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IDEAS ANÁLISIS i

Los secretos de la estrategia de Vox

Organizaciones y partidos nacionalpopulistas de todo el planeta comparten contactos, fuentes de financiación y valores. Aprenden unos de otros. Y confían en que, juntos, tendrán más éxito. Así se fraguó el de Vox, representante español de este movimiento, según la premio Pulitzer Anne Applebaum

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Santiago Abascal, líder de Vox, al llegar a un mitin electoral en Sevilla el pasado 24 de abril. 

Amanece en el campo español. Un hombre camina a cámara lenta, corre y salta una cerca. Como en una película de Hollywood, el hombre cruza un campo de trigo mientras roza las espigas con las manos. De fondo suena una música mientras una voz narra: “Si no te ríes del honor porque no quieres vivir entre traidores…, si anhelas nuevos horizontes sin despreciar tus orígenes…, si conservas intacta tu honradez en tiempos de corrupción…”. Sale el sol. El hombre sube por un camino empinado, cruza un río y queda atrapado en una tormenta. “Si sientes gratitud y orgullo por quienes, de uniforme, guardan el muro…, si amas a tu patria como amas a tus padres…”. La música alcanza el clímax, el hombre está en la cima de la montaña y la voz culmina: “… sabrás que estás logrando hacer a España grande otra vez”. Las últimas palabras que aparecen en pantalla son “Hacer España grande otra vez”.

El eslogan es la versión española del “Make America Great Again”. El hombre es Santiago Abascal, y esto, por supuesto, es una publicidad de Vox, el partido político con el crecimiento más rápido de España. En las elecciones generales de 2016 —el año del vídeo—, Vox, con su nacionalismo español de macho alfa y cinematográfico, no obtuvo ni un solo escaño. Poco después, una web española publicó un artículo que preguntaba: “¿Por qué nadie vota a Santiago Abascal?”. Pero el pasado 28 de abril, el apoyo a Vox entre el electorado pasó del 0% al 10%: ganó 24 diputados en el Congreso. Su ruidosa presencia en la campaña electoral ayudó a impulsar la participación a uno de sus niveles más altos en años, ya que los españoles estaban ansiosos por apoyar a Vox o por votar en su contra.

¿Cómo ha sucedido esto y qué relación tiene con el caso de Donald Trump? La velocidad del auge de Vox es, en muchos sentidos, una historia exclusivamente española, marcada por una reacción nacionalista a una crisis separatista regional, el crecimiento de la polarización y la fragmentación de lo que fue un sistema bipartidista. El colapso económico de 2009 melló la confianza en los partidos políticos tradicionales y condujo a una fuerte reacción de extrema izquierda. Vox es el contragolpe.

Sin embargo, su historia también se enmarca en una más global y amplia sobre estrategias de campaña tradicionales y digitales desarrolladas por la extrema derecha europea y la derecha alternativa estadounidense (alt-right) que ahora se utilizan por todo el planeta. El uso de las redes sociales para agudizar la polarización, webs creadas específicamente para alimentar narrativas enfrentadas, grupos privados de fanáticos que comparten teorías de la conspiración, un lenguaje que deliberadamente debilita la confianza en políticos y periodistas “convencionales”: todo esto también ayudó a que el partido que quiere “hacer España grande otra vez” abandonara la periferia y se volviese conocido. A lo que hay que sumar que cuenta con financiación, en parte de origen extranjero, que no le llega directamente, sino que canaliza a través de organizaciones con las que comparte opiniones, una forma de financiación política que resulta familiar para los estadounidenses, pero nueva en Europa.

Manifestación convocada por PP, Ciudadanos y Vox en Madrid en febrero. 
Manifestación convocada por PP, Ciudadanos y Vox en Madrid en febrero. 

En marzo y abril, justo antes de las elecciones del 28 de abril, realicé un par de viajes a Madrid para conversar con militantes de Vox y con otras figuras, incluidos antiguos líderes del PP, de centroderecha, y del PSOE, de centroizquierda, los dos partidos que dominaron la política nacional durante tres décadas desde la Transición. El sentimiento en la capital española era un poco como el que había en Londres justo antes del referéndum del Brexit o como el de Washington antes del triunfo de Trump. Tuve una fuerte sensación de déjà vu: una vez más, una clase política estaba a punto de ser golpeada por una ola de enfado.

En el otrora predecible mundo de la política española esto supone un cambio considerable. En 2018 periodistas y analistas españoles se preguntaban por qué en España, a diferencia de Francia o Italia, no había partidos de ultraderecha. Muchos asumían que el fantasma de la dictadura de Franco, que culminó apenas en los años setenta, era el responsable de esta “excepción española”. Mientras nadie políticamente activo en la actualidad en Francia o Alemania recuerda Vichy o a los nazis, una gran cantidad de españoles sí recuerda hoy el nacionalismo ostentoso de Franco, que en los mítines usaba el lema de “¡Arriba España!”, y, por esa razón, siempre lo han rechazado.

Pero a lo largo del año pasado, Vox quebró ese tabú. En su cuenta de Twitter, Abascal fijó una serie de tuits que empiezan en la primavera de 2018 y continúan hasta hoy. Cada uno enlaza a un vídeo o a una fotografía de un recinto repleto de gente. Los tuits más recientes tienen la etiqueta #EspañaViva y comentarios eufóricos. Esos tuits, más los constantes ataques del partido a las encuestas “falsas” de los medios “parciales”, tenían un propósito: hacer sentir a cualquier seguidor de Vox que formaba parte de un movimiento enorme. Abascal habla de un “movimiento patriótico de salvación de la unidad nacional”, y de alguna forma eso eran.

Nutrido por los separatismos

El vicesecretario de Vox, Iván Espinosa de los Monteros, viene de una familia acaudalada de la nobleza española. Cuando Vox ataca a “las clases dominantes”, se refiere a los medios de comunicación y las clases políticas, no a la alta burguesía o a su clase empresarial. Aún más importante es el hecho de que Espinosa es un usuario experto en redes sociales, al igual que su esposa, Rocío Monasterio, que también es política de Vox.

Los seguí a ambos en Twitter por un tiempo y noté cuán eficaces eran creando espectáculo. A través de Twitter, Espinosa convocó a una protesta pública cuando una universidad de Madrid, su alma mater, le canceló una conferencia que tenía programada. Monasterio acumuló miles de me gusta por declarar que iba a boicotear cualquier movilización por el Día Internacional de la Mujer y por tuitear luego un vídeo en el que enfrentaba a feministas enfadadas manifestándose con imágenes de mujeres y hombres tomados de la mano.

En 2018, periodistas y analistas se preguntaban por qué en España no había partidos políticos de extrema derecha

Espinosa está también a cargo de las “relaciones internacionales” del partido y el mensaje principal que me quiso transmitir fue sobre la naturaleza excepcionalmente española de Vox. Desayunando en un café de Madrid que, según dijo, no queda muy lejos de su empresa inmobiliaria, afirmó que Vox tenía muy pocas cosas en común con otros partidos de “ultraderecha” europeos. “A Vox se le asocia frecuentemente y con facilidad con otros partidos y cosas nuevas que están sucediendo en otras partes del mundo…, pero no es realmente cierto”.

En lugar de esto, argumenta que Vox surgió en gran parte por el fracaso de España para lidiar con sus prolongados conflictos regionales. Abascal, exmiembro del PP, es oriundo del País Vasco. Su padre, también político del PP, fue ampliamente conocido como un objetivo de ETA, el grupo terrorista vasco. Por esa razón, asegura tener una pistola Smith & Wesson consigo todo el tiempo, un hábito inusual en España que le ha hecho ganarse el cariño de una pequeña minoría de propietarios de armas. Sin embargo, la crisis de secesión catalana, iniciada en 2017, fue la que puso a Vox en el centro de la política española. José María Aznar, el expresidente de centroderecha, me dijo que Vox era “una consecuencia de la inacción del Gobierno durante el golpe de Estado de Cataluña”, y casi toda la gente con los que hablé en Madrid expresó más o menos lo mismo.

Cataluña es una provincia pudiente, donde muchos de sus habitantes hablan un idioma distinto, el catalán. La región tiene una larga historia y algunos viejos resentimientos datan de varios siglos. Después de que las fuerzas lideradas por Franco ganaran la Guerra Civil e impusieran una dictadura, cualquier indicio de separatismo catalán fue severamente reprimido. En contraste, la Constitución española de 1978 concedió la autonomía no solo a Cataluña y el País Vasco, cuyo movimiento separatista tenía un ala terrorista, sino a todas las comunidades españolas. Desde entonces se ha generado una discusión constante acerca de la relación entre el Gobierno central y las autnomías. En 2017 el Gobierno regional de Cataluña, estrechamente controlado por separatistas, decidió realizar un referéndum independentista. El Tribunal Constitucional lo declaró ilegal. Una clara mayoría de catalanes boicoteó el referéndum —un evento emotivo, arruinado por la brutalidad policial—, pero los que votaron eligieron la independencia.

En el caos posterior, el Senado autorizó que se impusiera un gobierno directo sobre Cataluña y convocó nuevas elecciones en esa comunidad. Algunos líderes secesionistas huyeron al exilio, mientras que otros fueron arrestados y llevados a juicio. En España se permite que abogados privados sean coacusadores durante los procesos judiciales públicos. Vox aprovechó esta legislación para presentar una querella contra los secesionistas. En la práctica, eso significó que, durante el juicio público ampliamente televisado, el “abogado de Vox” y secretario general del partido, Javier Ortega Smith, estuviera presente junto a los fiscales del Gobierno.

Iván Espinosa y Rocío Monasterio, de Vox, en el arranque de campaña de las elecciones generales.
Iván Espinosa y Rocío Monasterio, de Vox, en el arranque de campaña de las elecciones generales. Getty Images

Para un partido pequeño que aboga por la unidad española, se opone a la autonomía regional y quiere prohibir los partidos separatistas y arrestar al presidente catalán, es difícil pensar en una manera más efectiva de evocar emociones fuertes o de provocar una fuerte reacción en contra. Cuando Vox organizó uno de sus mítines en Barcelona esta primavera, Ortega Smith tildó al Gobierno catalán de “organización criminal”. Sin embargo, la mayoría de la cobertura mediática se centró en los anarquistas que lanzaban piedras, quemaban barricadas y protestaban violentamente contra los visitantes “fascistas”. En otras palabras, fue otra victoria de imagen para Vox. Abascal tuiteó una fotografía suya consolando a una mujer que había sido herida en las manifestaciones. Espinosa hizo lo mismo. Irónicamente, mostrarse como “víctimas de la brutalidad” fue la misma estrategia con la que los secesionistas catalanes buscaron ganar el respaldo nacional e internacional.

“No tienen ideas”

Cataluña no fue el único asunto español que ayudó a Vox. Al igual que otros nuevos partidos europeos (no necesariamente de derechas), como el Movimiento 5 Estrellas de Italia, Vox seleccionó una serie de temas subestimados cuyos adeptos habían empezado a ponerse en contacto y a organizarse por Internet. Por lo general, los movimientos políticos con éxito solían tener una sola ideología. Ahora, algunas veces, combinan varias. Piensen en el proceso de una discográfica que quiere crear una nueva banda de pop: hace un estudio de mercado, elige el tipo de rostros que le pegan y luego presenta la banda al sector demográfico que le sea más favorable. Los nuevos partidos políticos son así: ahora se pueden agrupar diferentes temas, reempaquetarlos y luego comercializarlos utilizando el mismo tipo de mensajes dirigidos que se sabe que han funcionado en otros sitios.

La oposición al separatismo catalán y vasco, al feminismo y al matrimonio igualitario, a la inmigración, especialmente la musulmana; la ira contra la corrupción; el aburrimiento con la política tradicional; un puñado de temas, como la propiedad de armas y la caza, que a algunos les importan profundamente mientras otros ni siquiera saben que existen; una pizca de libertarismo, talento para realizar burlas y un ligero toque nostálgico, aunque no se sepa exactamente de qué: todos estos son los ingredientes que se usaron para la creación de Vox. Mayoritariamente, estos temas pertenecen al ámbito de la política identitaria, no al económico. Espinosa se refiere a ellos como cuestiones en que hacen frente a “la izquierda”, no refiriéndose solo al partido de ultraizquierda marxista Podemos, sino también al PSOE, de centroizquierda, al menos en su más reciente encarnación. En concreto, él señala al Gobierno socialista que controló España entre 2004 y 2011, bajo el mandato del presidente José Luis Rodríguez Zapatero, que aprobó una serie de leyes para flexibilizar las restricciones sobre el aborto, el divorcio y el matrimonio igualitario, y para extender protecciones especiales, incluidos juicios en tribunales especializados —a los que Espinosa llama “juzgados de hombres”— a las víctimas de la violencia doméstica. Describe estas iniciativas como “todas las leyes que Zapatero pudo concebir para atacar a la familia, el bastión del conservadurismo”.

Zapatero también reabrió el debate sobre el cuestionamiento de la historia, aprobando una ley de memoria histórica que, entre otras cosas, condenó formalmente al régimen de Franco y eliminó símbolos franquistas de los espacios públicos. Esto fue una novedad para España: durante las dos primeras décadas tras la transición democrática, los Gobiernos españoles simplemente evadieron el tema. Para Vox, este asunto es un mero matiz y no un tema fundamental, al menos en público. Sin embargo, la exigencia de tener “libertad para hablar sobre nuestra historia” es una frase que Abascal usa en los mítines.

Vox seleccionó una serie
de temas subestimados cuyos adeptos habían empezado a organizarse por Internet

Espinosa sostiene que el “extremismo” del Gobierno de Zapatero más el extremismo de los separatistas, unido al fracaso posterior del centroderecha para contrarrestarlos, es lo que justifica la posición de Vox: “Nadie cuestiona la nación en otras partes, nadie cuestiona tus instituciones básicas, tu bandera, tu himno, tu presidente, tus instituciones democráticas, tu Tribunal Supremo”. Espinosa ilustra su argumento usando dos saleros. “Mira”, dice, colocando ambos juntos, “estas son las políticas españolas en los años ochenta y noventa”. Y “aquí” —coloca un tenedor varias pulgadas más allá— está la España actual: “Llevada a la extrema izquierda. El centro y la derecha no reaccionan, no contraatacan. No tienen ideas”.

Ese tipo de lenguaje no solo enfurece a los secesionistas, sino también a los que se identifican con el centroizquierda. Como también enfurecen las provocaciones de Vox. En diciembre pasado, antes de las elecciones locales en Andalucía, Abascal publicó un vídeo de él mismo montado en un caballo, recreando la “reconquista” medieval de España ante la ocupación musulmana, al ritmo de la banda sonora de El señor de los anillos. En otra ocasión, el partido creó un vídeo donde se mostraba una noticia falsa que anunciaba la imposición de la ley islámica en Andalucía y la conversión de la catedral de Córdoba en una mezquita. Cada una de estas acciones causaron una reacción en contra. Más retuits para Vox, más furia del otro lado. Espinosa lo sabe. “¿Somos parte de esta polarización? Desafortunadamente, lo somos. No estoy diciendo que no…”. Sin embargo, desde su punto de vista, “la izquierda” es la extremista, no Vox.

Espinosa habla excelente inglés —vivió parte de su infancia en Estados Unidos y asistió a la Facultad de Negocios de North­western— y ocasionalmente tuitea en ese idioma. Muchas veces ha entrado a Twitter para atacar la cobertura mediática extranjera sobre Vox, especialmente cuando se compara al partido con grupos de extrema derecha de Francia e Italia. Una vez felicitó irónicamente a un periodista de The Guardian por su “historia políticamente correcta”. Tiene la misma queja sobre los medios españoles. “Enhorabuena a EL PAÍS”, escribió recientemente, “por ser capaz de incluir las expresiones ‘ultraconservador’, ‘ultranacionalista’ y ‘extrema derecha’ en tan solo cinco párrafos. Goebbels os admiraría”.

La verdad es que ha habido múltiples contactos entre Vox y otros partidos políticos de “extrema derecha” europeos. En 2017, como muestra la cuenta de Twitter de Vox, Abascal se reunió con Marine Le Pen, la líder francesa de extrema derecha. En la víspera de las elecciones tuiteó su agradecimiento a Salvini, el líder italiano de ultraderecha, por su apoyo. Abascal y Espinosa fueron recientemente a Varsovia para reunirse con los líderes del partido gobernante polaco, nativista [que favorece a los nativos de un país] y antiplural, y Espinosa apareció también en la Conferencia de Acción Política Conservadora en Washington.

Aun así, Espinosa está en lo correcto cuando minimiza estos encuentros públicos como llamadas de cortesía. Las relaciones importantes entre Vox y la ultraderecha europea, así como con la alt-right estadounidense, se están desarrollando en otra esfera.

“Restaurando el orden natural”

Los nacionalistas de extrema derecha o partidos nativistas en Europa rara vez trabajaban juntos, hasta hace poco. A diferencia de los socialdemócratas europeos, que siempre compartieron una visión del mundo, o incluso de los demócratacristianos de centroizquierda europeos, quienes desde los años cincuenta fueron el verdadero motor que impulsó la UE, los partidos nacionalistas, arraigados en sus propias historias particulares, solían estar en conflicto casi por definición. La extrema derecha francesa nació de los debates acerca de Vichy y Argelia. La ultraderecha italiana estuvo conformada históricamente por los descendientes intelectuales de Mussolini, incluyendo a su propia hija. Los intentos de confraternización siempre terminaron hundiéndose por viejas polémicas. Las extremas derechas de Italia y Austria, por ejemplo, rompieron recientemente relaciones después de que empezaran a discutir —resulta gracioso— sobre la identidad nacional de Tirol del Sur, una provincia en el norte de Italia donde se habla sobre todo alemán.

3.000 usuarios muy activos bombardearon Twitter con 4,5 millones de mensajes antiislámicos y pro-Vox

Hace poco eso ha empezado a cambiar. La extrema derecha europea ha encontrado un grupo de temas con los que todos pueden estar de acuerdo. La oposición a la inmigración, especialmente musulmana. La promoción de una visión del mundo socialmente conservadora. Dicho de otra forma: el desagrado por el matrimonio igualitario o los taxistas africanos es algo que incluso austriacos e italianos, en desacuerdo sobre la ubicación de su frontera, pueden compartir.

Los vínculos y conexiones son visibles en Internet. Entre los que estuvieron observando el ascenso de Vox se encuentra una compañía de análisis de datos de Madrid llamada Alto Data Analytics. Alto, especializada en la aplicación de inteligencia artificial en el análisis de los datos públicos de sitios como Twitter, Facebook, Instagram, YouTube y otras fuentes, produjo hace poco varios coloridos mapas sobre la conversación española en redes, con la meta de identificar campañas de desinformación que buscasen distorsionar las conversaciones digitales. Los mapas mostraron tres conversaciones polarizadas y periféricas, es decir, “cámaras de resonancia”, cuyos miembros, prácticamente, solo hablan entre sí: la conversación sobre el secesionismo catalán, la que se centra en la extrema izquierda y la que habla de Vox.

No fue una sorpresa. Tampoco lo fue descubrir que la mayoría de los “usuarios con actividad anormalmente alta” —bots o personas reales que publican constantemente y tal vez recibiendo un pago por ello— formaban parte de estas tres comunidades, especialmente de la de Vox, que acaparaba a más de la mitad de ellos. Pocos días antes de las elecciones, el Instituto para el Diálogo Estratégico (ISD en sus siglas en inglés) —una organización británica que rastrea el extremismo en Internet y en el que trabajo como consejera y colaboradora— descubrió una red de casi 3.000 “usuarios con actividad anormalmente alta”, los cuales habían bombardeado Twitter el año pasado con cerca de 4,5 millones de mensajes antiislámicos y pro-Vox.

Los orígenes de la red no son claros y no se sabe quién la financia. Originalmente se configuró para atacar al Gobierno de Nicolás Maduro en Venezuela, pero tras el ataque terrorista en Barcelona en 2017 el objetivo cambió. En los últimos dos años se ha centrado en historias atemorizantes sobre inmigración que incrementan gradualmente su intensidad. Algunos de los contenidos promovidos son materiales extraídos originalmente de redes extremistas, y todos están alineados con los mensajes publicados por Vox. Por ejemplo, el 22 de abril, una semana antes de las elecciones españolas, la red estuvo tuiteando imágenes de lo que sus miembros describían como una revuelta en un “barrio musulmán en Francia” cuando lo que mostraban era una manifestación reciente contra el Gobierno en Argelia.

Alto y el ISD se percataron también de otra singularidad: los simpatizantes de Vox, especialmente los “usuarios con actividad anormalmente alta”, tienen muchísimas probabilidades de publicar y tuitear contenidos y materiales de un grupo muy particular de fuentes: un compendio de webs conspirativas, por lo general creadas al menos hace un año y a veces administradas por una sola persona, que publica grandes cantidades de artículos y titulares muy partidistas.

Curiosamente, el equipo de Alto encontró los mismos tipos de webs en Italia y Brasil en los meses previos a las elecciones de 2018 de ambos países. En ambos casos, los portales empezaron a publicar material partidista —en Italia sobre inmigración, en Brasil sobre corrupción y feminismo— durante el año previo a la votación. En ambos países sirvieron para alimentar y amplificar sesgos ideológicos antes de que siquiera fuesen parte de la política convencional.

En España existen una media docena de portales como esos, algunos profesionales y otros claramente hechos por aficionados. Algunos, de orígenes desconocidos, parecen haber sido creados con una plantilla: uno de los portales más oscuros tiene exactamente el mismo estilo y disposición que un portal brasileño pro-Bolsonaro, casi como si ambos hubiesen sido diseñados por la misma persona. El día anterior a las elecciones españolas, su noticia principal fue una teoría conspirativa: George Soros, el judío millonario nacido en Hungría que ha sido representado como el demonio por la extrema derecha en Europa, iba a ayudar a orquestar un fraude electoral. Soros no era una figura muy conocida en España hasta que Vox lo ha incluido en el debate.

Del otro lado de la balanza se encuentran digitalSevilla, que por lo general informa sobre Andalucía, y CasoAislado, que publica constantemente historias sobre inmigrantes y crímenes. Ambos parecen administrados por equipos muy pequeños y financiados por el sistema de publicidad de Google. Aparecen con mucha frecuencia en la cámara de resonancia de Vox. El dueño de digitalSevilla —según EL PAÍS, un hombre de 24 años sin experiencia como periodista — produce titulares que comparan a la presidenta del partido socialista de Andalucía con la “mujer malvada de Juego de tronos” y en ocasiones ha logrado atraer a más lectores que los periódicos tradicionales. Espinosa me dijo que el dueño de CasoAislado es “un tipo que simpatiza con nosotros, un aficionado. Te lo aseguro, no le estamos pagando a ninguno de ellos”.

Los estadounidenses reconocerán este tipo de webs: funcionan de manera no muy diferente a InfoWars, Breitbart, los portales infames y sesgados que operaron desde Macedonia durante la campaña presidencial de Estados Unidos o las páginas de Facebook creadas por la inteligencia militar rusa. Todos ellos producen noticias sobrecargadas, conspirativas y polarizantes con titulares indignantes listas para ser enviadas a las cámaras de resonancia. A veces, estas webs y las redes que las promueven por Europa trabajan de manera coordinada. En diciembre, Naciones Unidas reunió a los líderes del mundo para discutir la migración en una cumbre de perfil bajo que produjo un pacto con pocos compromisos: el Pacto Mundial para una Migración Segura, Ordenada y Regular. Recibió poca atención mediática, pero Alto analizó que, en vísperas de la reunión, cerca de 50.000 usuarios tuitearon teorías conspirativas sobre el mismo, centenares de ellos alternando francés, alemán, italiano y, en menor medida, español y polaco. De parecido funcionamiento al de la red española que promueve a Vox, estos usuarios estuvieron promocionando material de portales conspirativos, usando imágenes idénticas, enlazándose y retuiteándose entre ellos desde distintos países.

Manifestación contra Vox en Barcelona, el pasado 23 de marzo.
Manifestación contra Vox en Barcelona, el pasado 23 de marzo. NurPhoto / Getty Images

Una red internacional similar se puso en marcha tras el incendio de la catedral de Notre Dame en París. El ISD rastreó miles de publicaciones de gente que afirmaba haber visto a musulmanes “celebrando” el incendio, así como otras de personas que publicaban rumores y fotos que pretendían demostrar que el incendio había sido provocado. CasoAislado montó una publicación casi inmediatamente, en la que declaraba que “cientos de musulmanes” estaban celebrándolo con una imagen en la que parecía que personas con apellidos árabes estaban publicando en Facebook emoticonos sonrientes bajo fotos del incendio. Pocas horas después, Abascal tuiteó su rechazo a aquellos “cientos de musulmanes” y usó la misma imagen, aunque enlazándola a una publicación del teórico de la conspiración de la derecha alternativa estadounidense, Paul Watson, el cual, a su vez, identificó al activista francés de extrema derecha Damien Rieu como la fuente. “Los islamitas que quieren destruir Europa y la civilización occidental celebrando el incendio de #NotreDame”, escribió Abascal, “tomemos nota antes de que sea tarde”.

Este mismo tipo de memes e imágenes se expandieron por los grupos de seguidores de Vox en WhatsApp y Telegram. Incluían, por ejemplo, un meme en inglés que mostraba París “antes de Macron”, con Notre Dame ardiendo, y un “después de Macron”, con una mezquita en su lugar; así como una videonoticia —sobre otro incidente sin relación con Notre Dame— que detallaba detenciones y el descubrimiento de un coche con bombas de gas cerca del lugar del incidente. Fue el ejemplo perfecto de cómo la alt-right, la extrema derecha y Vox esparcían el mismo mensaje al mismo tiempo y en múltiples idiomas para intentar motivar las mismas emociones en toda Europa, Norteamérica y más allá.

También tienen conexiones fuera de Internet. En vista del potencial de llegada que tienen los problemas sociales, se han creado organizaciones paneuropeas que usan un modelo estadounidense de financiación y promoción. Una de ellas es CitizenGo, una organización fundada en Madrid en 2013. CitizenGo es el brazo internacional de HazteOir.org, una organización española creada hace más de una década. De acuerdo con Neil Datta, secretario del Foro Parlamentario Europeo de Población y Desarrollo y autor de un informe sobre la derecha cristiana europea, CitizenGo es parte de una red más grande de organizaciones europeas dedicadas a lo que ellos llaman “restaurar el orden natural”: eliminar derechos de los homosexuales, restringir el aborto y los métodos anticonceptivos, y promover una agenda explícitamente cristiana. Esta red compila listas de correo y se mantiene en contacto con sus seguidores. Afirman que llegan a nueve millones de personas.

Apoyo internacional

El consejo de CitizenGo incluye a Brian S. Brown, el cofundador estadounidense de la Organización Nacional para el Matrimonio, y a Alexey Komov, de la división rusa del Congreso Mundial de Familias (WCF en sus siglas en inglés). A Komov se le asocia con el oligarca ruso sancionado Konstantin Malofeev. En la práctica, él actúa como enlace entre Malofeev y la derecha religiosa estadounidense. El líder de CitizenGo, Ignacio Arsuaga, aparece a menudo en eventos paneuropeos, incluida la reunión en marzo del Congreso Mundial de Familias en Verona, Italia. De acuerdo con el portal del WCF, entre sus participantes estuvieron Salvini, ministro del Interior del Gobierno de Italia y líder de la Liga Norte (de extrema derecha), así como un grupo de políticos húngaros, un alto sacerdote ruso y hasta su alteza Gloria, princesa de Thurn y Taxis [aristócrata alemana].

Según el grupo de investigación no gubernamental OpenDemocracy, Darian Rafie, el líder de una organización estadounidense llamada ActRight, también aconseja a CitizenGo y ayuda a mantenerla financieramente. (Algo de contexto: la página de Facebook de ActRight publica burlas sobre la presidenta de la Cámara de Representantes, la demócrata Nancy Pelosi, y lanza al aire preguntas constantemente sobre cuánto pagó el presidente Barack Obama para inscribir a su “hija marihuanera” en la Universidad de Harvard). Rafie le dijo a un reportero de OpenDemocracy que había “recaudado muchos fondos” para Trump. Este tipo de contactos no son inusuales: OpenDemocracy ha identificado a otra docena de organizaciones estadounidenses que financian o asisten a activistas conservadoras en Europa. Y no solo en Europa: Viviana Waisman, de Women’s Link Worldwide, una organización de derechos humanos y legales de la mujer con base en Madrid, me comentó que suele toparse con CitizenGo y su mensaje por todo el mundo. Entre otras cosas, ha popularizado la expresión “ideología de género” —un término inventado por la derecha cristiana y que se usa para describir una gran variedad de temas, desde violencia doméstica hasta derechos de los homosexuales— en África y Latinoamérica, así como en Europa.

En España, CitizenGo ha adquirido fama estampando lemas provocadores en autobuses que recorren las ciudades españolas. Los autobuses enfadan a la gente y atraen mucha atención para CitizenGo y para Vox. Las coincidencias entre ambos no son un secreto: la organización ha otorgado su premio anual, en los últimos años, a Abascal, a Ortega Smith y a otras personas que son ahora políticos de Vox, así como a activistas católicos y al líder iliberal húngaro Viktor Orbán.

Bardají, exasesor de Aznar y ahora en Vox, tiene contacto con Bannon y con el consejero de Seguridad de EE UU

En el periodo previo a las elecciones de abril —primeras en las cuales Vox se mostraba como una formación con posibilidades electorales—, el dinero, la red y el talento de CitizenGo probaron ser muy útiles. Como ya lo había hecho en el pasado, CitizenGo lanzó la campaña “Vota valores”. Esta vez, los autobuses se pintaron con citas destinadas a menospreciar a los líderes de otros partidos que no fuesen Vox. El grupo creó una web con listas en las que mostraban qué partidos estaban de acuerdo con sus “valores” y dejaban claro que el único con “valores” era Vox.

Es un patrón conocido en la política estadounidense. Así como en Estados Unidos se puede apoyar a Comités de Acción Política (PAC, por sus siglas en inglés) que generan publicidad en torno a los temas que defienden determinados candidatos, ahora los estadounidenses, los rusos o la princesa de Thurn y Taxis también pueden hacer donaciones a CitizenGo y, por ende, apoyar a Vox. Este modelo de financiación no ha sido muy utilizado en Europa en el pasado. En la mayoría de los países, la financiación política tiene limitaciones. En algunos lugares (no en España), la financiación extranjera está prohibida. Se ha levantado un gran revuelo alrededor de la organización The Movement, de Stephen K. Bannon, que se estableció en Europa para ayudar a los candidatos de la extrema derecha a ganar elecciones. No obstante, en realidad —aunque muchos europeos probablemente no se han dado cuenta— los extranjeros que quieren financiar a la extrema derecha europea pueden hacerlo desde hace tiempo. El último informe de OpenDemocracy dice que Arsuaga informó a un periodista de que el dinero dado a su grupo podría “indirectamente” apoyar a Vox, ya que “actualmente” están “totalmente alineados”. El dinero que organizaciones como CitizenGo gastan en las elecciones importa menos que las campañas que organizan en los meses previos a esas elecciones. Como le dijo Arsuaga al reportero de OpenDemocracy, “al controlar el entorno de los políticos, terminas controlándolos también a ellos”. Lo que realmente importa es la batalla por los valores en los medios de comunicación, la educación, las instituciones culturales y, por encima de todo, en las redes sociales. Europa, incluso los países que anteriormente buscaban el consenso —Países Bajos, Alemania y ahora España—, está empezando a parecerse más a Estados Unidos, donde la batalla por los valores se ha convertido en una guerra abierta.

Atando los cabos de extrema derecha

Cuando le pregunté a Rafael Bardají acerca del vídeo de “Hacer España grande otra vez”, sonrió: “Esa idea fue mía, fue una especie de chiste del momento”. Bardají se unió al equipo dirigente de Vox un poco después que Espinosa y Abascal. Como ellos —y como la mayoría en Vox—, es un exmiembro del PP que acabó desilusionado por el centrismo y la moderación. A principios de la década de 2000 trabajó con Aznar y es conocido como el asesor que más presionó para que España se uniese a la invasión estadounidense de Irak.

Por ello, se le considera “neoconservador”, aunque no está claro qué significa eso en el contexto español. Bardají también se ha ganado el apodo de Darth Vader, algo que le divierte (ha puesto la foto del villano de Star Wars en Twitter). “Hacer España grande otra vez,” explica, “fue una especie de provocación… La intención era irritar a la izquierda un poco más”. Este es, por supuesto, un concepto muy familiar: “Hazlo porque ofende al establishment”. “Humilla a los progres”. Un clásico sentimiento breitbartiano. Y sí, Bardají conoce a Bannon y tienen un amigo en común, pero se burla de la importancia que se le da. Los periodistas españoles, me dijo, “le dan a Bannon una importancia que no tiene”.

No queda claro si Bannon, exdirector de Breitbart y exdirector de estrategia del presidente Trump, influenció a Bardají o viceversa. Bardají me dijo que tuvo la oportunidad de visitar la Casa Blanca poco después del triunfo de Trump. Me aseguró que estuvo en contacto con el consejero de Seguridad Nacional Michael Flynn y con su sucesor, H. R. McMaster, y discutieron sobre la primera visita de Trump a la OTAN, así como sobre el discurso que haría en Varsovia, aquel en el que subrayó la necesidad de defender el mundo cristiano del islam radical: “La aspiración de civilizar, el modo en que Occidente debe defenderse…, estábamos completamente en sintonía,” me dijo Bardají. El número de musulmanes españoles en la actualidad es relativamente bajo —la mayoría de la inmigración española proviene de Latinoamérica— y el de EE UU es aún más bajo. Pero la idea de que la civilización cristiana necesita redefinirse frente el enemigo islámico tiene, por supuesto, un eco histórico especial en España, al igual que en los Estados Unidos pos-11-S y pos-Irak.

Espinosa de los Monteros: “¿Somos parte de esta polarización? Desafortunadamente, lo somos”

Hay otros aspectos que revelan que el Trump­world y Vox son simbióticos. Bardají, que dice conocer también a Jason Greenblatt, el negociador de la Administración de Trump en Oriente Próximo, tiene nexos desde hace mucho tiempo con la Administración israelí. Bardají me aseguró que en 2014 organizó para Vox la visita de un asesor de relaciones públicas de Israel: “Lo traje del equipo que ganó las elecciones para Netanyahu”. Ese mismo año, el primer candidato fallido de Vox para el Parlamento Europeo, Alejo Vidal-Quadras Roca, recibió una generosa donación —más de 800.000 euros, divididos entre docenas de donaciones individuales— de la Organización de los Muyahidines del Pueblo de Irán (MEK), una organización/culto iraní que se opone a la República Islámica. El MEK tiene una repu­tación ambigua en Washington —se le ha clasificado como una organización terrorista en ocasiones—, pero tiene algunos aliados: tanto el consejero de Seguridad Nacional John Bolton como el abogado de Trump Rudolph W. Giuliani han dado discursos en su evento anual en París. Estos vínculos compartidos entre Vox y la Administración de Trump no sugieren una conspiración, sino intereses mutuos y amigos en común desde hace años. Más que cualquier otra cosa, son personas que ven que tienen enemigos en común y han logrado adoptar con el tiempo una visión similar del mundo. Al igual que Espinosa, Bardají reconoce la polarización de la política española, y además piensa que es algo permanente: “Estamos entrando en un periodo en el que la política se está convirtiendo en algo distinto, es una guerra con otros medios —no queremos ser asesinados, queremos sobrevivir —… Creo que ahora en política el que gana se lo lleva todo. No es un fenómeno exclusivo de España”.

Bardají dice que, hasta el momento, Vox ha sido demasiado pequeño como para orquestar mucha propaganda, y menos aún como para formar parte de un movimiento internacional: “Hemos sido un partido pequeño con un presupuesto limitado”. Espinosa afirmó lo mismo, así como Vidal-Quadras, quien me aseguró que el dinero del MEK se acabó cuando él abandonó el partido. Había sido un reconocimiento personal por sus luchas pasadas. No hay razón para no creerles.

Pero el caso es que muchos otros, en Europa y en Estados Unidos, han venido presionando y promoviendo los temas que se han convertido en la agenda principal del partido. Como dijo el expresidente Aznar, Vox es una “consecuencia”, aunque no solo, del separatismo catalán. Es también consecuencia del trumpismo, de las webs conspirativas, de las campañas digitales de la alt-right y la extrema derecha internacional, y especialmente, de la reacción conservadora que se ha venido construyendo por todo el continente durante años.

En cierto modo, es la máxima de las ironías: los nacionalistas, los antiglobalistas, las personas escépticas con las leyes internacionales y muchas otras organizaciones trabajan ahora juntos, rompiendo fronteras, por causas comunes. Comparten contactos. Obtienen dinero de los mismos fondos. Aprenden los unos de los errores de los otros, se copian el vocabulario. Y están convencidos de que, juntos, algún día, ganarán.

Anne Applebaum es periodista. Su último libro, Hambruna roja, y Gulag, por el que ganó el Premio Pulitzer, han sido publicados por Debate en enero. © Washington Post, 2019.

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