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Defensa de la República Argentina

En los alrededores del Gran Buenos Aires, ya en la provincia y fuera de la capital federal, se erige, en una linde de la carretera que conduce a la bahía de San Borombón y a los balnearios de la costa atlántica, el penal militar de Magdalena, una extensión de instalaciones castrenses que recluyen a colimbas indisciplinados -colimba es el soldado de leva, y se debe su apodo a que corre, limpia y barre bajo la mayor máxima intelectual militar de que todo lo que se mueve se saluda y todo lo que permanece quieto se limpia o se pinta- y a jefes y oficiales caídos en la desgracia de sus crímenes.En el penal militar de Magdalena se encuentran cumpliendo sus sentencias, confirmadas por el presidente Raúl Alfonsín en su calidad de comandante en jefe de las fuerzas armadas, tres ex-presidentes militares consecutivos de la República: los ex tenientes generales Jorge Rafael Videla, por mal nombre La Pantera Rosa, dada su delgadez y continuada expresión de pretendida inteligencia estupefacta, de 62 años, casado y con siete hijos; Roberto Eduardo Viola, cardiaco, alcohólico, de 63 años, casado y con dos hijos, y Leopoldo Fortunato Galtieri, de 61 años, casado y con cuatro hijos, no ya alcohólico -una definición médica-, sino borracho -una categoría social-, quien entre los vapores de su cerebro llegó a estimarse como un émulo del general George S. Patton, niño mimado de la Casa Blanca, primer defensor en Suramérica de la doctrina de la seguridad nacional y la defensa de las fronteras interiores ante la subversión marxista internacional, y hasta el recuperador militar de las islas Malvinas, pasando por encima del Reino Unido y la OTAN y de toda su trama de leales alianzas entre los países ricos de Occidente.

Les acompañan en Magdalena sus conmilitones de triunvirato (en 1976, estos milicos se repartieron el país entre las tres armas, a un 33%: ministerios, gobernadurías provinciales, intendencias, empresas públicas, canales de televisión, radios y periódicos, sin que se haya podido saber jamás quién decidió el destino del 1 % restante).

Los compañeros del penal de Magdalena son los almirantes Emilio Eduardo Massera, alias El Negro, de 62 años, casado, con dos hijos, pintán, muy macho, gran amador de mujeres, de ilimitadas ambiciones políticas para sí y para su fuerza, y que convirtió la Escuela de Mecánica de la Armada -la ESMA-, un complejo de edificios junto -al río de la Plata y en los aledaños de la capital federal, en un atroz complejo de represión política, en el que se utilizó la tecnología en el desarrollo de métodos de tortura impensables para los verdugos medievales.

REINADO DE LA PICANA

En la ESMA no te interrogaban: te sodomizaban con cápsulas de munición naval, te castraban haciéndote permanecer durante días -encapuchado, esposado- con una cinta elástica sujeta a los testículos, que, impidiendo la irrigación sanguínea -terminaban por desprenderse del cuerpo por necrosis. La picana fue la reina en la ESMA. La picana es un conductor de corriente eléctrica que se utilizaba para movilizar a las reses; aplicada sobre los cuartos traseros del animal, le hacen marchar, provocándole menos daño físico que la brutal y carnicera garrocha española. La picana fue un elemento de civilización agropecuaria, pero, trasladada a los hombres y a las mujeres y a sus zonas más sensibles, ha terminado por erigirse en un símbolo de la tortura. En la ESMA se llegó a conectar la picana a una cucharilla de las de café para picanear, penetrando la vagina y el cuello del útero, el feto de una embarazada.

El Negro Massera, en su ambición, ya en su retiro de la Armada, pretendió en 1976 presentarse como un nuevo Perón, un nuevo líder populista, exterminador del extremismo de izquierda,-esencialmente montoneros, que fueron su especialidad- y comprensivo, endemoniadamente comprensivo, con las motivaciones altruistas que llevaron a toda una generación de jóvenes argentinos a tomar las armas contra el orden burgués constituido.

AMANTE Y CONFIDENTE

Dios mediante, se le pudieron parar a tiempo los pies recordándole judicialmente que faltaba del censo, precisamente, un tal Fernando Branca, marido de una de sus amantes, Marta Rodríguez Mac Cormack. Marta había podido levantar algunos negocios de su marido en la cama de Massera, y cometió el error, harta de las infidelidades de su esposo, de amenazarle en público: "Se lo voy a contar al El Negro que le has querido pasar en un negocio, y El Negro te va a hacer pasar un camión por encima". El Negro -el almirante Massera- cometió un grave error: convidar al pobre Branca, quien creyó ser más listo que nadie, a navegar por el delta del Paraná en el yate de respeto del Almirantazgo. Branca precedió a El Nani en su incierto y seguramente trágico destino. Llegaron a Buenos Aires extraños y remotos rumores sobre su presencia en otras tierras, llegó su firma enajenando sus bienes, y es obvio que su cadáver -dos tiros en la nuca, pesas de cemento atadas con alambre a los tobillos- no aparecerá jamás. Al menos, evaporado el cadáver del marido de la bella amante, el almirante Massera, en un océano de fundadas sospechas, vio así truncada su carrera política en la recobrada democracia argentina.

En el penal de Magdalena, y junto a Massera, también cumple penas el resto de los triunviros. Tales como el almirante Armando Lambruschini, de 62 años, casado, con una hija viva y con otra asesinada a sus 16 años por los montoneros en 1978 (volaron en la noche el piso medianero del almirante, matando a su chica en su cama), y el también almirante Jorge Isaac Anaya, de 60 años, casado, con dos hijos, quien decidió como mejor rasgo de su personalidad el no sonreír nunca, defensor acérrimo del viejo plan naval de ocupación sorpresiva de las Malvinas y que, una vez llevado a cabo el despropósito -por más que no quepa duda de que las Malvinas son argentinas-, afirmó: "Los ingleses no van a hacer la guerra por esto; pero si vienen se encontrarán con el Alcázar de Toledo".

No hizo buena la imagen del teniente general Moscardó, quien no ha pasado a la historia militar como uno de los grandes tácticos, pero sí como uno de los grandes empecinados; sí reafirmó la estimación de los analistas militares occidentales de que la Armada argentina -pese a que fue creada por Guillermo Braun, un irlandés que cuando se quedaba sin munición ordenaba cortar los eslabones del ancla y los disparaba candentes contra las armadas contrarias-, si perdía un solo barco, carecería de todo lo demás.

Así fueron las cosas. El Gobierno conservador de Margaret Thatcher ordenó al comandante del submarino atómico Conqueror interceptar y hundir una pieza de museo naval como el crucero argentino General Belgrano, que navegaba a toda máquina en dirección opuesta a la zona de guerra de los archipiélagos australes en conflicto.

El torpedeamiento arruinó las conversaciones de paz o de compromiso defendidas por los entonces secretario de Estado estadounidense, Alexander Haig, y el presidente peruano, Fernando Belaúnde Terry. El almirante Anaya, con la solemnidad expresiva del burro que siempre le caracterizó, comunicó a sus compañeros de Junta, Militar que, hundido el Belgrano, la Armada se retiraba de cualquier compromiso político con el Reino Unido. Tras la majestuosidad de su afirmación, que por momentos extrajo al presidente Galtieri de su estupor etílico, Anaya envainó la espada, requirió el chapeo, miró al soslayo, fuese y no hubo nada. La Armada argentina desapareció del Teatro de Operaciones del Atlántico Sur (TOAS).

PRESOS EGREGIOS

Junto a los ex tenientes y los ex tenientes generales habitan también en Magdalena los ex comodoros del Aire Orlando Ramón Agosti, de 61 años, casado, con dos hijos; Omar Domingo Grassigna, de 60 años, casado, con cuatro hijos, aquejado de una depresión que ha obligado en ocasiones a vigilarle para evitar su suicidio, y Basilio Lami Dozo, de 57 años, santiagueño, casado, con cinco hijos, que llevó brillantemente a sus aviadores, buenos pilotos, fanáticos, mayoritariamente adscritos o próximos al Opus Dei, a una posibilidad heroica de victoria en el estrecho, malvinense de San Carlos, sobre la fuerza de tareas británicas que intentó, y consiguió, recuperar el archipiélago.

Esta es la población egregia del penal castrense de Magdalena, donde habitan, cierto que confortablemente, tres ex presidentes militares y seis de sus compañeros de fechorías, cumpliendo sentencias desde la reclusión perpetua de Videla hasta los ocho años de Lambruschini, dictados en juicios orales y públicos -contrarios a la tradición argentina del proceso escrito y privado-, con observadores extranjeros y con gran respeto por las garantías procesales de los homicidas que no han objetado ni sus abogados defensores.

Sería posible cerrar el capítulo de los horrores sobre los nueve habitantes de Magdalena en tanto en cuanto fueron los inspiradores y sufragadores de tantos cientos de miles de voluntarios asalariados de la tortura. No fue así, y por orden directa del presidente Alfonsín se procesó también, y se condenó, al carnicero de Buenos Aires, el ex general de Caballería Ramón Camps, quien, al frente de la policía de Buenos Aires, arrasó con los psicólogos, persiguió a los argentinos de origen semita, vejó a periodistas como Jacobo Timerman y mandó asesinar a estudiantes secundarios de La Plata -la capital bonaerense-, con una media de 15 años, en aquella horrible noche de los lápices, en la que se decidió que se había terminado con la broma de que los pendejos reclamaran subvenciones al transporte escolar.

CÁNCER DE PRÓSTATA

Camps, un animal de caballería que lleva bastante bien su cáncer de próstata en el hospital de Campo de Mayo -Cuartel General del Ejército argentino-, y que divide sus mañanas y sus tardes entre las visitas de su mujer y de su amiga, recibe la mejor atención médica que se pueda ofrecer en este país. Y el teniente general Luciano Benjamín Menéndez, ex jefe del III Cuerpo de Ejército (Córdoba), tan franciscano que pretendió sublevarse contra Videla por tenerle como muy débil con la subversión, espera también en prisión su proceso por supuesto genocidio en la circunscripción bajo su mando.

El Gobierno de Alfonsín ha buscado lograr la consecución de la mayor justicia debida posible: sin recordar una pesquisa exhaustiva, y ciñéndonos sólo a algunos casos flagrantes, debe recordarse que la Administración de esta República reclamó la extradición de segundos países del Comandante Pepe, Mario Eduardo Firmenich, antiguo estudiante católico, próximo a la tesis de tacuara -los falangistas argentinos; tacuara fue la lanza de caña de la caballería gaucha-, quien ha sido condenado, bajo el respeto de las leyes argentinas y brasileñas -de donde fue extradido-, a 40 años de cárcel por secuestro extorsivo y no por ser el jefe de los montoneros, los guerrilleros de Perón -que Perón odiaba y arrojó, despreciándolos como imberbes, de la plaza de Mayo-; ellos se retiraron cantando: "Somos unos boludos; / votamos a una muerta -Evita-,/ a una puta -Isabelita- / y a un cornudo".

Pero, antes de ser reclamado y puesto preso Firmenich, las autoridades constitucionales habían reclamado a otros supuestos delincuentes internacionales: por ejemplo, y sin tampoco agotar la nómina, al ex teniente general Carlos Guillermo Suárez Mason, ex jefe del I Cuerpo de Ejército, jefe operativo del general Camps, tenido por el alias de Pajarito, y que en las vísperas de la democracia fue el militar más inteligente de todos: "Yo no voy a ser el pato de esta boda". Acusado no sólo de violación de derechos humanos, sino de gravísimos ilícitos económicos, se hizo autodesaparecer, siendo posteriormente encontrado en Estados Unidos por el FBI, a reclamo de la Interpol argentina. Allí espera, en la prisión de Foster City, el próximo noviembre, la solución de su expediente de extradición.

José López Rega, El Brujo, el cabo de la Policía Federal experto en ritos sincretistas del candombe brasilero, secretario del matrimonio Perón, ministro de Bienestar Social, creador de la Alianza Anticomunista Argentina (Triple A), responsable de centenares de asesinato, fue encontrado también a través de la Interpol en Miami y extradido a Buenos Aires, donde en una cárcel porteña de máxima seguridad se le sigue juicio por sus desmanes.

El contralmirante Chamorro, el jefe de la ESMA en los peores años de la guerra sucia, fue reclamado por el Gobierno de Alfonsín a Suráfrica, en donde se desempeñaba como agregado naval. Un caritativo y definitivo ataque cardiaco impidió el juzgamiento de este jefe naval, pequeño en estatura moral y fisica, rechoncho, calvo, escasamente brillante en su trayectoria profesional, pero protagonista de uno de los más espectaculares casos de síndrome de Estocolmo registrados en el mundo: la dirigente montonera Marta Bazán fue apresada pcr sus tropas y torturada; dada la vuelta, salió acompañada a las calles para reconocer a sus compañeros montoneros, entregó no sólo a sus amigos de militancia, sino a su propia familia y la de su marido. Nada que reprocharla mediando la picana aplicada a las encías, a la vulva, a la vagina, a los pezones, al ano... Marta Bazán abandonó los altillos de la ESMA, en la que permanecían encerrados los soldados de Perón -los montos- y se trasladó a la residencia del contraalmirante jefe de la ESMA para compartir su cama. Y se sabe que vive nuevamente en Argentina bajo identidad falsa.

Aníbal Gordon, presunto jefe operativo de la Triple A, junto a gran parte de su banda, se encuentra preso -le acaban de extirpar un tercio del pulmón derecho en el mejor hospital público de Buenos Aires y con cargo al Estado- y espera también su proceso tras haber sido buscado y encontrado por el Gobierno radical.

CONDICIONES DESFAVORABLES

Todo esto ha sido llevado a cabo bajo condiciones económicas propias e internacionales muy desfavorables para un país como Argentina, eminente exportador de alimentos hacia naciones ricas que en estos momentos no los están comprando -el Mercado Común europeo, Estados Unidos-, que protegen legítimamente su producción de granos crecidos mediante la biotecnología y el ergorde de las terneras mediante el acreditado método de hacerlas abrevar cerveza. Y ha sido llevado a cabo contra la opinión de unas fuerzas armadas incólumes interiormente y todavía gozadoras de fuertes apoyos sociales.

Estados Unidos ha resuelto moralmente sus responsabilidades en Indochina -los dos Vietnam, Laos y Camboya- juzgando al teniente William Calley, ya en libertad, por la matanza de la aldea vietnamita de My Lay. Está bien que así sean las cosas, aunque resulten tan desproporcionadas y debamos sentirnos obligados a estimar que la intervención estadounidense en Indochina sólo se excedió en la aldea de My Lay.

España, con más astucia política, llevó a cabo su transición a la democracia decretando tres amnistías que acabaron abarcando a todos: desde José Pérez Beotegui, responsable del comando etarra que asesinó al almirante Carrero Blanco, a su chófer y a su escolta, hasta algún reciente candidato al Parlamento Europeo que suscribió los últimos fusilamientos de Franco. Lo último que podemos creernos los españoles es que los 23 procesados en Campamento por el intento de golpe de Estado de 1981 completaron la nómina total de los responsables de aquella asonada.

CUMPLIMIENTO DE CONDENA

Los procesos en Grecia, tras la dictadura de los coroneles, no llevaron a prisión a tantos militares griegos como argentinos, pese a que los crímenes de ambos fueron igualmente ominosos. Y este corresponsal ignora, aunque le gustaría saberlo, cuántos sayones de la Policía Internacional de Defensa del Estado de la dictadura portuguesa fueron procesados y han cumplido sus condenas.

En la República Oriental de Uruguay no se ha llevado adelante ni un solo proceso contra los responsables de su reciente dictadura militar, amparados por una ley de amnistía que muchos ciudadanos quieren retocar mediante un referéndum, mediando otros muchos que estiman que el paisito ya tiene bastantes problemas como para chocar con sus, también incólumes, fuerzas armadas. Otrosí de la República Federativa de Brasil, que todavía no es más que una democracia tutelada militarmente y en la que el problema de la exigencia de responsabilidades penales a los homicidas y torturadores de uniforme ni siquiera se ha planteado.

Estimar que en Nuremberg las potencias aliadas juzgaron "hasta el final". a los responsables y partícipes de la locura nazi podría ser tenido, cuando menos, como una exageración histórica. El reciente juicio de Lyón de Klaus Barbie ha recordado que junto a la eminente resistencia convivió un colaboracionismo y que aún estamos todos esperando los procesos sobre la batalla de Argel, donde los delgados, hermosos y heroicos paracaidistas franceses, retratados por Jean Laterguy, descubrían los secretos de la picana y violaban a las argelinas con botellas de cerveza, tal como relató por experiencia propia una letrada tan emérita como Djamila Boupachá.

La República austriaca se encuentra presidida ni más ni menos que por un ex secretario general de las Naciones Unidas, Kurt Waldheim, denunciado por los servicios de inteligencia estadounidenses como oficial interrogador del ejército de ocupación alemán en Yugoslavia. La Resistencia francesa fue una broma entusiasta si se la compara con los trabajos y sufrimientos, mucho menos publicitados, del ejército partisano del mariscal José Broz, alias Tito. Los quebraderos de cabeza de las tropas alemanas en los Balcanes pueden resumirse en que media Europa fue liberada de la ocupación nazi por aliados occidentales y otra media por el Ejército Rojo. Sólo un país europeo arrió la esvástica por sí mismo: Yugoslavia. Y la Werhmacht sufrió y combatió esa voluntad definitiva con toda su energía. El actual presidente austriaco, entonces oficial de inteligencia del Ejército alemán y destacado en Yugoslavia, ha merecido los respetos de la comunidad internacional y ahora los merece de su propio pueblo, pese a haber sido sindicado como supuesto genocida. Es correcto por cuanto raramente en la historia se revisa la vida de los protagonistas y, sobre todo, es probablemente inevitable.

Regresamos al día de hoy, al penal militar de Magdalena y a la ley de obediencia debida, que ha desprocesado a cientos de militares y policías argentinos. Los deudos de los picaneados y desaparecidos, no ya desde la dictadura militar de 1976-1983, sino los de quienes sufrieron la tortura y la muerte desde decenas de años antes, tienen derecho a la queja por cuanto la justicia no llegó tan lejos como la iniquidad.

EL PUNTO FINAL

Es verdad que tras las leyes de punto final y de obediencia debida numerosos argentinos pueden coincidir en la calle con los torturadores y homicidas de sus familiares y amigos. Ellos y todos aquellos argentinos que pelearon y pelean por la justicia pormenorizada tienen derecho a su queja, jurídica, política y moral, sin que nadie se la regale. Las madres y abuelas de plaza de Mayo, los integrantes del Centro de Estudios Legales y Sociales, etcétera, pueden levantar su voz airada.

No así los justicialistas renovadores, ortodoxos, verticalistas, históricos, seguidores de este o de aquel cacique provincial, que en 1983 hablaban de "reconciliación nacional", mientras Raúl Alfonsín prometía formalmente enjuiciar a los responsables de la matanza. Eve Bonafini, la madre de hierro de las madres de plaza de Mayo, puede y debe: clamar de indignación. No Antonio Cafiero ni Italo Argentino Lúder, futuro gobernador de Buenos Aires y primer diputado nacional por la provincia y ex candidato presidencial Frente a Alfonsín.

La ley de punto final no establecía el desprocesamiento de nadie, sino que daba un plazo -discutible, pero amplio- para terminar con un rosario de denuncias por violación de derechos humanos que amenazaba con extenderse, como mínimo por toda la legislatura radical de seis años. Contra ella cabía una negación razonable: los delitos contra la humanidad no prescriben nunca. A favor de ella, y como quedó demostrado rápidamente, podía argumentarse que las fuerzas armadas argentinas tienen escasos puntos de referencia con las helvéticas, las estadounidenses, las británicas o hasta las españolas.

REBELIONES BLANDAS

En Semana Santa, una sublevación militar blanda, encabezada por los cuadros militares medios del Ejército, exigió del Gobierno una ley de obediencia debida que desprocesara a todos los que hubieran recibido órdenes, por aberrantes que fueran, incluidos los generales, almirantes y comodoros del Aire que no tuvieran mando de zona. Se rompió la cadena de mando y el Ejército revino en una banda insurrecta que hizo posible una guerra civil. Alfonsín lo intentó todo durante aquella auténtica Semana de Pasión, incluida la apuesta de riesgo físico personal.

Finalmente sancionó la ley, previamente aprobada por el Parlamento gracias a la ausencia de la primera minoría peronista, que políticamente se lavó las manos, pero, con sentido de Estado, permitió su sanción. No es éste un análisis de las elecciones parciales argentinas del pasado 6 de septiembre, pero debe recordarse que nadie en Argentina puede creer seriamente que con el peronismo en el Gobierno se hubiera llegado más allá en la Justicia o se hubieran impedido los desprocesamientos que ha propiciado la obediencia debida.

Lo que debe ahora destacarse es que en la República Argentina, no sólo por la voluntad explícita del presidente Alfonsín, sino por la del 52% de los votos que en 1983 le dieron el poder, se ha levantado la defensa de los derechos del hombre tan arriba como se ha podido, y se ha podido bastante. Sea como fuere, y aun siendo una realidad que "los asesinos andan sueltos" -¿en qué nación los asesinos no andan sueltos?-, debe escribirse que en esta esquina inestable y empobrecida del mundo, un Gobierno que se reclama intelectualmente del krausismo ha llegado en la defensa de la dignidad del hombre bastante más lejos que otras repúblicas o reinos ricos e institucionalmente ordenados que miran con suficiencia moral hacia el empobrecido Cono Sur americano.

* Este artículo apareció en la edición impresa del viernes, 18 de septiembre de 1987.

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