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Entrevista:Hans Magnus Enzensberger | Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades

'La poesía es el núcleo de mi obra'

El pensador, poeta y narrador alemán Hans Magnus Enzensberger (Kaufbeuren, 1929), 'figura ejemplar del humanismo moderno', según el fallo del jurado, obtuvo ayer el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades. La decisión se adoptó por unanimidad y reconoce el cosmopolitismo, la honestidad intelectual, la inquietud social, el componente ético y los agudos análisis críticos del autor alemán. Enzensberger concurría por vez primera a este galardón y su candidatura fue propuesta minutos antes de constituirse el jurado, el martes. El premio, 50.000 euros y una escultura de Joan Miró, lo recibirá Enzensberger en Oviedo el próximo mes de octubre de manos de don Felipe de Borbón.

Un espectacular día de primavera inunda el piso en el que Hans Magnus Enzensberger trabaja en Múnich, en las inmediaciones del Jardín Inglés. El teléfono repica sin cesar, pero el afable escritor, desde por la mañana ha decidido no contestar. Aunque algo incómodo por el gran interés periodístico que recayó ayer sobre su persona, se le nota alegre, y también orgulloso de recibir el Príncipe Asturias de Comunicación y Humanidades.

Entre las obras de Hans Magnus Enzensberger, traducidas a más de 40 idiomas, destacan los ensayos Detalles; Política y delito; La gran migración; ¡Europa, Europa! o Perspectivas de la guerra civil; la obra teatral El filántropo; El corto verano de la anarquía: vida y muerte de Durruti, o los libros de poemas Mausoleo y El hundimiento del Titanic, todos ellos publicados en Anagrama. Uno de sus libros recientes se convirtió en un espectacular éxito de ventas, a pesar de que se ocupa de matemáticas. Se trata de El diablo de los números (Siruela ha vendido en España más de 120.000 ejemplares, y también se publicó en el Círculo de Lectores, y en Barcanova, en catalán). Los últimos títulos traducidos en España han sido ¿Dónde has estado, Robert? (Siruela y Círculo de Lectores, Barcanova en catalán) y Diálogos entre inmortales, muertos y vivos (Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores). En Alemania acaba de aparecer Los elixires de la ciencia, que recopila textos antiguos y nuevos ensayos, en los que plantea la ciencia como un hecho ineludible también en los ámbitos de la literatura y la poesía.

'La investigación pura se ha convertido en sucia, al integrarse en un complejo científico-industrial'

'Rara vez he visto cómo una sociedad ha cambiado tan rápido como la española. Y tan pacíficamente'

El escritor alemán es una firma habitual en la sección de Opinión de EL PAÍS, y en 1985, y por iniciativa de este periódico, recorrió durante tres meses España para escribir una serie de reportajes que se publicaron con el título de Cristales rotos de España. En 1987 publicó otros tres reportajes, con el título genérico de Meditaciones portuguesas, dedicados a analizar lo que ocurría en el país vecino.

Pregunta. Usted alguna vez dijo: la enfermedad profesional del escritor es el narcisismo.

Respuesta. Sí, toda profesión tiene su deformación, y segura-mente es provechoso cuestionarse un poco al respecto. Yo no estoy a salvo del narcisismo, pero, por otra parte, tampoco es el único riesgo de esta profesión. Está también la repetición, la rutina, el éxito.

P. Y, sin embargo, se alegrará del Príncipe de Asturias. ¿O no?

R. Sí, mucho, y sobre todo que un premio así se me conceda en un lugar que no es mi casa. De todos modos, tengo la sensación de que los españoles me tienen muy consentido. Se ve también en la labor de traducción: casi todos mis libros han sido publicados en español.

P. Pareciera que el aprecio es mutuo.

R. Sí, es cierto. España siempre me ha interesado. Su poesía, por ejemplo. He tenido también una pequeña obsesión con su guerra civil; eso forma parte del bagaje político de mi generación y de los que son algo mayores. España también es muy fascinante en otro punto: los procesos históricos y el cambio de las mentalidades, normalmente lentos, como en el caso de los países de la antigua Unión Soviética. España es el ejemplo contrario. En mi vida, rara vez he visto cómo una sociedad ha cambiado tan rápido como la española. Y tan pacíficamente. Creo que la primera vez que estuve en España fue en 1952. Recuerdo que en las ciudades del sur las mujeres no salían solas a la calle... Para un observador externo es fascinante, sin que esto quiera decir que España es un idilio.

P. Para El corto verano de la anarquía usted investigó bajo el franquismo.

R. Sí, tuvimos que filmar dos películas: una oficial y otra desde debajo del abrigo. Hubo pequeñas aventuras, nada heroico: todas las noches tuvimos que sacar el material fuera del país. Hasta que se dieron cuenta. Tampoco eran tontos.

P. En sus casi anuales visitas de hoy día, ¿observa algo así como una homogeneización europea en España?

R. Creo que no. Si usted es arrojado con un paracaídas sobre Europa y cae en una plaza de mercado, de inmediato sabrá dónde está. El lenguaje corporal, por ejemplo, no cambiará. Y el orgullo español -sé que es un cliché- tampoco ha desaparecido. Y está bien así, porque tampoco queremos parecernos demasiado. Uno quiere que ese brillo se conserve en alguna parte del mundo y que no todos seamos pobres calvinistas.

P. Poesía, libros infantiles, teatro, traducciones... Es impresionante la gama de géneros en la que ha trabajado. ¿Nunca ha tenido ganas de escribir una novela?

R. Creo que no tengo el don del narrador. Desde un punto de vista técnico, me podría sentar y escribir también una novela, montando una pieza tras otra. Mucha gente lo hace. Pero yo creo que hay algo especial en la voz del narrador. En Marruecos, en las plazas de mercado aún se ve a narradores, parados encima de un cajón. Si cuentan con el don, la gente se queda escuchándoles. Si no, prosiguen su camino. Yo no lo tengo. También me falta la paciencia: los novelistas, con 800 páginas, tienen que ser personas muy pacientes. Thomas Mann, Baroja, Clarín, Cervantes. Corredores de fondo todos.

P. ¿Podríamos decir que es un amigo de lo concreto?

R. No lo sé. Entre todos estos juegos a los que me he dedicado el central para mí es la poesía. Si se pudiese hablar del núcleo de mi obra, yo sospecharía que está ahí. Pero ser poeta no es una profesión como pueden ser la del policía o la del mecánico. Un novelista se puede sentar todos los días en su mesa y escribir entre las nueve de la mañana y las dos de la tarde. El poeta, no. Eso no funciona así. Me motiva hacer muchas otras cosas. De lo contrario, de aquí surgiría una producción patológica. Hay poetas así, que escriben miles y decenas de miles de poemas y eso tiene algo de absurdo. No hay tantos buenos poemas.

P. ¿En qué está trabajando ahora?

R. Pienso sacar un nuevo libro de poemas el próximo año. Y además están mis otras pequeñas profesiones: hay un proyecto de guión teatral, está mi trabajo editorial, habrá una exposición...

P. Usted ha conseguido muchos amigos con sus libros infantiles.

R. Fue una gran sorpresa para mí, que no soy un autor de best-sellers. De ese pequeño libro que trata de las matemáticas esenciales -El diablo de los números- se vendió más de un millón de ejemplares. Es interesante porque yo no creo que esto se pueda planificar. Yo lo escribí inocentemente para mi hija y, de repente, como en una máquina tragaperras, comenzó a llover dinero... No me puedo quejar en absoluto, tampoco de cómo se han vendido mis otros libros.

P. Pareciera que últimamente ya no escribe tantos ensayos.

R. Bueno, los últimos trabajos han tenido que ver con la ciencia, y ha aparecido un libro que ha recogido algunos de estos escritos: Los elixires de la ciencia. La física de las partículas, la astronomía... Las ciencias naturales siempre me han interesado.

P. Pero ya escribe muy poco de temas políticos y sociales.

R. La política interior alemana es tan aburrida que se requiere de cierta dosis de heroísmo para ocuparse de ella. Imagínese usted un país que durante 40 años debate si el comercio debe cerrar a las siete o a las ocho de la tarde...

P. ¿Qué piensa sobre lo que dice el canciller, de que Alemania ya es un país 'normal'?

R. De eso ya escribimos hace diez o doce años. Con frecuencia, la política es el campo de lo repetitivo. Pasa un tiempo infinito hasta que una sociedad haya amasado un tema. Una vez que el proceso está en marcha, yo, por lo general, siento que sobro. Si hay algo que no se está diciendo, en cambio, la tentación de expresarse es grande. Pero si todos los periódicos tratan un mismo tema -ahora todos hablan de violencia en los colegios- no puede ser mi función agregar otra voz a las 10.000 que ya existen. A mí no se me paga para cantar en un coro.

P. El 11 de septiembre es otro ejemplo.

R. Escribí algo pequeño. Lo de la tendencia al suicidio es un tema interesante. Pero, en fin, todo esto es otro riesgo profesional: que se espere de los intelectuales que asuman una postura frente a todo.

P. ¿El escepticismo ante el progreso, también frente a lo que sucede con la ingeniería genética, es uno de los hilos conductores de su trabajo?

R. Creo que la continuidad de un escritor no radica en sus opi-niones, sino en las experiencias que determinan cómo se sitúa en el mundo. En mi caso, sería la época del nacionalsocialismo y la Segunda Guerra Mundial. Si como niño se ha visto cómo un mundo tan aparentemente poderoso se derrumba cual castillo de naipes hasta que sólo queda una montaña de escombros, eso marca. Da una consciencia de la precariedad.

P. Usted ha alertado de los peligros de la ingeniería genética.

R. Aparte de que los seres humanos tengan un interés obvio en este tema, porque concierne a su propio su cuerpo, creo que ahí también hay una cuestión interna a la ciencia, donde hay deformaciones. En parte por ingenuidad, pero también por cinismo, la investigación pura se ha convertido en una investigación sucia, al integrarse en una especie de complejo científico-industrial y subordinarse a la lógica del capital. Eso tiene consecuencias, aunque a los científicos no les gusta escucharlas.

P. Y también ha pronosticado que habrá una reacción violenta de muchas personas a estos desarrollos.

R. Es posible. Para decirlo de una manera drástica, como para un titular: cuando los primeros monstruos aparezcan, habrá una reacción de la sociedad, y ésta será distinta a lo que prevén las comisiones de ética. Eso también es algo con lo que no cuentan los científicos: no están acostumbrados a ello, no fueron socializados así. Se extrañan de que gente que no entiende nada de lo que hacen se preocupe. Es un vestigio de una consciencia predemocrática.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 16 de mayo de 2002