36º FESTIVAL DE SAN SEBASTIÁN

Primera ovación donostiarra para 'La última tentación de Cristo'

La primera de las películas a concurso en el Festival Internacional de Cine de San Sebastián, la turca Mushin bey, de Yavuz Turgul, pasó sin pena ni gloria, eclipsada por La última tentación de Cristo, que no provocó ningún escándalo y sí largas aglomeraciones procesionales de espectadores que deseaban verla y la primera ovación del festival.

Mushin bey se centra en la relación entre un agente musical arruinado y el que él cree puede ser nueva figura de la canción en Turquía. El guión es simple; la dirección, pobre, y el producto es muy rudimentario técnicamente hablando; y contra lo que parecía lógico, el apartado musical tampoco está tratado con esmero y la banda sonora standard de la cinta sustituye a cualquier interpretación real. Los valores de Mushin bey hay que buscarlos en el contenido informativo de la película, que nos descubre un mundo del que nunca se ocupan los medios de comunicación dominantes, y en las gotas de humor e ironía con que Yavuz Turgul procura abordar los problemas de sus mediocres personajes.La adaptación cinematográfica que Martin Scorsese y Paul Schrader han hecho del texto de Nikos Kazantzakis fue premiada con la primera ovación donostiarra. A raíz de su estreno europeo en Venecia ya se habló cumplidamente de La última tentación de Cristo y de su interés artístico. El proyecto es ambicioso e irregular; cae a menudo en la inevitable sucesión de estampas, mezclando las de origen pasoliniano con las sacadas de la imaginería de Hollywood, pero tiene momentos de gran potencia y auténticamente creativos. En cualquier caso es imposible abordar la película al margen de sus implicaciones; como obra autónoma, y de la misma manera que resultan muy brillantes los fragmentos de estricta ficción y atractivas las sugerencias clínicas respecto a la doble naturaleza del protagonista, es tópica la manera de solucionar algunos de los sermones o milagros de Cristo.

Aventuras dudosas

El referente evangélico y toda la iconografía que lleva aparejado se imponen a la imaginación del cineasta, que se embarca en aventuras dudosas. La polémica propiciada por los grupos integristas respecto a la pretendida irreverencia que comporta al atribuirle deseos eróticos al hijo de Dios demuestra más bien el bajo nivel de su discurso teológico, pues lo que sí es explosivo en la película es la manera como se aborda la figura de Judas o la argumentación que emplea san Pablo para descalificar a ese Jesús que Kazaritzakis hace escapar de la muerte en la cruz, prefiriendo el apóstol que prevalezca el mito por encima de la verdad y defendiéndolo desde un punto de vista que convierte a la Iglesia en un gran poder temporal.

La representación cubana en San Sebastián ha estado en manos de Tomás Gutiérrez Alea, que ha llevado a la pantalla un argumento de Gabriel García Márquez. Cartas del parque nos cuenta los amores desgraciados de un escribano, condenado a hacer de intermediario entre dos jóvenes que no son capaces de expresar, correctamente y por escrito, sus sentimientos. El escribano nunca se atreve a revelar a la chica que su inspirada literatura le retrata a él y no a su novio, ocultamiento que mantiene incluso cuando éste marcha de la ciudad donde transcurre la acción. El guión es muy hermoso, cargado de ironía y ternura, pero la realización es de estilo telenovelesco, y la dirección de actores, elemental cuando no equivocada. Gutiérrez Alea, de quien recordamos sus interesantes Memorias del subdesarrollo, hace ya tiempo que parece haber perdido capacidad para trabajar en lo que realmente es su oficio: contar historias con imágenes. Esto es, además, más patético en una película cuyo argumento tiene como héroe a alguien que vive de su dominio del lenguaje. En el plano final, que reúne al fin a los tres vértices del triángulo y deshace el equívoco, se resume a la perfección esa impotencia. Mientras los dos enamorados se explican, el tercero sobrevuela la ciudad, pero no le vemos. Existían dos soluciones aceptables: visualizar la situación y mostrarlos a los tres o conformarse con sugerir el avión a través de la banda sonora. Pues no, el director, nose sabe por qué, incluye el punto de vista subjetivo del aviador. Es sólo un ejemplo de entre otros muchos posibles. García Márquez no tiene suerte cuando es llevado al cine. Su Crónica de una muerte anunciada se convirtió en un disparate dirigida por Francesco Rossi. Estas Cartas del parque son una inanidad.

* Este artículo apareció en la edición impresa del 0017, 17 de septiembre de 1988.