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El fin de los mejores tiempos

Linares habla de lo que sabe y de lo que ha vivido. Y se nota

a quien te llevarias a una isla desierta
Un fotograma de '¿A quién te llevarías a una isla desierta?'.

La última noche de los mejores tiempos. Y el inicio del resto de una vida. La existencia, a veces, viene marcada por jornadas como ésta, simbolizada en un ingente número de cajas que señalizan el traslado físico, de hogar, de compañeros, de amigos, de emociones, de trabajo, de amor, de sexo, de corazón, quizá de cabeza, y expuesta a través de una catarsis que nace de forma espontánea pero que, vista en perspectiva, era poco menos que imprescindible. Es la muy intensa y cercana ¿A quién te llevarías a una isla desierta?, segunda película de Jota Linares, basada en una obra de teatro del propio director y de Paco Anaya, que estos días se ha estrenado en exclusiva en la plataforma televisiva Netflix.

¿A QUIÉN TE LLEVARÍAS A UNA ISLA DESIERTA?

Dirección: Jota Linares.

Intérpretes: Pol Monen, Jaime Lorente, Andrea Ros, María Pedraza.

Género: drama. España, 2019.

Duración: 93 minutos.

Como todo lo importante en la vida, para lo bueno y para lo malo, ocurre en septiembre. “Yo iba a ser un gran tío, todo un ganador”, cantaban Los Enemigos en Septiembre, marcando el paso del fracaso. Linares, en cambio, prefiere otro tema histórico de la música española para definir su amargo relato: Insurrección, de El Último de la Fila. “Barras de bar, vertederos de amor”. Es el tiempo de la rebelión juvenil, contra el mundo, en forma de sueño cumplido, de carta con la frase “admitido”. Pero también el de las dudas: “Ese es el problema, que en mi vida no pasa nada”, dice una de las chicas, uno de los cuatro personajes de la historia, notablemente trazados por Linares, y poderosamente interpretados por Pol Monen, Jaime Lorente, Andrea Ros y María Pedraza, todos con una verdad apabullante.

Probablemente con toques autobiográficos (uno de los jóvenes aspira a ser director de cine y ha obtenido una beca en el extranjero), Linares habla de lo que sabe y de lo que ha vivido. Y se nota. Es el marco de una generación muy reconocible, que podría ser la de muchos en los últimos 25 años, y que quizá ha sido más retratada por el teatro que por el cine español. Un origen que lleva a que Linares no tenga miedo a resultar poético en sus diálogos, y eso es bueno en este cine español de desdichada obligación de verosimilitud coloquial, en la que no caben apuntes de lírica en los diálogos, algo que sí parece permitido en las tablas de un teatro (o, maldición, en el cine francés).

Tras un notable debut, Animales sin collar (2018), Linares vuelve a demostrar que mueve la cámara con sentido, que sabe cuándo acercarse nerviosamente a los rostros destrozados de sus criaturas y cuándo imponer el plano general calmado. Su texto quizá no sea el más original del mundo (el juego que provoca la implosión quizá sea lo más discutible del relato), pero sí manifiesta el poder de lo vivido, de lo disfrutado y de lo sufrido. Una suplencia como profesora de un colegio, el MIR, una beca de cine en Londres o un trabajo basura en un local de pollo frito están esperando. Es el estrépito del amor y del deseo, el extraño poder de la amistad, capaz de salvar y de hundir, y esa extraña crueldad que a veces se expulsa casi sin querer. Es la noche que da paso al resto de cualquier vida.

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