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45 FESTIVAL DE SAN SEBASTIÁN

La magica voz de Vanessa Redgrave no consigue convertir en cine la palabra de Virginia Woolf

Contraste entre un sencillo 'thriller' irlandés y un rebuscado melodramón inglés

Ha tentado a muchos la aventura de convertir en cine la literatura de Virginia Woolf, pero pocos la han emprendido. Hace unos años, la magnífica y temeraria Sally Potter se atrevió con Orlando y le salió una colección de cromos; y ahora la guionista británica Eileen Atkins, y la directora holandesa Marleen Gorris abren la pantalla a las páginas de Mrs. Dalloway. No han dejado un solo cabo suelto, pero les ha salido una película en la que Virginia Woolf es sólo una resonancia espectral. Ni siquiera la voz de la genial Vanessa Redgrave logra convertir en cine la escurridiza carencia de su escritura.

Ocurrió el otro día -unos cuantos abismos por debajo- mientras presenciábamos las imágenes de Lolita. De pronto, de esas deleznables imágenes comenzó a brotar algo infinitamente hermoso, que invitaba a cerrar los ojos y oír, sólo oír. Era la llamada de la palabra, incrustada en la banda sonora, de VIadimir Nabokov. Mrs. Dalloway no es un amaño anticinematográfico de esa catadura, sino una película de verdad: diáfana, noble, construida con mucho esmero y asombrosamente bien (¿puede acaso ocurrir de otra manera?) interpretada por Vanessa Redgrave, una cineasta genial. Pero ni siquiera un rostro, una voz, una presencia como la de esta enorme artista británica, que es capaz de hacer vivir una toma simplemente porque ella está dentro, logra fundir la palabra de la escritora en las imágenes destinadas a hacerla suya, a absorberla, Hay algo inefable, incapturable, bajo las evidencias verbales, bajo la mecánica del contrapunto argumental, bajo el flujo del estilo de Virginia Woolf, que se resiste a dejarse atrapar por la lógica o la dinámica de un relato cinematográfico, por competente y meticuloso que sea. Es como intentar agarrar el humo a puñados.Atkins y Gorris han caído con candor en la trampa de la fidelidad, del amor por lo que intentan representar. Su pasión por Virginia Woolf les ciega e impide discernir que la médula de eso que quieren representar -y que, para entendemos, puede equipararse a un estado de espíritu o a una fluencia anímica- es cinetamográficamente irrepresentable. Y lo que queda del paciente, meticuloso, abnegado encaje de bolillos con que ambas mujeres han trasladado primero a un guión y luego a una pantalla el recorrido de la memoria de Virginia Woolf por algunos pulcros y miserables salones de aquella burguesía victoriana de la que se sentía hija huérfana, es nada más que una aproximación, un esquema desalmado, mecánico, por no decir un simple recorrido turístico alrededor de las estancias y los rincones ocultos de la conciencia de la escritora, cuyo interior se cierra a cal y canto contra la intromisión de una cámara.

Vanessa Redgrave hace, como de costumbre, prodigios dentro de la misión imposible en que se ha embarcado esta vez. Hace unos años se propuso desenmarañar algunos de los más enrevesados escondrijos de otro mundo oscuro de mujer, el de la sureña estadounidense Carson McCullers, y logró llegar muy dentro de las fuentes secretas de esta escritora tan ajena a ella y a su procedencia. Pero ahora, mientras intenta dar rostro a alguien o a algo mucho más cercana a ella, pero que rechaza cualquier intento de dejarse identificar por medio de gestos, se pierde en un bosque íntimo, del que sale gracias a su portentoso oficio: se escapa del personaje, toma distancia frente a él y lo observa desde fuera, argucia que obviamente sólo es posible en una actriz virtuosa de las interioridades del teatro, pues Vanessa Redgrave va creando lentamente, sin que nos apercibamos de ello, no un rostro sino una máscara, mientras cierra silenciosamente el grifo cinematográfico de la identificación sentimental y vierte sobre el espectador un chorro de complicidad escénica.

Una algo tosca, pero muy divertida, mezcla de comedia, de road movie y de relato policiaco a la irlandesa, El crimen desorgarnizado, dirigida por Paddy Breathnacht; y un brillante melodramón prefabricado, de laboratorio, escrito y dirigido por el británico William Nicholson, completaron otro interesante día de cine en San Sebastián.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 22 de septiembre de 1997