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EL PULSO COLUMNA i

El sapo de la identidad

Cogí un disgusto de muerte cuando descubrí que el juego no era peruano. No me extrañó destapar el origen británico del “tiro al sapo”

El juego del sapo o la rana se origina en el siglo XVIII en las tabernas de Reino Unido.
El juego del sapo o la rana se origina en el siglo XVIII en las tabernas de Reino Unido.

Si el sapo fuera deporte olímpico seríamos campeones mundiales”, sentenció mi padre tras otro fracaso de la selección peruana de fútbol. Sin embargo, su reflexión no se me antojó peregrina porque desde niño contemplaba fascinado los ardorosos campeonatos de sapo que disputaban los adultos después de las parrilladas. Me encantaba ver cómo volaban las fichas hacia la boca del bicho, el tañido de los bronces cuando impactaban en la mariposa y aquel soniquete leñoso de los cajones, tan especial como el que producen las bolas de billar cuando caen en las buchacas. Y lo maravilloso es que el sapo podía jugarse achispado, con más de setenta años de buena puntería y aprovechando el peso de la barriga cervecera para adornarse lanzando al volapié. Por eso cogí un disgusto de muerte cuando descubrí que el sapo no era peruano.

Mis amigos argentinos proclamaban que el sapo era un invento de los criollos de Río de la Plata, pero luego descubrí estupefacto que en Chile también creían que el juego de la rana era más chileno que un moái de la isla de Pascua. ¿Y si el Libertador San Martín llevó el sapo de Argentina a Perú pasando por Chile? Imposible, porque los colombianos tienen el juego de la rana, los mexicanos una mesa de sapo y los ecuatorianos el tablero del sapo. En el colmo de la confusión mítica, el sapo guatemalteco es el mismo de la iconografía maya y en Bolivia es el Pukllay sapu, que traducido del quechua quiere decir “tiro al sapo”. En cualquier caso, parecía claro que el juego tenía copyright latinoamericano y así la colonia latina de Vancouver celebra desde 2012 el Campeonato Mundial de Juego de Rana en las canchas de sapo del Collingwood Neighbourhood House. Pero no. Para que el horror sea perfecto, vascos y asturianos riñen en España por el patrimonio del juego de la rana.

En efecto, el juego de la rana en Asturias está documentado desde el siglo XIX –donde era habitual en chigres y sidrerías–, aunque también en el País Vasco existen antiguos clubes raneros por Lemoa, Bedio, Erandio y Abadiño. ¿O sea que después de tanto chovinismo el sapo era un juego español? La decimoquinta edición del DRAE incorporó en 1925 la siguiente acepción de rana: “Juego que consiste en introducir desde cierta distancia una chapa o moneda por la boca abierta de una rana de metal puesta sobre una mesilla”. Cómo será de castiza la rana que en España las fichas son tejos, los casilleros troneras y las mariposas ruletas. No obstante, no me creo que la rana fuera ni vasca ni asturiana, porque también es un esparcimiento tradicional de la comarca del Jiloca (Teruel) y en Azuqueca de Henares (Guadalajara). Por eso no me extrañó destapar el origen británico del sapo.

Al parecer, el sapo de toda la vida se viene jugando en las tabernas de Sussex desde el siglo XVIII bajo el nombre de Toad in the hole, de donde habría salido para Francia (Jeu de la grenouille) y también hacia España, antes de saltar el charco como en los haikus. Menos mal que los ingleses tampoco rascan bola en los mundiales, porque el fútbol en Inglaterra viene a ser lo mismo que la democracia en Grecia: un invento maravilloso perfeccionado lejos de sus fronteras. Mismamente como el sapo, aquel juego que quizá por ser tan humilde todos en América Latina jurábamos que era propio, telúrico y autóctono como nuestra identidad. Y ese sapo –el de la identidad– sí que habrá que tragárselo.

 

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