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REPORTAJE

Malvinas: viaje al fin del mundo

Hace algo más de 30 años, Argentina y Reino Unido se batieron por un territorio perdido, desnudo e inhóspito, habitado por poco más de 2.000 personas y a más de 12.000 kilómetros de Londres. Los británicos ganaron y aquellas islas misteriosas entraron en el mapa

Hoy, bajo el paraguas del imperio, sus habitantes ven el futuro en el petróleo y la pesca. Pero nadie sabe qué pasará mañana

Habitantes de Port Stanley acuden a votar en el referéndum del pasado 10 de marzo. Ver fotogalería
Habitantes de Port Stanley acuden a votar en el referéndum del pasado 10 de marzo.

Cuando preguntaron a Jorge Luis Borges, el escritor argentino, qué opinión tenía de la guerra de las Malvinas, él respondió: “Son dos hombres calvos peleando por un peine”. También habría sido apropiada una versión a la inversa de esa misma idea. Dos peines peleando por un calvo. Calvo es la palabra que describe el paisaje de las Malvinas y prácticamente todo lo demás. No hay árboles en este archipiélago de 760 islas, aparte de unos cuantos dispersos, rechonchos, en la capital, Port Stanley, en la que viven 2.200 personas, es decir, el 85% de la población total, y en la base militar británica, a una hora de carretera, donde algún esforzado horticultor plantó una docena, todos ellos condenados a estar permanentemente inclinados en la dirección de los vientos predominantes, como una fila de paraguas vueltos del revés.

Stanley es un rectángulo largo y delgado de pequeñas construcciones, como de Lego, junto al mar, con un par de tiendas de regalos en la orilla en las que venden pingüinos de peluche hechos en Reino Unido, y en el centro comercial de la ciudad, una tienda de ultramarinos y almacén general en la que la ropa es escasa y tercamente anticuada, la variedad de chocolatinas y cigarrillos es la que se puede encontrar en una estación mediana del metro de Londres, y las frutas y hortalizas frescas –casi todas, importadas– son poco frecuentes. En las estrechas calles no se ven carteles publicitarios ni semáforos, porque no hay tráfico digno de tal nombre. Los únicos vehículos son todoterrenos, para los que es más que suficiente la única gasolinera de la capital. Una carretera no señalada y en su mayor parte de tierra une Stanley con la segunda ciudad de las Malvinas, Goose Green, un grupo impreciso de 18 casas, no todas habitadas, y media docena de establos, tan desnudos, barridos por el viento y aparentemente faltos de cualquier actividad humana, que la imagen que evocan es la de un maltrecho asentamiento de pioneros de Idaho, hacia 1842, después de una visita de los apaches.

Sin embargo, Stanley y Goose Green son Nueva York y Las Vegas, en comparación con lo que eran antes de la guerra de las Malvinas, lo peor que pudo ocurrirle al millar de soldados británicos y argentinos que murieron, pero una suerte, después de que terminara, para los isleños. En todos los demás sentidos, la absurdez de aquella guerra hace 31 años en el Atlántico Sur, a 500 kilómetros de la costa meridional de Argentina y a 12.000 de la de Reino Unido, está genialmente retratada en aquella ácida analogía de Borges. Aparte de cuestiones de simbolismo, mito y orgullo nacional, es difícil pensar para qué razones prácticas quería estas islas un país tan inmenso como Argentina, sin gente en gran parte de su geografía y con una riqueza tremenda en recursos naturales. Hoy se puede ganar algún dinero con los derechos de pesca y, tal vez –pero sin que exista ninguna certeza–, con el descubrimiento de gas y petróleo submarinos, pero en aquella época lo único que ofrecía la economía local era lana y carne de oveja. Es más, en aquella época, o, mejor dicho, justo antes de que las tropas argentinas invadieran o, según el punto de vista, “recuperaran” de manera fugaz la soberanía de las Malvinas en abril de 1982, el Gobierno británico estaba negociando para entregárselas a Buenos Aires. No era extraño que Reino Unido tuviera escaso interés en conservar un territorio tan lejano, del que solo habían oído hablar un puñado de sus ciudadanos (y que, por tanto, no tenía apenas valor político), en el que la tierra era una semitundra rocosa nada productiva y donde, por cada ser humano, había 250 pingüinos.

La guarnición militar cuesta a los británicos 70 millones de euros

Sin embargo, desde aquellos tiempos, después de que Gran Bretaña invirtiera sangre y dinero y comprometiera el prestigio nacional en las islas, y ahora que los británicos están al tanto de su existencia y creen que sus soldados lucharon y ganaron la guerra para proteger la democracia, el Gobierno sí ve cierto valor político –electoral– en apoyar el estilo de vida de los isleños mediante el establecimiento de una guarnición militar que cuesta a los contribuyentes británicos 60 millones de libras (70 millones de euros) al año.

Para los habitantes de las Malvinas, es una vida, a su particular manera, cómoda. Disfrutan de la vida al aire libre y de un sistema de autogobierno semisocialista. Otra cosa es cuánta gente, aparte de los malvinenses, escogería vivir en un lugar tan ventoso, vacío y lejano; cuántos argentinos estarían dispuestos, por ejemplo. Pero, en un asombroso contraste con lo que se ve hoy en Europa, el paro es casi inexistente. Está en un 1%, que quiere decir 10 personas, seis de las cuales tienen problemas físicos o mentales que les impiden desempeñar cualquier trabajo. Las pensiones de los mayores son generosas y están aseguradas; la sanidad es gratuita, igual que la educación. Incluso, para los niños que viven en la segunda isla más grande, Malvina Occidental, con una población de 100 habitantes.

Emma Brook, profesora en la única escuela secundaria de las islas, situada en Stanley, explica cómo se lleva la escolarización a los niños que viven en las zonas más remotas. Existe un sistema de “profesores itinerantes” que están siempre yendo de un lado a otro para atender las necesidades de los niños pequeños que no pueden ir hasta Stanley. Pasan una o dos semanas en las granjas en las que viven esos niños –que pueden ser uno o pueden ser cuatro– para ofrecerles una educación de lo más individualizada. Las demás semanas, los niños reciben lo que llaman “enseñanza por teléfono”. Tres profesores que están en Stanley dan clases telefónicas a los niños, que les escuchan mediante auriculares. “Es poco ortodoxo”, reconoce Emma Brook, cuya familia reside en las Malvinas desde hace cinco generaciones, “pero se sorprendería al ver los buenos resultados académicos que acaban obteniendo muchos de estos niños”.

Sorprendente es también lo generoso que es el Gobierno de las Malvinas con quienes, a los 16 años, muestran ambición y perspectivas prometedoras. Les envían a Inglaterra para que hagan los dos últimos cursos de bachillerato, y luego, si sacan buenas notas, a la universidad. Les pagan todo: matrícula, alojamiento, viajes. Hasta les dan dinero para gastos. Lo extraordinario es que, después de pasar cinco años o más bajo los focos brillantes de la civilización europea, el 75% de los chicos regresan para vivir en las Malvinas.

Emma Brook lo hizo, por ejemplo. Igual que Lisa Watson, directora del único periódico de las islas, The Penguin News. Igual que Ros Cheek, la única abogada titulada de las Malvinas. Todas ellas son mujeres de cuarenta y tantos; todas son tan inteligentes, se expresan con tanta elocuencia y tienen tanto mundo como cualquier persona en una posición similar en Londres. Pero a ninguna de ellas le gustaría vivir en otro sitio. “No hay ninguna prisa. Es una forma de vida estupenda”, dice Brook. “Echo de menos las Malvinas cuando estoy de viaje y entro en un pub en el que no conozco más que al 5% de la gente”, dice Watson, que conoce a todo el mundo en los pubs de Stanley y a quien le resulta incómodo el anonimato de la vida en la metrópolis. “Nunca se me ocurrió no volver”, dice Cheek, que vivió nueve años en Reino Unido. “Es mi hogar, sin más. Es donde ha vivido mi familia desde hace siete generaciones. Pero también es cuestión de lealtad. Han invertido tanto en mi educación, que siento una enorme obligación hacia el lugar que lo hizo posible”.

El paro está en un 1% de la población, que quiere decir 10 personas

Lo que lo hizo posible fue la guerra de 1982. Antes de esa fecha, las únicas vías asfaltadas de las islas estaban en Stanley; todas las demás carreteras, incluso para ir a Goose Green, eran de tierra. Salvo un puñado de terratenientes, los habitantes eran trabajadores agrícolas y eran pobres. El sistema social era victoriano y paternalista, dividido entre lo que denominaban la “ovejocracia” y las clases de los empleados que cuidaban y esquilaban las ovejas, poco formados y sin acceso ni siquiera a los bancos. Era como un país africano pobre, pero con frío, viento y lluvia. Los hijos de la clase dirigente, con suerte, iban a estudiar bachillerato a Montevideo o a Buenos Aires; unos cuantos iban a la universidad en Inglaterra.

Uno de ellos fue John Barton, que hoy dirige el departamento de pesca de las Malvinas, la clave de la reciente riqueza relativa de las islas, que a su vez depende de la presencia militar británica. La revolución económica de las Malvinas se produjo en 1986, cuatro años después de que terminase la guerra, cuando empezaron a vender licencias de pesca a grandes empresas de España, Corea del Sur y Taiwán. Ese año, los ingresos del Gobierno se multiplicaron por 10, pasando de tres millones de libras anuales a 30 millones. Ese mismo año se concedieron las primeras becas a niños de las islas para que fueran a estudiar a Reino Unido de forma gratuita. (Lisa Watson formó parte de aquel primer grupo, “un paso adelante increíble para mí”, dice, “y para las Malvinas en general”).

Lo que permitió vender licencias de pesca fue la capacidad de vigilar las aguas territoriales de las islas, gracias a la presencia permanente de la Royal Navy británica, explica John Barton. Las Malvinas poseen una patrullera que vigila las posibles violaciones por parte de barcos de pesca extranjeros, pero el principal elemento de disuasión para esas flotas extranjeras es saber que, en caso de crisis, acudiría al rescate un buque de guerra británico. “La guerra transformó las Malvinas, porque de pronto tuvimos seguridad física y estabilidad política”, dice. “La pesca financia nuestra economía”. Y la base fundamental es la protección militar de Reino Unido.

Unas garantías si­­mi­­lares son las que res­­­paldan el nuevo sueño de las Malvinas de convertirse en el Dubái del Atlántico sur. Bajo sus aguas territoriales se ha encontrado gas y petróleo, un volumen suficiente –de acuerdo con las exploraciones realizadas en los dos últimos años– como para que su explotación pueda ser quizá viable desde el punto de vista comercial. Según las Constitución de los malvinenses, los recursos naturales pertenecen a los habitantes de las islas y a nadie más, ni siquiera a Reino Unido, el Estado soberano. Grandes compañías de Reino Unido, Estados Unidos e Italia han estado explorando, pero el derecho a extraer y vender el crudo generaría unos ingresos fiscales que multiplicarían el presupuesto de las Malvinas por cuatro, dice Stephen Luxton, responsable del departamento de petróleo de las islas. Aunque, hoy por hoy, eso sería, explica, en el mejor de los casos. En la actualidad existen numerosos depósitos de petróleo en el mundo, la industria del petróleo de esquisto está creciendo a toda velocidad, se están adaptando los vehículos de motor para que funcionen nuevas fuentes de energía, y la extracción y el transporte del crudo y del gas des­­de las Malvinas será muy costoso. “Hay un gran potencial, pero de momento no es más que una posibilidad”, dice Lux­­ton. “No existen ningunas proyecciones económicas sólidas todavía. Confiamos en tener éxito, pero, a la hora de la verdad, todo depende del precio del crudo”.

Varios niños durante la jornada del referéndum para continuar bajo soberanía británica.
Varios niños durante la jornada del referéndum para continuar bajo soberanía británica.

Luxton es un hombre grandón y seguro de sí mismo que fue uno de los beneficiarios del boom educativo inspirado por la pesca. Procedente de una familia que llegó a las islas en 1864, es evidente que disfruta de su nuevo papel de actor en el mercado mundial del petróleo, pero tampoco él viviría en ninguna otra parte del mundo. “Se puede decir que estamos aislados: nos gusta estar aislados”, dice. “Nos falta variedad de restaurantes y bares y espectáculos: eso no nos preocupa”. Y tampoco Argentina le preocupa mucho. Luxton desprecia las reivindicaciones de soberanía de sus vecinos. “¿Cuánto tiempo hay que vivir en un lugar para tener derecho a vivir en él?”, pregunta. “Yo soy la quinta generación de mi familia aquí. Aunque la visión argentina de la historia fuera cierta, que no lo es, aunque tuvieran razón cuando dicen que las islas eran suyas y los británicos se las quitaron en 1833, ¿y qué? Fíjese en Europa”. A lo que se refiere Luxton es a que sería igual que pretender modificar las fronteras de Europa basándose en dónde estaban hace 180 años. De modo que, por lo que a él respecta, Argentina, hoy, es más una molestia que un motivo de inquietud. “Es como tener en la casa de al lado un perro que no para de ladrar”, afirma.

¿Se podría llegar a un acuerdo con Argentina a propósito del petróleo? “Habría muchas ventajas económicas para las dos partes si la situación política fuera diferente, lo mismo que con la pesca”, dijo Luxton.

La situación política era muy diferente hasta que la presidenta argentina, Cristina Fernández de Kirchner, decidió pasar a la ofensiva, incrementar la hostilidad de la retórica y emprender medidas comerciales perjudiciales para la diminuta economía de las Malvinas. Ella y su Gobierno han dicho que los habitantes del archipiélago son una población “implantada”, “okupas” británicos en tierra argentina, unas declaraciones que ofendieron gravemente a los isleños, que señalan que la familia Kirchner lleva en Argentina menos tiempo que la mayoría de las familias malvinenses en las islas. Además, el Gobierno de Kirchner ha tratado de imponer pequeños bloqueos que impiden la circulación de buques de carga y cruceros de vacaciones con destino a las islas. Son medidas sin importancia, en comparación con otros embargos internacionales, pero que tienen una repercusión inmediata en la liliputiense economía de las Malvinas porque reducen los ingresos del turismo y aumentan el precio de las naranjas, los plátanos y la leche en la tienda de Stanley. Los isleños no estaban tan furiosos con Argentina desde los tiempos de la guerra. Lo que consideran una “agresión” de Kirchner les impulsó a celebrar el mes pasado un referéndum en el que el 99,8% de la población con derecho a voto, es decir, 1.513 personas, dijeron a que las Malvinas sigan siendo un “territorio de ultramar” de Reino Unido.

El Gobierno de Kirchner ha tratado de imponer pequeños bloqueos

Sin embargo, cuando se habla con los más viejos del lugar, cuentan que hubo una época, no hace tanto tiempo, en la que consideraban a los británicos tan enemigos como a los argentinos. Incluso, peores, porque los veían como traidores.

La familia de Joan Spruce vive en las Malvinas desde 1849. Su marido, Terry, nació en Liverpool, pero lleva 50 años viviendo en las islas. Son gente acomodada. Ella procede de la “ovejocracia”; él, ya jubilado, dirigía la Falklands Islands Company, empresa que en la práctica era un monopolio en las islas hasta hace muy poco tiempo. Disfrutando de té y pastas en su pequeña casa de Stanley (en las Malvinas, hasta los más ricos viven en casas pequeñas), recuerdan los malos tiempos que tuvieron que soportar a finales de los setenta. “Esto se iba abajo sin remedio, no había trabajo, la gente se marchaba, y lo peor de todo era la incertidumbre política”, dice Terry Spruce. “Los británicos, en concreto el Foreign Office (Ministerio de Exteriores), nos estaba traicionando”. La gran ironía fue que Margaret Thatcher, que más tarde sería considerada como “la liberadora” de las Malvinas, había encargado a uno de sus responsables de política exterior que lograse un acuerdo por el que se concediera a Argentina la soberanía de las islas, pero que Reino Unido siguiera administrándolas durante 99 años. Las banderas de los dos países ondearían juntas durante ese periodo. “Nos sentimos totalmente traicionados”, dice Joan Spruce, que recuerda que los isleños se manifestaban contra el Gobierno británico con tanta pasión como lo han hecho últimamente, durante el referéndum, a favor de él. “El gobernador británico de las islas decía que los malvinenses éramos ‘chusma”, dice Terry Spruce. “Estábamos indignados”.

Y entonces, recuerda, “sucedió algo de lo más extraño”. “Justo cuando la situación estaba empezando a inclinarse a favor de los argentinos, nos invadieron. Como el caso de alguien que se cava su propia tumba, no tiene parangón”. La junta militar encabezada por el general Leopoldo Galtieri no actuó en función de fríos cálculos políticos, sino más bien por desesperación. Como hoy sabemos, y entonces era evidente para todos los que no se dejaron cegar por la certidumbre teológica de que “las Malvinas son argentinas”, los generales estaban con la espalda contra la pared. Habían gobernado empleando el terror durante seis años, pero la población argentina, por fin, estaba perdiendo el miedo y empezando a rebelarse. La junta tenía los días contados, y por eso los militares jugaron la única baza que sabían que iba a agrupar a un pueblo al que, desde el momento de nacer, se le había imbuido el derecho casi divino de Argentina a “recuperar” la soberanía sobre las desérticas islas vecinas. Pero no contaban con que la señora Thatcher iba a enviar a las tropas, ni prepararon a su ejército, formado en gran parte por reclutas muy verdes, para la tarea de enfrentarse a una fuerza militar muy profesional. Debido a la corrupción, la ineficacia o ambas cosas, a los soldados argentinos desplegados en Stanley no les suministraron lo más necesario de todo, comida. Los soldados argentinos iban de casa en casa de los malvinenses en Stanley rogando que les dieran algo de comer. Joan y Terry Spruce recuerdan que discutían sobre si compartir o no sus raciones, ya escasas, con los soldados de ocupación. “A Joan le daban lástima”, dice Terry Spruce. “Yo recordaba que estábamos en guerra”.

La lástima es la única emoción que uno puede sentir al visitar el cementerio militar argentino en Darwin, un pequeño asentamiento próximo a Goose Green, donde Argentina perdió la batalla decisiva de la guerra. En él, una versión en miniatura de los cementerios de las dos guerras mundiales en el norte de Francia, filas y más filas de pequeñas cruces blancas señalan el lugar en el que están enterrados los reclutas, la mitad de cuyos nombres se desconoce. “Soldado argentino solo conocido por Dios”, dice la inscripción en la mitad de las tumbas. Un chófer chileno del cementerio que con frecuencia lleva a los familiares de los enterrados a presentar sus respetos dice que el sentimiento que predomina entre ellos es de amargura y sensación de desperdicio. Varios de ellos consideran que los soldados fueron mártires como lo fueron los 20.000 (algunos suben la cifra a 30.000) argentinos a los que la dictadura militar torturó, mató e hizo desaparecer durante la guerra sucia, para la que estaban mucho mejor preparados. La diferencia es que, por lo menos, los soldados no fueron sistemáticamente torturados, ni sus cuerpos arrojados al mar; la diferencia es, también, que sus enemigos, los británicos y los habitantes de las Malvinas, siguen acudiendo hoy al cementerio argentino a dejar coronas de flores junto a las de los familiares argentinos.

Los generales argentinos no contaban con que Thatcher iba a enviar a las tropas

La revolución económica de las Malvinas, desencadenada por el final de una guerra que no duró más que dos meses y medio, fue seguida, diez años después, de un cambio de actitud revolucionario por parte de Argentina. Bill Luxton, hoy un ovejero jubilado, era entonces uno de los tres miembros del “Gabinete” que ejerce el autogobierno de las islas. Guido di Tella era el ministro de Exteriores en el Gobierno del presidente Carlos Menem. “Di Tella era un encantador de serpientes”, recuerda Luxton. “Era un anglófilo que se propuso seducirnos, obtener mediante la política lo que su país no había logrado con la fuerza de las armas”. El ministro de Exteriores actual, Héctor Timerman, se negó hace poco a reunirse en Londres con miembros del Gobierno de las Malvinas, pero Luxton dice que él se entrevistó con Di Tella en cuatro ocasiones. “Nos pusimos de acuerdo en que no estaríamos de acuerdo sobre la soberanía. Di Tella dejaba eso de lado y se centraba en áreas en las que podíamos trabajar juntos, como el comercio, la pesca y el turismo”. (John Barton, del departamento de pesca, dice que, en los años noventa, había misiones conjuntas de Argentina y las Malvinas que trabajaban en proyectos científicos marinos, pero que, en la actualidad, esas mismas personas, sus amigos, le han pedido que no les escriba a sus direcciones de correo electrónico del Gobierno por temor a represalias). Di Tella, siempre educado y respetuoso para con los isleños en sus declaraciones públicas, enviaba vídeos infantiles –como los de la serie Pingu– y libros de Winnie the Pooh a familias de las Malvinas en Navidades.

Otros malvinenses consultados recuerdan aquel periodo, que se prolongó hasta 1999, con una mezcla de confusión y gratitud. Como dice Emma Brook, y confirman todos los demás, la estrategia de Di Tella era “peligrosa”, porque el clima que fue creando podría haber llevado al final a una aproximación política que un día quizá hubiera desembocado en la soberanía argentina.

Pero todo eso pasó. El predecesor de Cristina Kirchner en la presidencia, su marido, Néstor, anuló los acuerdos logrados en la época de Di Tella, y tanto las medidas perjudiciales como la retórica insultante de los dos últimos años, en especial de la propia señora Kirchner, han borrado cualquier posibilidad de confianza entre los isleños y Argentina, “al menos para una generación, seguramente dos”, según Bill Luxton.

La autonomía y la independencia están en el Adn cultural de los habitantes de las Malvinas

El espíritu que predomina hoy en las islas, pese al voto favorable a los británicos en el referéndum, es el de tener más independencia y apoyarse menos en Londres. Parece existir un consenso: les encantaría poder pagar a los británicos el coste necesario de defender la isla. Uno de los mayores beneficios de su posible riqueza petrolera sería obtener los 70 millones de euros para poder pagar a Reino Unido el coste de su guarnición militar. Y eso nos da una pista sobre el carácter de los isleños. La autonomía y la independencia están en su ADN cultural. Ros Cheek, la única abogada de las islas, dice que su familia, que llegó a las Malvinas a mediados del siglo XIX, es un caso típico, porque sus vidas han consistido, en gran medida, en una lucha por la supervivencia contra una naturaleza hostil. “Tenemos espíritu de pioneros y habitamos una realidad de pioneros”, dice. “No somos quejicas. No tenemos tiempo de serlo. Tenemos que esforzarnos para salir adelante. Es frecuente que los malvinenses tengan dos o, incluso, tres trabajos a la vez”.

Cuando se pasa tiempo en Stanley se descubre que esta es una desconcertante verdad. Uno que es cajero de banco por la mañana es camarero de noche; el cajero del supermercado por la mañana conduce un taxi por la tarde; una mujer a la que se ve trabajando de recepcionista en la escuela un día aparece al día siguiente en el aeropuerto, de uniforme y sellando pasaportes. El otro elemento sorprendente es descubrir cuántos malvinenses han viajado al extranjero, incluso han vivido fuera. Unos cuantos son reclusos, casi ermitaños, que viven solos con sus ovejas en unos lugares que están entre los más remotos e inhóspitos de la tierra. Pero Stanley, donde reside casi todo el mundo, es más cosmopolita de lo que se podría pensar.

Lisa Watson, la directora de The Penguin News, vivió tres años en Chipre, y también en Inglaterra. Odette Bonner, que trabaja en un pequeño hotel, vivió en España, en la Costa del Sol, tres años y medio. Dice que le encantaban el sol y la vida en la calle, pero que tuvo que irse cuando estalló la crisis en 2009 y su marido perdió el empleo. Bill Chater trabaja de carpintero, mecánico y albañil, entre otras cosas, y nunca le falta trabajo, lo cual le permite hacer grandes viajes todos los veranos. Ha vivido durante periodos superiores a un año en Australia, Inglaterra, Italia y Francia, y viajó hasta Finlandia para participar en competiciones con la selección nacional de fútbol de las Malvinas, en la que juega desde hace 20 años. Sin embargo, las islas siempre serán su hogar.

“En otros lugares, el ritmo es demasiado apresurado para la vida diaria”, dice Chater. “Aquí uno puede fijar su propio ritmo, controlar más su vida. Y no hace falta sucumbir a la presión de comportarse con arreglo a un estilo de vida determinado, estar obligados a pensar, vestirse y actuar de cierta forma, tener determinado aspecto”. Aun así, necesita irse todos los años de viaje, dice, porque vivir en las Malvinas, y en particular en Stanley, es vivir en una pecera, donde todos conocen a todos y saben lo que hace cada uno. También es conveniente alejarse del conflicto en eterna ebullición con Argentina, que irrita a Chater. “Es una tontería afirmar que este lugar pertenece a Argentina, que quieren recuperarlo”, dice, expresando el sentimiento prácticamente universal de los isleños. “¿Cómo puedes recuperar algo que nunca has tenido? ¡Es ridículo!”.

Para vivir aquí, uno tiene que sentir que es su hogar, el lugar donde están sus raíces

La proximidad geográfica de las islas a Argentina y la vasta distancia que las separa de Reino Unido hace que la afirmación no sea tan ridícula. Algún día, esa lógica territorial se tendrá que imponer, más pronto que tarde, en el caso de que futuros Gobiernos argentinos adopten la vía de la seducción en vez de la del enfrentamiento. Por más razón que contenga el reclamo histórico argentino, por más que la ley internacional esté a su favor, como muchos insisten, cuesta creer hoy que Reino Unido traspase la soberanía antes de que la mayoría de los malvinenses se lo pidan. Aunque es muy difícil pensar, por otro lado, que al día siguiente de un hipotético traspaso de la soberanía llegaran oleadas de argentinos a establecerse en las islas, procedentes de Buenos Aires o, incluso, de la Patagonia. Los periodistas argentinos presentes en Stanley para el referéndum del mes pasado estaban de acuerdo en que ninguno de sus compatriotas querría mudarse. El tiempo es espantoso; la variedad y la calidad de los alimentos que hay en las tiendas (mejor dicho, la tienda) son peores que en Ruanda, donde, por lo menos, brilla el sol; el entretenimiento se limita a los pubs, en los que se encuentran exactamente las mismas personas noche tras noche; las comunicaciones con el resto del mundo son limitadas e, incluso, la conexión de Internet es mala. Para vivir aquí, uno tiene que sentir que es su hogar, el lugar donde están sus raíces, donde viven sus amigos y su familia; o, en el caso de los pocos visitantes que deciden quedarse, tiene que haber un ansia de aislamiento, tal vez de escapatoria, y, si es posible, cierta pasión por los espacios abiertos y calvos, por los pingüinos y las aves. Argentina dice que las Malvinas son argentinas; Reino Unido dice que son británicas. Pero en el fondo, en el mundo real donde vive –o sobrevive– día a día la gente de carne y hueso, la verdad es otra: Malvinas, para los malvinenses.

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