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31º Festival de Cine de San Sebastián

Baja calidad, poco público y presupuesto inadecuado en la presente edición

El certamen donostiarra alcanza en esta ocasión los niveles más bajos de los últimos años

San Sebastián
La gran prueba de la calidad y el alcance nacional e internacional de un festival de cine se produce durante el paso de zona media, en los largos días de relleno que hay entre las sesiones inaugurales y las jornadas que preceden a la clausura. En esta 31ª edición, el festival de San Sebastián está exhibiendo una serie de películas de bajo nivel artístico y en algunos casos de altura profesional, que indica la existencia de serios fallos en la organización, de insuficiencia en el presupuesto y, como consecuencia de ello, de un descenso notable del poder de convocatoria alcanzado años anteriores. De seguir así se presume en San Sebastián una difícil solución para el futuro del festival.

El festival de este año ha demostrado un bajo poder de convocatoria, un inadecuado presupuesto y una calidad mediocre de películas. Para abrir y para cerrar brillantemente un festival siempre hay un golpe de suerte o un buen fajo de billetes, de tomas y dacas o simplemente de facilidades de publicidad para traer dos o tres películas de prestigio avaladas por nombres sonoros. Pero para rellenar de buen cine los largos días intermedios entre el principio y el final hace falta algo más que buen tino para una compra y venta indirecta. Hace falta -sin orden de prioridad, porque operan conjuntamente- poder de convocatoria, un presupuesto adecuado a los cines y auténtico olfato organizador, capaz de rastrear las huellas de las películas significativas que se hacen en todo el planeta.Traer un filme de Federico Fellini para abrir el festival de San Sebastián y otro de Woody Allen para cerrarlo puede parecer a algún ingenuo un indicio de méritos en la gestión, pero no hay en ello mérito alguno: cosas así se consiguen con negociación y plumazo, ya que sólo son transacciones comerciales y publicitarias. El mérito hay que buscarlo en el tono medio que alcanzan las proyecciones en estos días de tránsito hasta la recta final. Y este año, si nos atenemos a esta gran prueba, el festival de San Sebastián se encuentra en su punto más bajo desde hace varios años.

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Es inconcebible que un filme como I am the cheese, de Robert Jiras, que no alcanza los mínimos profesionales en un cine que puede parecer mejor o peor, como es el norteamericano, pero que siempre trabaja en alto nivel profesional, haya sido llamado y proyectado aquí. ¿Quién la visionó y eligió? ¿Es que entre los 200 o 300 filmes que se producen cada año en Estados Unidos no hay otro digno de ocupar la plaza de esta torpe incursión de aficionados? Seguro que lo hay. Lo que ocurre es una de tres: o no se vio el filme, o quien lo visionó no era la persona adecuada, o esta persona era adecuada, pero no vio otros filmes para hacer las oportunas comparaciones. Son síntomas graves de fallos de organización.

Porque esta mediocre película está lejos de ser única de esta pasta. Ayer nos pasaron Crzyc, un indigerible filme polaco de Bárbara Sass, y To Repo, un lamentable filme neorrealista griego, de Vasilis Vafeas, no menos intragable que el polaco. De lo contrario, la organización del festival corre el riesgo de rebajar la vieja filosofía del escaparate al nivel del basurero.

De todo cuanto se ha exhibido hasta ahora -al margen del filme inaugural de Fellini-, sólo el francés Coup de foudre merecía estar aquí. Las dos películas españolas exhibidas hasta ahora, El pico, de Eloy de Laiglesia, y Vestida de azul, de Giménez Rico (que tiene menos calidad que El arreglo, de J. A. Zorrilla, un notable ejercicio de ficción pura, pero éste ha sido relegado al segundo plano, que no debiera serlo, de la sección de nuevos realizadores, en la que ha sido incluido también Soldados de plomo, primer filme dirigido por José Sacristán), carecen de todo valor digno de consideración.

Si los poco más de 80 millones presupuestados para esta 31ª edición del festival de San Sebastián no bastan para crear un equipo dinámico, coherente y solvente que visione durante 11 meses, aquí y allá, películas y más películas, rechazando de plano las que no alcancen un nivel profesional serio y unos mínimos de creatividad, que se aumente este presupuesto, que el Ministerio de Cultura duplique o triplique su ayuda o que se hagan los remiendos financieros que se quieran.

Bajo poder de convocatoria (Godard, Resnais, Wajda, Antonioni, Oshima y Bergman, entre otros, tienen este año película y ninguna está aquí), ridículo presupuesto (80 millones contra más de 200 en Venecia y los incalculables en Cannes) para las ambiciones competitivas del festival y dudosa competencia en los criterios de selección son hasta ahora los tres rasgos generales, muy alarmantes, de lo que hemos visto.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 20 de septiembre de 1983