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Reportaje:LA FIESTA DE LOS LIBROS

La apasionada sabiduría de María Zambrano

Ayer se cumplieron 100 años del nacimiento de la filósofa que combinó la razón con la poesía

"No siendo nada o apenas nada, por qué no sonreír al universo, al día que avanza, aceptar el tiempo como un regalo espléndido...", escribió María Zambrano en Delirio y destino, y la cita resume su actitud de permanente celebración de la vida y de todo lo que ella ofrece. Ayer se cumplieron 100 años del nacimiento de esta mujer que, a través de múltiples libros, fue encontrando su voz propia en el ámbito de la filosofía. Una voz que supo incorporar al rigor de los conceptos la fluidez de una escritura cargada de poesía. Marchó al exilio al terminar la Guerra Civil, después de haber estado fuertemente comprometida con la República. Volvió en 1984 a España, donde murió el 6 de febrero de 1991. Una serie de iniciativas celebran este año su centenario.

"La risa era parte esencial de su voz, de su deseo de decir todo lo que quería"

"En su obra, supo mezclar íntimamente la inteligencia con la sensibilidad"

"Durante sus últimos años no salía y parecía habitar una especie de exilio interior"

De un lado a otro, pura errancia, así fue la vida de María Zambrano. Su obra también recorrió los ámbitos más diversos, pero toda ella está marcada por un mismo afán. El de atrapar esa verdad que persigue la filosofía, pero atraparla de tal manera que no perdiera su profundo asidero con la vida.

Son muchas las iniciativas que van a recordar este año a María Zambrano. Hoy, con motivo del Día del Libro, la Consejería de Cultura de Andalucía, a través del Centro Andaluz de las Letras, repartirá gratuitamente cien mil ejemplares de una antología que ha realizado Juan Fernando Ortega, director de la Fundación María Zambrano de Vélez-Málaga.

El pasado lunes, en la sede de esta fundación, se celebró el primer congreso sobre su obra. Habrá otro, en Segovia, del 3 al 7 de mayo. En otoño, la Residencia de Estudiantes de Madrid recorrerá la biografía intelectual de la escritora a través de una exposición (está prevista otra en el Ateneo sobre su relación con el arte). La digitalización de su archivo, la aparición de textos inéditos, la edición de sus obras completas para dentro de tres o cuatro años y la convocatoria de varios premios completan el programa que ha preparado la Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales.

En Madrid, el Círculo de Bellas Artes de Madrid inició hace unas semanas el ciclo Filosofía y poesía, en el que han participado ya Antonio Colinas y Clara Janés y en el que intervendrán también Massimo Cacciari o Pedro Cerezo, entre otros. María Victoria Atencia, José Miguel Ullán y Antonio Gamoneda serán algunos de los escritores que participen en esta iniciativa leyendo poemas.

María Zambrano nació en Vélez-Málaga en 1904 y allí mismo empezó el baile de su errancia. Madrid, Segovia, de nuevo Madrid, Santiago de Chile, Valencia, Barcelona. El 28 de enero de 1939 cruzó la frontera: la Guerra Civil llegaba a su fin, y no sólo terminaba la República: acababa un tiempo de esplendor, en el que una joven María Zambrano había mostrado ya su talento creativo y su radical compromiso con la causa de la libertad, la democracia y la justicia.

"El exilio que me ha tocado vivir es esencial. Yo no concibo mi vida sin el exilio que he vivido. El exilio ha sido como mi patria, o como una dimensión de una patria desconocida pero que una vez que se conoce, es irrenunciable", escribió unos años después de su vuelta a Madrid en 1984. Regresó para estar cerca de sus amigos, y se convirtió en un poderoso imán para numerosos poetas y artistas.

Uno de ellos fue José Miguel Ullán, que recuerda así a la escritora: "En la intimidad, lo que en María Zambrano sobresalía era su propia voz. Una voz que, quede cursi o no confesarlo, imantaba. Al pronunciarse María sobre esto o aquello, importaban, claro está, sus palabras, esas que ella sacaba de sus adentros para convertirlas, más que en literatura, en sustancia. Pero, a la hora de decir sus sentires, su propio cuerpo se esfumaba o, más bien, en nada nos distraía del ritmo del fluir. Iba así, completamente libre, de lo estoico a lo cristiano, de la quietud al sobresalto, pero también de la malicia relampagueante a la zona oscura de la llama".

París, México, La Habana, Puerto Rico, Roma, La Pièce, Ferney Voltaire, Ginebra... Allí donde llegaba sabía despertar profundas complicidades, contagiaba su entusiasmo en sus clases y no dejaba de construir su obra. "Lo que hizo María Zambrano es pensar el saber", dice Jesús Moreno Sanz, uno de sus grandes amigos (fue el que la recogió en Ginebra para traerla a España, a ella y a sus dos gatas), además de profundo conocedor de su obra (es el editor de De la aurora, recientemente rescatada en Tabla Rasa, y autor de una excelente antología, La razón en la sombra, que publicó Siruela). "Se ocupó de las mismas cuestiones que trató Heidegger, pero desde otra perspectiva: el tema del origen, la relación entre el crepúsculo y la aurora, los 'claros del bosque'... Su obra es la intersección donde se juntan dos mares, el de las tradiciones anteriores a la filosofía y el de la tradición filosófica propiamente dicha. O, de manera más simple, lo suyo es mezclar íntimamente la inteligencia con la sensibilidad".

Fue una mujer valiente cuando se trataba de romper convencionalismos y vivió fascinada por la verdad y por sus múltiples maneras de manifestarse. Lectora compulsiva, frecuentó lo mismo a Nietzsche que a Ibn Arabí. Escribió sobre Antígona y Edipo, sobre Cervantes y Galdós, sobre san Juan de la Cruz y Miguel de Molinos, sobre Velázquez, sobre tantos y tantos otros. Ahora se va a rodar una película sobre su vida, que dirige José Luis García Sánchez con guión de Rafael Azcona.

Este último cuenta así el proyecto: "Una joven realizadora de televisión conoce a MZ con ocasión de grabar una rueda de prensa; la realizadora lo ignora todo sobre la entrevistada, pero sus respuestas despiertan su curiosidad y se interesa por el personaje hasta el punto de lanzarse a la aventura de rodar una película sobre su vida; a lo largo de este proceso, la mentalidad de la realizadora, producto de la cultura franquista, se beneficia y es modificada por el magisterio y la amistad de MZ, quien, como tantos otros intelectuales formados en la República, no pudo ejercer su magisterio en España mientras vivió sus largos años de exilio".

Fue un personaje inconcebible en la época de la dictadura, donde todo resultaba gris y vulgar. Durante esos años, en el exilio, escribió algunos de sus mejores libros: La confesión como género literario (1943), Delirio y destino (1952), El hombre y lo divino (1955), El sueño creador y España, sueño y verdad (1965) y Claros del bosque (1975), entre otros. Los reconocimientos en España -Premio Príncipe de Asturias, Premio Cervantes, doctorado honoris causa por la Universidad de Málaga- le llegaron con la democracia.

Amalia Iglesias, que trabajó con ella en la preparación de Algunos lugares de la pintura, recuerda sobre todo su sentido del humor. "Cuando estaba muy enferma, llena ya de tubos en su cama del hospital de la Princesa, me dijo durante una visita que me acercara a su lado, a la cabecera. 'Es que nos van a hacer una foto', comentó. Un fogonazo, un trámite, así se tomaba sus últimos momentos".

"Durante sus últimos años, ya ni siquiera salía de su casa. Eso sí, mantenía su coquetería. Quería estar siempre arreglada. No veía televisión, no estaba rodeada de muchos libros. Era como si llevara su biblioteca dentro. Estaba habitada por una profunda serenidad, ya no podía fumar, pero mantuvo intacta su devoción por los gatos", añade Amalia Iglesias.

"Al hablar", escribe Ullán sobre sus últimos años, "entraba en espirales vertiginosas, hurgaba en todas las heridas y, a la vez, se abría a la esperanza, nos la hacía contemplable. Y lo lograba con ayuda de eso que no queda del todo, que a menudo no está en los escritos: muchas toses, onomatopeyas festivas y, en especial, grandes ataques de risa. María Zambrano, en nuestras conversaciones, y al principio en presencia de Valente, evocaba 'las carcajadas homéricas' de su amigo Lezama Lima. Pues bien, ella no le iba a la zaga al cubano. Y me parece justo que esa risa resuene entre nosotros, en medio de la gravedad gelatinosa de las celebraciones. Porque la risa de María Zambrano era parte esencial de su voz, de su deseo de querer decir todo lo que quería. Hasta que, de repente, se detenía y hasta se atragantaba, pero siempre con tiempo para anunciarnos: 'Y no digo más".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 23 de abril de 2004