cospedal, Fátima Báñez, Dolors Montserrat, Íñigo de la Serna, Rafael Hernando y yo. Podían haber sido otros, pero la casualidad quiso que fueran ellos, no hay razones políticas. Pasamos una larga sobremesa que solo se interrumpió cuando María Dolores de Cospedal regresó al Congreso para desmentir una vez más los rumores sobre mi posible dimisión que algunos insistían en difundir. En aquella sobremesa me localizó Andoni Ortuzar para anunciarme lo que ya sabía, y no me llegaron más mensajes porque la cobertura de teléfono era pésima.

Tenía preparada mi intervención; la deseché de camino al Congreso. Improvisé algo en el trayecto

A la mañana siguiente se iba a producir la votación. Tenía preparada una breve intervención de despedida, pero la deseché de camino al Congreso. Lo que tenía que decir era muy poco y lo improvisé durante el trayecto: “Ha sido un honor —no lo hay mayor— haber sido presidente del Gobierno de España. Ha sido un honor dejar una España mejor que la que encontré. Ojalá mi sustituto pueda decir lo mismo en su día. Se lo deseo por el bien de España. Creo que he cumplido con el mandato fundamental de la política, que es mejorar la vida de las personas. Si alguien se ha sentido en esta Cámara, o fuera de ella, ofendido o perjudicado, le pido disculpas. Gracias a todos, y de manera muy especial a mi partido, sin el cual nada hubiera sido posible. Gracias a todos los españoles por haberme brindado su comprensión y su apoyo. Y suerte a todos ustedes por el bien de España”.

Rajoy sale del restaurante donde pasó ocho horas mientras la moción de censura seguía su curso.
Rajoy sale del restaurante donde pasó ocho horas mientras la moción de censura seguía su curso.

Volví a La Moncloa por última vez como presidente del Gobierno. Entretanto, en la residencia, Viri, mi mujer, daba los últimos toques a la mudanza. Ella siempre rechazó cualquier tipo de protagonismo público, pero realizó una labor callada y eficaz de mejora del complejo de La Moncloa, renovó la selección de cuadros expuestos, recuperó de los almacenes piezas fantásticas que estaban olvidadas, mejoró la gestión económica de la residencia y también ordenó la restauración de numerosos desperfectos en el palacio y en los jardines. Esa misma diligencia la acreditó al desmontar una casa y organizar una mudanza en apenas cuatro días. Su apoyo y su generosidad, tan indispensables para que yo me pudiera dedicar a la política con la intensidad que lo hice durante muchos años, también lo fueron en el momento de salir del Gobierno.

Le di instrucciones a mi secretaria Ketty para que convocara aquella misma tarde a una copa de despedida al personal del complejo que nos había acompañado durante todos aquellos años. Ese fue mi último acto en La Moncloa y resultó muy gratificante, el mejor colofón a unos días muy duros. Allí se dieron cita personas muy variopintas: bedeles y secretarios de Estado, personal de seguridad y fontaneros, médicos y camareros; estaban Soraya y su equipo, José Luis Ayllón y sus asesores, que en su mayor parte eran los que habían venido a La Moncloa con Jorge Moragas, Eva Valle con la gente de la Oficina Económica que dirigía y también los periodistas de la Secretaría de Estado de Comunicación, que se presentaron con unas camisetas especiales para la ocasión.

Portada de las memorias de Mariano Rajoy.
Portada de las memorias de Mariano Rajoy.

Había caras de mucho cansancio; ellos también habían tenido que desmontar en cuestión de horas sus despachos, después de haber trabajado sin descanso para preparar el debate parlamentario, y su expectativa para el día siguiente era la oficina del desempleo. Sin embargo, en contra de lo que pudiera sospecharse, aquella no fue una reunión triste ni melancólica. No diré que fue una fiesta, porque no lo fue, pero sí me pareció una celebración de lo mucho que habíamos hecho por nuestro país. Nuestro tiempo en el Gobierno había llegado a su fin, pero no nos fuimos con una sensación de derrota. En definitiva, no se va al Gobierno para ocupar despachos y quedarse allí de manera indefinida; se va por un periodo de tiempo limitado y para hacer cosas por el país. Y nosotros pudimos hacer mucho por España. Esa satisfacción, la de haber rendido —cada uno en su responsabilidad— un servicio a nuestro país y a nuestros compatriotas era el sentimiento dominante en la reunión.

Esa noche los Rajoy-Fernández, Viri, Mariano, Juan y yo, muy cansados, volvimos a Aravaca

Esa noche los Rajoy-Fernández, Viri, Mariano, Juan y yo, muy cansados, volvimos a dormir en nuestra casa de Aravaca. A la mañana siguiente mi hijo mayor, Mariano, emprendió con toda normalidad el viaje de estudios que tenía previsto para aquel verano. Juan parecía más afectado por el cambio: estaba muy preocupado pensando que no iba a poder celebrar su cumpleaños. Sus dudas fueron disipadas de inmediato y, unos días después, lo celebró en nuestra casa con todos sus amigos. (...)

Otros extractos de las memorias de Rajoy

Tras la presentación de la moción de censura a su Gobierno, Rajoy se plantea dimitir

 En aquellos primeros momentos, cuando nadie pensaba que la moción de censura pudiera prosperar y nadie había dicho una palabra al respecto, le encargué a mi equipo de mayor confianza que estudiara las consecuencias de mi dimisión, como fórmula para sortear la moción socialista y mantener el Gobierno. Pero vimos muy pronto que ese recurso no serviría de nada, porque la dimisión del presidente no detenía el trámite de la moción ni impedía su votación.

Reflexión de Rajoy acerca de la corrupción en el PP

Todas las formaciones que han gobernado tienen casos de corrupción y algunos muy graves, tanto por su magnitud como por la importancia de las personas implicadas, pero el Partido Popular ha sido castigado con mucha más dureza que el resto de los partidos en circunstancias similares. La corrupción ha sido nuestro talón de Aquiles, el único instrumento de nuestros adversarios políticos. Hemos pagado un altísimo precio por los escándalos que nos persiguieron durante nuestro mandato aunque la mayoría arrancaban en épocas bastante lejanas en el tiempo. Lo pagamos muy severamente en términos de reputación y opinión pública, y ahí están las encuestas para comprobarlo.

 

Enero de 2017. Reunión en La Moncloa entre Carles Puigdemont y Rajoy

En un momento de nuestra conversación, que ya había alcanzado el grado de debate, llegué a preguntarle si de verdad pensaba que yo iba a autorizar el referéndum. Todavía hoy me produce perplejidad su respuesta: “No lo vas a autorizar, porque, además, no puedes”. Aquello no era una broma, su sentido del humor no daba para tanto. Ante tamaña desfachatez pensé cómo podía continuar intentando hacer entrar en razón a quien deliberadamente había decidido ignorar la realidad y la ley. ¿Cómo argumentar contra aquella obstinada cerrazón? Aquello era nuevo para mí a pesar de los casi cuarenta años que llevaba en política.

 El balance de Rajoy

¿Me hubiera gustado haber hecho más? ¿Y a quién no? Me hubiera gustado liderar desde el Gobierno la transformación de España para encarar nuestra plena digitalización, me hubiera gustado presidir el primer Gobierno de gran coalición y también me hubiera gustado irme del Gobierno como yo tenía previsto, midiendo los tiempos y de forma ordenada. Pero valorando cuidadosamente unos factores y otros, mi balance personal es satisfactorio. El que puedan hacer otras personas tampoco es materia de este libro.

El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, y el primer ministro británico, David Cameron, en una imagen de 2015.
El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, y el primer ministro británico, David Cameron, en una imagen de 2015.

Sobre el nacionalismo, el Brexit y los referéndum: “Dirimir diferencias políticas por referéndum es la mejor manera de sembrar la polarización”

No es posible abordar el futuro de Europa sin hacer una referencia al Brexit. Al margen de la evolución que puedan tener los acontecimientos en el futuro y desde el respeto, aunque no la coincidencia, con la voluntad expresada por los británicos, la cuestión del Brexit merece una reflexión pausada porque en sí misma condensa algunas lecciones prácticas sobre gobernanza que conviene tener siempre presentes. Igualmente ha venido a confirmar que la construcción europea nació para prevenir a los ciudadanos de los riesgos del nacionalismo y que cuando estos resurgen, esa unión que nos ha convertido en los europeos que mejor hemos vivido en toda nuestra historia corre un serio peligro.

“David Cameron no estuvo acertado en la convocatoria de los referendos de Escocia y del Brexit”

Nunca tuve una mala opinión de David Cameron, aunque no compartí con él algunas de sus decisiones, como su voto en contra a la elección de Jean-Claude Juncker como presidente de la Comisión. Yo apoyé a Juncker en la elección interna del Partido Popular Europeo y, después, en el Consejo Europeo. Era un europeísta acreditado, había sido durante dieciocho años primer ministro de Luxemburgo y también presidente del Eurogrupo. Su preparación y su currículum eran incuestionables.

Cameron fue uno de los primeros en dar la batalla para que la Unión Europea empezara a tomar conciencia de la importancia de la cuestión de la inmigración como uno de los ejes donde se jugaba su propia razón de ser ante los ciudadanos. En ese asunto siempre percibí apoyo y reconocimiento hacia las aportaciones que hacíamos desde España; especialmente, nuestra experiencia de cooperación con los países de origen y tránsito de inmigrantes.

El contencioso histórico de nuestros países sobre la cuestión de Gibraltar tampoco impidió que mantuviéramos una colaboración satisfactoria en muchos otros aspectos. Algo a lo que ambos estábamos obligados porque España y el Reino Unido han construido unas profundas relaciones económicas y humanas.

“Para el Gobierno español el referéndum fue una pésima influencia en nuestro debate particular sobre la cuestión de Cataluña”

Sin embargo, no me parece que estuviera acertado en la convocatoria de los referendos de Escocia y del Brexit, y así se lo pude decir en más de una ocasión. La consulta sobre Escocia estuvo a punto de provocar la ruptura del Reino Unido y sentó un precedente al que muchos se acogen ya para pedir una nueva votación. Para el Gobierno español supuso además una pésima influencia en nuestro debate particular sobre la cuestión de Cataluña. Por más que ambos casos fueran muy distintos desde el punto de vista constitucional y por más que en uno se respetara escrupulosamente la ley mientras que en el otro era desobedecida de forma abierta, algunas personas —unas por interés y otras por simple ignorancia— consideraron entonces que nosotros debíamos hacer lo mismo que David Cameron y autorizar una votación similar.

El referéndum de Escocia acabó en un desenlace feliz para el Reino Unido, que siguió unido, pero fue cualquier cosa menos una campaña fácil, y el riesgo de derrota fue creciendo a lo largo de los días. Desde Bruselas y desde el resto de las capitales europeas se recordó a los escoceses que salir del Reino Unido supondría también la salida de la Unión, y creo que este elemento constituyó un argumento de peso en el resultado definitivo del referéndum. Hasta el último momento la campaña se vivió con una gran incertidumbre y con profundo desasosiego, aunque nos brindara grandes momentos políticos como el espléndido y apasionado discurso de Gordon Brown en favor de la unión. El político laborista, tan maltratado por los medios durante su última etapa al frente del Gobierno británico por su supuesta falta de carisma, ha demostrado fuera del primer plano de la política algunos méritos que se le negaron cuando estaba en ella. Fue el mejor aliado de Cameron durante el referéndum de Escocia, y sus llamamientos a la sensatez y la cordura durante toda la peripecia política del Brexit no por ignorados resultaron menos certeros.

Mariano Rajoy, el día antes de la moción de censura.
Mariano Rajoy, el día antes de la moción de censura.

Superar el referéndum escocés supuso un suspiro de alivio para los británicos y para el resto de los europeos, quienes no encontrábamos nada atractiva la hipótesis de la ruptura de uno de los más importantes países de la Unión. Con esa victoria en su haber, Cameron decidió entonces someter a votación la permanencia del Reino Unido en la Unión Europea. También con este motivo tuve la oportunidad de darle a conocer mi opinión contraria a tal decisión. Recuerdo perfectamente su respuesta: “Te prometo, Mariano, que no voy a convocar ningún otro referéndum”. Lamentablemente, tuvo razón. El referéndum del Brexit acabó con su brillante carrera política.

Es cierto que la cuestión europea siempre ha provocado división y tensiones en el seno de los conservadores británicos y que el premier británico había prometido en campaña convocar el referéndum para aquietar a los críticos de su partido. Cameron solía comentar que a veces sentía tal presión que era como si el bolso de Margaret Thatcher siguiera sobre la mesa de los Consejos Europeos vigilando su conducta. Además, existía un precedente: los británicos ya habían votado una vez sobre su adhesión a la Unión Europea, pero el referéndum anterior se había celebrado en 1975. Por entonces no existían las redes sociales, ni las fake news, ni todos los elementos de intoxicación política que han acompañado a la disrupción tecnológica. La minoría contraria a Europa no tenía entonces a su disposición toda la panoplia de recursos para la manipulación política como sí tuvo en 2016.

Los referendos son unos instrumentos de decisión política absolutamente vulnerables a las maniobras del populismo

Sea como fuere, Cameron probablemente creyó que ganaría con facilidad el referéndum. Tenía de su parte la pura racionalidad; resultaba inconcebible que se pudieran ignorar las gravísimas consecuencias que implicaría para el Reino Unido la salida de Europa. También pudo presentarse ante los británicos con un nuevo acuerdo con la Unión en el que se mejoraban algunos aspectos de gobernanza y al que todos los dirigentes europeos colaboramos. Todas las encuestas anunciaban una victoria de los partidarios de la permanencia y supongo que ese esperado desenlace le permitía contemplar la posibilidad de abrir una nueva etapa en su partido dejando definitivamente atrás las históricas tensiones sobre la cuestión europea.

Ahí radica una parte sustancial de mi crítica a este tipo de consultas: no sirven para dirimir discrepancias de esta naturaleza. A veces es mejor convivir con esas discrepancias, por incómodo que resulte, que buscar soluciones definitivas a problemas que no las tienen. Cuando se convoca un referéndum sin un consenso nacional previo, el resultado suele ser una fractura social mucho mayor. En esos casos votar, aunque sea legal y democrático, no es la mejor solución política ya que implica renunciar al pacto y a la negociación como mecanismos para construir un acuerdo aceptable para la gran mayoría. Dirimir diferencias políticas de tanta trascendencia por la vía del referéndum es la mejor manera de sembrar la polarización en la sociedad durante décadas. Si vemos lo ocurrido con el Brexit podemos llegar fácilmente a la conclusión de que la división sobre la cuestión europea, que el Partido Conservador británico sobrellevó de forma interna durante décadas, ha acabado por contagiarse al conjunto de la sociedad británica y pasará mucho tiempo antes de que esa polarización pueda superarse.

Ese es mi principal argumento para mantener que los referendos solo son aconsejables cuando vienen precedidos de un consenso nacional muy amplio, tal y como sucedió en España en 1978 y como está previsto en nuestro actual texto constitucional para la reforma de aquellos preceptos más importantes. Se garantiza ese consenso exigiendo una mayoría de dos tercios de cada Cámara y una segunda mayoría igual de sólida después de unas nuevas elecciones. Solo cuando ha quedado definitivamente acreditado ese indudable acuerdo político previo, se contempla que la cuestión pase a ser refrendada por los ciudadanos. Creo que esa fórmula ha permitido que después de tantos años la Constitución siga siendo la de todos los españoles y no la de una parte contra la otra, como lamentablemente ha ocurrido tantas veces en nuestra historia.

El presidente, durante una cumbre de la UE en Sofía (Bulgaria).
El presidente, durante una cumbre de la UE en Sofía (Bulgaria).

Además de ese riesgo de polarización, también considero que este tipo de consultas constituyen una manera poco recomendable de minar las bases de la democracia representativa sobre la que se ha construido nuestro modelo político occidental, sin que se encuentren por ninguna parte los engañosos beneficios de una democracia directa. A mi juicio, suponen una traslación de la responsabilidad del gobernante a los gobernados y los aboca, en la mayoría de los casos, a adoptar decisiones cuyo posterior desarrollo práctico resulta de una extrema dificultad, cuando no imposible; véase, por ejemplo, el referéndum griego.

La labor de gobernar no es fácil, es laboriosa y a menudo ingrata, pero un gobernante responsable no debe renunciar nunca a ella. Lo que resulta imprudente y frívolo es devolver a los ciudadanos una responsabilidad que ellos nos encomendaron cuando dieron sus votos. No vale decir: “Esto es muy difícil, decídelo tú”. Los ciudadanos ya decidieron cuando nos votaron, y esa responsabilidad no es de quita y pon. Desde mi perspectiva es así como deben funcionar las cosas, y es más fiable aquel gobernante capaz de reconocer que no puede o no debe hacer algo que prometió en campaña que aquel que mantiene su palabra por encima del interés general de su país.

Por si faltara algún argumento más para rebatir el entusiasmo, a mi juicio injustificado, que despiertan este tipo de consultas, diría que los referendos son unos instrumentos de decisión política absolutamente vulnerables a las maniobras del populismo. Uno se puede presentar ante los electores esgrimiendo razones, ofreciendo posiciones moderadas o argumentando con solidez. Es lo que hicieron David Cameron y luego Theresa May. Sin embargo, puede ser barrido de plano en las urnas por consignas falaces, por mentiras obscenas o por el extremismo más zafio. A diferencia de las elecciones parlamentarias, donde hay matices entre las distintas opciones políticas, un referéndum es una consulta binaria. O sí o no. Y ante ese tipo de disyuntivas radicales los populismos, concretamente el peor de todos, el populismo nacionalista, se mueven con absoluta comodidad para desgracia de la convivencia ordenada y tranquila.

Cuando George Orwell escribió Notas sobre el nacionalismo en 1945, trataba de explicar el mecanismo de funcionamiento de una enfermedad social que en buena medida era responsable de una guerra que dejó Europa reducida a escombros. Él lo llama “nacionalismo”, pero el fenómeno realmente es más amplio y hoy podríamos definirlo con más precisión como fanatismo identitario o extremismo populista. Según sus palabras, se caracterizaba por el hábito de definir a masas de millones de personas como “buenas” o “malas” y la costumbre de identificarse con una idea o una nación por encima de cualquier otra consideración y de cualquier restricción moral.

Del mismo modo que en los debates entre Ortega y Azaña sobre Cataluña encontramos los mismos argumentos que hemos visto reproducidos casi un siglo después sin apenas variación alguna, ese pequeño ensayo de Orwell nos describe todos esos comportamientos que hoy denominamos como populismos nacionalistas y que empiezan a proliferar peligrosamente: el afán de poder, la tendencia supremacista y el absoluto desprecio hacia la realidad o a cualquier compromiso adquirido previamente. Cuando ese tipo de movimientos se producen en el seno de la Unión Europea, las instituciones comunitarias se convierten en el objeto preferido de sus diatribas.

Los ingleses votaron Brexit porque les convencieron de que el Reino Unido era mucho mejor que unos decadentes europeos empeñados en imponerles normas que limitaban su soberanía. Les dijeron que recuperarían el control sobre su país, que los problemas relacionados con la inmigración desaparecerían, que salir de Europa sería rápido y sencillo, que se ahorrarían millones de libras esterlinas y que se conseguiría un acuerdo satisfactorio sin ningún tipo de problema. Cualquier cosa menos aceptar las limitaciones de la realidad. El pensamiento genuinamente nacionalista se basa en la magia y en la voluntad: las cosas sucederán por arte de magia solo porque yo las deseo y la realidad se acomodará a mis deseos por la sencilla razón de que yo estoy en el lado correcto de la historia. Las normas, las leyes, las posiciones ajenas e incluso la lógica se convierten en molestos estorbos para sus planes. Esas borracheras de la autoestima nacional suelen terminar en duros despertares. Pero las consecuencias casi nunca las tienen que lidiar sus causantes.

Tal vez la crisis económica y los problemas de gobernanza de la Unión han favorecido el resurgir de este tipo de movimientos. Quizá los gobernantes hemos dado la impresión de ser ajenos a los sentimientos de la gente o nos hemos apresurado a dar por superados los nacionalismos sin entender que existe un afán de búsqueda de identidad arraigado en cada uno de nosotros. Tal vez hemos primado la racionalidad de la política y la eficacia de los resultados olvidando la parte emotiva que anida en cada ser humano. Pero eso no quiere decir que la pura emotividad pueda ser un saludable argumento político.

Delimitar en qué punto el sano patriotismo deriva en un nacionalismo excluyente o agresivo constituye probablemente uno de los arcanos políticos más difíciles de solventar. Nuestro premio Nobel Camilo José Cela lo definió así: “El nacionalista cree que el lugar donde nació es el mejor lugar del mundo; y eso no es cierto. El patriota cree que el lugar donde nació se merece todo el amor del mundo; y eso sí es cierto”. Yo mismo he explicado en este libro lo que me gusta España: sus gentes, sus costumbres, sus paisajes e incluso su historia, con sus luces y sus sombras. Me he pasado media vida animando a la gente a hablar bien de España y a poner en valor todas sus fortalezas como país. Pero no necesito sentirme superior a ningún otro sitio para disfrutar del mío. Entiendo además que, siendo un gran país, España, incluso Europa, no deja de ser un pequeño lugar en el mundo si nos comparamos con grandísimas potencias como Estados Unidos, China o con el gigantesco continente africano.

La vocación de pertenencia a una comunidad, sea esta un país, una religión, una creencia política o incluso un equipo de fútbol, forma parte del carácter de cada uno de nosotros. Está en nuestra naturaleza y no podemos librarnos de ella. Lo que sí podemos hacer es el “esfuerzo moral” —de nuevo Orwell— de someterla a la aceptación de la realidad: no somos mejores que nuestros vecinos, existen otras ideas tan respetables como las nuestras y podemos perder un partido sencillamente porque hemos jugado mal y no porque el árbitro nos haya perjudicado. Aceptar la realidad supone admitir que nuestra voluntad y nuestros sentimientos no pueden ser las únicas guías de nuestra conducta, por encima de cualquier otra consideración.

La competitividad a que nos obliga la globalización, la transformación de nuestras sociedades por el efecto de la inmigración, el miedo a un futuro menos próspero o las normas que hemos asumido en el marco de nuestra integración europea... cualquier excusa es buena para los nostálgicos que quieren volver a un pasado que ya es imposible o para los populistas que azuzan esos demonios internos que todos nos esforzamos en domesticar con el único objetivo de llegar al poder y ponerlo a su servicio.

Si aceptamos la definición que Albert Einstein dejó del nacionalismo como una enfermedad infantil, “el sarampión de la humanidad”, podríamos convenir que la Unión Europea es el resultado de la madurez, del afán por superar nuestros propios errores y nuestra historia. Europa es mucho más que un mercado común o un mero sindicato de intereses compartidos, es, por encima de todo, una construcción moral, un proyecto hecho para la paz. Europa no nació para anular nuestras identidades sino para someterlas a un principio superior que es el de la concordia y el respeto a los derechos de la persona. A mi entender sigue valiendo la pena apoyar esa idea frente a quienes no ofrecen más que resentimiento y promesas vanas. Y hacer pedagogía sobre la bondad del proyecto europeo, lo que ha significado para nuestras vidas y lo que una Europa unida, fuerte y abierta al mundo nos puede ofrecer en el futuro.

Mariano Rajoy es licenciado en Derecho y registrador de la propiedad. Fue presidente del Gobierno de España por el PP de 2011 hasta 2018. Estos extractos son un adelanto editorial de sus memorias políticas, ‘Una España mejor’, que Plaza & Janés publica el 3 de diciembre.

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