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Reportaje:GRANDES REPORTAJES

Hiroshima en la memoria

¿Fue el fin de la II Guerra Mundial o el inicio de la guerra fría? ¿Sirvió para ahorrar bajas de ambos bandos o fue sólo una brutal demostración de fuerza? Sesenta años después del lanzamiento de las primeras bombas atómicas sobre Japón, que causaron 200.000 muertos, el debate sigue abierto.

¿Fue el fin de la II Guerra Mundial o el inicio de la guerra fría? ¿Sirvió para ahorrar bajas de ambos bandos o fue sólo una brutal demostración de fuerza? Sesenta años después del lanzamiento de las primeras bombas atómicas sobre Japón, que causaron 200.000 muertos, el debate sigue abierto.

"Hace 16 horas, un avión norteamericano lanzó una bomba sobre Hiroshima y destruyó su utilidad para el enemigo (…). Es una bomba atómica; significa aprovechar el poder esencial del universo. La fuerza de la que extrae su poder el Sol se ha desencadenado contra quienes llevaron la guerra al Extremo Oriente".

El mensaje radiofónico del presidente Harry S. Truman el 6 de agosto de 1945 hizo suspirar de alivio a Estados Unidos porque suponía -Japón se rindió el 15 de agosto- el final de la guerra en el Pacífico. Aún no se sabía que "el poder esencial del universo" había costado más de 100.000 vidas en Hiroshima, que costaría otras 100.000 tres días más tarde en Nagasaki y que iba a abrir un capítulo en la historia de la humanidad, y no de los mejores.

Sesenta años después, en EE UU las explosiones atómicas pertenecen a la historia, al debate académico y universitario. Por otra parte, con Hiroshima y Nagasaki ocurre lo mismo que con la Revolución Francesa, según la probablemente apócrifa y citadísima frase de Zhou Enlai: "Es demasiado pronto para hablar de ello". No porque falte perspectiva, como sugería el astuto líder chino, sino porque es un asunto aún tabú que produce descargas eléctricas al que lo aborda sin precauciones.

En su sondeo del milenio, el Pew Center encontró que la mayoría en EE UU cree que el gran fracaso de su país y de sus Gobiernos en los últimos 100 años ha sido Vietnam. Aunque el 63% dice que el desarrollo de las armas nucleares es uno de los cambios a peor en el siglo XX, ni Hiroshima ni Nagasaki reciben menciones destacadas. "Es algo que vemos muy lejano, no es fácil que haya gran interés; lo que pasó fue horrible, pero pasó hace mucho. Es también cuestión de generaciones: mi padre, que hizo la guerra y combatió en Italia, tiene todo más presente, y, por ejemplo, sigue llamando a los japoneses japs, que es un término muy despectivo. Pero para la gran mayoría de nosotros, Hiroshima y Nagasaki son historia", según Marcy Kelley, una funcionaria de la Administración especializada en ayuda al desarrollo.

"Hay todavía divisiones profundas", dice Daun van Ee, historiador de la Biblioteca del Congreso especializado en asuntos militares y editor de los escritos de Eisenhower, una tarea que le ha llevado 27 años. "Entre los historiadores, el debate continúa. Entre la gente, hay mucha menos atención hacia estas cosas. Pero las divisiones se mantienen".

El 6 de agosto de 1945, cuando se hizo público en Washington su mensaje radiofónico, Truman navegaba de regreso a Estados Unidos en el USS Augusta después de haberse reunido durante dos semanas en Potsdam con Winston Churchill e Iósif Stalin, al que le había dicho: "Tenemos una nueva arma de extraordinaria fuerza destructiva". Desde entonces, todo lo que tiene que ver con las primeras explosiones atómicas ha sido exhaustivamente documentado y discutido: la carta de Albert Einstein al presidente Roosevelt en 1939 alertándole de "la posibilidad de desencadenar una reacción nuclear en cadena en una elevada cantidad de uranio" y la eventual "construcción de bombas", y pidiéndole que se acelerara la investigación sobre el asunto porque los nazis estaban en ello; el ultrasecreto Proyecto Manhattan, dirigido por el físico Robert Oppenheimer en Los Álamos (Nuevo México); el exitoso primer experimento atómico de la historia, el 16 de julio de 1945, en Alamogordo; la Declaración de Potsdam del 26 de julio, en la que Truman y Churchill exigieron a Japón la rendición, y el rechazo japonés; las misiones de los aviones Enola Gay y Bock's Car, las explosiones de las dos bombas -Little Boy y Fat Man- y sus terribles efectos inmediatos y posteriores; las historias de los supervivientes; la rendición de Japón, el final de la II Guerra Mundial, y el comienzo de la guerra fría y la era nuclear.

En los miles de libros y documentos basados en las declaraciones de los protagonistas hay dos tesis contrapuestas: la que dice que con las bombas se acabó la guerra mundial y la que afirma que con ellas empezó la guerra fría. El primer argumento defiende que la decisión salvó a cientos de miles de japoneses y americanos porque aceleró el final de la guerra y evitó una invasión terrestre; el segundo cree que las bombas se lanzaron más para enviar un mensaje a la URSS que para que Japón se rindiera. Como contaba en sus memorias el mariscal Zhúkov, después de que Truman le hablara a Stalin de "la nueva arma" el dictador soviético se lo dijo a Mólotov, comisario de Exteriores, y éste reaccionó así: "Tenemos que hablar con Kurchatov [responsable del proyecto atómico ruso] y decirle que acelere todo".

"Hemos usado la bomba atómica para acortar la agonía de la guerra, para salvar las vidas de miles y miles de jóvenes americanos", se lee en los documentos del presidente Truman. Los cálculos sobre las vidas americanas y japonesas que se habrían perdido en una invasión terrestre van desde las 100.000 hasta uno o dos millones. Pero "las pruebas obtenidas por la actual investigación histórica demuestran que se podrían haber seguido otras opciones sin recurrir a la invasión, y que la guerra podría haber acabado en noviembre", escribió el historiador Barton Bernstein, de la Universidad de Stanford, en La reconsideración de las bombas atómicas, publicado en el 50º aniversario. Lo que afirma Bernstein es que Washington tenía datos sobre el desplome japonés (a pesar de que semanas antes la terrible batalla de Okinawa se había saldado con decenas de miles de muertos por ambos bandos, entre ellos miles de civiles japoneses que se suicidaron cuando vieron todo perdido). La Marina ya no tenía capacidad operativa y la Fuerza Aérea estaba diezmada. El orgullo nacional y la preocupación por la suerte del emperador bloqueaban la rendición incondicional y los japoneses enviaron mensajes a Moscú que Washington conocía porque había interceptado los códigos secretos. Harry Hopkins, emisario no oficial de la Casa Blanca con Churchill y Stalin, comunicó a Washington desde Moscú a finales de mayo: "Los japoneses están condenados, y lo saben". El propio general Eisenhower -aunque luego lo rectificó- dijo que las bombas no eran necesarias porque Japón estaba prácticamente derrotado. Una posición similar se atribuye al general McArthur.

Pero la historia también demuestra que, aunque algunos ministros japoneses hicieron gestiones para la rendición, el Gobierno de Tokio estaba dominado por el ala más militarista, opuesta a la negociación, y que dio órdenes de resistir hasta el último hombre y de aplicar el código samurái. Según Koichi Kido, asesor del emperador, "los partidarios de la paz fuimos ayudados por la bomba atómica en nuestro empeño de acabar la guerra". Hisatsune Sakomizu, jefe de gabinete del Gobierno en 1945, consideró las bombas "una oportunidad de oro que el cielo le dio a Japón para acabar la guerra".

La discusión agitó también durante décadas a los cerebros de varios países que desarrollaron la bomba. En el libro 109, East Palace -la dirección de las oficinas del Proyecto Manhattan en Santa Fe-, la periodista Jennet Conant (nieta de James B. Conant, uno de los científicos del proyecto) afirma que en los años posteriores "la comunidad científica sufrió una amarga división (…). Había una enorme conciencia de culpa y remordimiento entre algunos científicos; otros estaban orgullosos de haber hecho lo que hacía falta en aquellos oscuros días en los que la sombra del totalitarismo dominaba el mapa de Europa e Inglaterra estaba sola y a punto de caer bajo el dominio nazi, y otros estaban decididos a construir bombas aún más potentes para mantener la superioridad tecnológica de EE UU".

Todo esto forma parte del debate entre historiadores y de la vida universitaria, dice Teresa Prados-Torreira, profesora de Historia de Estados Unidos en el Columbia College de Chicago: "Todos los semestres surge este tema en mis clases, y mis alumnos lo discuten de forma abierta: los hechos, la polémica sobre la necesidad de lanzar las bombas, el debate sobre el fin de la guerra… Claro que éstos no son temas habituales en la vida normal, pero en las facultades se discute e interesa". ¿Los debates se mantienen siempre en el plano intelectual? "A veces hay discusiones crispadas, cuando los estudiantes citan casos personales -en general, los nietos de veteranos de la guerra- y las emociones cuentan. Pero mucho menos que con otros temas, como Vietnam o Irak. Además, la guerra mundial fue la guerra buena, la que se hizo por causas nobles".

La generación de los veteranos de aquella guerra está desapareciendo: en Estados Unidos mueren más de 33.000 al mes, y ha habido en los últimos tiempos un incremento en la simpatía que suscitan. Hace dos años se inauguró su monumento en Washington. Daun van Ee fue el comisario de la exposición de la Biblioteca del Congreso sobre Churchill en 2004 y notó "un enorme interés popular en la II Guerra Mundial y en el papel que los veteranos desempeñaron". Precisamente por eso surgieron hace una década enormes emociones políticas cuando el Museo del Aire y del Espacio de Washington, de la Smithsonian Institution, quiso exhibir la reconstrucción del Enola Gay, el B-29 desde que el coronel Paul Tibbets dejó caer la bomba sobre Hiroshima. En el texto preparatorio de la exposición -en el que, en 1993, se describía el proyecto- se decía que EE UU había librado "una guerra de venganza" y que "para la mayoría de los japoneses fue una guerra de defensa de su cultura contra el imperialismo occidental".

El proyecto resolvía el gran debate -¿las bombas salvaron más vidas de las que quitaron?- asegurando que "ni la bomba atómica ni una invasión eran necesarias para poner fin a la guerra en el Pacífico". En la parte final, y no sin advertir que podía ser inconveniente para los niños, se detallaba la destrucción causada: fotos de víctimas, muertos, objetos retorcidos…

El alboroto que se organizó es perfectamente descriptible. Grupos de veteranos protestaron: se sugería que la guerra mundial había sido "inmoral", la mención de Pearl Harbor era mínima, no se recogía "ninguna atrocidad japonesa" y no se dejaba constancia de la voluntad japonesa de combatir hasta el final. En otoño de 1993, la revista Air Force se hizo eco de las quejas y recogió una carta firmada por 5.000 veteranos que pedían que el Enola Gay se exhibiera "orgullosamente".

Según John T. Correll, entonces director de la revista, "el debate de si las bombas eran necesarias es legítimo. Pero aquella exposición no exploraba ese debate; era un insulto político en el que Japón aparecía como la víctima, en lugar de como el agresor. Prácticamente se acusaba a EE UU de cometer un crimen de guerra".

La bronca saltó a la prensa y al Congreso. El director del museo, Martin Harwit, admitió que la exposición estaba en parte desequilibrada, e intentó, sin éxito, introducir cambios. El Senado aprobó una resolución que consideraba la exhibición como "ofensiva para un gran número de veteranos". En noviembre de 1994, medio centenar de historiadores -"la tendencia predominante entre los profesionales de la historia es que no fue necesario lanzar las bombas", subraya Van Ee- pidieron a la Smithsonian que no cediera a las presiones; pero, poco después, 81 congresistas exigieron la dimisión del director del museo. El 30 de enero de 1995, la exposición se suspendió. En su lugar se preparó una muestra de la restauración del Enola Gay.

El Congreso convocó dos sesiones de debate público. Michael Heyman, secretario de la Smithsonian, dijo que el fallo básico fue "intentar conjugar un debate histórico sobre el uso de las armas atómicas con el 50º aniversario del final de la guerra". Charles W. Sweeney, fallecido el año pasado y el único militar que participó en las dos misiones atómicas -pilotó un B-29 que flanqueaba al Enola Gay para fotografiar la operación y, tres días más tarde, pilotó el avión que dejó caer la bomba sobre Nagasaki-, declaró: "Jamás celebraré el uso de armas nucleares. Al contrario. Espero que mi misión haya sido la última. Pero eso no quiere decir que, dadas las circunstancias de agosto de 1945, el presidente Truman no estuviera obligado a usar todas las armas a su alcance para acabar la guerra. Estuve de acuerdo entonces con Truman y lo estoy hoy".

Sweeney escribió después El fin de la guerra, en donde dijo sentirse "ofendido y traicionado" por "el intento de cambiar la historia de la guerra en el Pacífico". "A diferencia de Alemania, que reconoció sus responsabilidades, Japón, con ayuda de algunos historiadores americanos, persiste en la ficción de que fue víctima de las circunstancias. Eso impide cualquier posibilidad de que cicatricen las profundas heridas sufridas por ambos países".

El director del museo, el astrofísico Martin Harwit, dimitió el 2 de mayo. "Creí que 50 años después era un buen momento para la exposición, porque bastante gente que participó en la guerra estaba aún viva y podía añadir valiosos elementos al debate. Lo creí entonces y lo sigo creyendo ahora", dice desde su casa de Washington. ¿Por qué se organizó el escándalo? "Hay gente a la que le es difícil asumir la historia, porque teme que detrás de todo haya siempre un motivo político. Nosotros intentamos presentar la historia: lo que Truman dijo, lo que dijeron los japoneses… Intentamos dar el marco de lo que la gente decía y pensaba en 1945 prácticamente sin interpretaciones. Pero hubo muchas emociones en juego, y siempre es un problema cuando las emociones se interponen a la hora de comprender la historia".

"¡Ni hablar!", dice con brusquedad John T. Correll, el hombre que lideró la oposición a la muestra. "El propio Harwit admitió, en el libro que escribió, que la exposición estaba desequilibrada y que muchas de nuestras acusaciones eran ciertas. En absoluto fue un problema de emociones".

Hace cinco años, uno de los dos comisarios de la muestra, Michael Neufeld, declaró a The Philadelphia Inquirer: "Hay mucha gente en este país que no quiere que se discuta el lanzamiento de la bomba. Creen que el que quiera discutir si fue legítimo o no debe ser un malvado antiamericano. El hecho de que haya habido 30 años de debate historiográfico les parece irrelevante. Para ellos, la única verdad es que la bomba evitó la invasión de Japón y acabó con la guerra. Fin de la discusión".

Martin Harwit, a pesar de los dos años de tensiones que pasó y de que la crisis le costó la dirección del museo más visitado de Estados Unidos (10 millones de personas al año) volvería a defender "exactamente la misma exposición" frustrada, y niega que el proyecto fuera sesgado o sectario. Correll, el hombre que ganó la pelea, también haría lo mismo: "Creo que hicimos lo adecuado. No hay problema con la gente que estudia el tema, con las cuestiones que surgen, con las críticas. Actuamos contra unos comisarios que decidieron que tenían que montar un show político, nada que ver con un debate sobre hechos históricos o una legítima discusión sobre lo ocurrido".

La muestra reducida del Enola Gay y de algunos otros objetos -que el museo explicó como "la sustitución de una exposición interpretativa por un despliegue menos complicado"- fue visitada por cuatro millones de personas en tres años. El panel de presentación decía: "[Las bombas] destruyeron casi por completo las dos ciudades y causaron decenas de miles de muertos. Sin embargo, el uso de las bombas condujo a que Japón se rindiera inmediatamente e hizo innecesaria la planeada invasión de las islas japonesas. Esa invasión habría causado muchas bajas entre las Fuerzas Armadas americanas, aliadas y japonesas, y entre los mismos civiles japoneses".

Harwit no cree que tenga mucho sentido plantearse hoy si la bomba atómica fue o no necesaria en su día, si la decisión fue adecuada: "Hasta cierto punto es irrelevante, porque no hay respuestas claras, definitivas. Hay que tener en cuenta lo que estaba pasando entonces y verlo desde la perspectiva de la gente que tomaba las decisiones. Esa gente tomó las decisiones que pensó que eran correctas, por las razones que fuera, y lo importante es entender esas razones más que discutir si tenían razón o no".

Correll sí cree que tiene sentido el debate sobre la necesidad de las bombas: "Aquello puso fin a una guerra que los japoneses no estaban dispuestos a finalizar. Es verdad que las bombas causaron muchos muertos, pero esto habría que ponerlo en el contexto de los 17 millones de personas que murieron víctimas de la expansión imperialista japonesa entre 1931 y 1945. Japón no estaba dispuesto a acabar la guerra. Podía haber habido una invasión terrestre, pero había cuatro millones de soldados listos para intentar rechazarla y miles de personas dispuestas a rodear su cuerpo de explosivos y hacerlos estallar… Con toda probabilidad, hubiera muerto más gente en ambos bandos en caso de invasión de los que murieron entonces en esas dos ciudades. La guerra hubiera continuado". ¿Y los que dicen que Japón estaba próximo a capitular? "Es una pregunta que he respondido en varias ocasiones, pero ahora voy a contestar de otra manera: eso es mentira".

En todo caso, Harwit considera que es importante que haya información sobre cómo se adoptó la decisión para saber qué hacer si hay situaciones similares en las que están en juego opciones con efectos de largo alcance. "Eso es lo que uno aspira a aprender de la historia, y eso es lo que quisimos hacer: enseñar a la gente cómo Truman se planteó el problema, lo que los japoneses pensaban y qué planteamiento tenían sobre el final de la guerra… Comprender los motivos, los procesos reflexivos de la época".

Teresa Prados-Torreira añade las vinculaciones de lo sucedido hace 60 años con los problemas actuales: "Es muy difícil no evocar cuestiones sobre la responsabilidad moral de tener armas nucleares, cuestiones sobre Corea del Norte, sobre Irán, sobre los arsenales nucleares… Es un tema muy vivo, y todo se puede discutir en este país. Desde luego, cuando los estudiantes tienen los documentos delante, y la oportunidad de estudiarlos, criticar y hablar, lo hacen".

El astrofísico Harwit confía en que en el futuro se podrá hacer una gran exposición sobre Hiroshima y Nagasaki, pero es consciente de que "desde el 11-S ha habido mucho énfasis en la imagen de América, y siempre que hay una oleada patriótica fuerte es más difícil aprender de la historia, se cuestionan menos cosas". El historiador Daun van Ee cree que es normal que después del 11-S las cosas se vean de otra manera, incluidas las reflexiones históricas: "Efectivamente es así. Sufrimos un atentado terrorista por sorpresa, y el abrumador movimiento a favor de medidas drásticas incrementó el sentimiento de que hay que proteger Estados Unidos para tratar de que una cosa así no vuelva a ocurrir".

El recuerdo vivo de los 'hibakusha'

No hace falta rescatar restos en Hiroshima para que los japoneses tengan presente la catástrofe de hace 60 años. Tampoco recurrir a la estadística (11.574 casas quemadas y 1.326 destruidas, 73.884 muertos, 74.909 heridos) para entender que la memoria está viva, porque el testimonio de los hibakusha -literalmente, gente afectada por la bomba, ya sea por la radiación inmediata o por la lluvia negra- es suficiente y espeluznante.

"Rodeado de fuego, corrí y corrí. Había gente muerta a mi alrededor, y los que aún estaban vivos se agarraban a mis tobillos pidiéndome que les salvara. No podía hacer nada por ellos, así que me soltaba y seguía corriendo". Yoshitaka Kawamoto tenía 13 años.

"Tengo en la cabeza tres colores: negro, rojo y marrón. Todo era negro cuando la explosión ocultó la luz del sol. Rojo era el color de la sangre de toda la gente lacerada y destrozada, y rojo el color de las llamas que abrasaban la ciudad. Y era marrón el color de la piel quemada que se desprendía del cuerpo por la radiación". Akiro Takakura, empleada de banca, tenía 19.

"Tengo que hacer una foto de todo esto, me dije. Pero cuando coloqué mi cámara en posición no pude apretar el disparador. La escena era tan horrible que me quedé allí, paralizado por aquel infierno. En el humo negro y las llamas, los ojos de los que estaban en el suelo parecía que me miraban. Vi a un crío aferrado al pecho de una mujer que no se movía. Otra mujer acunaba a su hijo, llorando, gritando su nombre y suplicándole: '¡Abre los ojos! ¡Sólo ábrelos!'. En todo este horror fui incapaz de tomar una sola foto". Yshito Matsushige tenía 32 años y era fotógrafo del Chugoku Shimbun. Al final logró hacer dos fotografías.

Son testimonios -hay miles- recogidos por los museos y fundaciones de Hiroshima. Cada 6 de agosto (como en Nagasaki tres días después), la ciudad se abre al recuerdo con ceremonias, conciertos y actos. Y cada año, al anochecer, bajan por el río Motoyasu las linternas flotantes con oraciones y reflexiones. Desde 2000, quien quiera puede participar en el Festival de las Linternas en una web: www.urban.ne.jp/home/tourou/index_e.html. Los mensajes se imprimen y flotan con las linternas: "La página no es un lugar para condenar o justificar las bombas, sino para que la gente exprese sus opiniones sobre la paz", dice el profesor Mitsuru Ohba, su responsable.

¿Cómo hace Japón para vivir con la memoria de lo ocurrido? Algunos supervivientes, con el silencio, como escribió Yoshitaka Matsusaka al Nobel de Literatura Kenzaburo Oé: "No podemos conmemorar el 6 de agosto, sólo dejar que se vaya con los muertos. No podemos distraernos con los ostentosos preparativos. Los que conocemos el horror de la destrucción atómica preferimos el silencio o, a lo sumo, algunas palabras y nuestro testimonio para la historia. Es natural que los antiguerra que pasan un día en Hiroshima, el 6 de agosto, no entiendan los sentimientos de las víctimas". Toshiko Saeki, también hibakusha, dijo: "Sólo queda el vacío, la ira. Sobrevivir a una bomba atómica significa vivir con esos sentimientos".

Aún hay vivos más de 300.000 hibakusha. En Norteamérica son un millar, y cada dos años, desde 1977, un grupo de médicos japoneses les visitan para, junto a colegas estadounidenses, hacer pruebas de corazón y cáncer de colon y tiroides, y aliviar las huellas emocionales. El doctor Shizuteru Usui, que pertenece a ese equipo, era un niño en Hiroshima cuando la explosión. Estuvo hace dos meses en el Pacific Medical Center de Seattle, que dirige el doctor Richard Ludwig. "Tenía ocho años y estaba en el jardín jugando cuando cayó la bomba. Su casa quedó destruida, pero él no sufrió daños. Vio los muertos, los edificios destruidos… Todos los supervivientes tienen sus historias. Algunos arrastran el trauma, pero es interesante ver que la mayoría se ha recuperado, como Usui", dice Ludwig, quien ve difícil generalizar: "Hay quienes tienen muy vivo el recuerdo, como una herida abierta. El de otros es más distante. Es ya una historia que cuentan; dramática, desde luego, pero diferente". La herida, abierta o cerrada, se canaliza de manera distinta, dice el médico: "En algunos se nota el enfado; a otros les ocurre como a los alemanes tras la guerra: tienen como un remordimiento por lo que pasó; obviamente, no por el bombardeo, sino por la guerra. Y es frecuente que convivan los dos sentimientos, el de enfado y el de remordimiento".

El 6 de agosto de 2004, Tadatoshi Akiba, alcalde de Hiroshima, recordó el descubrimiento de los 85 cuerpos en Nanoshima como un nuevo recuerdo de "lo absolutamente antihumano de las bombas atómicas y el terrible horror de la guerra". Akiba denunció a EE UU por reanudar la investigación sobre armas nucleares y criticó a los países que quieren tener arsenales atómicos. El alcalde plantó semillas y declaró el comienzo del Año del Recuerdo y la Acción para un Mundo sin Armas Nucleares.

Misa Takebe, joven japonesa, cree que el recuerdo es positivo: "Es bueno guardar la memoria, aunque sólo sea para evitar que se repita y mantener el deseo de paz". Takebe no quiere hablar por sus compatriotas, pero cree que en los actos de conmemoración "no hay ataques contra EE UU, no hay resentimiento, aunque parezca extraño". ¿Cómo se lo explica? "Probablemente por la educación. Hemos sido educados sobre lo que pasó y lo horrible que fue, pero en el contexto de que en el mundo pasan cosas malas, sin conexión directa con los norteamericanos. Y no hay ira. Predomina un deseo de paz".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 24 de julio de 2005

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