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Estanislao Medina: “En España, yo era el negro de una universidad privada”

El escritor ecuatoguineano, seleccionado por ‘Granta’ como uno de los mejores narradores jóvenes en castellano, se sumergió en el ambiente pandillero de Malabo para su tercera novela

El escritor ecuatoguineano Estanislao Medina, retratado en Malabo.
El escritor ecuatoguineano Estanislao Medina, retratado en Malabo.Catalina F. Dougan

Un diablo travieso gobernaba la voluntad del chico. De ahí su militancia en las bandas, de ahí las incesantes peleas y esos grandes cigarros de banga, marihuana tropical, que liaba nada más saltar de la cama. Tras el diagnóstico, el curandero prescribió el remedio definitivo: un colgante con la cabeza de un pato blanco que el chaval luciría durante tres días, aguantando el hedor a carne podrida. Los restos del palmípedo, que resultó más barato que la consulta misma, debían arrojarse de madrugada a la calle principal del barrio. El ecuatoguineano Estanislao Medina, de 31 años, encontró este y otros sucesos cuando se acercó a los adolescentes de Malabo (300.000 habitantes) que inspiran su tercera novela, Suspéh. Memorias de un pandillero (Diwan África), escrita con la técnica del rompecabezas y plagada de modismos criollos.

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Profesor en el colegio español de Malabo, Medina era un gran desconocido para la industria editorial hasta hace cosa de un mes, cuando la revista británica Granta lo incluyó en su selección decenal de 25 narradores jóvenes en español, junto a otros autores ya consagrados como el costarricense Carlos Fonseca o la granadina Cristina Morales. Los listados de este boletín alcanzaron a mediados de los ochenta el estatus de mito literario, tras descubrir a escritores como Julian Barnes o Kazuo Ishiguro, futuro Nobel de Literatura. Hijo del barrio malabeño de Ela Nguema, donde hacen carrera los aspirantes a gángster, Medina vislumbra para sí un futuro ascendente. Sus autopublicaciones, pendientes de reimpresión, describen una isla lastrada por las tradiciones paganas, que primero sobrevivieron a los españoles y después a la globalización. “Nuestro genoma cultural”, lo califica por videoconferencia.

Una identidad que también se filtra en el orden político, pues cunde la idea de que los hechiceros de Mongomo dan y quitan el poder a su antojo. En 1968 revistieron de legitimidad al primer Gobierno poscolonial, presidido por Francisco Macías, a quien retiraron su apoyo durante el alzamiento de 1979, en favor del entonces golpista y actual mandatario Teodoro Obiang. Si bien la férrea autoridad de los brujos se ha desgastado con los años, las creencias paganas permanecen, relata Medina: “Cuando te gusta un chico, pides que le echen un buen conjuro y caiga en tus brazos. Si deseas el mal a alguien, pagas para que le caiga un potente maleficio. Mi país se abrió muy rápido con el descubrimiento del petróleo en los noventa, pero ni la llegada de nuevas inmigraciones ni las idas y venidas de los guineanos por el mundo han podido acabar con esto”.

Medina es uno de aquellos hijos pródigos de Guinea Ecuatorial, el país africano con mayor renta per cápita. Se escolarizó en el mismo centro en el que hoy imparte clase, vinculado a los salesianos de Madrid, donde después estudió Magisterio gracias a una beca muy celebrada por su padre pescador y su madre agricultora. A la capital de España llegó confiando en que la lengua común facilitaría su integración, nada más lejos: “Yo era el negro de una universidad privada. Algunos profesores me infantilizaban, microrracismo que se maquillaba con una sonrisa falsa”. Esa “hipocresía” todavía le quema por dentro, sobre todo cuando recuerda los juegos de palabras que algunos de sus compañeros inventaban para ridiculizarle. El acento iba en su contra, igual que los giros en pichi o inglés criollo, cuyo uso estratégico hoy concede mayor sonoridad a su obra. Justicia poética.

Estanislao Medina, con cuatro años, junto a su hermano mayor.
Estanislao Medina, con cuatro años, junto a su hermano mayor.

De vuelta a casa, encontró un desierto de literatura patria. “Carecemos de cultura del libro, apenas hay librerías y no tenemos editoriales”, cuenta el autor, que con cinco años devoraba los tebeos de Spider-man que su hermano mayor conseguía en el seminario. Medina se propuso entonces “estimular la lectura por medio de historias cercanas” que interpelasen al malabeño. En su primera ficción, Barlock: Los hijos del gran búho (2016), plasmó la vida del barrio: el olor a cebolla y cacahuete, pescado ahumado y fruta madura. Recreó la instalación de las primeras antenas parabólicas, que en 2002 ampliaron la oferta televisiva de los hogares guineanos, hasta entonces restringida a un único canal nacional activo desde las cuatro de la tarde. Las telenovelas de Televisión Española causaron sensación, también las predicciones del hombre del tiempo Francisco Montesdeoca.

El azote de la violencia

Pese a la injerencia de la cultura española, sus padres nunca le hablaron de la época colonial. “La política es un tema vetado en muchas sobremesas guineanas”, dice Medina, que señala la represión de Macías, grabada en la memoria colectiva, como principal mordaza. Sí está bien visto el chismorreo o congosá, que en su último libro se extiende de boca en boca por un barrio ficticio llamado Epeché, “como el ruidoso pájaro de color amarillo que canturrea sin parar”. Sus vecinos no tienen otro ocio que pasar el día discutiendo y bebiendo cerveza, acaloradas conversaciones que pronto derivan en trifulcas multitudinarias, en ocasiones a machetazos. Los adolescentes protagonistas crecen en ese contexto de violencia. “A menudo se les pinta como verdugos, pero esos chavales son víctimas de sus mayores”, sostiene el autor.

Medina quiso documentarse y entrevistó a una docena de ellos. Puesto que representaban a la banda, debían cumplir con un riguroso estándar estético, nada de chándal ni chancletas. Prohibidos los alardes absurdos, las armas siempre escondidas. “Sus historias me dejaron en el sitio, tuve que preguntarme qué habría hecho yo ante semejante vida”, rememora. El abandono paterno resultaba una circunstancia común, muchas veces debido a la conciencia del patriarca bantú, quien trae al mundo a decenas de hijos que terminan cuidando de sus madres. Un único sueldo en casa rara vez puede cubrir las necesidades más básicas. Y el desamparo sirve como sustrato para los robos o el menudeo. Medina insiste en su vocación pedagógica: “Me gustaría que leyesen. En el momento en que lo hagan, este país habrá cambiado para siempre”.


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