Almudena Grandes: divertida, llena de amigos, rigurosa, del Atleti y roja

La vida de la escritora, fallecida en Madrid, estuvo marcada por su compromiso político

Almudena Grandes, en su casa de Madrid, en 2005.
Almudena Grandes, en su casa de Madrid, en 2005.Ricardo Gutiérrez

Al margen de su relación con la literatura, la figura de Almudena Grandes, fallecida este sábado en Madrid a los 61 años, ha destacado siempre por su posición ideológica claramente de izquierdas. Y aún más. Siempre reivindicó a todos los que pusieron en pie la Segunda República española y vieron cómo esta desaparecía tras un cruento golpe de Estado seguido de una guerra, para ella interminable y a la que dedicó muchos años de su vida a investigar.

De ahí que no es casual que Almudena hubiera afirmado desde hace años que ella quería ser enterrada en el Cementerio Civil de Madrid, junto a los suyos. Un cementerio creado a mediados del siglo XIX para albergar a librepensadores, ateos, sindicalistas, heterodoxos, protestantes, masones, suicidas y judíos. Es como si Almudena, tan rica en amigos en vida, quisiera estar rodeada de amigos también en la muerte. Junto a los presidentes de la Primera República, Estanislao Figueras, Francisco Pi y Margall y Nicolás Salmerón. Junto a Pablo Iglesias y otros líderes políticos de la izquierda como Julián Besteiro, Francisco Largo Caballero, Dolores Ibárruri, Marcelino Camacho, y otros muchos con los que hubiera trabado una buena amistad, como Francisco García Lorca, Blas de Otero, Julián Grimau, Rosario la Dinamitera y Eduardo Benot, entre otros.

Son muchas y continuas las batallas en las que Grandes se involucró en su vida, antes y después de ser una reconocida escritora. Su compromiso fue cada vez más sólido, más claro, más contundente. Ella misma afirmó en más de una ocasión que, aunque tuviera inclinaciones desde la adolescencia, lo que le hizo ser verdaderamente de izquierdas fue leer. Algo que también la formó en diferentes e importantes cuestiones vitales. La lectura le apasionó desde muy niña, cuando su abuelo le regaló un libro realmente especial, la Odisea, para gran disgusto de ella, que esperaba y deseaba un juguete. Sin embargo, aquel libro le terminó abriendo la puerta que le permitió acceder a un paraíso interminable de mundos, que la fueron acompañando hasta días antes de su muerte. Nunca dejó de ser una lectora, casi compulsiva, de obras de muy diferentes estilos, tendencias y escuelas. De todos decía aprender. De los malos también. Y el acto de leer no solo la convirtió en una mujer de izquierdas, sino también en alguien que vivió acorde con lo que eso significa.

Nunca dejó de ser una lectora, casi compulsiva, de obras de muy diferentes estilos, tendencias y escuelas. De todos decía aprender. De los malos también

En más de una ocasión votó a Izquierda Unida y el apoyo aún fue mayor cuando su marido, el poeta Luis García Montero, encabezó la lista de esa formación para la Comunidad de Madrid. En las elecciones de 2015 se limitó a no desvelar a quién votaría, ya que aseguró que ningún partido la representaba ideológicamente.

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Su compromiso ideológico y vital fue el que la empujó a que casi toda su obra girara en torno al franquismo y la herencia que este había dejado, analizando tanto a la parte perdedora como a la golpista. “El franquismo fue una dictadura prototípica debido a su certera aplicación progresiva del terror; se sembraba toda esa represión desde el Gobierno para que nadie se moviera ni quisiera cambiar las cosas”, llegó a decir.

Casi obsesionada por el silencio que ha rodeado los 40 años de dictadura, para poder escribir desde el rigor de esa época y de sus consecuencias en generaciones posteriores, Grandes sacó a la historiadora que llevaba dentro y realizó una profunda y rigurosa labor de investigación. De ahí que todas sus novelas sobre este periodo estén trufadas de hechos y personajes reales con otros emanados de su imaginación, pero que encajaban a la perfección.

Algo similar le pasaba con la Segunda República, cuyo recorrido conocía hasta en los más pequeños detalles. Admiró a personajes fundamentales de aquel periodo, como Juan Negrín. Hecho que fue utilizado por los hijos de Almudena, que se presentaron un día en casa con un gato abandonado de la calle y para doblegar la voluntad de Almudena, reacia a tener mascotas en casa, solo tuvieron que decirle que el gato se llamaba Negrín. Y Negrín vivió con ellos, tanto en Madrid como en Rota, hasta que falleció hace unos meses.

Por esas casas han desfilado algunos de los mejores escritores contemporáneos, pero también gente anónima, que querían y quieren a ese binomio fantástico que formaban Luis y Almudena. Y para recibir a tantos amigos, Almudena se metía en la cocina con su delantal rojo y preparaba croquetas, tortillas, ensaladilla rusa y otros manjares cocinados con virtuosismo, incluidos los platos preferidos de Luis y de algún que otro amigo como el Vitello tonnato que tantas veces preparaba para Eduardo Mendicutti. Amiga incondicional de los suyos, poseía un carácter en el que aunaba ser divertida hasta la hilaridad, rigurosa en extremo, del Atleti y sobre todo una roja, “muy roja”, que no dudaba en denominarse así.

Y para recibir a tantos amigos, Almudena se metía en la cocina con su delantal rojo y preparaba croquetas, tortillas, ensaladilla rusa y otros manjares cocinados con virtuosismo

Junto a su prolífica actividad literaria, a su afán por cultivar y cuidar a los amigos, la actividad social de Almudena era casi tan incansable como la de su marido. Acudía a muchas mesas redondas, especialmente de carácter político, conferencias, charlas, encuentros con lectores y muchos mítines y manifestaciones a los que prestaba su voz. Se implicó con el Teatro Español de Madrid moderando los encuentros con el público cada vez que se producía un nuevo estreno. Las artes escénicas fueron otras de sus pasiones. De hecho, sus dos últimas intervenciones públicas fueron en julio en el Festival de Teatro Clásico de Almagro y en agosto en Rota, cómo no, en un acto al aire libre bajo el nombre de Reencuentro con las Letras.

Los afectos de Almudena eran muchos y muy diseminados, pero curiosamente la mayoría emanaban de un centro telúrico en torno a la ciudad gaditana de Rota, a la que estaba ligada hacía muchos años. Tantos como la relación con su marido, Luis García Montero, ya que, al principio de consolidarse como pareja, ambos decidieron ir a descansar a Rota porque a Almudena le gustaba la playa y a Luis, no. Fue el poeta quien le dijo que conocía un pueblo donde vivía un gran amigo de él (Felipe Benítez Reyes) y además tenía bellísimas playas. Seguramente Rota cumplía las expectativas de ambos y allí se fueron y muy pronto tuvieron su segunda residencia. Allí estaba el punto de encuentro de su propia familia, formada por tres hijos que terminaron creciendo en los veranos roteños. Los dos mayores, Mauro e Irene, fueron aportación de cada miembro de la pareja en su relación anterior. Elisa, la pequeña, es la única hija de Almudena y Luis.

Hijos que al crecer a veces se dispersaban en los largos inviernos madrileños, pero siempre recalaban en Rota, donde el destino, trufado de deseo, había llevado a sus más íntimos. Se sumaron a Benítez Reyes el escritor Eduardo Mendicutti, con casa y raíces a pocos kilómetros de Rota y con quien Grandes compartía muchas complicidades. La periodista y editora Ángeles Aguilera y su marido Bienve Martínez, con quienes los largos años compartidos afianzaron su sólida amistad. El poeta y escritor Benjamín Prado y María, tan cerca de su vida desde muy joven, al igual que el cantante Joaquín Sabina y su inseparable Jimena Coronado, que tuvieron claro dónde y con quién querían estar a la hora de hacerse con su casa de veraneo.

Junto a ellos, otros inseparables de la pareja como Conchita y Chus Visor, este tantas veces editor de Luis García Montero, pero sobre todo amigo incondicional e incuestionable de la pareja. A todos ellos hay que unir a los fijos discontinuos que Almudena y Luis atraían, como el poeta Ángel González, quien siempre veraneaba en su casa hasta que falleció; los cantantes Miguel Ríos y Javier Ruibal, los periodistas Jesús Maraña y Juanjo Téllez, los amigos de Granada con Cristino y el pintor Juan Vida a la cabeza y muchos otros que hoy se sentirán huérfanos.

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