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La verdad de la falsa etimología

Lo que más me llamó la atención de Jorge Wagensberg no fue su presencia radiante, sino su expresión discursiva. Hablaba siguiendo un compás preciso que iba marcando con mucho gusto en cada palabra

Jorge Wagensberg
Jorge Wagensberg en 2015

Conocí a Jorge Wagensberg hace ya algunos años. Coincidimos una tarde de calor en el hotel Wellington, en Madrid. Yo había ido a conocer a sus editores, por si de estas cosas publicaban mi penúltima novela, y Jorge tomaba una cerveza en el bar del hotel, haciendo tiempo antes de salir a las firmas de la Feria del Libro.

Si el recuerdo no me traiciona, vestía traje negro y camisa blanca desabotonada por el cuello, a juego con su canosa pelambrera. Pero lo que más me llamó la atención no fue su presencia radiante, sino su expresión discursiva. Hablaba siguiendo un compás preciso que iba marcando con mucho gusto en cada palabra. Era un gran conversador y me hipnotizó de tal modo que yo olvidé a qué había ido al Wellington. Mejor dicho, no lo olvide, sino que llegados a este punto, ya me daba igual.

El azar es un derecho intrínseco de la naturaleza y por azar, sobre todos los demás asuntos, estamos aquí, concluyó Jorge

Porque Jorge hablaba de falsas etimologías a las que se acercaba por intuición, según dijo, rozando la incertidumbre y la vivencia. Una de ellas, una de las falsas etimologías, hacía referencia al calor de California, territorio que en su día fue gobernado por Gaspar de Portolá que era de Lleida y que tenía casa en la villa de Ager, una población donde los desvanes de las casas se denominaban “las californias”. Calor de forn, calor de horno -concluyó Jorge- pegando un trago a su cerveza. De ahí el nombre del territorio.

Fue cuando yo, impulsado por la temeridad propia de los ignorantes, negué con la cabeza. Se hizo el silencio y Jorge, con ojos rientes, me invitó a la refutación. Ni corto ni perezoso, me remití a los tiempos de la conquista de México, por Cortés, mucho antes de que Gaspar de Portolá gobernase las Californias. En aquella época, los libros de caballerías tenían tanto éxito como ahora lo pueden tener las novelas policíacas. Al fin y al cabo, ambos géneros son géneros de acción directa, literatura popular, le subrayé y seguí contando que uno de los exitosos libros de caballería era el Amadís de Gaula. En su continuidad, titulada Las sergas de Esplandián, aparece una isla fabulosa con el nombre de California gobernada por una reina llamada Calafia. De esta manera, un nombre de fantasía serviría de nombre a un estado de Norteamérica.

Hay casualidades que pueden desencadenar procesos complejos como son los procesos que condicionan la vida pero también, a menor escala, hay casualidades que pueden cambian el rumbo de la vida de una persona

Después de mi explicación y de pegar un sorbo a su cerveza, Jorge Wagensberg aseguró que siempre estaba más interesado en lo que no sabía que en lo que sabía, por lo cual agradeció mis datos y para sintetizar nuestro amistoso enfrentamiento, y superar con creces ambos supuestos, afirmó que la verdad requiere rigor, por lo cual lo dicho por mí, tal y como lo había expuesto, podría ser verdad. Con todo, al igual que verdad y rigor se complementan, también por el lado contrario se complementa la mentira con la imaginación y que su supuesto era un recurso creativo ya que intentaba lo contrario a la verdad vigente. Por algo, él mismo, lo había bautizado como “falsa etimología”.

Pero Jorge fue más lejos en su síntesis y retomando la falsa etimología de California, junto a otra ronda de cerveza, empezó a perorar acerca de la casualidad como coincidencia de hechos; de tal forma que el azar llevaría a un hombre como Gaspar de Portolá a ser gobernador de California pues el azar es un derecho intrínseco de la naturaleza y por azar, sobre todas los demás asuntos, estamos aquí, concluyó Jorge.

Yo asentí y dispuesto a brindar por el azar que nos había juntado en el bar de un hotel, alcé mi vaso y reconocí que había llegado hasta el Wellington por ver si sus editores me publicaban y así compartiríamos catálogo. Pero Jorge, tal y como me dijo, no se refería a nuestro encuentro sino al proceso biológico que combina las células y que acarrea una montonera de pasos. Uno de ellos, según Jorge el paso más crucial, culminó cuando las moléculas de ácido ribonucleico empezaron a interactuar hasta convertirse en moléculas más complejas. Algo tuvo que suceder entonces para que esto tuviera lugar -aseguró Jorge Wasenberg- y ese algo fue la casualidad.

Sin duda, hay casualidades que pueden desencadenar procesos complejos como son los procesos que condicionan la vida pero también, a menor escala, hay casualidades que pueden cambian el rumbo de la vida de una persona y el encuentro con Jorge Wagensberg fue una de esas casualidades que mi memoria guardará para siempre. Que sirva esta pieza como homenaje.

El hacha de piedra es una sección donde Montero Glez, con voluntad de prosa, ejerce su asedio particular a la realidad científica para manifestar que ciencia y arte son formas complementarias de conocimiento

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