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CRÍTICA | EL VALLE DE LOS CAUTIVOS

Segismundo en Cuelgamuros

Martín Cedillo estrena su 'opera prima' sobre la amistad de dos presos en El Valle de los Caídos

De izquierda a derecha, los actores Sato Díaz y Fernando Escudero en una escena de 'El valle de los cautivos'.
De izquierda a derecha, los actores Sato Díaz y Fernando Escudero en una escena de 'El valle de los cautivos'.

Un thriller social, protagonizado por sendos presos condenados a excavar la cripta del Valle de los Caídos y por sus familias, en un arco temporal que lleva al público desde el día de hoy hasta el final de nuestra Guerra Civil, a través de retrospecciones sucesivas. El valle de los cautivos comienza in medias res: Segunda, anciana que estuvo exiliada en México, y Javier, joven periodista, conversan durante el entierro de Saturio, marido de aquella, excautivo en Cuelgamuros, que se ha suicidado cincuenta años después, sin que su mujer sepa por qué.

El valle de los cautivos


Autor: Pedro Martín Cedillo. Director: Francisco Vidal. Madrid, Sala Tú. Los domingos, hasta el 26 de abril.

Una carta firmada por Lázaro Cedillo, excompañero de presidio de Saturio, es el hilo que lleva a Javier hasta el corazón de la montaña horadada donde, al cabo, descubrirá que la intrahistoria de la pareja de ancianos exiliados está ligada a la biografía de su abuelo, muerto durante la excavación de Cuelgamuros.

Entreverando historia y ficción, Pedro Martín Cedillo (San Lorenzo de El Escorial, Madrid, 1978), nieto de uno de los presos que levantaron el monumento más visitado del franquismo, crea una peripecia plausible, en cuyas revueltas acecha siempre una nueva pregunta sobre la identidad de los protagonistas. Una vez dilucidado lo que les sucedió a su marido y a su abuelo, ni Segunda ni Javier vuelven a ser los mismos.

Francisco Vidal ha hecho un montaje aproximativo de una obra que, por la multiplicidad de tiempos y localizaciones donde se desarrolla, requeriría mayor producción, pero poco importa lo modesto de esta cuando todo el equipo pone el alma en el envite y cuando se tiene un catalizador como Fernando Escudero, cuya figura optimista y enérgica evoca la de Paco Valladares joven.

Martín Cedillo construye su ficción histórica con vuelo poético, pero en su lenguaje, claro y ambicioso, las diferencias de clase están sin matizar: Lázaro, analfabeto, habla durante su cautiverio con el lenguaje elevado de Saturio, su amigo y maestro. Otra salvedad: si a Saturio, ya viejo, lo encarna un actor de cierta edad (por razones que se comprenderán en el epílogo), también Segunda y Polifemo, una vez ancianos, deberían ser encarnados por intérpretes veteranos, para mantener el código de la representación. Eso aparte, el montaje se tiene firme. Vista (y leída) esta opera prima, tenemos autor.