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Reportaje:INVESTIGACIÓN CARDIOVASCULAR

Historias del corazón

Una joya perfecta de 250 gramos diseñada para latir miles de millones de veces. Pero nos empeñamos en maltratarla. El Centro Nacional de InvestigacionesCardiovasculares echa a andar para intentar frenar la principal causa de mortalidad entre nosotros. Lea estas páginas. Pueden resultar beneficiosas para su salud.

Hasta ahora hemos hecho un gran esfuerzo de investigación en individuos que ya han entrado en la enfermedad; debemos ahora volcarnos en el tramo anterior, conocer mejor el inicio de la dolencia y tratar de evitarlo. Debemos insistir más en el concepto de mantener la salud. En ese sentido, hay que hacer un balance optimista, pero también pesimista, con luces y sombras. Porque hemos avanzado mucho en el tratamiento, en retrasar el fallecimiento, pero, sin embargo, la prevalencia de las enfermedades cardiovasculares sigue aumentando, es un caos epidemiológico. Y creo que el principal factor de incidencia, el que más debe preocuparnos, es la obesidad, que provoca diabetes, hipertensión, trastorno de los lípidos… Vivimos en un mundo en el que cada vez hay más obesos. Yo creo que ésta es la causa principal del aumento. Y pienso que hemos fallado en algo muy importante, en la prevención. Hemos trabajado demasiado individualmente; el futuro pasa por un enfoque completamente distinto". Quien dice esto es Valentín Fuster (Barcelona, 1943), director del Instituto Cardiovascular del hospital Mount Sinai, de Nueva York.

Las enfermedades cardiovasculares, la principal causa de muerte en los países desarrollados, provocan entre el 35% y el 40% de los fallecimientos.

Tenemos un problema. Y tenemos un nombre, Valentín Fuster, hombre de absoluta confianza en los temas del corazón.

Y ahora, del cruce de ambos, en España ha nacido lo que ya se ha calificado como el mayor centro de investigación cardiovascular de Europa: el Centro Nacional de Investigaciones Cardiovasculares (CNIC): 23.000 metros cuadrados en Madrid, dentro del Instituto de Salud Carlos III, dependiente del Ministerio de Sanidad y Consumo, que han supuesto una inversión de 60 millones de euros -casi el doble del presupuesto inicial- y que acogerá a unos 300 investigadores. Se espera que este centro alcance su velocidad de crucero, con todo el personal ya contratado, a mediados de 2008. Fuster se ha puesto a la cabeza como presidente del Comité Científico Asesor del CNIC, un cargo que le permite compatibilizar su regreso a España con sus contratos y compromisos en Mount Sinai.

El CNIC fue inaugurado, por fin, por los Reyes el pasado 27 de febrero tras diversos avatares. Porque en su puesta en marcha han intervenido cuatro ministros de Sanidad -tres del PP (José Manuel Romay Beccaría, Celia Villalobos y Ana Pastor) y una del PSOE (Elena Salgado, quien le dio el impulso definitivo al estrechar la mano de Fuster)- y porque vivió momentos serios de crisis en 2004 a raíz de la marcha del anterior científico de prestigio que le servía de aval, el hondureño Salvador Moncada, que trabaja en el Reino Unido. La ministra Pastor y el científico Moncada se enrocaron en sus posiciones tras una campaña en prensa de acusaciones de "uso indebido de los fondos". El gerente actual del CNIC, Francisco de Paula Rodríguez, quiere aclarar: "Pudo haber poco cuidado en la gestión de los fondos, pero no hemos detectado malversación; había cierta parálisis, pero nada turbio".

El asunto es que, tras dimes y diretes y golpes bajos más propios de la prensa de otro tipo de corazón, el nombre de Fuster vino a dar cimientos y vuelo al centro. Y gracias a él llegaron los fondos de empresas privadas. Una fórmula novedosa y prometedora. "Es una gran oportunidad para mí de contribuir y aplicar mi experiencia a la investigación en España, que es lo que dicta el futuro económico de un país", señala el doctor Fuster. "Su principal ventaja es que aplicará un programa de investigación de alta calidad donde unen fuerzas la iniciativa privada y el Gobierno. Yo creo que hoy día la investigación basada sólo en dinero del Estado no basta para conseguir la fuerza suficiente. La ayuda privada nos permitirá contar con un presupuesto estable para 10 años".

El gerente explica que la receta encontrada pasa por un ingrediente fundamental: la Fundación ProCNIC, creada para aportar fondos de empresas privadas a la investigación en torno al corazón, "con lo cual el CNIC mantiene titularidad, control e interés públicos, pero a la vez se beneficia de la eficacia, agilidad, solvencia y fondos del altruismo de esas empresas", un escaparate del poderío industrial español: Acciona, Banco Santander Central Hispano, BBVA, Endesa, El Corte Inglés, Fadesa, Fundación Abertis, Fundación Ramón Areces, Gas Natural, Grupo PRISA, Inditex, La Caixa, Repsol-YPF y Telefónica. Ahora mismo, con estos mimbres, existe el acuerdo para que estas empresas aporten 100 millones de euros a lo largo de siete años, más 20 millones anuales a cargo de los Presupuestos Generales del Estado. "En 2012 está previsto que contemos con un soporte de 49 millones de euros", apunta De Paula Rodríguez, un tinerfeño de 47 años. Fuster sólo accedió a ponerse al frente de este proyecto cuando vio asegurada esa financiación estable: "En España hay mucho talento, valía la pena juntar recursos".

Valentín Fuster subraya, siempre que puede, un empeño especial: la prevención. Insiste en que las sociedades desarrolladas están fallando estrepitosamente en ese aspecto. Es lo que le ha llevado a escribir, en colaboración con el periodista Josep Corbella, La ciencia de la salud (editorial Planeta), su primer libro de divulgación, en el que desde el principio deja algo muy claro: "Aunque cada día hay mejores métodos de diagnóstico y mejores tratamientos, también hay cada día más enfermos". El eslogan del libro es: "Nunca es tarde para empezar a cuidarse, y nunca demasiado pronto". Y él explica que hay que trabajar en tres campos: en comunidad, con los niños de 5 a 10 años -"es la edad en la que captas más, en la que fijas las reglas de conducta para el futuro"; por eso colabora con el programa de televisión Barrio Sésamo- y estableciendo políticas -leyes (pone como ejemplo la española contra el tabaco) "que dificulten que se impongan en la sociedad conductas poco saludables"-. En este sentido cree vital, y nunca mejor dicho, que desde el Estado se establezcan regulaciones a la industria alimenticia. "Son los retos más importantes que tenemos".

En el CNIC, los pilares también son tres: una investigación de alto nivel -un comité externo de evaluación decide estos días los seis jefes de departamento: embriología, regeneración de tejidos, biología vascular, tecnología de imagen, epidemiología y estadística e investigación aplicada, que marcarán el esquema del centro; ha habido 63 aspirantes, el 40% de fuera de España-, una conexión directa con el Sistema Nacional de Salud, o sea, que los pacientes vean una aplicación directa de los adelantos -"no es atractivo crear una institución de excelencia, sino redes de grupos integrados, y trasladar esa investigación a la aplicación directa al paciente", señala Fuster- y un concienzudo programa de formación que cuide la cantera de jóvenes investigadores. Ahora el tiempo de Fuster se repartirá al 25% en el CNIC y al 75% en Mount Sinai, un centro sobre todo de atención médica que cuenta además con 60 investigadores en el área cardiovascular. Esos porcentajes se irán equilibrando e invirtiendo con el paso de los años. "Hoy día, el trabajo de investigación hay que concebirlo en red. No tendría sentido que yo estuviera todo el tiempo en Madrid; ahora soy más útil estableciendo conexiones desde aquí, como ya estamos hablando para extender esas redes en la UE". Para salir al paso de comentarios maledicentes sobre la vuelta de cerebros maduros a España con contratos de lujo, Fuster subraya: "Queda claro que yo no me he buscado un retiro dorado".

Francisco de Paula, que llegó al CNIC desde la dirección del hospital Gregorio Marañón, en Madrid, y ha sido capaz de poner orden en las cuentas y sacar el proyecto del atolladero en año y medio, es partidario de dar ahora pasos firmes y seguros, y no apresurados. De la misma forma que ha sido decisivo para el futuro del centro alcanzar ese acuerdo con las empresas privadas. "No debemos dar pasos en falso acuciados por la prisa", explica. "Debemos mantener siempre un nivel alto de exigencia. Cada decisión en estos primeros años marcará el tono futuro". Es verdad que ahora se ve muy vacío ese magnífico edificio, que desprende la imagen de transparencia, modernidad, trabajo en equipo y pulcritud que pensó para el CNIC su arquitecto, Francisco Javier Bellosillo, que falleció sin verlo terminado. "La emergencia por llenar esos espacios", dice el gerente, "no debe traicionarnos". El reto al que se enfrenta el CNIC es enorme. Según la Organización Mundial de la Salud, las dolencias cardiovasculares suponen la muerte de más de 17 millones de personas al año. Más de 125.000 en España. Ahora se trata de levantar un dique sólido y ambicioso para detener esa marea negra.

Por encima de los avances de tratamientos e investigación, los principales titulares del corazón -de este corazón- en estos primeros meses del año 6 del siglo XXI no son nada sofisticados; insisten en cómo se maltratan las sociedades desarrolladas con un estilo de vida tan sedentario, estresante y cargado de calorías. Nada futurista. Vuelven a resaltar el valor de reducir las calorías para mantener un corazón más joven. "La obesidad", continúa Fuster, "es la consecuencia directa de la ansiedad, de vivir tan rápido y comer tan mal".

Son las amenazas… Son los estragos de una vida marcada por el estrés y la ansiedad. "El problema es que a menudo la sociedad nos arrastra a esto, no nos deja vivir de otra manera. Yo recibo 110 e-mails diarios, y todos quieren una respuesta al instante. Es la enfermedad del e-mail. ¿Me puede decir cómo se puede dar una contestación satisfactoria a todos y vivir con tranquilidad? La gente debe entender algo básico: usted debe hacerse cargo de usted mismo. Uno debe estar en contacto con uno mismo, y cuidarse. No hay una receta universal. Por ejemplo, los españoles ven la televisión una media de tres horas diarias, y mientras la ven están comiendo algo, picoteando… Eso es un desastre. Se trata de tomar conciencia de uno mismo y, dentro de las circunstancias, saber gestionarnos. Es un concepto muy oriental. ¿Cómo me domino yo? La vida es difícil para todos. Eso lo sabemos y hay que asumirlo. Pero dentro de ese escenario hay que saber aprovechar la parte positiva, saber extraer y disfrutar los buenos momentos. Debemos aprender a gestionarnos. Es el gran reto. Cerebro y corazón son dos maravillas, y están perfectamente conectadas. Estoy convencido de que el siglo XXI va a ser el siglo del cerebro, del que aún sabemos muy poco. Del corazón sabemos mucho más, pero nos dedicamos a estropearlo. Ha llegado el momento de que pongamos en práctica todo lo que sabemos sobre el corazón para cuidarlo, de que sepamos aplicar los conocimientos sin esperar a que enferme".

Manuel Ruiz Ripollés. Por KARELIA VÁZQUEZ

"¿Un infarto? No me fastidies. Eso tiene que ser más llamativo" Experto en ergonomía y riesgos laborales. Sufrió un infarto agudo hace seis años. Decidió relajarse de verdad y cambiar de vida. 62 años.

Día 23 de mayo de 2000. Clínico de Valladolid. Por primera vez en mucho tiempo, Manolo se deja llevar. Le conectan a un respirador y tiene la sensación de que ya está todo hecho. Por una vez, él no da órdenes. Manuel Ruiz Ripollés, de 56 años. Diagnóstico: infarto agudo de miocardio. "Que sea lo que Dios quiera, el problema no es mío", piensa. Y le invade "una tranquilidad tremenda", sólo alterada cuando piensa en su familia.

Acostumbrado a estar siempre "en la cresta de la ola", Manolo era un adicto a las emociones fuertes. El estrés -"que no tiene que ser siempre malo, pero que al que es peligroso someterse de forma continuada" (como el mismo Ripollés recordaba en sus conferencias sobre riesgos laborales)- era su estado natural. Salía de casa a las siete; volvía a las ocho o las nueve de la noche. Tras cenar se dedicaba a preparar las conferencias del día siguiente. Los fines de semana se cruzaba la Península. Un paquete de cigarrillos por día. Además, los viajes a América para dar conferencias. Hasta cuatro aviones por semana, 80 horas de clases en 15 días. Ripollés era el gurú de lo suyo: la ergonomía. Firmó con sus colaboradores el manual más consultado en castellano de esta disciplina. En 1995, con la Ley de Prevención de Riesgos Laborales, la ergonomía entró por decreto en las empresas y el ritmo de Manolo se aceleró. Su equipo de ocho personas se quedó corto y tuvo que dedicarse a formar expertos. Manolo se saltaba a la torera todo lo que se dedicaba a enseñar, pero estaba entusiasmado. "¿Cansado? No, estaba obsesionado".

"No, esto no me está pasando a mí", pensaba Manolo mientras veía el montaje que le tenían preparado en el hospital. Había desayunado un zumo de naranja. Por la tarde, de cuatro a ocho, tenía que impartir clases. De repente le empezó "una acidez de estómago bastante fuerte". Nada nuevo. Compró antiácidos y se fue al hotel a descansar. Media hora después llamó a un compañero: "Vete leyendo mi tema, que el estómago me está dando guerra". No se sabe por qué, su compañero puso al teléfono al médico de Fremap: "Ponte el dedo encima de donde te duele. ¿Está debajo del esternón?". "Justo", comprobó Manolo. "Pues cógete un taxi ya". "¿Un infarto? ¡No me fastidies! Eso tiene que ser algo más llamativo, más doloroso, otra cosa".

Su mujer y sus hijos venían de Madrid en coche. A Rosalía, el viaje le pareció eterno. Un día después, los médicos decidieron colocar un stent, un pequeño tubo de malla dentro de la arteria obstruida, y a los pocos días una ambulancia le llevó a casa.

Y he aquí a un hombre acostumbrado a tener la agenda repleta que decide dar un giro radical. Consiguió dejar de fumar, adelgazar unos kilos y cumplir a rajatabla los horarios de comida; recuperó el placer de leer, su pasión por la ópera y su sitio en el Teatro Real. Por lo demás, un tratamiento médico para controlar la tensión y el colesterol, aspirina y una dieta baja en sal y con poca grasa. En la oficina le pusieron las cosas claras: "Se han acabado las burradas. La formación de nuevos ergónomos queda en otras manos. Los viajes se hacen con tranquilidad, y el horario se cumple estrictamente, hasta las cuatro y media". Luego, al menos una hora y media andando. A la vuelta a casa le esperan las historias apasionantes de sus óperas favoritas: La Traviata, Jenufa y Parsifal. Manolo, ahora con 62 años, echa de menos no estar en la cresta de la ola, pero lo piensa y concluye: "¡Ahora sí que estoy bien!".

Luis Alonso-Pulpón. Por MILAGROS PÉREZ OLIVA

"En 10 años, el 30% de los actuales cardiólogos estará jubilado".

Presidente de la Sociedad Española de Cardiología. Director del servicio de cardiología del hospital Puerta de Hierro (Madrid). 56 años.

Tiene andares desgarbados, considerable estatura y una personalidad expansiva, de modo que cuando Luis Alonso-Pulpón se abre paso por los atestados pasillos del hospital Puerta de Hierro, de Madrid, el espacio se contagia de su vitalidad. El nombre de Alonso-Pulpón está unido al de Puerta de Hierro, donde dirige el servicio de cardiología, porque es en este centro donde ha transcurrido toda su carrera profesional. También dirige el programa de trasplante de corazón, que ya lleva 670 enfermos atendidos. Nació en Valladolid en 1949 y estudió medicina en su ciudad, pero se doctoró en Madrid y tuvo la suerte de ir a parar al que entonces era considerado uno de los mejores hospitales de España.

Alonso-Pulpón ha vivido la eclosión de la cardiología. "Cuando comencé no se operaba a enfermos de más de 55 años. Hoy operamos a pacientes de 90. La sociedad rechaza que se apliquen criterios biológicos; además, uno no es quién para juzgar si alguien ha vivido suficiente". Las enfermedades del corazón tienen mucho que ver con la edad, con el envejecimiento, y eso provoca un aumento constante de la demanda y una presión asistencial enorme. Le preocupa la falta de cardiólogos. "Algo no acaba de funcionar en España cuando hay más de 1.000 médicos españoles ejerciendo en Portugal, otros 2.000 en Inglaterra y aquí tenemos que contratar a médicos polacos. Aquí los sueldos son muy bajos".

Cuando el año pasado asumió la presidencia de la Sociedad Española de Cardiología se propuso revisar la especialidad. La sociedad tiene ahora 2.600 miembros, con una edad media de 54 años. "Eso significa que, en 10 años, el 30% de los actuales cardiólogos estará jubilado o muerto. Y sólo comienzan la especialidad unos 110 MIR al año". Considera que los médicos han de volver a tomar el timón organizativo de la sanidad, sin menoscabo de la tarea de los gestores. Y cree que la organización sanitaria está excesivamente orientada a resolver el hecho agudo y muy poco a dar una buena respuesta a las patologías crónicas, que son las que más crecen.

Recuerda que, cuando él comenzó, la sesión clínica era el acontecimiento más importante. "Ahora se habla sobre todo de indicadores de gestión. Resolver el caso difícil ha dejado de ser la prioridad, y eso es malo para el progreso de la medicina. Al final de la jornada hemos atendido a más pacientes, pero, individualmente, cada paciente se ha sentido menos atendido".

El equipo de Alonso-Pulpón tiene 19 médicos. No son pocos, pero tampoco suficientes para las 16.000 consultas anuales que atienden. Como además están mal pagados, facultativos de todas las edades se ven obligados a extenuantes guardias para redondear el sueldo. Por eso cree que faltan vocaciones. Él tiene dos hijos, de 27 y 23 años, que no han seguido sus pasos profesionales. "Alguien debería plantearse por qué razón los hijos de los médicos ya no suelen hacer medicina". No es que sea pesimista, pero ve nubarrones. El principal, el de la sostenibilidad del sistema: "Si alguien no toma medidas, entrará en crisis; los costes y la demanda no dejan de aumentar". Otro es que la prevención está fracasando; pese a todos los esfuerzos, no se logra reducir los factores de riesgo de las enfermedades cardiovasculares. La obesidad es un claro ejemplo. Con todo, él se declara adicto al trabajo: "Pensar que has influido para que un paciente viva mejor o viva más es una de las sensaciones más gratas que se pueden tener".

Pilar Aguilar López. Por QUINO PETIT

"¿Por qué lloráis en el colegio? Si aquí no pinchan a nadie…"

Niña trasplantada. Vive con un corazón trasplantado desde 1994. 13 años.

Pronto cumplirá 14 años. Su historial clínico viaja en un carrito por el madrileño hospital Gregorio Marañón, pero su verdadera historia es la de una luchadora.

Cuando era pequeña, Pilar Aguilar López no entendía los sollozos de sus compañeros el primer día de colegio. "¿Por qué lloráis? Si aquí no pinchan a nadie…". Había aprendido a administrar bien sus lágrimas. Con sólo año y medio, los doctores dijeron que su corazón era demasiado grande: "Miocardiopatía dilatada". Perdió el apetito y las ganas de jugar. Su órgano ya no podía bombear sangre e impedía a sus pulmones respirar con normalidad. En la Organización Nacional de Trasplantes encontraron uno "del tamaño de una tarjeta de crédito". Cinco horas de cirugía le salvaron la vida.

Tuvo suerte. "Hay pocos niños donantes de corazón porque no suelen morir de muerte encefálica", explica el coordinador nacional de trasplantes, Rafael Matesanz. En menos de cuatro semanas, el equipo pediátrico del Gregorio Marañón, uno de los 17 hospitales habilitados en nuestro país para trasplantes de corazón, pudo operarla. El suyo fue uno de los 5.000 que se han practicado en España desde 1984; de ellos, más de 200 a menores de 15 años, según el doctor Rubén Greco, responsable de cardiología pediátrica del Gregorio Marañón.

La operación de Pilar en 1994 fue un éxito, pero no supuso que dejara de pisar el hospital. La vigilancia médica se justifica por la permanente amenaza de rechazo del nuevo órgano. Para evitarlo está sometida a fuertes medicamentos que provocan numerosos efectos secundarios. Su episodio de rechazo más fuerte le obligó a celebrar su séptimo cumpleaños en la UCI del Gregorio Marañón, centro que se ha convertido en la verdadera segunda residencia de la familia. Mari Carmen, su madre, recuerda el cariño con que siempre les tratan.

Gracias a su fuerza de voluntad, Pilar no ha perdido ningún curso, y no es raro que diga que de mayor quiere ser médico. Es consciente de que en algún momento tendrá que volver a entrar al quirófano. La esperanza media de vida de un corazón trasplantado es de 10 a 15 años; pasado ese tiempo, casi en el cien por cien de los casos es necesario volver a operar. "Tenemos fe en los avances de la ciencia", dice Mari Carmen. "Lo importante es vivir cada día con ilusión".

España se encuentra a la cabeza en donación de órganos a nivel mundial, con 35 donantes por cada millón de personas. "Pero todavía hay áreas en nuestro país con escasez", insiste Greco. A 1 de enero de 2006, 85 personas esperaban un corazón. Cuatro de ellos, niños.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 19 de marzo de 2006

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