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Editorial:

Indira Gandhi en Estados Unidos

SERÍA MUY exagerado decir que la visita de Indira Gandhi a la Casa Blanca supone un cambio de alianzas de la India. Incluso sería exagerado decir que la India mantiene una alianza con la Unión Soviética: ha habido y hay aún una fuerte tendencia hacia ese país, y unos acuerdos concretos, muy combatido todo ello por una parte poderosa de la opinión india que representó un papel importante en la temporal caída de esta proteica dama que un tiempo después recuperó toda la extensión -que es mucha- de su poder. India mantiene unas relaciones especiales con la URSS basadas sobre todo en una cierta noción de su seguridad: bordeada por Pakistán y por China, con las que ha mantenido guerras, requiere un equilibrio de poder con el que poderse enfrentar a esos países sostenidos por Washington o, por lo menos, enemigos de la URSS.Hace ya tiempo que la India se distancia de Moscú. La invasión soviética de Afganistán marcó un instante decisivo: India no hizo una condena oficial del suceso -ni la ha hecho todavía-, pero Indira Gandhi sí ha expresado su reprobación personal. Más que un interés específico por el desdichado país, Indira Gandhi se sumaba así a un movimiento muy extendido en el Tercer Mundo y la dirección de ese Tercer Mundo es una vieja aspiración de la India -desde Nehru en Bandung. Era al mismo tiempo la ocasión de aproximarse a Washington. IndiraGandhi lo hizo ya personalmente a Reagan en Cancún, y hay entre los dos un estimulante intercambio de cartas. Moscú no representa hoy la fuerza, el modelo, el futuro, la imagen de restauración que tuvo undía para el Tercer Mundo. Parece haber más seguridad en la relación con Washington. Y sobre todo más dinero. Indira Gandhi, apremiada por las circunstancias y por la oposición, que le dio una lección tan dura como el procesamiento, trata de modificar la economía de su país, cambiar el dirigismo -en lo posible- por la libre empresa. Y eso no se hace hoy en el mundo sin contar con los Estados Unidos.

El viaje ha estado rodeado de preludios enfáticos por las dos partes. No es el menos significativo el que ha publicado, mediante pago de páginas completas de publicidad en la Prensa americana, un grupo de empresas indias para explicar a su manera la importancia del desplazamiento de la señora Gandhi. Consiste en una literatura en la que se explica que los dos países son las dos democracias más grandes del mundo (por lo menos, en tamaño); que hay una comunidad de ideales y principios, y una común herencia de valores humanos y liberales (deben referirse a la inglesa, de la que los dos países se deshicieron a su debido tiempo, entendiendo que sus respectivas colonizaciones no cumplían exactamente esos valores), y que los dos mantienen todo ello mientras otros países "han abandonado la democracia o se han comprometido con ideologías autoritarias". No es la primera vez que esta literatura de alto nivel humanista se mezcla con negocios de, importación y de exportación. Aun así, sorprende ver a Indira Gandhi asumiendo esta específica forma de gobernar y de dirigir a un pueblo al que la opinión mundial no suele imaginarse disfrutando de los beneficios de igualdad y de permeabilidad política y social que representa la democracia. Sin embargo, hay muchas posibilidades de comprender que Indira Gandhi y Ronald Reagan pueden tener muchos puntos de vista en común acerca del mundo. Y de algunas cuestiones asiáticas.

Si para Indira Gandhi esta nueva relación, es importante por muchas razones, lo es también para Reagan. Lo que consiga de su nueva amiga puede unirlo a la nueva campaña de aproximación a China: parece que en un nuevo intercambio de cartas con Pekín -Reagan se distingue por realizar una política epistolar muy intensa- ha conseguido que los chinos acepten más o menos el riego de armas que el presidente va a hacer en Formosa, y que hacia septiembre pueda haber un comunicado conjunto que reviva las condiciones del "comunicado de Shanghai" de 1972, mortecino desde la llegada de Reagan al poder. Son dos bazas mayores para Estados Unidos en la zona asiática de su enfrentamiento global con Moscú y una forma de entrar de nuevo con fuerza en una región que perdió con la guerra del Vietnam.

Indira Gandhi ha llevado chales de Cachemira para obsequiar a los Reagan en la Casa Blanca. Un cuidado obsequio: modesto si se compara con los macizos y pesados objetos que suelen servir de intercambio en estas visitas. Pero explícito en cuanto a la naturaleza de la delicada cultura india, de sus promes as de intimidad y amistad. No lleva un cambio de alianzas, pero sí un primer paso para un cambio profundo de situación. Estados Unidos tendrá que pagar con dinero inmediato: siempre será una buena inversión.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 30 de julio de 1982