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“No entiendo que para ser respetable un gay haya de someterse a los convencionalismos”

El escritor gaditano publica 'Malandar', sobre relaciones amorosas y la agonía del homosexual de su generación

El escritor Eduardo Mendicutti, el pasado 14 de mayo, en el café Gijón, de Madrid.
El escritor Eduardo Mendicutti, el pasado 14 de mayo, en el café Gijón, de Madrid.

Es imposible no ver en este libro (Malandar, Tusquets) que su autor firmó ayer en la Feria del Libro, a Eduardo Mendicutti en todas sus edades, desde 1948, cuando nació en Sanlúcar de Barrameda (Cádiz) a este momento, en que habla en el café Gijón, de Madrid, poco tiempo después de que falleciera su madre, tan central en su vida (como la madre del protagonista de Malandar lo fue para el héroe de la ficción).

Él dice que el protagonista no es él, pero la novela transpira Mendicutti por todos los poros. Su casa, su paisaje, sus parientes, sus amigos, su propio viaje a Madrid desde Andalucía, suceso mayor de su personaje y desencadenante de una historia de amores contrariados y de felicidad.

Es una novela sobre relaciones amorosas que tardan una eternidad en ser como tendrían que ser, y en ese sentido el libro refleja también la larga agonía del homosexual de la generación de Mendicutti que, al fin, "gracias a Zapatero" [por la ley del matrimonio homosexual], halló la luz. "Sí, es emocionante la historia, y en cuanto a la novela es verdad que emociona, al menos a mí se me cayeron algunas lágrimas mientras leía las galeradas. Mi amiga Almudena Grandes dice que es melancólica. Yo prefiero la palabra celebración a melancolía. Lo vivido está vivido".

El libro es la historia de una amistad a tres, que nace en Malandar, un lugar en el Coto de Doñana. Una chica está en medio de dos muchachos que se buscan y se huyen. Los tres danzan ese baile hasta la edad tardía. "Sí, es el relato de una vida entera, con el recurso de esa amistad a tres. Que uno de los tres sea el narrador es para contar la vida entera de ese narrador, ligada a la vida de los otros dos cuando son adolescentes. Él se va, los otros se quedan, Malandar ya no es lo que era cada vez que vuelve, pero hay un proceso de lealtad a ese lugar", que es un trasunto de Sanlúcar aunque en el libro se llame Algaida. "Ahora bien, Malandar es Malandar, tan lindo nombre".

El narrador (al que es imposible quitar el rostro de Mendicutti) viaja a Madrid "a comerse el mundo, y se come todo lo que tiene a mano". Las relaciones eróticas cobran primeros planos de enorme excitación sexual; hay una escena con taurinos, en un hotel de Madrid, que competirían con las primeras espadas de La sonrisa vertical, incluidas las de Las edades de Lulú de su amiga Almudena Grandes. Y hay otras escenas similares en trenes o en otros medios de transporte en los que, en efecto, el narrador se come el mundo. Por supuesto, el viaje tiene otras sustancias.

-¿Ese viaje lo ha hecho usted?

-Lo he hecho. Algunas cosas de lo que pasa en el viaje (y aquí entramos en el espinoso tema de lo autobiográfico) son reales. Otras también, pero no en el sentido literal. Algunas son las que sentí cuando pasó lo que aquí se cuenta indirectamente: la aparición de la movida madrileña, lo que pasó con el sida, el cambio político, la sucesión de imágenes que podemos tener los que ahora ya hemos cumplido 70 años.

"Por ejemplo", añade, "el narrador reflexiona sobre los derechos del colectivo LGTB y sabe que esa es una lucha política que va acompañada de la de mucha gente por otras cosas por las que también se debe luchar. Y eso ha sido mi vida, y eso está en el personaje, no de manera directa pero sí mientras se va contando".

-Si usted tuviera que hacer un balance de su generación, ¿cuál sería?

-Pasó por la etapa de los descubrimientos, siguió con la del entusiasmo absoluto, siguió por la de los compromisos políticos y llegó a cierto desencanto. Y ahora quizá es el momento de rescatar algunos de aquellos momentos que tantos nos hicieron querer la vida.

Ahora, los homosexuales que a lo largo de las décadas sufrieron persecución y pena son libres. "Ya somos respetables, pero hay que preguntarse si para ser respetable has de casarte, tener hijos, una casa, un sofá, una suegra, un perro. No entiendo por qué para que sea respetable un gay tenga que someterse a los modelos convencionales de siempre".

Un día le dijo un transexual de Valencia: "No sabes lo que me ha ayudado a vivir haber leído Siete contra Georgia", que publicó en 1987. "¡Pero alguien me dijo una vez que se le pasó el miedo del 23-F leyendo Una mala noche la tiene cualquiera!" (1982). Para saber qué sabor procura este Malandar hay que acabar el libro de Mendicutti.