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El poder del mando

Adaptar a Shakespeare con brío y talento no debe ser tarea fácil. Pero es muy probable que sea más difícil aún adaptar un videojuego

ASSASSIN'S CREED

Dirección: Justin Kurzel.

Intérpretes: Michael Fassbender, Marion Cotillard, Jeremy Irons, Brendan Gleeson.

Género: fantasía. EE UU, 2016.

Duración: 104 minutos.

Adaptar a Shakespeare con sentido, brío y talento no debe ser tarea fácil. Pero, a juzgar por los resultados, es muy probable que sea más difícil aún adaptar un videojuego. Al Justin Kurzel de la enérgica Macbeth (2015) le quitas a Shakespeare y no le queda ni la energía. Y más si lo que le das, o lo que él ha escogido, es la traslación de un videojuego para Windows, Xbox 360 y PlayStation 3, Assassin's Creed, con toda seguridad brillante en su lenguaje pero que, con el salto a la pantalla y la ausencia de su principal baza, el poder del mando, el dominio y la decisión del jugador, pierde todo su sentido.

La película está ambientada entre la Tercera Cruzada, en el año 1191, y un Madrid futurista en el que se supone que se aloja una corporación tecnológica donde el protagonista (en realidad, el jugador), interactúa con una máquina, a la manera de una videoconsola, pero a lo bestia, y guerrea en ese pasado de guerras de religión. El problema es que en cada secuencia de acción, un continuo simulacro digital de travellings y puesta en escena casi más cercano a la animación que a la imagen real, acabas viendo también a Michael Fassbender luchando con la nada, enganchado a una máquina llamada Animus, en un elemento distanciador que convierte en imposible la captura de cualquier emoción.

Batiburrillo de acción desaforada pero carente de ritmo interno, subtextos de saldo relacionados con la erradicación de la violencia, y un puñado de referencias presuntamente cultas (la manzana del Edén que contiene el código genético del libre albedrío, el patio de los leones de la Alhambra, la Inquisición, y hasta el viaje de Colón desde Palos de la Frontera), Assassin's Creed quizá solo tenga interés por la muy aprovechada presencia de Javier Gutiérrez y, sobre todo, Hovik Keuchkerian, dos de los intérpretes españoles de este confuso sinsentido.

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