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JUICIO DEL PROCÉS ANÁLISIS i

¡El mundo nos mira!

Sorprende la distancia entre la intensa propaganda orquestada y su paupérrimo impacto político

Vista general de la avenida de la Diagonal con una bandera independentista durante la diada de 2018.
Vista general de la avenida de la Diagonal con una bandera independentista durante la diada de 2018.

Sorprenderá a los creyentes que la dimensión internacional del procés no llegue al estrado judicial por los plácemes que debió obtener de todas las cancillerías, y que nunca llegaron.

Sorprenderá sobre todo a quienes se inyectaron autoestima con los complacientes lemas oficiales: “Catalanes, ¡el mundo nos mira!”, “¡Estamos haciendo historia!”, o “¡Nunca antes en Europa hubo tales manifestaciones!”.

Pues no, la internacionalización del pretendido cambio de tortilla del otoño levantisco catalán cuelga ahora de una investigación muy a ras de suelo: si desde la Generalitat se desvió dinero a fines ilegales, los menguados apoyos exteriores, al referéndum. Una simple y nada heroica malversación (presunta).

Levantando la vista desde el palacio del Tribunal Supremo, sorprende también la distancia entre la intensa propaganda orquestada hacia el mundo mundial y su paupérrimo impacto político, enseguida desarticulado por el llamado Estado español.

La habilísima operación de agitación indepe de Mas & Puigdemont & Cía dormitó años inerte en el mundo. Solo alcanzó ecos exteriores significativos cuando el Gobierno u otro poder estatal cometieron errores de bulto.

Como cuando el juez instructor del caso, Pablo Llarena, dictó la euroorden de detener al gran fugitivo.

Y se intentó ejecutarla en el land alemán de Schleswig-Holstein, el más refractario a aceptarla, entre los cuatro o cinco que debía atravesar hasta alcanzar Bruselas por tierra.

O cuando un sector policial propinó el 1-O palizas a abuelitos y tietes, innecesarias e injustas aunque hubieran sido miserablemente usados como escudos humanos de la nació.

Sorprende, en fin, que siendo los pagos internacionales uno de los puntos teóricamente fuertes de la acusación de malversación (el otro era, y sigue siendo, el manejo siempre incestuoso de las cuentas de TV-3), esté corriendo la (escasa) suerte que corre.

De un lado, el gestor de Diplocat, Albert Royo, se merendó a los acusadores —con aplomo, tan pancho—, sobre dos de los pagos sospechosos (los efectuados al ex primer ministro holandés Wim Kok y al diario Ara), y neutralizó bastante, al menos de momento, al tercero (la observadora Helena Catt).

De otro, faltaron testigos (y más que eso), tanto en la vertiente internacional como en la de papeletería y cartelería. La fragmentación del proceso los centrifuga a otros juzgados y aquí —legítimamente— no declaran. Para beneficio principal de los procesados.

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