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Crítica:56ª QUINCENA MUSICAL DE SAN SEBASTIÁN
Crítica

Vengerov y la Filarmónica checa

Ha actuado por dos veces en la Quincena Musical, una con piano y otra con orquesta, el violinista Maxim Vengerov. Llegó, tocó y asombró este artista siberiano de 21 años, discípulo del gran Zahkar Bron.Hace tiempo que no gozábamos la música de cámara tan intensamente como ahora gracias a la suma de perfecciones y emociones de Vengerov y su colaboradora la excelente pianista israelita Revital Hachamov. Ambos nos transmitieron la singular hermosura de la Sonata en la mayor, K 305, de Mozart, de la denominada Primavera, de Beethoven y de la Segunda de Prokofiev a través de un arte grande, un pensamiento prematuramente maduro, un virtuosismo arrebatador y una admirable identificación de intenciones. El gran arco del siberiano posee una amplitud y una capacidad de ligado asombrosas, mientras la mano izquierda ataca con una precisión casi irrazonable.

El fluir de las ideas y desarrollos beethovenianos resulta tan sereno y natural como la riqueza lírica que encierran los pentagramas que Prokofiev con su gran traza y aliento. Vengerov rindió homenaje a Shostakovic con 10 preludios pianísticos transcritos por Tziganov. Propinas de Bazzini, Ponce y Sarasate prolongaron el magnífico concierto en medio de interminables ovaciones.

En Mendelssohn y su perfecto Concierto en mi menor -el padre de todos los conciertos de violín- la efusión, elegancia y matiz expresivo de Vengerov se unió a las plenitudes sonoras de los filarmónicos checos, dirigidos por su titular Gerg Albrecht, sin que algunas inexactitudes en la fusión de solista y conjunto llegaran a turbar el cúmulo de hallazgos que se vertía sobre la audiencia.

Antes la centuria de Praga, desveló aquí una muy divulgada obra de Victor Ulmann (1898-1944). Su música, más ilustrativa que interpretativa, para una selección de textos del poema La canción de amor y muerte del cometa Christoph Rilke, escrito por su descendiente Rainer María en 1899 y dedicado a Lou Andreas Salome. Lo más musical de la versión escuchada fue la palabra de Rilke en la voz y el arte de la recitadora vienesa Erika Pluhar. Su dicción y fraseo son pura música, tras la cual, la orquesta bien tratada por Ulman, se torna adecuada decoración.

La Novena sinfonía que Bruckner dedicó "al Dios amado" data de 1.824 y su estilo anticipa notablemente el de su seguidor Mahler. En el Adagio conclusivo, Bruckner se sumerge en lo místico para construir una de sus más hermosas creaciones. Los filarmónicos y su director Gerd Albrecht expusieron una versión de categoría que fue aplaudida largamente.

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