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Los papeles secretos de Felipe González

En sus cuadernos cabía todo: el cansancio del poder, las disputas de partido y las quinielas de ministros. El archivo del expresidente sale a la luz

EL DÍA 6 DE JULIO de 1989, mientras la Lambada suena en ­todas las piscinas, Felipe González abre su cuaderno y anota: “Hace 20 años”. Él tiene 47, lleva más de seis como presidente del Gobierno y se prepara para las elecciones generales del 29 de octubre. El lema del PSOE será “España, en progreso”, y González aparecerá en las fotos con una discreta sonrisa. En julio, sin embargo, escribe: “La mañana me resulta insufrible en una sesión fotográfica para la campaña, qué cosa más estúpidamente forzada posar para un cartel que después inunda las calles”. Saltándose las comas de la enumeración, continúa: “Empieza la fiesta macabra de las declaraciones rimbombantes de las mentiras conscientes de los nervios que produce el temor a quedar mal”.

“No puedo pensar que de esta actividad solo te saca la edad o la derrota total”, había escrito más arriba. “Necesito vivir. Alejarme de los despachos”. Tal vez por eso se acuerda del julio de 1969, cuando era un abogado de 27 años afiliado al entonces clandestino Partido Socialista, cuyos dirigentes tenían su base en Francia. El día 13 habían convocado un encuentro en Bayona, y González y sus compañeros, que trabajaban en Andalucía “sin conexión con el exilio”, vieron en esa fecha la ocasión de “descifrar el misterio”. Decidieron que acudiría él. “La idea no me apetecía”, anota. ¿La razón? Cruzar la frontera le producía “un miedo estúpido” y además tenía una cita el día 17: su boda con Carmen Romero. Finalmente, mientras él atravesaba España, su prometida se casaba por poderes en un juzgado de Sevilla. El lugar del novio lo ocupó Luis Uruñuela, futuro alcalde de la ciudad. González, eso sí, llegó a tiempo para la boda “formal”, de la que no había avisado a casi nadie. La noche del 16, recién regresado, anunció a sus padres que la ceremonia sería a las 9.30 del día siguiente. “No podré ir a la peluquería”, fue toda la respuesta de su madre. “Esa frase la define como carácter”, apostillará su hijo dos décadas después. Luego llega la gran pregunta: ¿En qué momento hay que dejar el poder? “Irse con la confianza intacta siempre se puede tomar como un menosprecio hacia los demás. Hacerlo cuando la confianza disminuye se interpreta como huida en los momentos difíciles”. Tres meses más tarde, el resultado electoral no resuelve el dilema. Pese a perder 800.000 votos, el PSOE revalidó la mayoría absoluta que disfrutaba desde 1982.

Las reflexiones del verano terminan con una nota sobre la campaña del otoño: “Los compañeros querrían que mostrase el aspecto positivo de lo que hay que hacer. Más que el positivo, el aspecto dulce”. Y concluye: “Hay que decir la verdad de lo que se piensa. Algo que a Nicolás Redondo le molesta”. Los apuntes que se cierran con esa frase resumen bien el contenido de los manuscritos de Felipe González que su fundación acaba de hacer públicos: algo de vida personal, muchas meditaciones y todos los avatares del Gobierno. También los del partido, marcados desde muy pronto por la tensión con UGT, el sindicato socialista liderado por Redondo. No en vano, fue el éxito de la huelga general del 14 de diciembre de 1988 lo que llevó al presidente a adelantar las elecciones sobre las que escribía siete meses después.

Carteles y programas electorales del Partido Socialista Obrero Español.
Carteles y programas electorales del Partido Socialista Obrero Español.

El de julio de 1989 es uno de los 80 cuadernos manuscritos —de unas 50 hojas— que González llenó entre 1985 y 1993 y que ahora pueden consultarse en la web de su fundación. Mientras le llega el turno a los que alcanzan hasta su derrota en 1996, se le suman notas sueltas de 1982 a 1985, y documentos personales y de su actividad como abogado y militante entre 1968 y 1974. Todo ello acompañado de 3.000 fotografías, incluida la famosa instantánea de la tortilla, en la que en realidad, según su autor, Pablo Juliá, los jóvenes socialistas andaluces comían naranjas. Es la avanzadilla de un archivo que atesora medio millón de registros entre apuntes, informes, cartas, audios, vídeos y recortes de prensa.

Con esta iniciativa, la Fundación Felipe González sigue el ejemplo de las bibliotecas presidenciales estado­unidenses, creadas en 1939 para preservar los archivos de los inquilinos de la Casa Blanca. En España no existía hasta ahora algo ni remotamente parecido. “¡Si no sabemos dónde están enterrados el 90% de los presidentes desde el siglo XIX!”, dice José María Mara­vall, exministro de González y patrono de su fundación. La Real Academia de la Historia conserva algunos fondos, los de Antonio Maura están en su propia fundación, y los de Manuel Azaña, en México tras ser entregados a su viuda. Cada presidente de la democracia se llevó sus papeles al dejar La Moncloa. Al contrario que los documentos generados por los ministerios ­—que por su carácter ejecutivo terminan en el Archivo General de la Administración de Alcalá de Henares—, los de Presidencia permanecen en manos de su titular. El historiador Santos Juliá recuerda una anécdota relatada por Leopoldo Calvo-Sotelo: cuando abrió la caja fuerte para ver qué le había dejado Adolfo Suárez, se la encontró vacía. Autor de una historia del PSOE que no sentó muy bien en Ferraz, Juliá detuvo su libro en 1982. Cuando se planteó la posibilidad de recoger los años del socialismo en el poder se topó con una respuesta: no hay papeles. “En España los políticos han tenido tradicionalmente un sentido patrimonial del Estado”, se lamenta otro historiador, José Álvarez Junco, también patrono de la Fundación Felipe González. “Hasta la hoja en la que escriben se paga con los impuestos, pero ellos creen que les pertenece”.

Para romper esa inercia, María González, que tenía cuatro años cuando su padre ganó las primeras elecciones, promovió hace seis la fundación que lleva su nombre y que hoy ocupa una sobria oficina con tres mesas en la Real Fábrica de Tapices de Madrid. En ella trabajan la directora, Rocío Martínez-Sampere —exdiputada del PSC—, una gerente y dos colaboradores; entre ellos, Alba Toajas, responsable de la minuciosa catalogación de los documentos. Todo empezó cuando en 2011 un director de documentales alemán preguntó a Felipe González si escribiría sus memorias. La respuesta fue “no”, y el cineasta insistió ante su hija, que había organizado la entrevista: no era un derecho de su padre, sino un deber con los ciudadanos. María González buscó entonces la complicidad de José María Maravall para que, si no había memorias, al menos hubiera archivo. “Les dije que les quedaban dos telediarios y que se lo debían a mi generación”, cuenta. “Me dijiste cuatro telediarios”, corrige Maravall entre risas. “Voy actualizando”, zanja ella, que se puso a recopilar papeles dispersos por media España entre locales del PSOE y casas ­particulares.

Cuadernos y el último maletín que tuvo Felipe González antes de ser presidente.
Cuadernos y el último maletín que tuvo Felipe González antes de ser presidente.

Pese a la resistencia paterna a “meter la cabeza en el archivo”, contó con su colaboración. Meter la cabeza en el archivo, aclara el expresidente, es la expresión que usó cuando también George Bush —“el padre, no la fotocopia”— lo animó a escribir sus memorias. González lo cuenta al final de una reunión del patronato a la que ha acudido con bastón por una lesión de rodilla. ¿Era consciente cuando escribía en sus cuadernos de que algún día los leería todo el mundo? “No solo no era consciente entonces, sino que me sorprenden ahora. Hace poco he descubierto que tengo 10 o 15 cuadernos más. No te puedes ni imaginar lo que se entusiasma la gente cuando ve una de esas notas con quinielas de Gobierno. Lo que más morbo produce es algo escrito a mano. Y lo que más describe mi actitud respecto a las notas es que cuando acababan los Consejos de Ministros arrancaba las 40 o 50 hojitas que utilizaba y las metía en la trituradora de papel. Después, por curiosidad, miraba cuántos ministros me seguían con las suyas. Yo era el único. Es algo que nadie cree porque las cosas que son tan evidentes no se creen, pero lo hacía porque cuando uno presta juramento dice que guardará el secreto de las deliberaciones del Consejo de Ministros. Ese secreto no tiene un límite temporal. Son secretas por ley”.

“Yo era el único que al final de cada Consejo de Ministros llevaba mis papeles a la trituradora”

La ley y el presupuesto, aclara Martínez-Sampere, son las únicas limitaciones que se impone la fundación que dirige para abrir los archivos presidenciales. Si Telefónica ha patrocinado esta primera fase, la ley tiene sus vericuetos. A la de protección de datos o del patrimonio se le suma la Ley de Secretos Oficiales, una norma que data de 1968, en pleno franquismo, y que no establece plazos de desclasificación. En marzo pasado —es decir, mucho antes de la moción de censura de Pedro Sánchez—, PSOE y PP se sumaron por fin a la propuesta registrada en 2016 por el PNV para que los documentos secretos sean públicos a los 25 años con una prórroga única de 10. En Estados Unidos el límite está en 30. Como recuerda Álvarez Junco, “tenemos acceso a los informes del embajador en Madrid sobre el 23-F, pero no a los informes españoles”. Los españoles tendrán que esperar a la nueva ley. Incluidos los que puedan encontrarse entre los papeles de Felipe González. El expresidente afirma no tener más reparos que los legales a la hora de publicar su archivo, que hace poco incorporó su propia ficha policial, elaborada durante la dictadura. En mayo se pasó varios días leyendo esos 500 folios de recortes de prensa, seguimientos policiales e “insinuaciones”. “Que salga el cuento de que estaba de amante con no sé quién o de que me había comprado un Mercedes —cosa que no se me habría ocurrido— no me preocupa nada. Nunca acertaban”, dice. Mayor interés, reconoce, tienen los informes de inteligencia, “reflejando conversaciones que habíamos tenido”.

Felipe González en un viaje a Egipto en 1987.
Felipe González en un viaje a Egipto en 1987.

Es el caso del medio centenar de páginas que, con un preliminar de novela de espías, transcribe la charla de tres horas celebrada en octubre de 1976 entre un mando de los servicios secretos y el propio González, joven líder (34 años) de un PSOE todavía ilegal. “Nosotros también estamos en un momento de evolución”, le dice el funcionario. “El servicio ni es lo que fuimos ni será lo que somos, pero su función permanecerá bajo otras formas. Servicios como el nuestro existen en todos los países del mundo. Es del Estado, no de un grupo político determinado. No tenemos más remedio que hablar con la gente”. También al PSOE, responde el político, le interesa “normalizar” su imagen presentándose ante la sociedad como un partido ajeno al socialismo autoritario, es decir, al soviético. ¿Y qué hay del puño en alto cantando La Internacional? Estética. Pertenece más “a la gran escenificación de la política que a los motivos que mueven a la gente”. Los jóvenes socialistas han madurado “a marchas forzadas”, explica. Tras llevar a cabo la operación “traumática” de “pasar de la generación de Llopis [el histórico líder socialista en el exilio]”, no quedan entre ellos dirigentes mayores de 50 años. “La democracia va a ser joven en este país”. Eso es algo que, subraya González, no habían entendido ni el Carrillo que pilotaba desde antiguo el Partido Comunista ni el Fraga que acababa de fundar, ironiza, Alianza “Impopular”. Pese a su juventud, el líder socialista maneja una información que contradice la entonces extendida idea de que el PCE encabezaría la oposición parlamentaria de izquierdas: “El PSOE va a ser un partido probablemente del 30% de los votos, y el PCE, del 6% o el 7% o el 10%”. En las elecciones de junio del año siguiente, las primeras democráticas, los porcentajes fueron del 29,2% y el 9,3%, respectivamente. Tal vez por eso, “en contra de lo que afirma por ahí la prensa”, defiende la legalización del PCE. “Al PCE lo que mejor lo combate es eso, las cifras, las urnas”. Con todo, a lo largo de encuentros posteriores pedirá que se permita al PSOE clandestino celebrar su congreso en Madrid y defenderá que “lo sano es que a Gutiérrez Mellado [vicepresidente con Adolfo Suárez] lo vea la izquierda, no solo la derecha. Lo mismo que al rubito que está en La Zarzuela”. Una nada velada referencia al Rey.

Borrador de una carta de Felipe González al exmandatario cubano Fidel Castro, en 1992. Bajo el cuaderno, fotografía de la visita de Mijaíl Gorvachov y su esposa a Doñana.
Borrador de una carta de Felipe González al exmandatario cubano Fidel Castro, en 1992. Bajo el cuaderno, fotografía de la visita de Mijaíl Gorvachov y su esposa a Doñana.

Aunque Felipe González insiste en que, si de él ­dependiera la desclasificación de los documentos, su criterio sería “muy amplio”, José María Maravall reconoce que el proyecto produjo “exclamaciones de estupor en políticos socialistas relevantes”. “Es una locura”, “La gente va a saber…” son algunas de las reacciones que le llegaron. ¿Qué va a saber la gente? “23-F, por ejemplo”, responde Maravall con una vehemencia que sorprende —alarma casi­— a los que le rodean en la fundación. “Todo lo que pasó. Quién estaba detrás. Cuáles eran las tramas. Padres de la patria que han sobrevivido como padres de la patria, ¿lo eran tanto? Este es un país que ha tenido muchas convulsiones”. Entre las principales, el terrorismo y la guerra sucia contra el terrorismo, que terminó llevando a la cárcel a un ministro del propio González: José Barrionuevo. Maravall, que llena la conversación de interrogantes, es tajante en ese punto: “Se acusa de los GAL y no: se puso fin a eso en el año 1986. Al antiterrorismo contra ETA, a todos esos grupos. ¿Por qué hay nombres que desde la muerte de Carrero están en la organización de un terrorismo subterráneo? Cuando el señor Olarra [presidente de la Confederación de Empresarios de Vizcaya] dice que está reclutando mercenarios en Marsella, pensamos: ¿qué está pasando? De eso se sabe muy poco y se sabrá”. ¿Cuándo? “En cuanto la ley lo permita”.

Habrá, pues, que esperar a que resuelva el Congreso de los Diputados. Mientras se desclasifican los informes de su etapa de gobierno, en los manuscritos de Felipe González se comprueba cómo toma nota de atentados que acababan de producirse (lugar, circunstancias, número de víctimas). También de una consulta, en marzo de 1987, sobre qué hacer con el cadáver de Txomin, interlocutor de ETA en su negociación con el Gobierno fallecido en Argel en accidente de tráfico. Un año más tarde registra una entrevista con el ministro de Justicia y el fiscal general del Estado: “Asunto Amedo —Fondos reservados / Actuación de los fiscales / Posible respuesta / Evidentemente las fuentes de información para el procesamiento son muy frágiles. Las pruebas inexistentes. /Las declaraciones de los implicados son comprensibles, tratando de disminuir su responsabilidad mediante manifestaciones en juicio contra la policía francesa y española. / Las reacciones de las autoridades en Francia no llevan a ninguna diligencia ante la policía y menos a procesamiento. / Los condenados están dispuestos a declarar lo contrario. /Los delitos han sido cometidos en Francia, ¿cómo juzgar en España a los responsables?”.

Sesión de investidura de Felipe González como presidente en 1982.
Sesión de investidura de Felipe González como presidente en 1982.

Los manuscritos del expresidente abundan en apuntes sobre despachos con sus ministros y sobre reuniones de la Ejecutiva del PSOE. No siempre está claro si se refieren a lo que piensa decir o a lo que acaban de decirle. En ocasiones, no obstante, se acompañan de informes ajenos. Como los nueve folios firmados por Carlos Solchaga sobre tres factores fundamentales para decidir —en torno a 1985— la fecha de las elecciones generales: el referéndum sobre la permanencia en la OTAN, las relaciones con UGT y la influencia de la economía en las perspectivas electorales. Respecto a lo primero, el ministro de Industria y futuro titular de Economía escribe: “Si después de una clara campaña de concienciación los sondeos ofrecieran resultados negativos, el referéndum no debería llevarse a término”. Finalmente, se celebró el 12 de marzo de 1986 y ganó la posición socialista, que había pasado del no al sí. Tres meses más tarde, el PSOE volvió a obtener mayoría ­absoluta en las elecciones.

Solchaga se convirtió en el emblema del polo “renovador” —es decir, liberal— del partido mientras el vicepresidente, Alfonso Guerra, se convertía en el supuesto guardián de las esencias. Los escándalos de corrupción en los que se vio envuelto su hermano, Juan Guerra, terminaron forzando su salida del Gobierno en 1991. El primer día de ese año, Felipe González le escribe una carta de cinco folios en la que habla de la atonía del gabinete, en vías de remodelación, y de la amistad entre ambos: “Siempre me he resistido a continuar sin ti algo que empezamos juntos”. No obstante, dice, deben contrarrestar “imágenes que empiezan a producir efectos negativos”. Como relata en sus memorias el propio Guerra, recibió esa carta dos días más tarde. El 12 de enero, en la clausura del congreso del PSOE de Extremadura, feudo guerrista, anunciaba su dimisión entre gritos de “¡No te vayas!”. Aquella semana se especuló con la posibilidad de que el presidente dejara caer a Solchaga para compensar a su archirrival. A la vista de las quinielas recogidas en sus cuadernos, las especulaciones no tenían fundamento. Carlos Solchaga, que repitió como ministro, aparece incluso como posible vicepresidente junto a Narcís Serra, aunque solo este último ocuparía el cargo.

La Carta de Alfonso Guerra

El 1 de enero de 1991 – por error anotó la fecha del año anterior – Felipe González escribió a su vicepresidente sugiriéndole que dejara el gobierno. Sin citarlo, trataba de evitar que el caso de corrupción que afectaba a Juan Guerra, hermano del número dos, continuara salpicando al Gabinete. La dimisión se anunció el día 12 y Narcís Serra ocupó el puesto. Francisco Fernández Ordóñez y Carlos Solchaga estuvieron en las quinielas.

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A José María Maravall, que en aquellas quinielas ejercía de ministro comodín, no le preocupan los apuntes del expresidente sobre su Gobierno, “donde todos éramos más o menos muy educaditos”. Le preocupan los que tomó en las reuniones del partido, “donde no ser educadito era un requisito de supervivencia”. Fuera de esas disputas y de las posibles revelaciones sobre el GAL o el 23-F condicionadas por la ley, Maravall ­subraya la importancia del archivo como fuente de información sobre Latinoamérica, Oriente Próximo y, por supuesto, Europa. Ronald Reagan y Mijaíl Gorbachov son nombres habituales en sus papeles. También Fidel Castro, al que en 1992 le dirige una carta en la que habla de dos amenazas: el nacionalismo radical y el integrismo religioso.

En los manuscritos de González, la reflexión sobre el poder convive con la ‘cocina’ del poder

En los manuscritos de González la reflexión sobre el poder convive con la cocina del poder. “Las manos más bien abiertas. Mirarlo mientras habla. Distraerlo”, anota en 1993 al preparar el famoso debate televisivo con José María Aznar. En una hoja puede hacer el seguimiento de la guerra del Golfo, y en la siguiente, la lista de lo que quiere llevarse de vacaciones a Doñana: “Una caja de pimientos. Herramientas de bonsáis. Bañador”. Un día, sin embargo, ni los Juegos de Barcelona ni la Expo de Sevilla consiguen atraer su atención. El 7 de agosto de 1992 murió de cáncer Francisco Fernández Ordóñez, ministro de Exteriores hasta poco antes. Felipe González, que estuvo hasta el final en casa de su amigo, anotó al regresar a La Moncloa: “Acaba de morir Paco. Lo esperaba como todos, pero hay algo que se ha roto, que ha cambiado en mí”. Le quedaban cuatro años en el poder. Tras elogiar la serenidad de la familia, concluye: “Me acordé de mi madre”. La página siguiente lleva una fecha (27 de agosto) y un encabezamiento: “Reunión en Londres”.