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El Felipe González más personal

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Felipe González, secretario general del PSOE, juega a la petanca en 1982 en Miraflofres de la Sierra (Madrid).

Cuenta María González, que tenía cuatro años cuando su familia se instaló en La Moncloa, que nunca vio a su padre escribiendo en uno de los cuadernos que ahora salen a la luz. Ella estaba en la zona familiar del palacio presidencial. En esos blocs, de hecho, no abundan los datos sobre la vida privada de Felipe González. Sin embargo, casi 14 años de Gobierno y miles de anotaciones permiten que la rutina cotidiana termine colándose en la agenda oficial.

Así, el 22 de agosto de 1990, veinte días después de que Irak invadiera Kuwait, el presidente toma nota escueta de una reunión con Narcís Serra, ministro de Defensa: “Directiva barcos al Golfo”. En la siguiente hoja, escribe: “Para llevar a Doñana”. Y continúa con una variopinta lista de enseres para las vacaciones en el parque nacional onubense: “La nevera de Paco. Una caja de pimientos. Herramientas de bonsáis. Bañador. Botas de campo...”.

Con todo, la mejor fuente para un posible autorretrato de Felipe González son los borradores con las respuestas a las entrevistas que le hicieron por escrito. Entre ellas destacan las cien preguntas enviadas por la revista Primera Línea el 2 de abril de 1985, tras un frustrado intento de que Alaska entrevistara al presidente (intento que, en una de sus respuestas, él mismo dice desconocer). “¿Ha habido momentos en que deseara tira la toalla?”, le preguntan. Su respuesta, cuando apenas lleva tres años en el poder, es la que sigue: “Todo político está obligado a decir que no, pero o se miente a sí mismo o miente a los demás o es un tipo peligrosamente seguro de sí mismo. Yo he tenido esos momentos y pienso –idealmente- que me gustaría recuperar el anonimato en una pequeña finca cerca del mar, pero no en la orilla y con orientación sur”.

“Me gustaría recuperar el anonimato en una pequeña finca cerca del mar, pero no en la orilla y con orientación sur”

Tanto de ese centenar de respuestas –solo deja en blanco la que se refiere al cine de Almodóvar- como de otros apuntes manuscritos, el autorretrato que se saca de Felipe González es el de un político que cocina pescado al horno y rabo de toro y cuyo “cóctel favorito” es el vino tinto, al que le gusta que le traten de tú, mantiene “una dura batalla” con la corbata, siente la soledad como “un alivio”, toma pastillas para la acidez de estómago, adora los caballos, odia las serpientes, considera a Antonio Machado como la gran influencia de su juventud y a don Quijote como su gran héroe, se “entusiasmó” con la película Amadeus, es “una catástrofe” bailando y piensa que “ir de marcha” es “salir al monte. ¿O no?”

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