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inmiograntes africa
La banda británica de 'reggae' Misty in Roots, durante un concierto celebrado en 1979.

El ritmo de los emigrantes africanos que cambió para siempre la música europea

Una exposición en París analiza la influencia de los flujos de personas, las luchas políticas y las culturas africanas en la música occidental

ALEX ROSS, en su brillante recorrido por la música del siglo XX titulado El ruido eterno y al comentar las reacciones a Porgy and Bess, ópera de George Gershwin que generó un importante debate racial estrenada en 1935, certificaba que la verdadera aportación de la música americana estaba en los ritmos que introdujeron los emigrantes africanos. Así, las andanzas de un mendigo afroamericano con discapacidad motriz que intenta rescatar a la joven Bess de las garras de un proxeneta y de un camello “lograron la hazaña monumental de reconciliar la rigidez de la música escrita con notación occidental con el principio afroamericano de la variación improvisada”.

Pienso en Gershwin y en su doble vida como artista culto y popular, como niño estadounidense e hijo de emigrantes judíos y como hombre blanco y hombre “negro blanco” mientras me dirijo en la línea 8 del metro de París al Palacio de la Puerta Dorada. El emblemático edificio de Albert Laprade y Jean Prouvé de 1931 alberga el Museo de Historia y de la Emigración, donde ahora mismo puede verse la exposición Paris–Londres. Music Migrations (1962- 1989): un análisis de cómo la influencia colonial y la emigración convirtieron a estas dos capitales en referencias de la música, y también un pulso a los dogmas fronterizos que se avecinan en tiempos de Brexit y frentes nacionales.

Desde el inicio de los años sesenta, diversas corrientes musicales estuvieron ligadas a flujos migratorios y transformaron París y Londres en capitales multiculturales. La inmersión histórica que propone la exposición explora los vínculos entre migraciones, músicas, luchas antirracistas y movilizaciones políticas, y muestra cómo varias generaciones de emigrantes se sirvieron de la música para dar voz a sus reivindicaciones. Se trata de una experiencia visual y musical con más de 600 documentos (instrumentos, obras de arte, discos, fanzines, fotografías, trajes, carteles…). Entre 1955 y 1960, 200.000 emigrantes de países de la Commonwealth (Jamaica, India, Pakistán…) se instalaron en el Reino Unido; y entre 1954 y 1962, 150.000 argelinos llegaron a Francia. Tras la II Guerra Mundial, París y Londres entraron en una sociedad de consumo en la que los jóvenes, mezclados, aspiraron a la libertad tentados por una nueva posibilidad de emancipación cultural.

Me detengo en Fela Kuti, que empezó a cantar en inglés en los años setenta. Reviso el momento en que Serge Gainsbourg grabó su Marsellesa reggae (Aux Armes Et Caetera). Cuando le preguntaron si era una provocación, respondió: “El reggae es una música revolucionaria; La Marsellesa es una canción revolucionaria”. Repaso la influencia que tuvo Don Letts (propulsor del punk-reggae, a quien se le vio huir de la policía en el carnaval de Notting Hill de 1976) en los Clash, que revisionaron Police & Thieves de Junior Murvin, cover alabada por el propio Bob Marley. Y prosigo los periplos de Asian Dub Foundation, Youssou N’Dour o el desembarco de Salif Keïta en París en 1984 para entender la música como algo más que un medio de expresión excepcional para canalizar ideas.

En un momento especialmente delicado por la profusión de nacionalismos y censores de la apropiación cultural, Benjamin Stora, presidente del Consejo de Orientación del museo, sostiene: “El lenguaje universal se despliega por la acción de las artes, pero las poblaciones víctimas del racismo y de la exclusión se apropian de las artes como un arma de reconocimiento identitario, a veces incluso en contra de lo universal".