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jueves, 16 de agosto de 2007
Reportaje:

Amazonia. La sangría continúa

La cadena de desolación afecta gravemente al 'pulmón de la Tierra', camino de una neumonía irreversible. Con la población indígena diezmada, la violencia, los asesinatos, la deforestación y la esclavitud se reproducen como en siglos pasados. El saqueo no cesa y la alarma no acaba de surtir efecto

A comienzos del siglo XVII, los sertanistas portugueses dedicados a la caza de esclavos en la cuenca amazónica advertían en un proverbio: "No existe el pecado más abajo del la línea del Ecuador". Un capataz europeo que trabajaba en una explotación de caucho, en la época del boom cauchero amazónico de finales del siglo XIX y principios del XX, señalaba: "Cuando voy a la selva se me olvida el Evangelio". Iniciado el siglo XXI, las leyes no avanzan en los territorios del Amazonas y cualquiera de esas dos frases podría pronunciarse ahora mismo, ya que la violencia, el asesinato y la esclavitud se reproducen como antaño, con el añadido de una imparable explotación del medio ambiente sin precedentes. Hoy, como siempre, hablar del Amazonas es hablar de saqueo de los recursos naturales y violación de los derechos humanos, dos atentados que no pueden comprenderse el uno sin el otro. A la postre, y si se reflexiona un poco, bien podría concluirse que lo que el hombre hace en la Amazonia no es otra cosa que convertirse en el peor adversario de sí mismo, empeñado en una trágica búsqueda de la autoinmolación por la destrucción de su hábitat y el desprecio de sus principios y sus leyes.

Aún existen 80.000 trabajadores esclavizados, según las organizaciones humanitarias

"Se nutren los señores mamando al pueblo de las tetas, mientras el pueblo mama de las piedras"

En EE.UU. pagan miles de dólares por subespecies raras de peces-gato del Amazonas

La geografía amazónica es un espacio de vibrante desmesura que puede llegar a convertirse en el escenario de la mayor desolación. Este río magnífico de más de 6.500 kilómetros de longitud, al que ofrendan sus aguas más de mil tributarios, cubre una cuenca que, en principio, supera los 7.000 millones de kilómetros cuadrados, esto es: un área de drenaje que es unas catorce veces superior al tamaño de España. Pero, en realidad, es más grande todavía. Cuando, en el año 1800, el sabio explorador Alexander von Humboldt recorrió Venezuela y el norte de Brasil, encontró un canal, al que los indígenas llamaban Casiquiare, que comunicaba el gran río Orinoco con el Negro, uno de los principales afluentes del Amazonas. ¿Qué significa eso en Geografía? Pues, en síntesis, que las dos cuencas son una sola, lo que quiere decir que el tamaño de la Amazonia se expande casi otro cuarto de millón de kilómetros cuadrados. Vista en un mapa, el área amazónica de drenaje parece ocupar más o menos la mitad de América Latina, mojando territorios de Venezuela, Guyana, Colombia, Ecuador, Perú, Brasil y Bolivia.

Todos conocemos lo que ello supone a efectos de pálpito de vida. En ese espacio se concentra el 20% del agua dulce del planeta y el 30% de la vida animal y vegetal. Es la reserva biológica más grande y variada del mundo, con un total de casi siete millones de especies de plantas y animales; entre otras, 2.000 de peces. Y este escenario de vida portentosa es también lo que han dado en llamar el pulmón de la Tierra, pues sus inmensos bosques procesan la mayor parte del dióxido de carbono del aire para convertirlo en oxígeno. Dicen los viejos refranes que el hombre no sólo vive de pan. Es del todo exacto: subsistimos también gracias a lo que respiramos.

Los hombres comenzamos a destruir este inmenso altar de la naturaleza desde muy temprano, puede decirse que a partir del momento en que los ávidos europeos llegaron a su cuenca. Y lo hicimos tanto desde un punto de vista de rapiña de las materias primas como de destrucción de formas de organización social de las etnias que poblaban la Amazonia.

Los primeros de todos fuimos los españoles. ¿Qué buscaban nuestros antepasados? El Dorado, el oro que suponían escondido en aquellas selvas indomeñadas. Un tal Gonzalo de Pizarro, hermano del conquistador de Perú, comandó una expedición en busca de la mítica ciudad que suponían pavimentada del preciado metal. No la hallaron. Y cuando iban en busca de comida, dos pequeñas naves echadas a un río por orden de Pizarro, en la cabecera del actual Napo, recorrieron por vez primera el gran Amazonas hasta su desembocadura, ya que la fuerza de la corriente les impidió volver atrás a reunirse con sus compañeros. El capitán de la flotilla se llamaba Francisco de Orellana y corría el año 1542. No había oro en parte alguna. Pero sí numerosos indios en las orillas a los que asaltar para robarles los alimentos y lo poco que poseían. Mataron a unos cuantos cientos con sus arcabuces, supusieron que encontraban mujeres guerreras -de ahí, el mítico nombre de Amazonas, surgido de las leyendas de la antigua Grecia-, y una buena parte de los 57 hombres que emprendieron el viaje perecieron de hambre y de fiebres antes de llegar al mar. En aquel tiempo se calcula que habitaban la cuenca del gran río seis millones de indígenas.

Hubo una segunda expedición española en busca de El Dorado en 1560, la que comandó Pedro de Ursúa, al que asesinó y arrebató el mando su perverso jefe militar o maestre de campo, Lope de Aguirre, famoso gracias a las crónicas literarias de Ciro Bayo y Ramón J. Sender, y a los filmes sobre su figura de Werner Herzog y de Carlos Saura. Tampoco Aguirre encontró El Dorado, y tanto él como sus hombres perecieron en el intento. Pero dejaron, como Orellana, varios centenares de indios muertos a sus espaldas y no pocas aldeas arrasadas.

Los portugueses sucedieron en la rapiña a los españoles cuando éstos se retiraron de nuevo hacia el Oeste, a sus territorios de Ecuador y Perú, en donde suponían que el oro no se terminaría nunca. Los lusos habían emprendido la colonización de la Amazonia viniendo desde la desembocadura del río, en la región que bautizaron como Pará y cuya capital era Belém. Allí quemaron miles de hectáreas de bosque virgen para crear grandes plantaciones, sobre todo de caña de azúcar y, más tarde, de café. Pero necesitaban mano de obra. Y emprendieron la caza del indio adentrándose más y más en las selvas amazónicas, rumbo a Occidente. Para darle un manto de Cruzada cristiana a semejante pillaje, Lisboa inventó una curiosa legislación: las "guerras justas", que fue como se denominaron las acciones armadas dirigidas a combatir a quienes impidieran la propagación de la fe católica y asegurar la vida y las haciendas de los súbditos de Portugal. Todos los indios capturados en esas guerras eran considerados "esclavos legítimos". Las leyes no hablaban, sin embargo, de los derechos de los indios. Un jesuita portugués, João Daniel, calculaba que, entre 1615 y 1652, más de dos millones de indios perdieron la vida en manos de los sertanistas. Y afirmaba: "Había tanta facilidad en los blancos para matar indios como para matar mosquitos". Hacia 1750, la mayoría de las etnias indígenas de la Amazonia, y con ellas las lenguas, se extinguieron bajo el fuego del genocidio. Ni un solo tupinambá, ni aruanes, ni muras, ni manaos, ni iquitos, ni guanares, ni tapajós, ni omaguas, entre otros cuantos grupos étnicos, quedaron sobre la faz de la Tierra para contarnos la historia de sus antepasados.

Por aquellos tiempos, pocas voces se alzaron en defensa de los indios. Un jesuita checo, Samuel Fritz, a finales del siglo XVII, trató de preparar la defensa de los omaguas en territorios que aún se disputaban España y Portugal, fundando reducciones, o misiones, al estilo de las que la orden había organizado en Paraguay. Pero la agresividad de Lisboa y la indiferencia de Madrid hicieron inútil su tarea, y a Fritz se le ordenó regresar a Quito. En 1750, Portugal y España fijaron las actuales fronteras del Amazonas, con el Tratado de Madrid, ratificado por el de San Ildefonso en 1777.

La independencia de los países en donde se extiende la Amazonia no significó el fin del expolio ni la llegada de la justicia para los indios, sino todo lo contrario. La revolución industrial estaba en marcha en Europa y en Estados Unidos, y las materias primas se hacían cada vez más necesarias. En 1839, el americano Goodyear inventaba el proceso de vulcanización del caucho; en 1888, el irlandés Dunlop, el primer neumático, y en 1902, el francés Michelin ideaba el primer neumático desechable. El caucho se convertía en el oro verde, el motor del desarrollo industrial en Occidente. Y así surgió la figura del cauchero y así se talaron millones de árboles de la Amazonia y así los indios se llevaron, como siempre, y pese a que la esclavitud ya había sido abolida desde 1888 en aquellas regiones, la peor parte del reparto.

El primer gran cauchero fue Carlos Fernando Fitzcarrald, un aventurero peruano que organizó una red de estaciones para el transporte fluvial del caucho desde el interior de las selvas hasta Iquitos, y desde allí hasta el Atlántico, siguiendo el curso del Amazonas. Las leyes no existían en sus territorios y Fitzcarrald obtenía la preciada goma imponiendo trabajos forzados a las etnias que sometía a golpe de fusil. Tenía un ejército de 300 hombres armados con fusiles Winchester, compuesto por mestizos e indios civilizados, y a las tribus que se le enfrentaban, simplemente les aplicaba la técnica del exterminio. Se calcula que fue responsable de la muerte de más de diez mil indios.

Fitzcarrald, que murió a los 35 años cuando su barco fue engullido por un remolino del río Urubamba en 1897, amasó una inmensa fortuna. Aunque sus oficinas y almacenes estaban en Iquitos, vivía en una suntuosa mansión en la selva, cerca de la actual Sepahua. Trabajadores chinos atendían su jardín oriental y sólo bebía champán francés. A su obra civilizadora no le faltaban exégetas, como el franciscano Gabriel Sala, que escribía por aquellos años: "Puesto que no quieren vivir como hombres, sino como animales [los indios], debemos tratarles lo mismo que a éstos y echarles bala cuando se oponen injustamente a la vida y al bien de los demás". A Fitzcarrald se le dedicó una calle en Iquitos, hoy rebautizada con el nombre de Indios Mártires.

Sin embargo, sus éxitos como empresario los mejoró otro cauchero peruano, Julio César Arana, que, usando su habilidad diplomática y con el apoyo de capital británico, en 1904 fundó la Peruvian Amazon Rubber Corporation, cuyas oficinas principales estaban en la ciudad brasileña de Manaos. Arana consiguió la explotación de las inmensas selvas que rodean el río Putumayo, al norte del curso del Amazonas, territorios que pertenecen a Colombia y que entonces estaban en litigio entre este país y Perú. La riqueza en caucho parecía infinita. Pero Arana se encontraba con el mismo problema de todos: necesitaba mano de obra barata. Y tenía otro añadido: abolida la esclavitud, no podía permitirse implantarla en sus explotaciones siendo socio de empresarios británicos. Entonces se le ocurrió una forma simulada de esclavitud: el trabajo endeudado, aplicado siglos antes por los conquistadores españoles en las montañas andinas para la obtención del oro.

Arana se implantó en las aldeas de la etnia huitoto y comenzó a reclutar trabajadores por el sistema de empréstito: les vendía a plazos rifles, machetes, hachas, ropas, herramientas para su trabajo, materiales para construirse su propia cabaña, comida y baratijas para sus esposas; recibía la resina cauchera en balas con un número determinado de kilos, y de ahí iba descontando la deuda de los peones. Naturalmente, Arana controlaba los pesos y medidas y los precios de los productos vendidos a los huitoto. De modo que éstos, endeudándose más y más según sus necesidades, quedaban en manos de Arana de por vida, e incluso pasaban las deudas a sus hijos, en caso de morir o quedarse inútiles para el trabajo. Con el paso del tiempo, Arana refinó sus técnicas de explotación. Formó un ejército de hombres armados dirigidos por capataces blancos y exigió a cada jefe local huitoto una producción mínima de 460 kilos de caucho al mes. Si no se cumplía el cupo, los castigos eran feroces: latigazos, encarcelamientos en celdas sin agua ni luz, semiahogamiento, violación de las mujeres ante su familia; y al paso del tiempo, la crucifixión en casos extremos, la mutilación de dedos, manos y orejas, sal en las heridas y toda suerte de torturas. Incluso el aperreamiento, esto es: hombres vivos echados como comida para los grandes mastines de los capataces.

En su novela 'La vorágine' (1924), el escritor colombiano José Eustasio Rivera, que relató los horrores del Putumayo, narra esta escena de borrachera de blancos en una estación: "Un cuadrillero quería chancearse: vertió petróleo en una ponchera y lo ofreció a los indios. Como ninguno aceptó el engaño, les tiró encima la vasija llena. No sé quién rastrilló fósforos, pero al momento, una llamarada crepitante achicharró a los indígenas, que se abalanzaron sobre el tumulto, con alarida loca, coronados de fuego lívido, abriéndose paso hacia las corrientes, donde se sumergieron agonizando. Los empresarios de La Chorrera (famosa estación cauchera del Putumayo) se asomaron a la baranda con los naipes de póquer en las manos. "¿Qué es esto, qué es esto?", repetían. (...) Y al sentir el hedor de la grasa humana, escupieron sobre la gente y se encerraron impasibles".

Algunos viajeros europeos y americanos llevaron noticia de los horrores del Putumayo a Londres y la prensa se hizo eco de ellos. El cónsul británico en Río de Janeiro, Roger Casement, una de las figuras más importantes de la lucha humanitaria en el siglo XX, fue el encargado de la investigación. Y su informe, publicado en 1912, confirmó el estado de barbarie, de pisoteo de los derechos humanos y de genocidio que imperaba en las caucherías. Arana fue llamado a Londres por sus socios, la amenaza de quiebra hundió los valores de la Peruvian Company y, en 1913, la compañía entraba en bancarrota. Arana se esfumó dejando detrás de sí miles de huitoto muertos, cuyos descendientes, unos pocos cientos, malviven hoy en las cercanías de Iquitos y aún guardan memoria, merced a los relatos de transmisión oral, de lo que ocurrió en aquellos nefandos días. Al contrario que Fitzcarrald, Iquitos guarda el nombre de Arana en una calle. Nadie se ha atrevido a rebautizarla. En cuanto a Casement, irlandés de nacimiento, fue ahorcado por los británicos en 1916, acusado de alta traición, poco después de fracasar el levantamiento nacionalista de Pascua en Dublín, en el año 1916, a cuya causa servía el antiguo cónsul británico en Río de Janeiro.

En el año 1913, cuando se hundió la explotación cauchera amazónica, desplazada por los británicos a Malaisia y Ceilán con semillas robadas del Amazonas, la población indígena de las orillas del río estaba exangüe. Tribus enteras huyeron hacia el interior y otras, en años posteriores, lograron de las autoridades políticas reservas donde poder sobrevivir con su cultura tradicional. Pero tan sólo lograban espacios propios en aquellos lugares que no ofrecían materias primas. Si aparecía oro o cualquier otro valioso mineral, o petróleo, o una planta productiva, los indios eran expulsados de inmediato.

Y así continúa sucediendo hoy. Sobre el papel, los indios han ganado derechos y tierras, pero tan sólo si se instalan en lugares en donde no existe riqueza alguna. No obstante, siguen siendo expulsados de todos los sitios por un sistema muy sencillo. Si a un territorio concedido a los indios llega una pobre familia blanca o mestiza y pide permiso para instalarse, los indios se apenan y se lo conceden y la familia instala su cabaña y planta un huerto. Pero otra humilde familia llega después y los indios se apiadan y la familia se instala. Y así sucesivamente, hasta que varias familias, ya asentadas desde años atrás en el territorio concedido originalmente a los indios, solicitan a las autoridades del Estado o de la provincia el derecho a formar una comunidad y tener una iglesia y una escuela. Y las autoridades se lo conceden y las pobres familias expulsan a los indios.

La realidad es que ya no existen comunidades indígenas en las orillas del río. Sólo sobreviven en algunas reservas del interior, como los yanomamis, o pequeños grupos que se han refugiado en el fondo umbrío de las selvas más remotas y que suelen recibir a flechazos a los ocasionales visitantes blancos, aunque sean misioneros o trabajadores de los derechos humanos. Saben lo que se hacen, porque detrás de la Biblia o la Declaración Universal de Derechos Humanos aparecen siempre el fusil y la antorcha. De los seis millones de amerindios que poblaban el Amazonas en tiempos de Orellana, hoy en día se calcula que no queda más de medio millón.

La mayor parte de población amazónica son mestizos, a los que los brasileños conocen como caboclos. El caboclo suele ser una persona que vive en extrema pobreza, que carece de tradiciones, dioses y lengua propia, pues ha nacido y sigue naciendo en el cruce de varias sangres y no reconoce ninguna. Es un superviviente sin futuro. Es carne de explotación.

Y como tal se le usa. Porque el sistema del trabajo por endeudamiento no ha terminado, sino que sigue vigente y, en cierto sentido, se ha refinado. A los trabajadores de la ganadería, de la madera, del oro, del cobre, del petróleo, del café, del caucho, de la caña o de la soja, no se les tortura como antaño. Pero siempre le deben al empresario y nunca acaban de pagarle. Se les llama peôes de trecho (peones sin techo, más o menos) y en la práctica no son más que esclavos. En los bosques perdidos, tan lejos de la civilización y de las leyes, carecen de derechos sociales. El Gobierno de Brasilia ha emprendido, desde 1995, una decidida lucha contra este tipo de explotación humana, y, ocasionalmente, sus agentes localizan unas plantaciones que emplean mano de obra forzada, y libera a los explotados y multa a las empresas. Por ejemplo, a principios de julio, en Pará, rescató a más de 1.000 de estos peones en una plantación de caña, y la policía calcula que, desde 1965, se ha conseguido poner en libertad a más de 18.000. Pero las organizaciones humanitarias piensan que todavía existen más de 80.000 trabajadores esclavizados en la Amazonia brasileña.

Casi todos los empresarios del interior de la Amazonia tienen pequeños grupos de partidas armadas. Y las usan si a alguien se le ocurre intentar poner en práctica un sindicato de defensa de los derechos de los trabajadores. Los castigos son duros y, por lo general, todo conflicto se arregla a tiros.

Bien lo sabe la familia de Chico Mendes, que en la región de Acre creó el Sindicato de Trabajadores Rurales y el Consejo Nacional de Trabajadores del Caucho con la intención de defender los derechos de los peones y racionalizar la explotación indiscriminada de los bosques. El movimiento se extendió muy pronto a otros Estados y se hizo muy fuerte... demasiado fuerte. Tanto que, en 1988, el disparo de un pistolero a sueldo de los patronos acabó con la vida del líder sindicalista. En Acre, todos saben quién fue el que disparó y quién le pagó para que lo hiciera. Pero en Acre, como en otros lugares de las regiones amazónicas, policías y jueces son a menudo cómplices de los patronos.

Sin embargo, la de Mendes no fue la primera rebelión. En el Amazonas hubo una guerra de la que poca gente ha hablado y que duró casi un lustro, entre 1835 y 1840. Se llamó guerra del cabanagem y los estudiosos la consideran la primera revolución social de los tiempos modernos. Tendrían que pasar unos pocos años hasta que asomara a la historia la mucho más famosa y quizá menos sangrienta rebelión de la Comuna de París, fechada en 1871.

Por esos años, en las regiones de la enorme provincia de Pará, que abarcaba los territorios que se extienden a lo largo del Amazonas entre Belém y Manaos, unas cuantas familias adineradas controlaban todos los poderes. En las plantaciones y los ranchos de ganado sobrevivía a duras penas, esclavizada de una u otra manera (de forma directa o por endeudamiento), una inmensa masa de trabajadores con sus familias. La componían negros traídos de África, mestizos caboclos e indios tapuios (indios destribalizados). No poseían nada y vivían en miserables chamizos construidos con maderas y hojas de palma. Por eso, en Pará los llamaban cabanos, cabañeros. Y su rebelión se conoció, por la misma causa, como guerra del cabanagem, la guerra de la cabaña.

En enero 1835, las autoridades detuvieron a un sacerdote que defendía a los cabanos. Y cientos de ellos, armados de hachas y viejas espindargas, tomaron el palacio del gobernador en Belém, asesinándolo junto con su jefe militar, y se hicieron con el poder de la capital de la provincia. Animados por las ideas de algunos intelectuales influidos por la Ilustración, proclamaron la defensa de los Derechos Humanos y de la democracia y eligieron una Asamblea Legislativa Provincial. Formaron con urgencia un ejército popular y, en pocas semanas, sus conquistas se extendieron hasta Manaos. Un poema de la época, escrito por un poeta rebelde y que traduzco libremente, decía así:

"Pues se nutren los señores

mamando al pueblo las tetas,

mientras en el pueblo maman

de las tetas de las piedras".

La reacción legalista llegó con un fuerte contingente armado que combatió durante casi cinco años a los "cabanos". Al final fueron vencidos, y miles de ellos, fusilados. Los últimos 800 rebeldes se rindieron cerca de Belém en marzo de 1840, bajo la promesa de una amnistía que el Gobierno cumplió, respetando los acuerdos y liberando de las cárceles a los prisioneros, entre ellos a los principales dirigentes de la revuelta, como Eduardo Nogueira Angelim, jefe político, y Francisco Vinagre, jefe militar. Pero la vida de los trabajadores de Pará siguió arrinconada en la miseria de sus chabolas, de sus cabañas. Aquella revolución no supuso para la Amazonia ningún avance político, ni progresión alguna de los derechos humanos.

Y en la Amazonia siguió adelante el tradicional saqueo, con algunos elementos añadidos por el progreso.

En la actualidad, sin duda, el primer problema de gravedad es la deforestación. Pese a las leyes dictadas desde Brasilia y, en menor medida, desde Bogotá, Lima o Caracas, los madereros invaden las selvas y talan sin mesura allí adonde no llegan los agentes federales. En lugares más accesibles para la policía, los madereros proceden a lo que se conoce hoy como talas selectivas, esto es: cortan los árboles de maderas valiosas y los trasladan a aserraderos del interior de la selva, para transportarlos hasta los almacenes de las grandes ciudades en barcazas que recorren los miles de canales incontrolables con los que cuenta la cuenca amazónica. Estas talas, a la postre, hacen el mismo daño que las masivas, pues rompen el equilibrio del ecosistema.

La deforestación está creando en la Amazonia de hoy un profundo deterioro social y medioambiental, con el uso de lo que algunas organizaciones humanitarias como Greenpeace llaman "variantes modernas de la esclavitud". Al tiempo, la mayoría de los estudiosos de los efectos de la deforestación señalan con tristeza que el único remedio de este proceso desastroso no podría venir, en ningún caso, de la intervención de los gobiernos de la región, sino de una "desaceleración del mercado agrícola". ¿Pero quién puede prevenir o corregir en estos tiempos de liberalismo sin barreras la desaceleración de cualquier mercado?

Como dato, vale añadir que la deforestación, en los últimos años, no sólo no se ha detenido, a pesar de las legislaciones de los países del área, sino que ha aumentado. En el año 2001 desaparecieron 18.166 kilómetros cuadrados de bosque amazónico. En 2002, la cifra alcanzó los 24.476. Y en 2004 superó los 26.000. Y los efectos de esas talas producen nuevos males: la humedad se retira ante la falta de árboles. Y a la falta de humedad le suceden los fuegos originados por causas naturales. Y a la falta de árboles le sucede el aumento de dióxido de carbono y la reducción del oxígeno. La cadena de la desolación se alimenta a sí misma. Tose el pulmón de la Tierra, camino de una neumonía irreversible.

Los ganaderos que incendian bosques para crear pastos -una práctica agrícola tan vieja como la edad del hombre-, o los madereros que talan sin medida para llevarse las maderas nobles, no son en estos días los únicos responsables del desastre. En los últimos años, la soja se ha convertido en un fruto muy apreciado en los mercados, sobre todo, y como es tradicional, en los asiáticos. Y la Amazonia ofrece un terreno ideal para su cultivo. De modo que, como siempre, grandes extensiones de bosque se están quemando para obtener espacios donde plantar soja, con inversiones importantes de algunos países, como, por ejemplo, Japón y China. El primer productor en el mundo de esta leguminosa es Estados Unidos. Por el momento. Porque Brasil se ha situado ya en segundo lugar y está a punto de ocupar el primer puesto. Las exportaciones de Brasil necesitan de fenómenos como éste, en un país en el que hay grandes bolsas de pobreza y un dislocado crecimiento demográfico. En consecuencia, ningún Gobierno puede decidirse a poner coto a las quemas indiscriminadas de bosque amazónico para plantar soja en cultivos nacidos ilegalmente, aunque se levante sobre los hombros de trabajadores explotados como esclavos, con pistoleros escondidos en la trastienda y patronos que juegan al póquer mientras arden los indios.

Hay muchas otras formas de expolio. El comercio ilícito de animales, por ejemplo. En todos los países de la cuenca amazónica existen leyes muy estrictas contra el comercio de animales y su exportación. Sin embargo, varios millones de criaturas salen cada año de la región: simios, reptiles y peces, sobre todo. La mayor parte de ellos mueren en el camino, escondidos en los cinturones de los pasajeros, como las serpientes, o en las gélidas bodegas de los aviones y los barcos transatlánticos, como los simios y los loros. En los acuarios públicos y privados de Estados Unidos, por las subespecies raras de peces-gato del río Amazonas se pagan miles de dólares.

Nos quedan, en fin, las carreteras. En 1972, un golpe de Estado llevó al poder a una junta militar que, por medio de escuadrones de la muerte, asesinó a miles de ciudadanos demócratas. Aliados de los capos de la droga y de la patronal mafiosa que explota las riquezas del país, los mílicos abrieron la carretera Transamazónica, que une Brasilia, en el sur de la Amazonia, con Boa Vista, cerca de la frontera de Venezuela, pasando por Porto Velho, a orillas del río Madeira, y por Manaos. La carretera supuso que a su alrededor se asentaran nuevos rancheros y madereros y que grandes extensiones de selva desaparecieran.

¿Hay alguien que pueda romper esa cadena de destrucción? Hace apenas un año, el Gobierno izquierdista del presidente Lula da Silva ha aprobado la construcción de una nueva carretera para unir Santerém, a la vera del río Amazonas, justo donde desemboca el bello curso del Tapajós, con Cuiabá, más de mil kilómetros al sur. Naturalmente, a las orillas de la carretera llegarán los cultivadores de soja, los madereros, los ganaderos y, claro, con ellos, sus pequeños ejércitos de hombres armados dispuestos a matar a quien se oponga a la rapiña.

Uno se pregunta si, al fin, no somos los humanos una especie vesánica y suicida. Esclavizamos y matamos a quienes se oponen a nuestra ansia de poder, pero también estamos acabando con las posibilidades de supervivencia de nuestros descendientes.

Claude Lévi-Strauss, el antropólogo francés que escribió uno de los más importantes libros del siglo XX, Tristes trópicos, advertía cargado de pesimismo: "El mundo comenzó sin el hombre y terminará sin él". El Amazonas es el más fiel retrato de tan terrible profecía.

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