REPORTAJE

Segunda vida siria en Suecia

Suecia es el único país europeo que abre sus puertas a los sirios que escapan de la guerra Miles de refugiados recalan allí tras una travesía por una Europa que mira hacia otro lado Les dan casa, comida y un sueldo hasta que sean capaces de valerse por sí mismos

Shihabi y Diab, llegados a Suecia tras haber pagado 12.000 euros a un contrabandista que se encargó de organizar su viaje.
Shihabi y Diab, llegados a Suecia tras haber pagado 12.000 euros a un contrabandista que se encargó de organizar su viaje.Evan Pantiel

Los pasos han de ser cortos. Si no, la probabilidad de caer de bruces contra una placa de hielo aumenta. Pasito a pasito. Así es el aprendizaje en Jämtland, una provincia del centro de Suecia cubierta de nieve a la que van a parar parte de los miles de refugiados sirios que se reparten por el país nórdico. Llegan con lo puesto. Aturdidos por la guerra y desorientados tras cruzar media Europa de la mano de contrabandistas sin escrúpulos. Ahora les toca empezar de cero, construir una segunda vida lejos del mínimo atisbo de familiaridad. La gélida Suecia, a diferencia del resto de países de Europa, les abre sus puertas de par en par.

El comedor de Grytan, una antigua base militar de Jämtland, es algo así como las Naciones Unidas del dolor. Aquí los sirios son abrumadora mayoría, pero hay también refugiados de Somalia, de Irak, de Eritrea, de Palestina y hasta un marroquí. Comparten mesa sin mantel en esta antigua barraca militar, privatizada y reconvertida ahora en alojamiento temporal para los que escapan de sus infiernos nacionales. La Agencia Sueca de Migraciones y los dueños del recinto les ofrece tres comidas al día, las primeras nociones de sueco y toda la libertad que un campamento incrustado en un bosque nevado en medio de la nada es capaz de ofrecer.

En el menú: pollo con arroz y mandarinas. Nada del otro mundo. Pero juntarse a comer es por lo menos una manera de matar el tiempo. Los días se hacen eternos a la espera de recibir los papeles que les permiten trasladarse a un lugar más permanente y ponerse en mano de los servicios de empleo para arrancar, ya sí, de verdad, la nueva vida en Suecia. Para eso se impone no impacientarse durante semanas en el mejor de los casos y a menudo meses.

“Aquí ejercitamos el arte de esperar”, se resigna Ronza Shihabi, una sonriente siria de 28 años. Ella y su marido, Fadi Diab, de 25, tienen cita para arreglar los papeles en febrero. Hasta entonces vivirán en un cuarto con literas de hierro pintadas de blanco. Bajarán a airearse al pueblo más cercano. Verán cómo los días se hacen cada vez más cortos y sobrevivirán a temperaturas bajo cero. De momento, Shihabi, de ojos negros inmensos, ya ha cambiado el hiyab por un gorro de lana de rayas rosas.

Fue hace dos meses cuando este matrimonio de Damasco decidió huir. Llevaban medio año saltando de barrio en barrio de la capital siria, esquivando los bombardeos. “En los lugares seguros hay que pagar los alquileres de golpe, por adelantado”, explica Shihabi, una ingeniera informática que dirigía una sucursal de la empresa de telecomunicaciones Syriatel en Yarmouk, el gran campo de palestinos de Damasco y uno de los lugares más azotados por la guerra. A Shihabi le tocó ir a trabajar hasta el final; hasta el día antes de su huida. El régimen se empeña en coreografiar una falsa normalidad en Damasco a pesar de los casi tres años de guerra y más de 100.000 muertos, y sobre todo a pesar de que los figurantes que acuden a sus trabajos lo hacen muertos de miedo, sin saber si sobrevivirán al día siguiente. “Me obligaban a ir a trabajar, porque para ellos [el Gobierno] era una manera de mostrar que apoyaba al régimen”.

Aquello era insoportable. Por eso, el que tiene la mínima oportunidad sale corriendo. Como sea y a donde sea. Cuando Shihabi y Diab recibieron el visto bueno y, sobre todo, el dinero de su familia, se casaron de un día para otro y salieron, como llegaron a Suecia semanas después, con lo puesto. “Fue un trámite. Yo siempre había soñado con casarme de blanco, pero no pudo ser. Ni siquiera ese día pudimos ser felices”. Los familiares de la joven pareja desembolsaron sus ahorros para pagar al contrabandista que les llevaría hasta Europa por unos 12.000 euros. Ellos fueron los agraciados. Los demás miembros de la familia se han tenido que quedar en el infierno damasceno, porque el dinero no dio para más de dos pasajes mafiosos. Les tocó viajar a ellos por una razón de peso. A Diab le habían llamado a filas. En enero le tocaba incorporarse al sanguinario Ejército del régimen de Bachar el Asad.

Shihabi y Diab llegaron al aeropuerto de Damasco rezando y con la cabeza entre las piernas. En esa carretera es donde se libran algunos de los más cruentos combates entre rebeldes y leales al régimen desde hace meses. El destino final sería Suecia, no había duda. En este país no conocen a nadie, pero todo el mundo en el campo de Yarmouk, como en el resto de Siria, sabe que el Gobierno sueco les recibirá con los brazos abiertos. “Son los únicos que nos dicen: ‘Vengan, vengan’, y que nos dan una residencia permanente”.

Los recién casados volaron de Damasco a El Cairo, y de ahí, por carretera, hasta Alejandría, donde subieron a la patera. “Nos escondimos detrás de unos edificios y cuando el contrabandista gritó ‘¡Ahora!’, corrimos a montarnos en el bote”. Los que corrieron sumaban 150 y eran todos sirios. Viajaron amontonados; no había sitio. “Empezó a entrar agua en el barco. Estábamos muertos de miedo”. El barco naufragó y los sirios volvieron a encontrarse con la muerte de frente. Pasaron dos días a la deriva. “Mirábamos al mar, al cielo”. Una llamada del contrabandista con su teléfono satélite les salvó. En el horizonte aparecieron dos barcazas y les rescataron. Viajaron hasta Siracusa, en Sicilia. Allí les recibió la policía y acabaron internados en un centro de refugiados italiano. Un nuevo contrabandista les ofreció sacarles de allí y llevarles hasta Roma por 300 euros. No lo dudaron. De ahí en autobús a Milán y después a Alemania.

A esas alturas, Shihabi se había quitado el hiyab y se había pintado la cara como una puerta “para parecer europea”. De Múnich viajaron en tren hasta Copenhague, y de allí, en barco hasta Malmö, en Suecia. Un amigo que había hecho un viaje similar iba dirigiendo sus pasos a través de un teléfono móvil. Imposible moverse por Europa con cara de aquí no pasa nada sin instrucciones precisas. El 11 de octubre de 2013 llegaron a Suecia. “Sabíamos que aquí estaríamos a salvo, que nos cuidarían. Las autoridades de inmigración nos dijeron que no nos preocupáramos. Nos pusieron en un hotel durante tres días y luego nos trajeron a Grytan”. Shihabi sueña con traer a su madre y a su hermano, que padece una depresión. Sueña con encontrar un trabajo de lo suyo y con quedarse embarazada.

Su caso y el de Diab no son los más trágicos ni siquiera singulares. Unos de miles. Imposible cuantificar. Solo a Suecia llegan en estas condiciones 1.300 sirios a la semana. Muchos otros lo intentan en otros países de Europa, incluida España, donde los sirios son ya el segundo grupo más numerosos que intenta entrar por Melilla. En España, la mayoría ni siquiera solicita el asilo. Saben que tardaría más de un año y que mientras tanto estarían resignados a vivir en condiciones lamentables. Los que pueden continúan su periplo hacia el norte de Europa.

El verdadero reto consiste en tocar territorio sueco. El reglamento de Dublín II y que atañe a los europeos dice que los aspirantes a refugiados políticos solo pueden solicitar el asilo una vez que estén en el país de acogida. Cómo lleguen hasta allí o si viven o mueren por el camino no es asunto del que se ocupen las leyes internacionales. El resultado, en casos de conflictos como el de Siria, es que decenas de miles de personas se encuentran en este mismo momento jugándose el tipo en alguna patera en el Mediterráneo. O ateridos, de noche, en un bosque huyendo de los perros policía en Grecia, en Bulgaria o en Turquía, en una travesía macabra; una ruleta rusa, cuyos hilos manejan los traficantes de personas. Decenas de entrevistas con sirios por toda Suecia bastan para trazar con cierta precisión el mapa de las rutas que cruzan la otra Europa sobreviviendo al margen de la ley.

Como la de Michel Daoud, un peluquero que desertó del ejército y que ahora teme que los islamistas del Frente al Nusra maten a su familia. Que cruzó un caudaloso río europeo con el agua hasta las rodillas durante siete horas. Que atravesó un bosque con la patera inflable al hombro. Que se pasó 20 días comiendo pan seco y cuatro escondido debajo de un puente empapado, tiritando de frío. Que creyó que se moría. Y que ahora, ya en Suecia, teme volverse loco. Sueña con su padre, con su madre, con que está en Grecia y no tiene comida, que se muere de frío. “Me estalla la cabeza”.

O como una anciana siria, de luto riguroso, que pasó 13 días encerrada en un camión, a oscuras, hasta llegar a Suecia. “Pagué 9.000 euros. No sabía cuándo era de día o de noche”. O una joven de 24 años de ojos tristísimos que escapó de Homs y que aún tiene miedo de dar su nombre por si el régimen se venga contra su madre. Que se presentó en el aeropuerto de Estocolmo con un pasaporte mexicano sin conocer a nadie, pero que había leído en Internet que aquí le darían techo y comida. O como Mohamed Amin, que tras siete días en alta mar llegó a la conclusión de que moriría de sed, mientras temblaba de frío. Y que después recorrió Europa en un autobús fantasma, junto con decenas de sirios, con las cortinas corridas y sin parar ni una sola vez para no levantar sospechas. O Jimmi Neme, el economista de Alepo al que encerraron dos meses y medio en una cárcel griega después de que la policía lo apresara en el monte en el que le dejó tirado el contrabandista.

Todos los demandantes sirios tienen derecho a la residencia permanente en Suecia. Así lo decidió el Gobierno en septiembre, después de llegar a la conclusión de que la guerra en Siria no iba a amainar a corto plazo y que, por tanto, había que legalizar cuanto antes a todo sirio que pusiera el pie en Suecia. Ya con los papeles en la mano, el Gobierno pone en marcha una generosísima operación de acogida. Les darán un sueldo mensual –unos 750 euros, según los casos–, les enseñarán sueco, les buscarán un apartamento y, más tarde, un trabajo. Y, sobre todo, tendrán derecho a traer a sus familias a través de los consulados, por la vía legal. Por eso, la espera en Grytan, pese a las nieves y demás pesares, es algo más llevadera que en otras partes del mundo, porque aquí saben que, salvo contadas excepciones, obtendrán la residencia permanente. Es cuestión de tiempo y fortaleza.

Los datos oficiales indican que al menos el 20% de la población sueca es de origen extranjero, lo que supone el porcentaje más alto de todos los países nórdicos. Esta nueva oleada de refugiados ha reavivado la eterna pregunta. ¿Puede Suecia acoger a tanta gente? “Esa no es la cuestión. La cuestión es que para nosotros, lo que no resulta aceptable es ver lo que está pasando en Siria y no hacer nada”, sostiene Mikael Ribbenvik, director de operaciones de la Agencia sueca de Migraciones. “En el verano de 2012, cuando estimamos que la guerra siria no iba a solucionarse pronto, dejamos de repatriar a sirios. No podemos devolverlos a un país en guerra”. Aunque por su discurso lo parezca, la organización para la que trabaja Ribbenvik no es ninguna ONG. Es la agencia del Gobierno encargada de trazar y ejecutar la política migratoria. Eso sí, al margen de conveniencias políticas. “Tomamos decisiones técnicas, no podemos dejarnos influir por las deliberaciones políticas. No somos naif. Claro que sentimos presiones, pero no podemos dejarnos influir, porque siempre va a haber gente que no quiera que vengan extranjeros”.

Dicho así, la operación acogida suena bonita y relativamente fácil. Para el Gobierno supone, sin embargo, un despliegue logístico y un desafío político descomunal en tiempos poco propicios para la solidaridad. El virus populista y de extrema derecha que se propaga por Europa no ha pasado de largo por la progresista Suecia. Los extremistas escalan posiciones en los sondeos a buen ritmo y al grito de “no más refugiados”. Suecia es un país rico, sí. Pero eso por sí mismo no basta para explicar el porqué de su política de refugiados e inmigrantes. Aquí solo la asertividad política del resto de formaciones que han hecho piña frente a la extrema derecha mantiene, de momento, las fronteras abiertas, a diferencia de la mayoría de países de la Unión Europea. “Los Veintiocho se encuentran paralizados ante el avance de los populismos y la retórica antiinmigración”, confiesan fuentes comunitarias en Bruselas.

Necesitamos a los refugiados. Nos preocupa lo que vemos en Europa. Estamos muy solos", afirma el ministro de Integración

En Suecia sucede lo contrario. Los políticos se esfuerzan por no dejarse amedrentar por los que quieren asustar al electorado con la llegada del lobo-inmigrante. Quieren demostrar con hechos que hacerlo de otra manera es posible. Y saben que la integración es una pieza clave en un puzle que amenaza continuamente con saltar por los aires. Cuanto antes tengan trabajo los que llegan y antes empiecen su nueva vida, menor será el riesgo de que se creen guetos y de que los que conciben la inmigración como un problema acaben por tener razón. La claridad del ministro sueco de integración, el liberal Erik Ullenhag, es pasmosa. “Conceder a los refugiados la residencia permanente es muy importante, porque eso les va a permitir traer a sus hijos y, por tanto, centrarse en aprender sueco y buscar un trabajo en lugar de dedicar sus energías a pensar qué será de su familia en Siria. Además, si tienes los papeles y sabes que te vas a quedar, pones mucho más énfasis en aprender el idioma y en integrarte”. Y sigue: “Luchamos por acelerar el proceso. Cuanto más tarden en empezar y saber dónde van a vivir, más difícil será luego la integración”.

Explica Ullenhag que la unidad y el consenso político han sido imprescindibles para adoptar decisiones como la de los sirios. “La coalición de Gobierno [centroderecha-liberales] y la oposición [socialdemócratas] hemos decidido conscientemente que no vamos a dejar que los mensajes xenófobos ganen terreno. La mejor manera de combatir eso es no dejarse contagiar por su discurso y mostrar liderazgo en el sentido contrario. Acoger a refugiados es una cuestión moral, pero también económica. Los necesitamos. Nos preocupa lo que vemos en el resto de Europa. Estamos muy solos”. La Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados acaba precisamente de elegir a Suecia para dirigir el grupo de trabajo que pretende animar a otros países a acoger a sirios. De momento, 18 países se han comprometido a trasladar desde los campos a 17.000 sirios; una cifra insignificante comparada con los dos millones y medio que malviven hacinados en campos de Líbano, Jordania, Turquía o en Egipto.

El ministro Ullenhag se refiere a los Demócratas Suecos, el partido populista de extrema derecha y el único que pide que se frene la llegada de inmigrantes y de refugiados. Los ultraderechistas sufren un ostracismo político e institucional en un país tradicionalmente progresista y en el que la corrección política impera. Aun así, su mensaje cala cada vez más entre el electorado, como en la mayoría de los países europeos. Encuestas recientes les otorgan el 10% de los votos, lo que supone un incremento considerable frente al 5,6% que obtuvieron en las últimas elecciones.

En Estocolmo, el diputado de los Demócratas Suecos Mattias Karlsson se atreve con un discurso del que el resto de los políticos suecos no quieren ni oír hablar. “Hemos sobrepasado nuestra capacidad para absorber inmigrantes. El modelo sueco de multiculturalidad ha fracasado como vimos en los disturbios de hace meses. Hay que reducir en un 90% la gente que entra. En Suecia hacemos una interpretación demasiado amplia del término refugiado”, defiende en su oficina del Parlamento. A pesar de que los sondeos hablan de un presente y un futuro muy prometedor para los Demócratas Suecos, Karlsson sabe que Suecia no es Francia ni Holanda, y que ellos no son Marine Le Pen ni Geert Wilders, con los que, por cierto, trabajan ahora para lanzar un frente ultra pan­europeo. Pero Karlsson sabe, sobre todo, que los políticos suecos son de otra pasta y no se van a dejar contagiar tan fácilmente. “Los políticos aquí son muy extremistas de izquierdas. Si esto fuera Estados Unidos, aquí hasta los conservadores serían demócratas. Esta es una sociedad de consenso, y el consenso es contrario a lo que nosotros pensamos. Necesitaríamos tener un 25% de los votos para tener un impacto real”, reflexiona Karlsson. Estas dos Suecias, la de puertas abiertas y la del miedo a que el de fuera quiebre su modelo de sociedad, conviven en tensión. Por ahora, la Suecia de la acogida gana.

Hay lugares como Grytan en los que a las autoridades les resulta más fácil vender la inmigración como algo positivo. Jämtland es una provincia poco poblada, que envejece. Con la llegada de los sirios, de repente las tiendas tienen nuevos clientes, los colegios dejan de perder alumnos y lugareños como Lars Persson y Äke Arakidsson hacen su agosto con el alquiler de sus barracas. “Sin los inmigrantes, algunos de nuestros municipios simplemente desaparecerían. Necesitamos gente que pague impuestos y que cuide de nuestros ancianos”, explica sin rodeos Bengt Marsh, director ejecutivo del Ayuntamiento de Östersund, la capital de Jämtland. Por eso no escatiman en esfuerzos para hacer posible la acogida en su territorio. A los refugiados les ceden pisos de protección oficial y ahora negocian con empresarios inmobiliarios para ver qué pueden aportar. Junto a la parte técnica, se empeñan además de desactivar posibles resistencias por parte de la población autóctona. “Mire, los políticos y los técnicos tenemos el deber de explicar a la gente que acoger a inmigrantes es algo que nos beneficia y que además es nuestro deber solidario; que más del 90% del incremento demográfico de nuestro país en la última década se debe a los extranjeros y que sin ellos nuestra economía no habría crecido”, dice Marsh. El Ayuntamiento convoca a los ciudadanos a una sesión informativa, donde les explican a cuántos sirios van a acoger, de dónde vienen y cuál es la situación en el país en guerra.

A diferencia de Östersund, hay otros lugares, como Södertälje, donde ni necesitan jóvenes trabajadores ni tampoco más inmigrantes ni refugiados. Esta ciudad industrial a unos 30 kilómetros de Estocolmo es la cuna del famoso tenista Björn Borg, pero es además, según alardean sus habitantes, el lugar en el que viven más iraquíes que en todo Estados Unidos y Canadá juntos. Porque lo de los sirios no es una excepción en la historia reciente de Suecia. En los noventa desembarcaron los que huían de las guerras de los Balcanes y más tarde fueron los iraquíes. Hay también chilenos y muchos finlandeses. Södertälje ha sido y es el lugar preferido por los recién llegados para asentarse. Aquí llegaron hace décadas los primeros sirios. Aquí están sus iglesias –la inmensa mayoría de los refugiados son cristianos de Oriente Próximo–, sus canales de televisión, y tienen hasta dos equipos de fútbol.

A simple vista, Södertälje podría parecer una ciudad sueca cualquiera. Tiene una calle comercial peatonal plagada de franquicias, un tren que te lleva hasta Estocolmo y un ejército de lucecitas navideñas en las ventanas de las casas. Pero si uno se fija un poco más, se da cuenta de que los hombres llevan el pelo y la barba cortados al milímetro, al más puro estilo de Oriente Próximo. Que abundan las joyerías con gusto oriental. Y que el “Ahlen” o el “Salam aleikum” son los saludos que más se escuchan por la calle. Las estadísticas indican que más de la mitad de los adultos que viven en este polo industrial son de origen extranjero. Es el gran laboratorio de la inmigración.

Hoy es el funeral de un miembro de la comunidad cristiana siria, que ha acudido casi en pleno a la ceremonia en la gran iglesia sirio-ortodoxa. En la planta de abajo de un imponente edificio a las afueras de Södertälje, las mujeres, vestidas de negro, rezan. En el segundo piso hacen lo propio los hombres, presididos por las máximas autoridades religiosas en el exilio sueco. En la oficina de Fouad Adis, el presidente de la comunidad, se juntan unos cuantos fieles de los que llegaron hace ya varios lustros. “¿Española?, míreme, por favor, esta factura de la luz de mi casa de Valencia a ver qué dice”. “Yo veraneo en Benidorm”, anuncia otro. Tener una segunda residencia en la costa española es, sin duda, un síntoma de integración máximo en Suecia, donde el sol mediterráneo es el gran elixir.

Uno de cada diez refugiados sirios que llega a Suecia se instala en Södertälje. Por eso los altibajos de la guerra y las campañas contra las minorías cristianas se sienten aquí como la réplica de un terremoto. Si hay, por ejemplo, un gran ataque con armas químicas en Siria, las escuelas ya se van preparando porque saben que provocará una gran huida y que cualquier mañana tendrán a 30 niños nuevos en la puerta. “Estamos obligados a ser ultraflexibles”, dice la alcaldesa de Södertälje, Boel Godner, que se queja de que otras zonas de Suecia acogen a menos refugiados. No comprende tampoco por qué la Unión Europea no hace más. “Europa camina en la dirección equivocada. Tenemos que convencer a los europeos de que cerrar sus puertas no es la manera de construir un mundo mejor”.

La fuerte concentración de inmigrantes en ciertas localidades como la suya, incapaz de ofrecer los servicios públicos apropiados, y la dificultad de los extranjeros para encontrar trabajo son para Godner los principales problemas derivados de la política de puertas abiertas. El Gobierno calcula que los que llegan de otros países tardan entre siete y nueve años en lograr ser autosuficientes.

Muchos de los refugiados entrevistados coinciden en que, a pesar de la generosidad del Gobierno sueco a la hora de dejar entrar a gente en el país, después, al acceder a un trabajo o formar parte de la sociedad, no se sienten en pie de igualdad con los suecos. Ese sentimiento de discriminación es precisamente el que incendió varios suburbios suecos el año pasado, en un estallido que recordó a la crisis de las periferias francesas.

En Suecia, casi nadie –responsables del Gobierno incluidos– duda de que un nuevo brote de violencia suburbial pueda ser solo cuestión de tiempo. Pero lo interesante es que no lo interpretan como un fracaso del sistema y, sobre todo, no les lleva a restringir la entrada de nuevos inmigrantes y refugiados. Las protestas indican, para las fuentes oficiales, que hay aspectos de la integración que necesitan mejorar y que, por tanto, hay que dedicar más esfuerzos políticos y económicos.

Los viejos del lugar ofrecen un análisis probablemente bastante acertado. Jean Azar, de 66 años, es un sirio de Hasaké que llegó a Suecia en los noventa. Asiste entristecido a la llegada masiva de sus compatriotas y ayuda en lo que puede. Regenta un estanco y oficina de apuestas de caballos en un suburbio de Estocolmo y personifica al refugiado que le ha ido bien. Tiene un chalé en propiedad, un negocio próspero e hijos que han crecido y estudiado en Suecia. Azar habla maravillas del sistema sueco, de lo que el Gobierno hace por los que ahora huyen de la guerra. Pero los años también le han enseñado que los extranjeros se topan en este país con un techo de cristal; que lo tienen más difícil para escalar en el mercado laboral, pero que también por lo menos tienen oportunidades. “Sí, claro. No es un camino de rosas. Hay racismo y discriminación, pero por lo menos aquí pueden venir y la ley es igual para todos”.

En los bosques de Grytan, el antiguo complejo militar, no para de nevar. Dentro, en el comedor, la sonrisa de una refugiada anuncia buenas noticias. Indica que una de las ocasiones a las que se refiere el estanquero acaba de materializarse. Le han dado los papeles y la trasladan a un apartamento. Empezará las clases de sueco y las entrevistas laborales. Su segunda vida. “Mabruk, mabruk”, le felicitan en árabe los otros comensales, que apuran las mandarinas a la espera de su oportunidad.

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