Senegal planta cara al desierto

El sueño de 14 países es crear una muralla verde para frenar al Sáhara. Senegal ha plantado ya 30.000 árboles

El agua llegó a la casa de Usman Ndiaye en el año 94, fue de los pocos varones que decidió quedarse en su pueblo.
El agua llegó a la casa de Usman Ndiaye en el año 94, fue de los pocos varones que decidió quedarse en su pueblo.Iñaki Makazaga
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“Aquí sólo había viento y arena, no nos quedaba más salvación que el nomadismo”. En el extremo norte de Senegal, la arena de las dunas de Lompoul han pasado de arrebatar los cultivos, casas y salud de la población de etnia poul a servir de terreno fértil para huertos, pozos y hogar seguro para sus 10.000 habitantes. Makthar Ndiaye, coordinador de los proyectos de cooperación de la ONG vasca Solidaridad Internacional en el país africano, lo tenía claro: “Si protegemos las dunas del viento del Océano Atlántico, conseguiremos transformar el desierto en un lugar más habitable y frenar la desertización”. Y así lo ha conseguido tras siete años de trabajo. Con la puesta en marcha de diferentes proyectos ha conseguido plantar 30.000 árboles a lo largo de 1.000 hectáreas en las que ha fijado la arena de las dunas, protegido las zonas fértiles de cultivo y generado, durante todo el proceso, compostaje para la recuperación de la franja más seca del país e inicio del desierto del Sahel que atraviesa el continente.

El sueño de 14 países de construir una Gran Muralla Verde desde Senegal hasta Yibuti a lo largo de 7.500 kilómetros sirvió como inspiración a Ndiaye para trabajar contra el desierto en una de las zonas más vulnerables del país, la región de Louga y el departamento de Kebemer. Un proyecto que ha conseguido poner en marcha con el apoyo de la Diputación Foral de Bizkaia y la Agencia Vasca de Cooperación del Gobierno Vasco. Tras 10 años como vendedor ambulante por toda España, terminó su proyecto migratorio en Bilbao donde estudió el Máster de Cooperación del Instituto Hegoa de la UPV/EHU y consiguió organizar un viaje con cinco ONG vascas diferentes para que visitaran su localidad de origen. “He pasado de inmigrante a cooperante y de ver cómo todos los hombres de mi pueblo nos íbamos a ver cómo volvemos ante la llegada del agua, la aparición de huertos y de la vida”.

El nomadismo era la única alternativa para muchas personas del extremo norte de Senegal. Gracias al proyecto pueden asentarse en casas de cemento y ladrillo

Tras 17 años de aquel primer viaje, Ndiaye siente un especial orgullo del trabajo impulsado en la zona donde arranca el desierto. En siete años de trabajo directo, ahora empieza a ver los resultados: “Hemos conseguido fijar las dunas y con ellas a la población”. Y en este plazo ha involucrado a más de 200 personas a las que les ha generado de una forma directa o indirecta un puesto de trabajo en el proyecto. A la vez, ha puesto en marcha nuevas iniciativas de cooperación para la conservación natural, el fortalecimiento de la seguridad alimentaria y el acceso al agua. “Ha sido un proceso muy costoso en el que hemos necesitado un vivero, cursos de agricultura ecológica, maquinaria básica para la generación de pozos de regadío, acceso a semillas y más cursos de formación”, repasa Ndiaye mientras camina orgulloso entre árboles por las dunas de Lompoul.

Fijadas las dunas, fijada la población

Esta revolución verde ha pasado por la plantación de 30.000 árboles frutales que dan continuidad a la hilera de árboles que colocó el Gobierno senegalés en 2008 junto a la costa desde la capital, Dakar, hasta San Luis a lo largo de 130 kilómetros. “Desde entonces no se ha invertido más”. Estos nuevos árboles, lejos de su frágil apariencia, se han convertido en una sólida barrera del desierto. Mbaye Ka es uno de los nómadas que han decidido incorporar el cemento en la construcción de su casa y fijarse, como las dunas, en un único lugar. “Antes eran todas las casas provisionales, necesitábamos movernos con el ganado para evitar los vientos, la arena y la sequía”. Junto a la casa de cemento y ladrillo también destaca la presencia de cada vez mayor número de aperos de labranza.

“Antes apostábamos por el ganado y lo poco que cultivábamos era mijo. Por la escasez de agua, se nos morían los animales poco a poco y apenas conseguíamos subsistir. Muchos soñaban con viajar a Dakar, a Europa y huir de este desierto”. Ahora, con nueve hijos, él sueña con dejarles una tierra lo más verde posible. El tiempo dedicado al ganado ha ido disminuyendo por las tareas de agricultura en un huerto cada vez más grande, cada vez más verde dónde le apoyan su mujer y sus hijos.

“Mis hijas ya se han podido escolarizar. Con lo que obtenemos del huerto les compramos los libros y pagamos los desplazamientos”, añade Khady Ka, que llegó al poblado de Beigna Penda rodeado de dunas hace ahora 30 años cuando contrajo matrimonio. “Si me dicen al llegar que conseguiríamos tener un huerto con un pozo en esta zona, no me lo creo”. Tampoco se lo hubieran creído los padres, ni abuelos de Serignesera Sow, jefe de la comunidad, obligados al nomadismo por la falta de recursos naturales. Ahora apoyado en la pared de ladrillos de su casa espera al día de mercado en Jong Yoy para llevar todos los excedentes del huerto. “Ya no me planteo mover a toda la comunidad, aquí nos quedamos”. Su próximo reto pasa por construir una escuela para los más pequeños.

Muchos nómadas del norte de Senegal han comenzado a asentarse gracias a la creación de nuevos espacios verdes que frenan la desertificación

Cheikh Lo, de 70 años, no vive a los pies de las dunas de Lompoul pero también se ha beneficiado del proyecto de Solidaridad Internacional al frenarse los efectos negativos del desierto y apoyar en la construcción de nuevos pozos y depósitos elevados de agua. “Hemos conseguido que muchas personas retornen de nuevo al pueblo, tanto de Dakar como de Europa”. La sola presencia del agua ha transformado el pueblo de Ndiaye Ndiaye. 12 nuevas familias han regresado y ahora Cheikh Lo planta verduras en un gran huerto con pozo propio. Lechuga, tomate, pepinillo, berenjena y una variedad local de pimiento. Una enumeración de productos que hace de forma lenta, regodeándose orgulloso en cada verdura que cultiva. “He visto cómo se vació el pueblo de familias que huían de la pobreza y verles ahora regresar es una satisfacción”.

Fijada la población, protegidos los cultivos

El apoyo en el abastecimiento del agua y el impulso de una agricultura ecológica a más de cinco pueblos de los nueve que conforma el departamento de Kebemer ha completado la acción realizada por Ndiaye y Solidaridad Internacional en Lompoul. “Siempre lo tuve claro durante todo el proceso migratorio: me iba a España a vender artesanía pero también para formarme. Y cada uno de estos proyectos evita que más gente se tenga que marchar, como tuve que hacerlo yo”, reconoce.

Hasta ahora, en muchos rincones eran las mujeres las que se dedicaban ocho horas diarias en dos turnos de cuatro horas cada uno a recoger el agua tanto para el uso doméstico como para el agrícola. Una dura forma de vida que desplazó a los hombres a Europa en los años ochenta y que ahora a su regreso ha revitalizado las casas, los caminos y el pueblo.

El último depósito de agua construido ha sido en Kandalla con un nuevo pozo a 65 metros y una red de distribución del agua de cuatro kilómetros cuadrados que ha beneficiado a 210 campos de cultivo del que viven 3.000 personas de 95 familias diferentes. “El pozo se construyó hace dos años y en este tiempo hemos duplicado la producción, contratando incluso a gente para que nos ayude con las nuevas cosechas. Ya no tenemos problemas con que los niños vayan a las escuelas”. Con el agua también ha llegado el tendido eléctrico.

Dónde no ha llegado todavía la luz, pero sí el agua hace menos de un año, es a Palene Fall. Las mujeres han conseguido liberarse de la tarea diaria de ir al pozo. Ahora basta con un simple gesto en sus casas para que salga agua tanto para el uso doméstico como para el agrícola. A sus 28 años, Awa Ndiaye acaba de descubrir el agua corriente. Tiene cuatro hijos y ha retomado la alfabetización, el deseo de que sus hijos vayan a una escuela. “Antes madrugábamos para ir a por ella, ahora lo hacemos para ducharnos las primeras”. Los mayores del pueblo ya no sueñan con viajar a Europa, sino con una pueblo más verde. Entre las familias se han repartido el campo, 900 metros cuadrados para cada familia. “Muchos siguen en España o Italia se plantean regresar porque saben que con el dinero ahorrado y estas condiciones dónde mejor están es en sus casas”.

La Gran Muralla Verde ha dejado de ser un sueño. Ahora cuenta ya con 1.000 nuevas hectáreas verdes, justo en el inicio del Sahel. Y sobre todo, con un gran aliado: Makthar Ndiaye, que un día fue inmigrante en España y ahora es un cooperante senegalés con la idea fija de plantarle cara al desierto.

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