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Muere Jorge Wagensberg, físico y gran divulgador de la ciencia en España

Autor de 30 libros, situó el CosmoCaixa entre los mejores museos de Europa

Jorge Wagensberg
Jorge Wagensberg en 2015

Quizá el secreto de Jorge Wagensberg (Barcelona, 1948), un poeta metido en la cabeza de un científico y el cuerpo de un ilustrado bon vivant, estaba en ese recuerdo de niñez de la fábrica de su padre: por un lado entraban materiales de todo tipo (tiras de cuero, clavos…) y por el otro salían milagrosamente reconvertidos en maletas. Su progenitor, polaco que aterrizó en Barcelona huyendo de la galopante xenofobia de los años treinta, inventó todo el proceso, máquinas incluidas. Ahí debió nacer el Jorge Wagensberg científico que encontró como nadie la piedra filosofal de la fusión de arte y ciencia en España, curioso empedernido, creador de uno de los museos más innovadores de Europa, CosmoCaixa, y profesor de Teoría de los Procesos Irreversibles. Ayer, tras una enfermedad que se precipitó en los últimos 10 días, como si se tratara de uno de sus queridos procesos de termodinámica no reversibles, falleció a los 69 años en la Barcelona donde había nacido en 1948.

Formado intelectualmente lejos de la religión (“en la escuela no deberían inocularse dogmas y creencias”, mantenía), Wagensberg estudió Física en la Universidad de Barcelona, donde se doctoró en 1976. Se definía como un “disperso genético”, algo que no solo se tradujo en sus gustos intelectuales sino que lo extendió a la práctica material, lo que le hizo compaginar antagónicas actividades como el lanzamiento de martillo y tocar el violín. La multidisciplinariedad de su padre y el mítico libro La expedición de la Kon-Tiki, del antropólogo Thor Heyerdhal (“aunque sus hallazgos resultaron ser falsos, su libro me inspiró la pasión por la ciencia y por viajar”, confesaba) marcaron sus pasos. Como lo hizo su primer hallazgo: una piedra ámbar con centenares de hormigas corriendo atrapadas en su interior que encontró en la República Dominicana. En su caso, el siguiente paso era inevitable: preguntarse de qué huían, y luego, montar unas jornadas con toda clase de sabios desde entomólogos a matemáticos.

El CosmoCaixa fue el museo que encarnó su gran virtud: llegar a la alta divulgación científica por el camino intelectual más sencillo y corto y que plasmó, en lo literario, con sus amados aforismos. En 1991, la Fundación La Caixa le dio la dirección de su Museo de la Ciencia, al que le dio la vuelta como un calcetín: “Quería que fuera una universidad para ciudadanos, premios Nobel y niños a la vez”. Y así culminó su labor en 2004: CosmoCaixa, con sedes en Barcelona y Madrid, sería galardonado en 2006, un año después de su marcha, por el Consejo de Europa como el mejor museo del continente. En 2007, la Generalitat de Cataluña le otorgaba su máxima distinción, la Creu de Sant Jordi.

Termodinámica y filosofía

Nada de la ciencia le era ajeno: desde la temible termodinámica a la filosofía, pasando por la microbiología o la paleontología. Y eso se tradujo en una treintena de libros. Y en esa cabeza que mantuvo siempre unos revoltosos rizos como sus pensamientos, se hizo un hueco en la divulgación y la poesía. En 1983 aceptó dirigir en Tusquets la colección Metatemas (“libros para pensar la ciencia”), uno de los esfuerzos más sistemáticos de la edición española en ese campo. Él mismo publicará ahí varios títulos, reveladores: El pensador intruso o Más árboles que ramas. 1.116 aforismos para navegar por la realidad. Wagensberg trabajaba desde 2014 en la dirección museológica del futuro Museo del Hermitage que la pinacoteca rusa estudia abrir en Barcelona. “Buscaré un diálogo entre ciencia y arte usando una singular combinación de piezas, fenómenos y metáforas museográficas”, aseguró. Y como ejemplo citó la conquista de la perspectiva en la pintura “desde Altamira hasta Dalí, una aventura de 20.000 años de antigüedad”. Un hombre hecho link.

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