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PERFIL

El teatro pierde la fuerza de la ironía con la muerte de Adolfo Marsillach

El actor y director fallece en Madrid, víctima de un cáncer, días antes de cumplir 74 años

Fue un animal de teatro. Un hombre polifacético, inteligente y trabajador, que combinó con rara habilidad una gran popularidad y un rigor irreprochable. Adolfo Marsillach (Barcelona, 1928) murió ayer en su casa de Madrid a causa de un cáncer, y dejó al teatro español con una honda sensación de pérdida.

Adolfo Marsillach falleció sobre las cuatro de la tarde en su casa madrileña de la calle de Ferraz. El cáncer que lo acosaba desde hace años ganó finalmente la partida. Tenía 73 años; hubiera cumplido 74 el día 25. El actor estaba acompañado de Mercedes Lezcano, su mujer desde hace 26 años. Enseguida, se acercaron al domicilio sus dos hijas, Cristina y Blanca, ambas actrices y nacidas de la relación de Marsillach con la actriz Tere del Río.

El actor, que con anterioridad estuvo casado con la también actriz Amparo Soler Leal, fue despedido en su casa por gentes del teatro y el cine como Nuria Espert, Pedro Osinaga, Carmen de la Maza, Manuel Gutiérrez Aragón y Amaya de Miguel.

Por la noche, su cadáver fue trasladado al tanatorio de la M-30 y de ahí al Teatro Español, donde a las 00.45 de hoy quedó instalada la capilla ardiente. Por ella pasaron, entre otros, Gemma Cuervo, Juan Carlos Naya, Luis Merlo, Silvia Marsó o Juan Ribó.

La familia explicó que Marsillach había dado órdenes explícitas para que su cuerpo no fuera llevado al Teatro de la Comedia, sede de la Compañía Nacional de Teatro Clásico que dirigió entre 1985 y 1996, cuando el PP llegó al poder y lo desalojó del cargo sin explicaciones. "A la Comedia ni muerto", fueron las palabras que utilizó el actor, quizá previendo lo que sucedió ayer: Andrés Amorós, director del Inaem, ofreció a la familia instalar la capilla en ese teatro.

Un detalle tardío. Marsillach sentó las bases de las compañías públicas teatrales que empezaron a funcionar con la llegada de la democracia, y desde sus ideas socialistas, mantenidas pese a los desengaños, aceptó los encargos de fundar el Centro Dramático Nacional (1978) y dirigir el Instituto Nacional de las Artes Escénicas y la Música (1989-1990), antes de llegar a su querida compañía clásica. Tan querida, que para su último día quiso llevar la vieja camiseta con el anagrama CNTC.

Aquellos fueron tiempos vibrantes y conflictivos, en los que Marsillach se retiró de los escenarios para concentrarse en una labor de gestor que lo agotó a veces.

"El teatro es un juego y yo reivindico mi derecho a jugar", dijo en septiembre de 1987, al estrenar Antes que todo es mi dama, una comedia de enredo de Calderón de la Barca. Sabía que en muchos idiomas los actores juegan y no interpretan un papel. Hijo y nieto de periodistas y críticos, este protagonista de la cultura española del siglo XX quiso jugar, ser actor, desde niño. A los 17 años ya formaba parte del cuadro escénico de Radio Barcelona y, desde aquel lejano año de 1945, su figura ha marcado la escena española.

Actor, director y autor teatral, su prolífica e intensa carrera ha abarcado también el cine, la televisión, el periodismo o la literatura. Pero el teatro fue su pasión. Iconoclasta, inclasificable, mordaz, irónico y políticamente incorrecto, Marsillach declaró tras ganar en 1998 el Premio Comillas de Memorias por su obra Tan lejos, tan cerca (Tusquets): "No me he inhibido en contar nada, pero tampoco soy vengativo". Todo un resumen de su vida y una declaración de principios en un artista que fue siempre fiel a sus convicciones.

Marsillach disfrutó, sobre todo, al narrar su infancia y su juventud en la Barcelona de la guerra civil y la posguerra, pero sus memorias representan uno de los frisos más lúcidos de los últimos tiempos de la cultura española. Una delicia de libro, que apareció entre las obras más vendidas durante meses, en prueba evidente del cariño que le tenían muchos aficionados de la cultura.

Como actor fue Tartufo o Sócrates en el teatro o Ramón y Cajal en televisión y en el cine. Como director estuvo al frente de montajes que hicieron época (Yo me bajo en la próxima, ¿y usted?, Mata Hari...), al tiempo que ponía en escena desde el repertorio clásico hasta los autores contemporáneos. Marsillach volvería a subirse a las tablas en sus últimos años de vida con un clásico moderno, ¿Quién teme a Virginia Woolf?, de Edward Albee, en compañía de Nuria Espert.

Pionero de la televisión en España, consiguió una gran popularidad en los años sesenta y setenta con series como Silencio se rueda, Fernández punto y coma o La señora García se confiesa, que dirigió e interpretó.

En cualquier caso, su sonrisa pícara, su voz profunda, su temprana calva y su barba recortada figurarán siempre asociadas en el imaginario colectivo de los españoles al científico Santiago Ramón y Cajal. Esa serie televisiva, emitida en 1982, consagró a Marsillach como uno de los actores más conocidos y queridos. Al igual que otros grandes intérpretes del teatro español, frecuentó poco el cine, aunque escribió algunos guiones e intervino como intérprete en películas como Maribel y la extraña familia, El tulipán negro y La Regenta.

Pocas gentes del teatro han recibido tantos premios por parte de sus compañeros de profesión, de la crítica y del público. Entre las distinciones más recientes sobresalen el Premio de Honor de la Sociedad General de Autores y Editores, que le fue concedido en Sevilla en abril de 2000. A pesar del agravamiento de su enfermedad, mantuvo su actividad pública, y participó en jurados de premios como el Ortega y Gasset en 1999.

Cuando publicó Tan lejos, tan cerca, en 1998, Marsillach ya se encontraba seriamente enfermo, y de hecho las memorias significaron para él una catarsis. Si bien se recuperó del cáncer de próstata que sufría, la enfermedad se agravó en los últimos meses.

Las puertas del teatro Español permanecerán abiertas al público hasta las cinco de la tarde de hoy, y después su

cadáver será trasladado al cementerio de la Almudena para ser incinerado. Por deseo expreso de Marsillach, sus cenizas serán esparcidas en el Mediterráneo, probablemente en Jávea (Alicante). Volverá así al mar que vio nacer a un grande del teatro español.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 22 de enero de 2002