El regreso de Isabelle Adjani, la altiva musa francesa que ahora ha aprendido a reírse de sí misma

La musa francesa vuelve al cine con aire autoparódico en ‘Peter Von Kant’ y Filmin recupera su obra maestra de hace 40 años, ‘Posesión’, en la que la dio una de las interpretaciones más sobrecogedoras de la historia del cine europeo

Isabelle Adjani en la alfombra roja del Festival de Cannes en 2019.Foto: ALBERTO PIZZOLI (AFP VIA GETTY IMAGES)

Hay un diálogo en Peter Von Kant, la última película del director francés François Ozon que acaba de estrenarse en Francia, en el que alguien dice que las personas con fama y éxito suelen tener una edad avanzada, y entonces el personaje de Isabelle Adjani (París, 67 años), una diva decadente, apostilla: “Yo soy la excepción que confirma la regla”. Es un guiño de metaficción entre la actriz y su personaje, pero el asunto no se agota en un mero chiste. En este remake del drama Las amargas lágrimas de Petra Von Kant, de Reiner Werner Fassbinder, Adjani ejecuta lo que podría entenderse como una autoparodia. Lo que sugiere que, contradiciendo su imagen pública, no le falta sentido del humor.

Este estreno coincide con la llegada a la plataforma Filmin de la versión restaurada en 4K de La Posesión (1981), de Andrej Zulawski, en la que, hace más de 40 años, la misma intérprete ofrecía la cara opuesta de su talento. “Es una película que arriesga y acierta, que desconcierta, seduce e incomoda, y ha marcado el camino a seguir a muchos creadores que hoy están presentes en nuestro catálogo”, razona Jaume Ripoll, cofundador y director editorial de Filmin. “Sin ella no existiría Under my skin (2013), por poner un ejemplo”. Para Adjani aquel fue un trabajo extremo y temerario que le reportó numerosos premios, pero a cambio de aquel otro regalo tuvo que sufrir durante el rodaje una experiencia traumática que contribuyó a forjar su personalidad dentro y fuera de la pantalla.

Isabelle Adjani es una especie en peligro de extinción, una de las últimas representantes su estirpe. Personaje de sí misma, encarna un tipo de actriz, inaccesible y más grande que la vida, que el cine norteamericano fue abandonando progresivamente a partir de los años sesenta del pasado siglo, y que hoy solo pervive en Francia, donde de todos modos tampoco parece encontrar relevo en las siguientes generaciones. Ni siquiera otras estrellas de su país como Juliette Binoche o Marion Cotillard irradian esa presencia en la que el misterio lo es todo y cualquier cosa que huela a natural u ordinario está descartada.

El periodista cultural Alex Vicente, editor de Babelia y antiguo corresponsal cultural de EL PAÍS en París, resume así su trayectoria: “De las tres grandes actrices que despuntaron en el cine francés posterior a la nouvelle vague, Isabelle Huppert, Juliette Binoche e Isabelle Adjani, es esta última quien ha tenido una carrera más impredecible y tortuosa. Lo tuvo todo: fue la nominada más joven al Oscar a la mejor actriz protagonista hasta entonces, ganó cinco premios César y tuvo estatus de heroína nacional en Francia, que llegaría a su cénit con La reina Margot (1994). Pero después dilapidó esa fortuna en tiempo récord y se acabó convirtiendo en una caricatura de sí misma, hasta el punto de encarnar el estereotipo misógino de la diva trastornada”.

Isabelle Adjani y Sam Neil en el estreno de 'La posesión' en 1981.
Isabelle Adjani y Sam Neil en el estreno de 'La posesión' en 1981. Jean-Louis URLI (Gamma-Rapho via Getty Images)
Roman Polanski e Isabelle Adjani durante el rodaje de 'El quimérico inquilino' en 1976 en París.
Roman Polanski e Isabelle Adjani durante el rodaje de 'El quimérico inquilino' en 1976 en París. Sveeva VIGEVENO (Gamma-Rapho via Getty Images)

En 1981, cuando protagonizó La posesión, ya era una joven actriz muy respetada y popular. El papel le valió el premio de interpretación en el festival de Cannes (obtenido también ese mismo año por su labor en Quartet, de James Ivory), y su primer César, entre otros muchos galardones, pero supuso también el descubrimiento de un camino que no deseaba seguir transitando. En esta alegoría de la brutalidad que implica toda ruptura de una pareja, contada en clave de ciencia-ficción, Adjani ejecutaba cosas que ella misma calificaría después como “irrealizables”. Entre ellas mantener relaciones sexuales con un monstruo en forma de calamar gigante o sufrir un arrebato que se iniciaba con carcajadas histéricas, proseguía con alaridos y convulsiones y terminaba con ella desparramada por el suelo, supurando sangre y un fluido blancuzco por sus orificios.

Pero, sobre todo, durante la filmación tuvo que someterse a los discutibles métodos del director, conocido por poner a sus intérpretes al borde del abismo. “Nunca volvería a hacerlo. Hay que ser extremadamente joven o antifeminista para creer que una saca algo de hacerse manipular y martirizar”, declaró en una entrevista a Ia revista Inrocks en 2018 sin especificar más. Por su parte, exhibiendo una frivolidad que hoy resulta tan difícil de contemplar como aquellas escenas, el propio Zulawski aseguraría en otra entrevista que Adjani había intentado suicidarse cortándose las muñecas con una cuchilla de afeitar tras verse a sí misma en el estreno.

El director atribuía su desesperación a que la película contradecía con demasiada violencia la imagen que ella estaba empezando forjarse de sí misma, la de una criatura perfecta e intocable, que con el tiempo la habría llevado a convertirse, a golpe de cirugía estética, en una nueva versión del retrato de Dorian Gray. “Quiere parecer más joven que sus hijos”, concluía.

Además de ilustrar la exigencia de juventud eterna que sigue aplicándose a las actrices, todo esto habla del control al que Adjani sometería a partir de entonces los distintos aspectos de su vida, desde la exposición de su físico (el director de fotografía Philippe Rousselot rememoró en la edición francesa de Vanity Fair los tiras y aflojas por esta cuestión durante el rodaje de La reina Margot) hasta sus elecciones profesionales.

Hay dos rasgos que han caracterizado la carrera de Isabelle Adjani, al menos hasta la pasada década. Uno es la exigencia con sus papeles: mujeres de fuerte temperamento, a menudo heroínas trágicas inmersas en crisis de salud mental, que ella ha interpretado con un innegociable sentido del compromiso. Marcó la pauta con su primer gran éxito, Diario íntimo de Adèle H (1975), de François Truffaut, donde encarnaba al personaje real de la hija de Victor Hugo, conducida a la locura por el rechazo del hombre al que amaba. Gracias a aquella película fue, con solo 19 años, nominada por primera vez a un César (que fue para la Romy Schneider de Lo importante es amar, curiosamente dirigida por Zulawski) y también a un Oscar.

Isabelle Adjani y Sharon Stone en el estreno de 'Diabólicas' en Los Ángeles en 1996.
Isabelle Adjani y Sharon Stone en el estreno de 'Diabólicas' en Los Ángeles en 1996.Vince Bucci (AFP via Getty Images)

Suele contarse que el rodaje resultó algo tormentoso porque Truffaut se obsesionó con ella, como le había ocurrido otras veces con sus actrices (Jeanne Moreau, Françoise Dorléac, Claude Jade, Catherine Deneuve o Fanny Ardant), solo que en este caso intervenía en la ecuación una diferencia de edad de 23 años. “Debo de ser la única actriz con la que rodó que le dijo que no”, declaró en una entrevista publicada en Paris-Match en 2013. “Pero cuando no estás preparada, no estás preparada”. Otros de sus mejores papeles en esta línea serían Nosferatu de Herzog (1979), El verano asesino de Becker (1983), Mortelle randonnée de Miller (1983), Camille Claudel de Nuytten (1988) y La reina Margot de Chéreau, quizá la cumbre de su filmografía.

El segundo factor que condiciona su trayectoria es la tendencia a tomarse periodos más o menos largos de inactividad, generando con cada uno de sus regresos a la pantalla cierto clima de expectación. Es un patrón que se ha achacado a un supuesto carácter difícil, pero también puede responder a una estrategia basada en la tensión entre presencia y ausencia, lo que se ve y lo que se oculta, típica en las carreras de algunas de las grandes del Hollywood clásico al estilo de Greta Garbo e Ingrid Bergman.

Como una nueva Garbo o Bergman se la lanzó en sus inicios en los Estados Unidos, donde debutó en 1978 con Driver, junto a Ryan O’Neal. A pesar del respeto de sus colegas norteamericanos –ha sido nominada al Oscar dos veces, por Adèle H y Camille Claudel–, da la impresión de que el Hollywood contemporáneo no encaja con su personalidad, y sus pocas incursiones allí se saldaron con fracasos comerciales y artísticos, caso de Ishtar (1987) y Diabólicas (1996).

En la primera de ellas se embarcó junto a quien entonces era su pareja, Warren Beatty. Varios de sus compañeros sentimentales han pertenecido al sector del espectáculo, como los actores franceses André Dussolier y Francis Huster (con los que coincidió en sus inicios en la Comédie-Française), el director de fotografía y realizador Bruno Nuytten (con quien en 1979 tuvo a su primer hijo, Barnabé Saïd-Nuytten), el intérprete británico Daniel Day-Lewis (padre de su segundo vástago, Gabriel-Kane, que nació en 1995, poco después de su separación), o el compositor Jean-Michel Jarre. Ella hizo pública esta última ruptura en una portada de la revista Paris-Match, explicando que Jarre la había engañado con la también actriz Anne Parillaud: “Le creí y me traicionó”, decía el titular.

Isabelle Adjani en la gala de los Oscar de 1990.
Isabelle Adjani en la gala de los Oscar de 1990. Ron Galella, Ltd. (Ron Galella Collection via Getty)

Con la prensa ha mantenido una relación ambivalente que también ha contribuido a su leyenda. Esto ha incluido desencuentros como el que se produjo en el festival de Cannes de 1983, donde los fotógrafos le dieron la espalda y depositaron sus cámaras en el suelo en señal de protesta después de que ella cancelara el habitual posado para los medios para conceder una exclusiva. De un signo muy diferente fue su aparición en un informativo televisivo en 1987, a lo que se vio obligada para negar el rumor de que había contraído el sida. Muchas veces se ha insinuado que su comportamiento en los rodajes ha sido problemático, lo que en el caso de Las hermanas Brontë (1979), de André Téchiné, le habría supuesto una rivalidad vitalicia con la otra grande de su generación, Isabelle Huppert. Adjani declaró en 2014, durante una entrevista al diario Libération, que si en los ochenta Huppert acaparó los mejores papeles del cine francés fue gracias a su relación sentimental con el productor Daniel Toscan du Plantier. Dos años más tarde, sin embargo, zanjó la cuestión en otra entrevista con L’Express asegurando que el supuesto pique era una invención de los medios que solo se sustentaba en que las dos compartían nombre de pila.

Isabelle Adjani en Cannes durante la presentación de 'La reina Margot', uno de sus mayores éxitos en Francia, en 1994.
Isabelle Adjani en Cannes durante la presentación de 'La reina Margot', uno de sus mayores éxitos en Francia, en 1994. Pool BENAINOUS/DUCLOS (Gamma-Rapho via Getty Images)

En los últimos años, sin embargo, ha ofrecido una imagen algo menos altiva. Ha tratado con ironía su imagen pública en películas como Bon voyage, de Rappeneau (2003), Mascarade de Nicolas Bedos (2022) o la propia Peter Von Kant. Pero también se ha manifestado acerca de su infancia y orígenes familiares, temas sobre los que en otros tiempos solía pasar de puntillas. Hija de inmigrantes, creció en la banlieue (el extrarradio) parisina. Su padre, Mohammed-Chérif Adjani, era un mecánico de coches nacido en Argelia (“guapo como Marlon Brando”, en palabras de Isabelle), y su madre la alemana Augusta Schweinberger. Como ella misma ha contado en varias entrevistas, la relación familiar siempre fue conflictiva, marcada por el carácter autoritario del padre y la frialdad de la madre. En 1983 ella acompañó a Mohammed en el hospital durante sus últimos días, para lo que abandonó precipitadamente el rodaje de la película Prénom: Carmen de Godard (1983), donde la sustituyó otra actriz.

Su hermano, el fotógrafo Eric Adjani, falleció en 2010 debido a una crisis cardiaca tras un largo historial de abuso de alcohol y drogas. “Estaba atrapado”, declaró ella en L’Illustré hace cuatro años. “Fui su enfermera desde muy temprano, a pesar de que solo nos llevábamos dos años. Es un fracaso terrible no poder ayudar a alguien que amas a salir de esto”.

No es casual que estos días Isabelle Adjani esté en un teatro parisino interpretando a Marilyn Monroe, con quien comparte unos orígenes difíciles y una relación tortuosa con la propia imagen: “Era otro ángel caído al que el star system corrompió”, apunta Vicente. “Adjani sigue siendo una estrella, aunque a ratos parece que siga esperando su último gran papel. Me fascina su última metamorfosis en actriz camp, que asume su condición de estrella venida a menos, en la película de François Ozon”. Como ocurre con toda su filmografía, surcada de altos y bajos, ver esta película es una oportunidad para asistir a un fenómeno único e irrepetible. Ya no quedan divas como Isabelle Adjani.

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Ianko López

Es gestor, redactor y crítico especializado en cultura y artes visuales, y también ha trabajado en el ámbito de la consultoría. Colabora habitualmente en diversos medios de comunicación escribiendo sobre arte, diseño, arquitectura y cultura.

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