Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra

“Lo que ya no existe es esa terrible división de España en dos”

Para un historiador como José Álvarez Junco, que su padre no le contara nada sobre la Guerra Civil fue una pérdida de la memoria, aunque entiende el silencio.

Hoy reflexiona sobre una época que permanece, sutil pero viva, en muchas familias

El historiador José Álvarez Junco. Ampliar foto
El historiador José Álvarez Junco.

Está rodeado de plantas en una casa feliz de las afueras de Madrid en la que él y su mujer, María Jesús Iglesias, restauradora, han conseguido el sosiego del que disfrutan también sus amigos. Sosiego es la palabra que mejor le va a este sitio, pero en la cara del anfitrión domina ese rictus de hombre tenaz que se toma en serio lo que pasa como si tuviera que subrayarlo para entenderlo.

Él, José Álvarez Junco, historiador, está esta mañana preocupado porque tiene gente a cenar y ha preparado un rosbif que no está seguro de que haya quedado en su punto. Luego resultó que le gustó a todo el mundo, él no tenía por qué haberse preocupado. Además, ese día su hijo Quim cumple 37 años, y padre e hijo deben almorzar juntos y aún el chico no le ha llamado. Cuando telefonea y él responde, se desdibujan de su rostro las líneas que convierten su frente en la geografía de un hombre extremadamente concentrado. Hablar con el hijo le produce mucha alegría, se ve.

Ese ceño vuelve a su sitio cuando el padre y el hijo cuelgan y el profesor atiende la curiosidad del periodista sobre su vida desde que era un muchacho estudiando en Villalpando (Zamora), donde su padre fue registrador de la propiedad.

“No hemos educado a los jóvenes para que piensen por su cuenta”

Y es la historia de su padre, oficial en el Ejército republicano durante la guerra, la que instala en esa frente las rayas más potentes. El padre era un hombre conservador que preparaba sus oposiciones cuando se le atravesó la guerra. Era republicano. Le destinaron al Quinto Regimiento, “un regimiento de comunistas voluntarios, pero él ni era comunista ni fue voluntario… A los regimientos de voluntarios los colocaban en los lugares más duros, tenían muchas bajas y tuvieron que mandar a los reclutas normales. A mi padre lo enviaron como recluta y le tocó el Quinto Regimiento. Fue de los primeros que llegaron obligados. Entraron al cuartel de noche y desde los camastros ya les empezaron a gritar: ‘¡Fascistas, cabrones, que venís obligados!’. A mi padre uno le puso una navaja en el cuello y le dijo: ‘Como me entere de que eres un fascista te corto el cuello”.

En ese regimiento estuvo el padre toda la guerra, y con esa experiencia vivió luego. Como había acabado la carrera de Derecho, lo hicieron oficial, de modo que cuando terminó la guerra fue sometido a un expediente de depuración. “Era republicano, más bien anticlerical, un hombre conservador que estaba preparando sus oposiciones para registrador de la propiedad. A través de amigos de derechas, el último día consiguió que testificaran a su favor y que sobreseyeran el expediente”. Sacó uno de los últimos números de su oposición, quizá por presiones políticas, así que fue destinado a Viella, en Lleida, el último rincón de España entonces disponible. Era 1942. Se acababa de casar, y de ese matrimonio nació José, el mayor de cuatro.

Es usted, le dije, una consecuencia multilateral de la guerra. “Y además el valle de Arán”, añade, “es el único valle español de los Pirineos con vertiente norte, abierto a Francia. Mi padre decía que el valle de Arán era entonces una especie de Casablanca, con refugiados que huían de toda Europa intentando que les dejaran pasar para huir luego a Canarias, o Portugal, y desde ahí marcharse a América”.

Álvarez Junco junto a su perro. ampliar foto
Álvarez Junco junto a su perro.

Para el padre, aquella fue “una historia completamente desconcertante”. Él era un extremeño de Badajoz, sin ninguna experiencia internacional, aunque había nacido en Olivenza, “un pueblo portugués que había sido arrebatado a Portugal en una guerra del siglo XIX y que sigue siendo territorio irredento para los nacionalistas portugueses. En Viella, ante aquella avalancha internacional, no sabía cómo moverse. Pronto consiguió sitio en Villalpando, y de ahí sí puede decirse que es José Álvarez Junco; ahí tuvo su escuela.

La guerra dejó su herida, claro, y el padre no quiso explayarse sobre ella. “Su visión de la contienda era enormemente negativa. Cuando yo ya era izquierdista antifranquista, tendí a mitificarle a él, como oficial del Quinto Regimiento. Él me dijo un día: ‘No digas tonterías, aquello fue una barbaridad. En una guerra, y sobre todo en una guerra civil, salen los peores instintos del ser humano… ¿Tú sabes la cantidad de gente que murió, no por causas ideológicas, sino porque alguien debía dinero o porque hubo denuncias para eliminar a los vecinos que les caían mal?”.

–¿Comprende usted ahora que su padre no le explicara la guerra?

–Sí, ahora lo comprendo como persona; lo siento mucho como historiador. Un buen relato de varias horas o días seguidos delante de una grabadora habría sido muy valioso.

–Pero debía de ser muy doloroso para no contárselo a su hijo.

–Muy doloroso. De muy mayor, con 80 años, no mucho antes de morir, conseguí ponerlo delante de un magnetófono un día. Teníamos buena relación en aquel momento y él pareció dispuesto. Al minuto y medio me dijo: ‘Estoy muy cansado, no puedo seguir’…

“Eso de la memoria histórica es un absurdo: o es historia, o es memoria”

Un desastre la guerra. El padre de Junco se salvó de la depuración porque la madre le quemó parte de su biblioteca, donde estaba la primera edición del Romancero, de Lorca, y porque destruyó también un cuadro de Azaña que presidía la casa. ¿Y cómo vive un historiador la historia cuando esta le concierne? “Ahora estoy directamente afectado porque acabo de terminar un largo prólogo a un libro que Javier Pradera dejó escrito sobre la Falange… Él escribió ese medio millar de páginas en los años 1960 a 1962… Estoy intentando reconstruir esos años porque yo tenía 20 y aún no estaba metido en ningún ambiente político… El historiador tiene conciencia de que él se va hundiendo en un lugar del pasado cada vez más remoto, cada vez más incomprensible para las nuevas generaciones. Mi hijo, que nació en 1976, no puede entender lo que es una dictadura por mucho que yo se lo explique. Es muy difícil explicarles a los que no la han vivido que una dictadura no supone que haya un policía sentado a la mesa mientras la familia come. No, claro que no es eso: es mucho más sutil…”.

–¿Y lo que la guerra produjo no lo ha borrado la paz?

–Un poquito sí. El paso del tiempo lo va borrando más y más. Claro que algo queda. Lo que ya no hay es esa terrible división de España en dos, los rojos y los fascistas, por usar los términos insultantes del momento. Eso ya no existe. Ahora te reúnes con alguien que viene de la otra España sin demasiados problemas. Y muchos vienen, o venimos, de las dos Españas.

Él vivió en julio de 2007, en Villalpando, la evidencia de que aquellas dos Españas seguían presentes en la geografía de la guerra. La gente de su pueblo zamorano lo convocó para que hablara allí en memoria de las víctimas de la Guerra Civil; en la posguerra, los lugareños decían que allí no había habido batalla, “se habían llevado tan solo a algunos chicos al frente… Luego me enteré de que fusilaron a 29, en un pueblo de menos de 3.000 habitantes, un 1% de la población. Parece ser que Queipo decía que en cada sitio al que entraran los soldados de Franco había que cargarse a ese porcentaje…”. El periodista vio al historiador al volver de Villalpando aquellos días. “Fue muy emocionante, primero porque apareció otro pueblo diferente al que yo conocía”. Los descendientes de los fusilados son ahora emprendedores muy activos, con cierta potencia en el pueblo, “y me llevaron al cementerio a inaugurar aquella lápida en recuerdo de los 29… El cura del pueblo no fue; me hubiera parecido un gesto muy cristiano aparecer en un acto como ese, pero alguna brasa encendida de aquella España sí queda, especialmente en la España rural; ahí es donde la gente recuerda que a pocos metros de su casa viven los nietos del que fusiló a su abuelo…”.

Desde el Centro de Estudios Constitucionales que dirigió, él trató de aliviar esa distancia entre las dos España; su juicio fue clave para poner en marcha la Ley de Reparación de Daños a las Víctimas de la Guerra Civil y el Franquismo, que algunos insisten en llamar ley de memoria histórica quizá para así diluirla con más facilidad… “Eso de la memoria histórica es un absurdo, como mínimo una repetición y quizá incluso un oxímoron: o es historia, o es memoria. Era una ley de reparación a la que tenían derecho los ofendidos”.

Un detalle de su despacho. ampliar foto
Un detalle de su despacho.

Viajar, dice, es más importante que hacer una carrera. Él hizo Derecho y Políticas. Viajó por el mundo anglosajón; de Inglaterra y de Estados Unidos se trajo una experiencia de la vida que lo sigue marcando. Cuando era un muchacho recién llegado a Bristol, una mujer mayor que iba a su lado en el autobús le dejó en la mano unas monedas y le susurró algo. Ella tenía que bajarse y le había pedido, entendió después, que pagara en su nombre al cobrador. Venía de un país en el que alguien como él hubiera salido del autobús con el dinero. En California asistía con un grupo izquierdista a un mitin contra la guerra de Vietnam. “Éramos jóvenes europeos, y con nosotros había algún izquierdista norteamericano que gritaba nuestras consignas. Se subió al estrado un individuo que defendía la guerra y todos lo abucheamos. Nuestro amigo americano nos paró: ‘¡Déjenle hablar!’, nos conminó. ‘Déjenle hablar’. Implícitamente, se entiende que el discrepante puede tener algo de razón en lo que va a decir. Ese tipo de educación no se enseña en España”.

Hay en este hombre que viajó para saber más esa cierta melancolía del que hace años pensó que aquella lección que trajo del extranjero alguna vez iba a imponerse en España. “Lo que no hemos hecho es educar, formar, hacer que los jóvenes sean capaces de pensar por su cuenta, que sean capaces de soportar una situación de libertad de razonar y de decidir. Es lo que no hemos hecho”.

–Es la cuna de la demagogia.

–Es el griterío de las tertulias, en lugar de escuchar al otro y entender hasta qué punto pueda tener razón.

Esta casa de tanto sosiego parece un país extranjero. Estaba muy vieja cuando José la compró hace 40 años, y la ha ido reparando y modificando, en algunos casos con sus manos. Con la paciencia con la que explica las heridas de la historia reconstruyó esa casa y escribe sus libros, intentando entender lo que pasó. Ahora comprende mejor, quizá, por qué su padre no le explicó más sobre las ruinas recientes de su propia historia.