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"Cuando llega el odio es demasiado tarde"

Durante casi dos años, entre 1942 y 1944, los judíos de un pequeño pueblo de la Transilvania húngara no querían creer lo que les contaban. Cuando llegaron los nazis ya era demasiado tarde. Les hacinaron en un vagón de ganado, cruzaron Europa y llegaron a un lugar cuyo nombre, entonces, no les decía nada: Auschwitz. Elie Wiesel, entonces un niño, sobrevivió y ha dedicado su vida a luchar por los derechos humanos, combate recompensado con el Premio Nobel de la Paz. Wiesel, que visitó Sarajevo hace diez días, dice: "Cuando llega el odio, ya es demasiado tarde. No tenemos derecho a comparar el presente con el pasado, pero tenemos derecho a relacionar lo uno con lo otro.

Elie Wiesel, que se encuentra en España participando en un debate sobre Las nuevas filosofías del hombre, llegó a Auschwitz agarrado de la mano de su padre, tras separarles de su madre y su hermana pequeña. No las volvió a ver. Su padre murió de agotamiento poco antes de ser liberados.Aunque parezca imposible, Wiesel no perdió la esperanza: incluso fue eso lo que le permitió vivir. "En todas mis novelas hay siempre un loco, y mis locos no son locos clínicos, son locos místicos. Quiero decir que a pesar de todo siguen soñando con un futuro mejor, confían todavía en el hombre", asegura.

En su obra La noche, Wiesel cuenta cómo consiguió sobrevivir al horror, con una fuerza, una creencia en la vida, prácticamente incomprensibles en un niño de sólo 15 años. Para un hombre que ha sobrevivido al infierno, nunca se puede bajar la guardia: "El problema está en qué hacer y cómo hacer para que el horror no nos deje olvidar y para que la respuesta al horror sea válida universalmente. Hace 10 días estuve en Sarajevo. No tenemos derecho a comparar el presente con el pasado, pero tenemos derecho a relacionar lo uno con lo otro. El pasado existe como referencia, no como analogía".

"Hay en la humanidad fuerzas tenebrosas, destructoras; dado que esas fuerzas están vivas y actúan, es ahí donde el desafío se presenta al hombre", asegura. "Pero no basta con la vigilancia. El acontecimiento es ontológico, trascendente. No podemos decir que hay sólo una lección. Hay mil lecciones y no hay ninguna. Todavía no hemos conseguido abordar este tema. Se queda fuera de todo entendimiento, de toda percepción. Podemos comunicar algunos retazos, algunos fragmentos; pero no la experiencia. Lo que hemos vivido nadie lo conocerá, nadie lo comprenderá".

"Ahora que nos acercamos al final de este siglo, el más violento de la historia de la humanidad, hay que hacer que la desesperanza que se desprende de esta época se transforme en esperanza", añade. Pero esta confianza en el futuro no lepuede hacer olvidar e presente. "Para mí es una fuente de dolor porque hemos peleado durante años contra la dictadura comunista, ¿y qué la va a reemplazar? La democracia, que espara mí el valor supremo, único, ha fracasado. En Yugoslavia, en la antigua URSS, vemosque no funciona. Estoy muy inquieto en estos momentos".

Para un activista como Wiesel, la lucha por los derechos humanos es, desgraciadamente, interminable. "Cuando veo lo que pasa en la antigua Yugoslavia, siento el ultraje de un hombre libre. Yo soy libre y ellos no lo son. He visto a la gente en los campos. No tenemos derecho a comparar; pero tampoco tenemos derecho a callarnos".

Su continua labor pedagógica con los jóvenes tiene un límite: los cabezas rapadas, los xenófobos, los violentos. "No se les puede decir nada. He organizado conferencias por medio mundo sobre el odio. Al final, lo que he llegado a entender es que cuando llega el odio es demasiado tarde. Prefiero gastar toda mi energía en los que no han sido tocados por el odio".

En uno de los fragmentos más impresionantes de La noche, Wiesel describe cómo durante el ahorcamiento de un niño de 10 años oyó una voz detrás de él que decía: "¿Dónde está Dios?", y en su interior respondió: "¿Dónde está? Ahí, colgado de esa horca". Esa meditación sobre Dios nunca le ha abandonado. "Yo nunca dejé de creer. Pero, dentro de mi fe, me levanto a veces contra Dios. Lo hice entonces y lo sigo haciendo ahora. No creo que podamos extraer a Dios de la historia. Está en la historia, en el mal y el bien. No representa el mal, pero está dentro, ya que está en todas partes. Esa protesta existe todavía. Protestar contra los hombres no basta. Tengo también que protestar contra lo que está por encima de ellos".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 18 de diciembre de 1992

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