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Revista de verano
crítica | corazón de león

La altura del amor

Una comedia que se ve con cierto interés, pero que nunca deja el poso de lo verdaderamente insólito y reivindicativo

Guillermo Francella y Julieta Díaz, en la película.
Guillermo Francella y Julieta Díaz, en la película.

Con las películas en cuyo punto de partida hay un cierto atrevimiento para hablar de cosas tan intemporales y esenciales como el amor y el sexo siempre existe la obligación de hurgar por parte del crítico. Incluso más que en las historias convencionales, ya sea porque su esencia es tradicional, pacata o incluso moralista. Corazón de león, séptimo largo del argentino Marcos Carnevale, de los que tres se estrenaron en España, las discretas Elsa y Fred (2005) y Tocar el cielo (2007), y la nefasta Almejas y mejillones (2000), está sin duda dentro del primer grupo, apelando desde su base al poder del amor por encima de cualquier barrera, en principio física, pero sobre todo social, cuando la plebe de alrededor no acaba de entender una relación (y no para de presionar contra ella) a todas luces desequilibrada: cultural, física, económica...

CORAZÓN DE LEÓN

Dirección: Marcos Carnevale.

Intérpretes: Julieta Díaz, Guillermo Francella, Mauricio Dayub, Jorgelina Aruzzi, Nora Cárpena.

Género: comedia. Argentina, 2013.

Duración: 94 minutos.

En Corazón de león la base es clara: mujer separada, guapa, sexy y alta, por una de esas casualidades de la vida, mantiene una (aparentemente) grandiosa conversación telefónica con un hombre con el que decide quedar, y cuando este aparece mide poco más de 1,30 cm. La idea, con enormes posibilidades, y a la que en algún momento esporádico Carnevale le saca partido, se desarrolla, sin embargo, sin poder esquivar tres grandes problemas. Primero, que nunca se decide entre la comedia loca clásica, la fábula más o menos meliflua, la bomba descacharrante, mordaz y políticamente incorrecta, casi al estilo de los hermanos Farrelly, y la comedia dramática-romántica-psicológica, mezclando todas ellas sin que el conjunto tenga una clara identidad. Segundo, que el presumible atractivo del tipo, básicamente de labia y sensibilidad, pues físicamente Guillermo Francella puede ser de todo menos guapo (y menos, reducido digitalmente), es bien dudoso: si bailar salsa, tirarse en paracaídas y decir cada cierto tiempo expresiones como “in one hour” resulta sexy para una mayoría de los espectadores, cerraremos la boca.

Y tercero, que el atrevimiento tampoco es tal: se ha optado por reducir con efectos especiales a un actor de estatura normal, y no por un actor afectado de enanismo (como Peter Dinklage, de Juego de tronos), y en un tema crucial, la secuencia de sexo, Carnevale opta por la elipsis completa. De modo que lo que queda es una comedia que se ve con cierto interés por ver adónde llegan, pero que nunca deja el poso de lo verdaderamente insólito y reivindicativo.