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Tribuna:DIARIO DE UN SNOB

Nuestros mayores

El ministro de Trabajo, señor Rengifo, ha rendido homenaje a nuestros mayores. Me lo dijo una vez Evaristo Acevedo, antes de que los dos cayésemos en la sima silenciosa de la sordera:Los ancianitos son una lata.

Para el Régimen, no. Para el Régimen, los ancianitos no son una lata, aunque les paga poco y todos los días recibo cartas de jubilados especificándome las cifras chistosas de su pensión. En la Ciudad Deportiva del Real Madrid se ha celebrado la Semana Internacional de Homenaje a Nuestros Mayores, organizada por la Seguridad Social. Pero la realidad de la verdad de la vida, es que vivimos una sociedad de jóvenes tecnócratas, cruel y colérica, donde nuestros mayores cobran poco, son una lata, como ya previera Evaristo, y se les posterga a la trasera del automóvil, con el almohadón bordado y el perro de cabeza flotante, en los fines de semana.

Cuatro mil pensionistas, vestidos algunos de Dama de Elche o de Torre del Oro, se han visto implicados en esta solución folklórica a los problemas reales del jubilado, cuando la protesta de nuestros mayores y otras gentes de la tercera edad, a propósito de sus miserables rentas y su marginación social, es una constante periodística y callejera de todo el año en España.

Iba yo a comprar el pan y me encontré a Carlos Luis Alvarez, que me da su libro Un periodista en la dictadura, libro fulmíneo y flamígero con el que Cándido ha hecho, al fin, su crónica sentimental de España, sus canciones para después de una guerra, sus memorias de un niño de derechas.

-¿Qué tal pones a nuestros mayores, los que se mataron como brutos en la guerra?.

-Empiezo a temer, querido Paco, que nuestros mayores somos ya nosotros mismos.

Nosotros, los niños de la guerra, nos vamos convirtiendo en nuestros mayores, y se nos casa gente que no se había casado nunca, como el cura Paco García Salve. Llegué tarde a la boda porque los curas y los guardias habían decidido adelantarla, por la cosa del tumulto se conoce.

-El cura me ha dicho que él es un mandado- me explica Paco García Salve.

- Un mandado de Dios, supongo. O del director general de Seguridad, que viene a ser lo mismo. Me lo decía la otra noche, cenando, el profesor Tierno Galván.

-Los buenos arqueólogos, eruditos Y numismáticos de provincias suelen ser del Cuerpo de Correos.

O sea, nuestros mayores. Yo creo que Tierno Galván también es nuestros mayores. Pero no le he visto vestido de maragato en esa Semana del Homenaje a Nuestros Mayores. Yo, como todos los que escribimos en los periódicos, supongo, recibo casi a diario cartas de jubilados, temblorosas y emocionantes cartas que van del rosa al amarillo, y donde nuestros mayores se quejan de lo poco que les pagan, de lo olvidados que les tienen. Bueno, pues en lugar de mejorarles la pensión, se gastan la pastizara en organizarles una verbena senil, un bautizo folklórico sin criatura, porque ellos y ellas -ay-, ya están secos para parir.

A mí me parece, con perdón, que esta Semana de agasajo oficial a nuestros mayores, es como el último globo del franquismo que se ha escapado de un cielo ya clausurado. Un acto multitudinario, en plan demostración sindical, que tiene la impronta de los movimientos de masas totalitarios, como una fecha huida del calendario franquista.

O del calendario azteca, que está ya casi igual de lejos.

Por las mismas fechas han venido a Madrid los maestros de escuela (ahora les llaman EGB, que unas siglas se domestican mejor que un individuo), a pedir sus derechos, Y les han negado la jubilación a los sesenta, con treinta de servicios. ¿Cómo hablar entonces de veneración y tributo a nuestros mayores? Son los viejos maestros machadianos de que habla Carlos Luis en su libro, de que hablamos todos en nuestros libros de infancia o catones sentimentales Y críticos. Pero nosotros, que fuimos los niños de la guerra, vamos siendo ya nuestros mayores, sí. Cualquier día nos visten de mañico achacoso Y nos llevan a bailar delante del ministro.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 16 de noviembre de 1976