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CRÍTICA | NUNCA ES DEMASIADO TARDE

Solo en la ciudad

Eddie Marsan, en 'Nunca es demasiado tarde'. pulsa en la foto
Eddie Marsan, en 'Nunca es demasiado tarde'.

Para reflexionar con originalidad sobre alguno de los grandes temas de la sociedad contemporánea sólo hay que posar la mirada sobre la figura adecuada, esa que en las demás películas aparece fuera de campo o de forma colateral, pero que, convertida por una vez en centro de la tormenta, puede dar un extraordinario juego dramático.

NUNCA ES DEMASIADO TARDE

Dirección: Uberto Pasolini.

Intérpretes: Eddie Marsan, Joanne Frogat, Andrew Buchan, Karen Drury, Neil D'Souza.

Género: drama. Reino Unido, 2014.

Duración: 92 minutos.

Justo lo que ha hecho el productor Uberto Pasolini en su segundo trabajo como director y guionista: Nunca es demasiado tarde, película sobre la soledad que se adentra en el grisáceo trabajo de un funcionario del Ayuntamiento de Londres encargado de intentar encontrar familiares o amigos entre los enseres personales de esos fallecidos de las grandes ciudades que salen de su invisibilidad cuando el olor de su cadáver inunda ese pasillo vecinal en el que, como mucho, sólo encontraron en vida un hola y un adiós.

Los primeros minutos ya imponen su potencia: rigor en la puesta en escena, en la cadencia de la información, sin texto, con apenas unos acordes musicales y unas magníficas elipsis, con un tono que pasa de la inquietud a la gracia y de ahí a la piedad, previa estación en la comedia negra.

Hay que ver lo perra que es la vida y la risa que da a veces. Pasolini, con un gran Eddie Marsan como cómplice, ha aplicado en su película los métodos de su personaje: amor, pasión y trabajo concienzudo. Hasta conformar un certero retrato de la angustia contemporánea y del individualismo ciudadano, rematado con una secuencia final perfecta en su equilibrio en el tono y su altura emocional.