Almudena Grandes
Columna
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No hay amor sin admiración

El editor Juan Cerezo recuerda la carrera de Almudena Grandes desde que irrumpió en el panorama literario español con una romperadora novela erótica, ‘Las edades de Lulú', hasta los ‘Episodios de una guerra interminable’

El director editorial de Tusquets, Juan Cerezo, habla con la escritora Almudena Grandes durante la celebración del 50º aniversario de la Editorial Tusquets, en 2019.
El director editorial de Tusquets, Juan Cerezo, habla con la escritora Almudena Grandes durante la celebración del 50º aniversario de la Editorial Tusquets, en 2019.EFE Quique Garcia (EFE)

Se nos ha ido una escritora extraordinaria, se me ha ido una amiga del alma. Nos ha dejado una narradora europea de primer nivel, he perdido a una de las mujeres más importantes de mi vida. La novelista que ha dominado como pocos el poder de la ficción para conmover, y para abordar los asuntos capitales de la historia de España y de nuestra memoria civil, era también, perdonadme, la camarada que nos ha regalado a mí y a todos los que trabajamos con ella, tanta generosidad y tanto cariño, que era imposible no sentirse traspasado por un amor rendido. Debo decirlo, y sé que me comprenderán todos los que la conocieron en mayor o menor medida, incluso los que hablaron unos minutos con ella esperando una dedicatoria: era imposible no quererla.

Era una joven de veintitantos cuando irrumpió con insolente originalidad en la literatura española con Las edades de Lulú, una gozosa y desinhibida novela erótica a la sombra de Boris Vian, que recogía el espíritu de los ochenta, la ruptura de todos los tabúes y represiones. Como dijo Vargas Llosa, una prodigiosa primera novela que, 40 años después de la Nada de Carmen Laforet, nos habla de un nuevo tiempo, de una nueva mujer liberada. Y Almudena contaba, en efecto, que ella era una joven de la Movida que quiso contar su propia generación de mujeres sin complejos, que iban por delante del país, la que encontramos en Malena es un nombre de tango, en Atlas de Geografía Humana, o más tarde en el triángulo amoroso de una novela breve, Castillos de cartón.

Cuando en Los aires difíciles, donde manifestó su indisimulado homenaje a los novelistas del siglo XIX, creó a Sara Gómez, humillada por ser de familia menesterosa, supo que había tocado una deuda histórica pendiente, y que seguiría por ahí. Leyó como posesa libros de historia sobre la República, la Guerra Civil y el franquismo, hurgó en memorias y testimonios, hizo visionados maratonianos de películas de la época… Y con esos materiales levantó una obra monumental, El corazón helado, donde contó la historia de dos familias, la de Álvaro Carrión, que prosperó en el franquismo, y la de Raquel Fernández Perea, en el exilio francés, desposeída de todo, que buscaba una reparación personal, familiar, histórica. Fue su Fortunata y Jacinta, el gran vierteaguas de su trayectoria, y a la vez el pliegue por el que las novelas contemporáneas y generacionales dieron paso a la historia de los padres y abuelos de esas hijas de la Movida…

Encontró tantas historias olvidadas, ocultas, de coraje y dignidad, que decidió entregarse a la prospección narrativa de esa desconocida, escondida, posguerra en la sus Episodios de una guerra interminable. Ahí su talento brilló como nunca: contó la invasión del valle de Arán desde la cocina en que se aporta el suministro a las tropas, y nos explicaba cómo funcionaba el Partido Comunista a partir de los amores de Pasionaria (Inés y la alegría); los indómitos guerrilleros de la Sierra de Jaén desde los ojos de un niño en una casa cuartel de la Guardia Civil (El lector de Julio Verne); la organización clandestina y la red de solidaridad de los comunistas madrileños desde la perspectiva de una pobre muchacha renuente a meterse en líos que visita a un condenado en Cuelgamuros (Las tres bodas de Manolita); los efectos de la Segunda Guerra Mundial, y la funesta geopolítica derivada, a partir de un médico destituido y un viejo amigo que se infiltra con falsa identidad en la organización que evade nazis a finales de los cuarenta (Los pacientes del doctor García); la represión y la asfixia moral en un manicomio de mujeres en Ciempozuelos (La madre de Frankenstein).

La deslumbrante recreación de momentos históricos en toda su complejidad y alcance, y sus protagonistas, ejemplos de supervivencia, a los que les regalaba el agridulce desenlace de llegar vivos a la Transición, demostraban que su talento y su imaginación narrativa se encontraban en un momento álgido. Basta mirar la lista de personajes al final de sus novelas para percibir la densidad humana de su universo, en el que, última muestra de su fecundidad, fueron apareciendo, para cerrar el ciclo, los protagonistas de las obras primeras: la familia que acogió a Sara Gómez, los Carrión, y hasta la familia editora de Atlas de Geografía Humana, como me preguntó la traductora francesa de La madre de Frankenstein al encontrar una alusión de alguien que no era de la novela. Enfrentados a la Historia con mayúscula desde la resistencia, la dignidad, el tesón de los supervivientes, levantó un hormigueante Madrid del siglo XX del que se sentiría orgulloso su admirado don Benito.

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Solo hizo dos interrupciones al proyecto. Una fue Los besos en el pan, un íntimo apunte al natural, casi una acuarela humana, donde demostraba su capacidad de observación del panorama en el que nos postró las crisis de 2008. Otra, la que estaba acabando estos días, sobre un futuro inmediato, casi distópico (ella, que fue la primera que me recomendó a Margaret Atwood), en respuesta a la epidemia y el confinamiento. No sospechaba que con ese cambio de planes nos quedamos sin conocer a Mariano en el Bidasoa, su sexto episodio ya sin escribir.

Fiesta del 25º aniversario de la editorial Tusquets, en 1994. De pie, Jorge Edwards, Carlos Trías, Antonio Colinas, Antoni Marí, Manuel Talens, Cristina Fernández Cubas, Luis Sepúlveda, Almudena Grandes, Mercedes Abad, Mario Vargas Llosa y Oscar Tusquets. Sentados, Luciano G. Egido, Beatriz de Moura y Jorge Wagensberg.
Fiesta del 25º aniversario de la editorial Tusquets, en 1994. De pie, Jorge Edwards, Carlos Trías, Antonio Colinas, Antoni Marí, Manuel Talens, Cristina Fernández Cubas, Luis Sepúlveda, Almudena Grandes, Mercedes Abad, Mario Vargas Llosa y Oscar Tusquets. Sentados, Luciano G. Egido, Beatriz de Moura y Jorge Wagensberg.

Nunca le agradeceré bastante su fidelidad a Tusquets Editores, su complicidad casi de socia, de auspiciadora de tantos autores que empezaban, su papel de hada de la editorial. Le gustaba presentarse como un “perro verde”, porque antepuso a cualquier maniobra o cabildeo del mundo literario el compromiso con sus lectores, el no defraudarlos novela a novela. Y prefería siempre tenernos cerca, sin mediación, porque valoraba por encima de todo sentirse rodeada de amigos. A muchos de ellos los homenajeó transfiriendo sus nombres, sus domicilios, a sus personajes de ficción. Sus notas explicativas al final de cada novela son un género en sí mismo, los agradecimientos más densos y hermosos de la literatura española.

Su despliegue de energía, su capacidad de trabajo arrolladora, era en el fondo para querer y para ser querida, para cuidar a los suyos, para homenajear a tanta gente anónima humillada por la historia. Se me amontonan los recuerdos, su felicidad en las firmas de la Feria de Madrid, o en Sant Jordi, donde cada vez más jóvenes le declaraban su fervor, el trabajo de editing en sus novelas generacionales, el sms que recibí en la Feria de Londres diciéndome que me sentara, que tenía una noticia gorda, un plan para una década, una serie de seis episodios de los que tenía hasta el título, los viajes al valle de Arán donde visitamos el cementerio de los guerrilleros, la presentación en Alcalá la Real, la mañana en el manicomio de Ciempozuelos… O hace solo 15 días, la reunión en la que quería recoger el Premio del Festival Eñe, aunque fuera en silla de ruedas, porque así se había comprometido.

Pero acabo con el discurso en la Cátedra Cortázar en la Feria Internacional de Guadalajara, donde dio su mejor versión de una íntima historia personal: contó que ella fue una niña gorda y morena a la que nunca dieron un papel en la función de Navidad de sus años escolares. Esa niña, en cambio, tenía sus armas secretas, los libros y su abuelo Manolo Grandes, la inspiración de tantos abuelos benéficos de su obra. Gracias a la Odisea para niños que le regaló, ella aprendió a leer en primera persona del plural: naufragó con Ulises, escapó de Polifemo con él, y como él no fue reconocida al llegar a Ítaca. Y ella fue el Ulises mendigo que ha comido los restos del banquete, y sorprende con sus flechas a todos los ufanos y ricos candidatos en el palacio de Penélope, en una justa venganza final.

Esa reparación contra las injusticias atraviesa como una corriente profunda sus novelas. También está en muchos de sus lúcidos análisis de actualidad, donde demostró la valentía de quien no se arruga ni sigue ningún dictado. Y esa corriente profunda es la que hará inevitable que una enorme ola de amor surja del corazón de sus muchos lectores, y de todos nosotros en la editorial, de Luis, de Mauro, de Irene, de Elisa, y sus hermanos y su tía Lola, de los muchos amigos que nos sentimos huérfanos de ella antes de lo que tocaba. No hay amor sin admiración.



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