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Tribuna:

El misterio de Toledo

Los paisajes de Toledo son infinitos. Se exhiben amplios, al aire libre, en sus caseríos y sus campos, en sus espacios abiertos y en la intimidad de sus frutos o el zumbido de los insectos. Pero se descubren también en las ranuras de las piedras unidas en sus murallas y los antiguos conventos, testigos del tiempo.

El misterio de Toledo anida oculto tras las austeras fachadas de sus caseríos. Tapiales altos, celosías de astillados arabescos, apretadas rejas de hierro forjado, portalones siempre sellados, fieles guardianes de su secreto. En las angostas calles, al resguardo del sol y del viento, sólo se adivina, entre ocres, un cielo azul enmarcado de aleros. Sin soportales ni bancos para el reposo, sin espacio para el andar acompañado ni imágenes que distraigan la mirada, las sombras pasan solitarias, apresuradas, en silencio.Pero ¿cuál es ese misterio, ese inefable secreto que a Rilke le hizo escribir que todos sus viajes fueron sólo el preludio para conocer Toledo? Aquello que es esencial y permanente en Toledo no se encuentra en el laberinto que forman sus calles y plazas. Tampoco se percibe desde las suaves colinas plateadas que cubren el cauce del río. Desde ellas, al atardecer, se divisa la silueta incomparable de la ciudad recostada, refulgiendo de soles en el fingido fuego del ocaso. Pero nada más. Tampoco sus monumentos la proclaman, aunque sean excelsas muestras del talento artístico del hombre. No. El misterio de Toledo se encuentra dentro. Para vislumbrarlo hemos de elevarnos en el aire y, como el águila emblemática, observar cuanto se esconde tras las fachadas.

Descubrimos entonces una ciudad ignota, mil veces amurallada, panal de jardines, patios, claustros y huertas fértiles, con un corazón amable que late hermanado con el de las ciudades que fueron en el Oriente. Isla rocosa de mediterraneidad en el seco mar de Castilla. La huella de Roma, arcana y próxima, se siente aún en el suelo de la estancia caldeado por la gloria, en el eco de la túnica arrastrada, en la mirada suspendida sobre un cisne pompeyano de irrepetible color. Las casas de ahora, levantadas sobre las romanas, entramadas de columnas y vigas medievales y renacentistas, como sus precursoras, se ordenan en torno a los espacios interiores. El brocal del pozo, escondite de leyendas y tesoros; el surtidor que corta el sin aire del verano antes de repostar en la fuente; naranjos adornados de globos orientales; cipreses y laureles; romeros y rosales; hiedras de olorosas flores; tapices de yeserías, y alfombras de terracota y azulejos, entre mirtos y arrayanes. Las sombras que en el exterior transitaban fugaces recuperan en este ámbito de sensual recogimiento su perdida corporeidad. Y así, en la recoleta y escondida intimidad de estas casas, al calor de las chimeneas o a la sombra de las enlonadas velas, pasan las horas de la ciudad, de espaldas al río del tiempo, en una cotidianidad contenta y sin ambiciones.

Esta realidad escondida tampoco colma nuestra búsqueda. Cuando el incesante rumor del Tajo se hace silencio y en el aire de la mañana queda la estela de una paloma blanca, cuando las campanas vuelan en la tarde callada, o desde un lugar impreciso nos sobrecogen voces que cantan sobre otras voces que cantaron antes y otras que cantarán mañana, cuando las piedras milenarias y los olivos de siempre nos hablan con palabras inaudibles mientras el tiempo se detiene y el pasado nos alcanza, entonces sentimos que en Toledo sucede, es, existe, algo inefable que nos inunda el alma. En Toledo, como en algunas otras ciudades privilegiadas -Jerusalén, Roma, Kioto-, nos aspira una corriente de espiritualidad que aligera las servidumbres impuestas por la época que vivimos y por nuestras propias circunstancias. El sublime poder de evocación de la ciudad y de su paisaje permite que por un instante nos encontremos desnudos del ropaje de cualquier tipo, ante lo más profundo de la experiencia humana. En los conventos de Toledo, tan bellamente reflejados en el importante libro que ahora publica Balbina Martínez Caviró, se siente con extraordinaria cercanía este fenómeno fisico e inmanente que conforma la identidad última de la ciudad.

Conventos escondidos

Los conventos se extienden, generosos e irregulares, detrás de los muros más altos de la ciudad, detrás de las fachadas casi ciegas. Humildes zaguanes sirven de pórtico a los más hermosos palacios medievales; arcos tendidos sobre las calles, casas añadidas a las fundacionales; adornados interiores de yesos finamente labrados, artesonados de estrellas, paredes de ricos murales revestidas de luminosos azulejos de cuerda seca; obras de arte capitales, donaciones de nobles y reyes; tesoros documentales arrugados de historia. Desde el patio, el alegre cantar de los pájaros, y en la huerta, una azada en el suelo, un montón de hierba apilada, un cesto con tornates, berenjenas, cardos y pimientos rojos, abejas entre las flores, truchas en el estanque y manzanas doblegando la rama verde.

El sencillo torno de madera gira y gira. Son otros los rostros adivinados, las voces y su habla, los dedos que amorosamente lo impulsan y lo paran, el deseo que aguarda. Pero es siempre el mismo torno, "Ave María purísima", bendito gozne entre dos universos ocultos que se acompañan, "sin pecado concebida", símbolo circular de la vida que regresa tras la vida que se acaba. En la serena y trascendente paz de los conventos, tras el torno de la clausura, el religioso con fe, libre de toda ligadura, alcanza la vivencia suprema de Dios y de sí mismo, en un vacío intemporal que es todo plenitud, y vence la melancólica de tantos paraísos perdidos que pesan como plomo en el corazón del hombre. Siglo a siglo, en donde el tiempo no cuenta, manos sin nombre, que en parte son manos nuestras, se transmiten la vela encendida del conocimiento, cuyos destellos iluminan las montañas cada vez que gira uno cualquiera de los sencillos tornos de madera de Toledo.

El descubrimiento de la vida oculta de la ciudad, la vivencia de su fuerza espiritual, la experiencia del tiempo trascendido que suspende la conciencia, nos ha aproximado al inaprensible misterio de Toledo, que permanece siéndolo en la incierta luz del crepúsculo, entre veladuras de historias y leyendas.

es presidente de la Real Fundación de Toledo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 29 de septiembre de 1990

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