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Rusia regresa a África

Con hábiles movimientos, el Kremlin intenta recuperar el terreno perdido en el continente africano

El centro para reclutas del Ejército de República Centroafricana financiado por consultores militares rusos en 2018.
El centro para reclutas del Ejército de República Centroafricana financiado por consultores militares rusos en 2018.

Rusia esta trabajando duro para recuperar su influencia geopolítica mundial. Aislado por las sanciones diplomáticas occidentales, a la campaña para estrechar los lazos con sus socios históricos Moscú ha sumado una activa política para captar nuevos aliados en otros frentes. Y en ambos escenarios está África, dejada de lado por Estados Unidos y donde Europa pierde influencia desde hace años. Con una estrategia que combina la cooperación militar y las inversiones con la diplomacia energética y económica, el país euroasiático está ganando terreno en ese continente, donde en las últimas décadas China se ha convertido en el primer socio comercial.

Con hábiles movimientos para influir en más zonas del tablero geoestratégico global, Rusia está construyendo infraestructuras y haciendo inversiones en países como Angola, Egipto o República Centroafricana. Busca no solo señalarse como la gran potencia que fue. También aprovechar el colosal potencial energético y las reservas minerales de algunos de esos Estados y encontrar nuevos mercados para su industria de defensa, que aún tiene recorrido en África. Con ello, Moscú busca garantizarse el apoyo de estos países y apuntalar sus posiciones en organizaciones internacionales. En la ONU, por ejemplo, en 2014 varios países africanos se abstuvieron de votar la resolución de condena a Rusia por su anexión de la península ucrania de Crimea.

Es en cierta manera un déjà vu. La Unión Soviética tuvo una gran influencia y fuertes vínculos en varios países africanos. En su pleno apogeo, la URSS apoyó los movimientos de independencia contra las colonias occidentales. Además, líderes y políticos africanos se educaron en instituciones soviéticas durante la Guerra Fría. Como João Lourenço, el presidente de Angola, que estudió en la elitista Academia Político-Militar de Lenin. O Ahmed Gaid Salah, jefe del Estado Mayor de Argelia, que se aferra al poder tras la salida de Abdelaziz Buteflika, a quien Moscú apoyaba.

Los Gobiernos posteriores a la independencia de Mozambique, Guinea-Bisáu, República Democrática del Congo, Egipto, Somalia, Uganda o Argelia recibieron en algún momento apoyo militar o diplomático de la URSS. Hasta que, en 1991, se derrumbó y Rusia perdió el interés por la política exterior de largo alcance. Ahora parece haber recuperado el apetito. Y en su menú está África. “Está en línea con la estrategia de Vladímir Putin de restaurar su imagen de gran potencia y líder global”, dice Theo Neethling, de la Universidad Free State de Sudáfrica.

Moscú, que ha brindado alivio de la deuda a algunos de estos países por cantidades que se remontaban a la época de la URSS, ha colocado ese legado en el núcleo de su política hacia el continente africano. “A diferencia de las antiguas potencias mundiales, Rusia no se ha contaminado con los crímenes de la esclavitud y el colonialismo”, disparó el Ministerio de Exteriores ruso en un comunicado el año pasado, previo a una gira de su titular, Serguéi Lavrov, por varios países del continente. El Kremlin prepara además su primera cumbre Rusia-África este año. El interés del presidente Putin por el continente africano contrasta con el nulo interés y la desidia que muestra la Administración de Donald Trump.

“El retorno ruso trata de dar con un nicho donde ser competitivo. Y es, fundamentalmente, las armas”

Los analistas sostienen que Rusia está demostrando tener interés por brindar apoyo con recursos mínimos hacia cualquier país cuyo Gobierno sea escéptico hacia Occidente. También le mueven la falta de transparencia de los proyectos y el prácticamente nulo control ambiental de estos. El Kremlin no solo desea recuperar su papel de superpotencia. Rusia ha sido uno de los últimos actores en desembarcar hoy en África, pero allí ha encontrado hueco para tres de sus sectores estratégicos: la industria militar, la energética y la mineral.

“Estamos viendo un retorno ruso que está tratando de encontrar un nicho donde pueda ser competitivo. Y es, fundamentalmente, las armas”, resalta Paul Stronski, uno de los autores de El retorno de la Rusia global, un extenso dosier del Carnegie Institute. Rusia es el segundo mayor exportador de material de defensa del mundo. Y una buena parte va a países africanos. Egipto es uno de sus mayores compradores; también Argelia y Marruecos. Además, ha mantenido vínculos militares desde hace años con Zimbabue, Nigeria o Etiopía. En los últimos años ha establecido además un servicio de mantenimiento de equipos militares y programas de modernización de armamento. Y es en este terreno prácticamente el único en el que puede competir con China. Entre 2013 y 2017, Rusia suministró el 39% de las armas importadas en África; el gigante asiático, el 17%, y Estados Unidos, el 11%, según el Instituto para la Paz de Estocolmo, que estima que en 2017 Rusia vendió el doble de armas que en 2012.

Asesinato de periodistas

Moscú se había ido moviendo en el continente africano sin levantar mucha atención. Pero en julio de 2018, el asesinato de tres periodistas rusos que investigaban la presencia de compatriotas mercenarios del oscuro Grupo Wagner en República Centroafricana puso sobre la mesa no solo las inversiones públicas rusas en la región, sino los intereses en la explotación mineral de empresarios privados y sus vínculos con las autoridades. Los periodistas asesinados trataban de desentrañar si los paramilitares de Wagner —una compañía vinculada al núcleo más cercano del presidente Putin— estaban involucrados en la explotación mineral de ese país. Y el caso destapó el envío de contratistas privados a otros países. El despliegue de estos soldados secretos es para muchos analistas una estrategia del Kremlin para que haya presencia rusa en lugares donde no puede estar oficialmente.

Con una economía debilitada por el peso de las sanciones occidentales y la caída del precio de los hidrocarburos, Rusia ha reforzado sus acometidas en los últimos tres años para ganar terreno en el continente. Más allá de sus lazos históricos, ha tratado de encontrar buenos aliados y acuerdos en el África subsahariana, donde su presencia era residual. Su comercio con África aumentó un 26% en 2017.

Lo “sorprendente” es la rapidez con la que actúa, escribe Leslie Varenne, experta africanista y cofundadora del Instituto de Vigilancia y de Estudio de las Relaciones Internacionales y Estratégicas (Iveris). Antes del derrumbe de la URSS, señala la analista, Moscú había firmado 37 pactos de asistencia técnica y económica y 42 acuerdos comerciales. Aunque todavía no ha recuperado las cifras de antaño, va camino.

Moscú está sabiendo aprovechar bien las oportunidades, señala Dalia Ghanem, analista del Centro Carnegie experta en el norte de África. “Tanto la UE como EE UU tendrán que adaptarse a la presencia del Kremlin en África, que se irá extendiendo en los próximos años”, concluye la experta.

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