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XXII EDICIÓN DE LOS PREMIOS PRÍNCIPE DE ASTURIAS

Arthur Miller y Woody Allen llenan la 'exótica Oviedo' de humor y compromiso

El escritor y el cineasta desentrañan las claves con las que reflejan la condición humana

Woody Allen y Arthur Miller llevaron ayer el barullo de la metrópoli de Nueva York a las apacibles calles de Oviedo. Y conmovieron con sus palabras al contar sus particulares batallas en el mundo del cine y el teatro. Se fundieron en un abrazo en el Auditorio Príncipe Felipe, y ése fue uno de los momentos culminantes de esta edición de los Premios Príncipe de Asturias. Con ellos llegó una manera atípica de entender el oficio del artista: siempre a contracorriente de los intereses de la industria cultural y con la mirada puesta en los conflictos de los hombres y las mujeres. Mientras, el Gobierno anunció ayer la concesión de la nacionalidad española al músico Daniel Barenboim, premio de la Concordia junto a Edward Said. Woody Allen y Arthur Miller llevaron ayer el barullo de la metrópoli de Nueva York a las apacibles calles de Oviedo. Y conmovieron con sus palabras al contar sus particulares batallas en el mundo del cine y el teatro. Se fundieron en un abrazo en el Auditorio Príncipe Felipe, y ése fue uno de los momentos culminantes de esta edición de los Premios Príncipe de Asturias. Con ellos llegó una manera atípica de entender el oficio del artista: siempre a contracorriente de los intereses de la industria cultural y con la mirada puesta en los conflictos de los hombres y las mujeres. Mientras, el Gobierno anunció ayer la concesión de la nacionalidad española al músico Daniel Barenboim, premio de la Concordia junto a Edward Said.

A Woody Allen le tocó primero rueda de prensa. 'Tengo la sensación de no merecer este premio y quiero rendir con él un homenaje al cine europeo. Oviedo me parece una ciudad exótica. Para cualquiera que venga de Nueva York, la ciudad del caos, la confusión y diez millones de habitantes, le resulta limpia, bonita, antigua, con tan poca gente que es como si no existiera. Hay tantas zonas peatonales y tanto silencio que uno se siente sorprendido. Me marcharé mañana y habrá sido como un cuento de hadas. Además, con príncipe incluido'.

El director estadounidense, Príncipe de Asturias de las Artes, empezó su intervención arremetiendo contra el cine de Hollywood, que 'está en uno de sus momentos más bajos'. 'Las producciones están repletas de banalidades, carecen de inspiración, en ellas pesa cada vez más la tecnología, y su único objetivo es ganar dinero. No es algo nuevo, pero ahora sólo se piensa en los beneficios'. Un poco después, al comentar su reciente presencia en la ceremonia de los Oscar, dijo: 'No me interesan este tipo de premios porque el arte no es ninguna competición'.

También Arthur Miller, premio de las Letras, que sucedió a Allen en el bombardeo de preguntas de los periodistas, insistiría después en que el teatro que se hace en su país está también sujeto a fuertes intereses comerciales. 'Cualquiera que quiera escribir hoy un drama serio lo pasa mal en todas partes. Pero a la gente le sigue interesando lo que se cuenta en un escenario. Ciudades pequeñas, como Minneapolis (donde se acaba de reponer una de mis obras), tienen 40 teatros pequeños que funcionan continuamente. Van entre 60 o 100 personas, y esas cantidades influyen en el estilo de escribir, que se estrecha y se comprime cada vez más, y que se hace para repartos de sólo tres o cuatro actores. El gran teatro trágico ya no existe, y ése es uno de los grandes fracasos de la cultura actual'.

Tanto Arthur Miller como Woody Allen tuvieron que lidiar con cuestiones del presente inmediato. 'La televisión ha cambiado nuestra manera de relacionarnos con el mundo', explicó el dramaturgo. 'Todo pasa por la pequeña pantalla e incluso los políticos son antes que nada actores. Bush se permitió un momento de confusión verdadera al sufrir un shock emocional el 11 de septiembre, pero enseguida tuvo que recuperar su papel'.

A Woody Allen se le preguntó sobre el valor del Premio a la Concordia a Daniel Barenboim y Edward Said. 'Cualquier gesto que se haga por la paz es maravilloso. Unir a dos pueblos separados a través de la música no es, por otro lado, difícil porque los artistas siempre superamos fronteras. Los negros siempre tocaron jazz con los blancos, a pesar de la segregación, y los soviéticos bailaron con los americanos en plena guerra fría. Los problemas de Oriente Próximo, por desgracia, tienen que resolverlos los políticos porque los artistas no tenemos ningún poder'.

'Vivimos en un mundo saturado de información, de ruido informativo la mayoría de las veces', comentó Miller. 'Todo lo que los medios de comunicación nos cuentan ocurre en el presente, en el instante puro, no hay nunca referencias al pasado. Ahora tenemos miedo por las armas que tiene Irak, pero no se dice que nosotros se las administramos. La tarea del intelectual es recuperar el pasado para descubrir cuál va a ser su relación con el presente, y eso es muy difícil'.

También Allen se refirió a la sucesión de desastres que aparecen diariamente en los medios, y al gesto, casi insoportable, de pasar las páginas por no poder asimilar tanto sufrimiento. 'Todo se resume al final en indiferencia generalizada ante el dolor humano'. Se le preguntó si su obra aborda estas cuestiones. 'Muchas de mis películas son caprichosas, las hago como quien compone una canción. Como todo ser humano me quedo perplejo ante los grandes problemas de nuestro tiempo y cuando exploro en ellos, finalmente encuentro la fragilidad de la condición humana ante el vacío de la existencia'.

Risas

Eso sí, hubo lugar para las risas. El director de cine Gonzalo Suárez preguntó a Woody Allen un 'dato esencial' tirando de una frase de Manhattan: 'Tras sus gafas de montura oscura, ¿sigue existiendo la fuerza sexual de un tigre?'. 'Está decreciendo', contesto el cineasta neoyorquino. 'Tengo 66 años y sigo teniendo el mismo apetito, hago ejercicio y tomo vitaminas, pero mis oportunidades se han encogido. Cuando finalmente he alcanzado una etapa en que me encuentro aceptable, mis opciones han disminuido. Ojalá me hubiera pasado a los 21 años, pero no ocurrió así'.

Miller, que acaba de cumplir 87 años, reconoció que, ahora y como siempre, los mejores momentos los pasa escribiendo. Ha terminado Resurrection Blues, una nueva pieza teatral que calificó de 'sátira política en torno a la revolución y la publicidad'. 'Se desarrolla en un país anónimo de Latinoamérica, que vive desde hace 38 años en situación revolucionaria y en el que surge un líder al que los campesinos consideran un nuevo Jesucristo. Es capturado por la Junta, que decide no fusilarlo porque es algo ya muy visto en televisión. Así que optan por crucificarlo y por negociar con una agencia publicitaria la posibilidad de emitir anuncios durante la retransmisión de su agonía en la cruz'.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 25 de octubre de 2002