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Reportaje:El ocaso de la guerrilla argentina

Los montoneros, auge y caída del peronismo armado

La organización está prácticamente desmantelada, sus dirigentes huidos o encarcelados

Buenos Aires
De los montoneros, supuesto brazo armado del peronismo que inició la lucha armada en Argentina a mediados de los años setenta, sólo queda ya prácticamente, el mito. Tolerados al principio, incluso utilizados por el líder justicialista Juan Domingo Perón como parte de su estrategia para recuperar el poder, fueron pronto desautorizados. Luego, la represión del Gobierno de María Estela Martínez de Perón, y sobre todo de las tres juntas militares, diezmó la organización de tal forma que apenas cuenta hoy con un centenar de seguidores. Detrás quedan varios millares de sus militantes muertos o desaparecidos. Sus intentos de volver a la escena política tras la restauración de la democracia se han saldado con el fracaso.

La organización guerrillera Montoneros, de origen peronista, que actuó política y militarmente en Argentina durante la década de los años setenta, no es hoy más que un dirigente preso, dos en el exilio, menos de un centenar de militantes, la memoria de unos 5.000 jóvenes muertos... y una serie de cuentas bancarias millonarias en dólares.Hace poco más de un mes, en la marcha de las juventudes de todos los partidos políticos contra el Fondo Monetario Internacional, unos 50 jóvenes se acercaron a la cabeza de la columna y desplegaron una enorme pancarta en la que se leía: "El peronismo montonero también hizo la democracia". Pasados los primeros momentos, de desconcierto y evidente tensión, los militantes encargados de la seguridad de la marcha, que se conectaban por medio de aparatos radiotransmisores, dieron la orden de avanzar "sin darles bola a los montos".

Esa imagen, la de casi 100.000 manifestantes pasando por debajo o por un costado de la pancarta montonera y cantando sus propias consignas sin atender al casi inaudible coro que insistía con el clásico "montoneros, carajo", resulta ser una síntesis política ajustada a la realidad. Los militantes montos ni siquiera lograron incorporarse a la multitudinaria y desordenada columna de la Juventud Peronista, donde se reunían grupos pertenecientes a las distintas corrientes internas. Al fin, marcharon solos, sin que nadie se ocupara de ellos.

Dos meses antes, el 2 de abril, segundo aniversario de la invasión argentina de las islas Malvinas, unos cuantos montoneros se mezclaron entre los ex combatientes y militantes de los partidos mayoritarios que marcharon contra la torre de los Ingleses, tradicional monumento ubicado en una plaza céntrica de Buenos Aires. Allí fueron protagonistas de incidentes menores, que terminaron en cuanto llegó la policía. Como acto elegido para la reaparición pública no estuvo mal pensado por los responsables. En el repudio a los británicos y la reafirmación de la soberanía argentina en las islas Malvinas caben todos los partidos políticos, de derecha a izquierda. Menos los montoneros: al día siguiente no sólo se lamentaban por su presencia los observadores políticos, sino que también la opinión pública se estremecía ante la posibilidad de que esa chispa incendiara nuevamente la historia. La revelación del horror, el drama vivido y el dolor soportado por el hombre común son llagas que todavía arden demasiado apenas se les roza.

Acciones suicidas

Desde su espectacular irrupción en la escena política argentina, a mediados de 1970 (secuestro y muerte del general Pedro Eugenio Aramburu, ex presidente del Gobierno militar que se instauró tras el golpe de Estado de 1955, que derrocó a Perón), la trayectoria de los montoneros se convirtió en una sucesión de acciones suicidas. Su crecimiento como supuesto brazo armado del peronismo fue rápido y desmesurado. El propio Perón los toleró desde el exilio y alentó como parte de su estrategia para recuperar el poder.

El regreso de Perón,al país y las elecciones de 1973, que el peronismo ganó cop el 60% de los votos, no sólo no resolvieron el conficto ideológico, sino que, por el contrario, lo hicieron estallar. Poco tiempo antes de morir, el 1 de mayo de-1974 en la concentración del Día del Trabajador en la plaza de Mayo, hablando desde los balcones de la Casa Rosada, sede del Gobierno, Perón contestó a las consignas que cantaban los montoneros llamándoles "jóvenes imberbes". Cuando aún no había. concluido su discurso, miles de militantes abandonaron el lugar.

Ese enfrentamiento público, incorporado a la historia como "el día que Perón los echó de la plaza", llevó a la organización a un callejón sin salida., Aislados del movimiento peronista, repudiados por el líder en nombre del cual reivindicaban sus acciones, sin propuestas ni objetivos -políticos claros, se replegaron sobre sí mismos para continuar la lucha armada. El enemigo era ahora "el entorno de Perón". Su secretario privado, José López Rega, armó desde el poder a las bandas paramilitares autodenominadas Alianza Anticomunista Argentina (Tres A), que salieron a la caza de los subversivos montoneros.

En el mes de julio de 1975, la dirigencia montonera decide pasar a la - clandestinidad. Los militantes de base, que no habían sido alertados previamente, quedaron desamparados, sin contactos ni protección. En diciembre de ese mismo año, los Montoneros y el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) deciden, en una acción conjunta, copar un batallón del Ejército cercano a Buenos Aires. Cuando llegan, los estaban esperando. Poco tiempo después, el 24 de marzo de 1976, se produce el golpe de Estado. Una junta militar que encabeza el general Jorge Videla voltea al Gobierno constitucional de María Estela Martínez, viuda de Perón. Por entonces, los Montoneros habían pagado sus errores con cientos de muertos, pero todavía cometerían más y ya los muertos pasarían a ser miles. A Mario Eduardo Firmenich, uno de los tres integrantes del grupo inicial que queda vivo, no pareció importarle demasiado. Tiempo después, en el exilio, declararía que "estaba previsto que las bajas afectaran al 70% de nuestros militantes".

En enero de 1979 la conducción nacional de los Montoneros decide desde el exterior lanzar una contraofensiva contra la que ellos suponían "dictadura militar acorralada". En un documento publicado en la revista clandestina Evita montonera decían: "Ahora que los hemos frenado y desgastado, los tenemos que atacar para empujarlos al abismo. Como en el boxeo, cuando se ha desarmado la guardia del rival, hay que correrlo por todos los rincones, descargando la máxima cantidad de golpes posibles antes de que suene la campana y se vaya a su esquina a reponerse de la paliza recibida". Cientos de jóvenes mueren en el intento. El boxeador acorralado responde con golpes tremendos.

El 5 de junio de ese año los dirigentes Rodolfo Galimberti, Juan Gelman, Julieta Bullrich, Pablo y Miguel Fernández Long dan a conocer públicamente las razones de su alejamiento. A partir de ese momento, Galimberti diría de la cúpula encabezada por Firmenich que "son un puñado ensangrentado de burócratas". En abril de 1980 otro grupo, entre los que se encuentra el periodista y escritor Miguel Bonasso, decide también la ruptura con la conducción.

Plan para legalizarse

En mayo del año pasado, cuando la dictadura agonizaba, murió en un enfrentamiento Raúl Clemente Yaguer, el número tres de 1 organización. Pocos días despué otro dirigente, Eduardo Pereira Rossi, es secuestrado y muerto po un grupo parapolicial. La conducción nacional de los Montonero queda reducida a tres comandan tes, Firmenich, Roberto Cirilo Perdía y Fernando Vaca Narvaja. Entre los tres disponen de los fondos depositados en bancos de Suiza y Estados Unidos. En uno solo de los secuestros de su mejor época, el de los hermanos Born, dueños de la multinacional más poderosa del país, obtuvieron 60 millones de dólares, de los que conser van más de 30. Los intereses que da ese dinero les basta y sobra para mantenerse en movimiento.

El plan ahora es legalizarse .Descubren que la tarea es "participar en el Partido Justicialista como una parte de la lucha por la recomposición y unidad del movi miento peronista". El contacto se inició en 1981 con el sector denominado Intransigencia y Movilización, corriente que dirige el sena dor Vicente Saadi, y que agrupa a la izquierda peronista. Del acuerdo inicial salió un periódico de edición nacional, con talleres y máquinas propias, llamado La Voz El Gobierno militar denunció en una conferencia de prensa que los Montoneros financiaban ese proyecto, pero las requisas y allanamientos ordenados no lograron probar la acusación.

La derrota electoral del peronismo en octubre de 1983 no pareció afectar al pacto. El paso siguiente consistió en una declaración de apoyo al Gobierno democrático y en el anuncio de la llegada a Buenos Aires de dos ex gobernadores peronistas, Flicardo Obregón Cano y Óscar Bidegain, ligados a la rama política de los montoneros. En el mismo aeropuerto, los dirigentes alcanzan a leer ante los, periodistas el anuncio de la disolución del Movimiento Peronista Montonero, pero inmediatamente después Obregón Cano es detenido. Se le acusa de violar leyes dictadas por el Gobierno militar. También Bidegain es reclamado por la justicia, pero se le concede el tiempo y la oportunidad para que pueda salir del país. Es un hombre ya mayor que está enfermo. Al Gobierno no le conviene este tipo de presos políticos. Bidegain regresa a España, donde la organización mantiene alquilada una casa montonera en Puerta de Hierro.

El caso Firmenich

Ante la certeza del riesgo que corre si regresa, Firmenich modifica su plan y decide radicarse en Brasil. Ingresa como turista y permanece el tiempo suficiente Para que su esposa, embarazada, pueda tener el hijo en ese país. Con un niño brasileño, Firmenich espera impedir su extradición, pero se equivoca nuevamente. La ley fue modificada en 1980 y ya no basta con eso. Debería tener al menos cinco años de residencia y que su esposa fuera brasileña. Al presentarse en el Consulado argentino de Río de Janeiro es detenido y el Gobierno pide su extradición, concedida finalmente por Brasil. Fernando Vaca Narvaja, el número dos de la organización, que vivía a sólo dos calles del apartamento que ocupaba Firmenich, abandona Brasil antes de que la policía pueda detenerlo.

Los líderes de Intransigencia y Movilización Peronista no se hacen cargo de la situación. Es más, la aprovechan para desmarcarse de los Montoneros. El reclamo por la libertad de Firmenich es débil. En realidad, ningún dirigente quiere comprometerse con él. El caso Firmenich despierta más solidaridad en el exterior que en su país. Varios partidos latinoamericanos, que tomaron contacto con la organización en el exilio, le reclaman ahora al presidente Raúl Alfonsín ,su libertad. Se teme un atentado contra su vida cuando Firmenich sea trasladado a Buenos Aires. El Gobierno argentino, que ha dado garantías sobre su seguridad, no lo detuvo con gusto. Con estos dirigentes en prisión se hace aún más evidente la libertad de Videla y de otros altos jefes de las fuerzas armadas, a quienes juzgan sus padres y se los encierra en apartamentos en las dependencias militares.

El grueso de los militantes de base de los Montoneros se ha diluido en las distintas corrientes de la juventud peronista. Sólo un centenar de ellos se reconoce todavía como tal. La organización no ha hecho su autocrítíca y se encuentra desmantelada. Durante un largo tiempo podría dársela por muerta, pero hay dos razones que lo impiden. Por un lado quedan dirigentes libres y, más que eso, dinero suficiente como para financiar una campaña de captación y regreso. Por otro, se debe considerar que en Argentina la medida del tiempo político no es igual que en el resto del mundo. Tanto el siglo pasado como el que viene pueden ser simplemente ayer o mañana.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 12 de agosto de 1984