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El debate sobre el estado de la nación

Ni pacto ni recambio

Puede que la crisis derrote a Zapatero, pero, desde luego, el PP si tuviese que contar sólo con sus propias fuerzas difícilmente lo conseguiría. Precisamente porque saben de su inferioridad, a los populares les resulta enormemente difícil evitar el catastrofismo, no transmitir la sensación de que están esperando como agua de mayo electoral que se alcancen los cinco millones de parados. Y a su líder se le escapan excesos de arrogancia -"ustedes no saben leer"- que cuadran mal con el aspecto campechano, más bien tímido y discreto del registrador de la propiedad Mariano Rajoy.

Rajoy no tiene una tarea fácil. Es más complicado de lo que parece hacer oposición en una situación de crisis económica grave. La ciudadanía no está para ejercicios más o menos brillantes de agresividad parlamentaria que sólo confirman la sospecha de que hay una enorme distancia entre sus preocupaciones y el mundo cerrado de las élites. La ciudadanía quiere respuestas y señales que le permitan ver la salida del túnel, que le transmitan la sensación de que los políticos se ocupan de sus problemas y saben lo que tienen entre manos. Por esto, los Gobiernos juegan con cierta ventaja en los debates políticos sobre la crisis. Tienen cuatro instrumentos de los que la oposición carece: la capacidad de decisión, el presupuesto, el Boletín Oficial del Estado y un cierto síndrome de Estocolmo sobre los ciudadanos que se sienten desamparados.

Por primera vez, Zapatero se atrevió a apuntar hacia una política de cambio de modelo económico

La oposición, en cambio, flirtea con la tentación de convertir la crisis en su banderín de enganche, cuando los ciudadanos están sobresaturados de malas noticias. Repetirlas y magnificarlas permanentemente sólo sirve para añadir confusión a la confusión y para alimentar la sospecha de que el interés del líder de la oposición es el poder y no la crisis. De esta trampa no supo salir Rajoy. A estas alturas la imprevisión de Zapatero, su reiterada negación de lo evidente y su optimismo antropológico ya están amortizados por la sociedad. La encuesta del CIS lo demuestra: Zapatero tiene que reconquistar la confianza perdida (más del 60% desconfía de él), pero es el que tiene que enderezar la nave, porque está ahí, y porque, de momento, Rajoy todavía parece menos fiable (80% de desconfianza).

Por eso Rajoy se equivocó. En vez de tratar de conquistar la confianza de los españoles, quiso seguir demoliendo al presidente. Rajoy va con retraso. Esta lección era la del examen anterior. Después de tantos meses repitiendo el mismo discurso apocalíptico, ahora ya tocaba cambiar el paso. Presentarse como un recambio que diera seguridad y tranquilidad a la población por si la crisis económica se convierte en social y política. No lo hizo. Él mismo se puso en evidencia cuando cerró su última réplica diciendo enfáticamente que "el problema de fondo es Zapatero". Desde luego, un análisis de hondo calado que sin duda modificará las interpretaciones hechas hasta hoy por las más prestigiosas escuelas de economía. ¿Por qué Rajoy no se presentó como alternativa, para garantizar la estabilidad del país en un momento tan delicado? ¿Por qué se limitó a mostrar, en un gesto perezoso, la carpeta de las propuestas del PP sin entrar en ellas? ¿Por falta de confianza en su propio proyecto o por miedo a que se notara demasiado su sintonía con las propuestas de la patronal?

Zapatero en cambio acertó en la estrategia. Dejó su optimismo antropológico en el diván. Y tomó la iniciativa con un nuevo despliegue de propuestas. Debe ir ya por un centenar. Como a lo largo de toda la crisis, le faltó concreción, calendario y una articulación que diera sentido a tanto parche. Sin embargo, por primera vez se atrevió a dar un salto cualitativo y apuntar, aunque tímidamente, hacia una política orientada al cambio de modelo económico. La señal fue tan débil como un vago proyecto de ley de economía sostenible, pero sonaba a aire fresco venido de América.

Para un cambio de esta envergadura sería necesario un gran pacto social. El PP no está por la labor. Agarrado a la ortodoxia económica que nos ha llevado a la crisis de la impunidad, nada quiere saber de cambios que marquen una evolución del sistema. O sea, que lejos de producir un acuerdo entre dos líderes muy lastrados, el resultado del debate fue una ampliación de la brecha ideológica entre Gobierno y oposición. Afrontando la crisis actual con la mirada puesta en los pocos años de gloria de su partido, Rajoy demostró que el PP sigue viajando con retraso. Por si quedaba alguna duda, fuera del hemiciclo, el PP se alineaba, como siempre, con lo más reaccionario del lugar. En este caso, contra la píldora del día después. Ni pacto ni recambio.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 14 de mayo de 2009