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CONVERSACIONES BÁRBARAS

“Mientras haya vida habrá cáncer; es el precio que pagamos por estar vivos”

El investigador Joan Massagué sostiene que “España tiene que elegir ya si quiere ser un país líder o un país rémora”

El investigador Joan Massagué, retratado en Barcelona. Ampliar foto
El investigador Joan Massagué, retratado en Barcelona.

Es que con 25 años ya era doctor en Bioquímica. Se marchó a EE UU y se convirtió en uno de los investigadores más importantes del mundo en la lucha contra el cáncer. Ganó el Príncipe de Asturias y todos los premios habidos y por haber, que en su caso siempre serán pocos. Fíjense en ese gesto imperceptible de empolloncete amable recolocándose las gafas mientras el fotógrafo retrata su rostro de niño de 60 años en su precioso piso modernista del Eixample barcelonés. Mentira. Joan Massagué, implacable, lo hace solo para enfocar bien y reanudar el combate, para seguir mirando de frente a los tumores y sus trágicos estallidos, las metástasis: su gran especialidad.

Pregunta. ¿Qué es un tumor?

Respuesta. Un crecimiento anómalo de nuestros tejidos. Somos una sociedad de células muy bien organizada, aunque tenemos trillones. Su misión es mantener el organismo, eso, organizado. Pero alteraciones, mutaciones que pueden ser causadas desde el sol hasta el tabaco, o heredadas de nuestros padres, o adquiridas por accidente, rompen esas normas y, entonces, hay células que dejan de respetar las normas de urbanidad prescritas por nuestros genes a través de cientos de millones de años.

P. Así que el cáncer es una rebelión de células que se van por ahí a su bola. Trágico. Y curioso: el concepto más esencial en nosotros, la célula, ya hace lo que le da la gana y pasa de todo.

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Nació en Barcelona en 1953. Dirige desde 2003 el Programa de Biología y Genética del cáncer en el Memorial Sloan-Kettering Cancer Center de Nueva York. Es director adjunto del Instituto de Investigación Biomédica de Barcelona.

R. Sí. Pero esas células lo hacen pagando un gran coste. Porque cuando el tumor empieza a desarrollarse, la mayoría de las células malignas muere. El tumor que vemos y nos espanta son las células supervivientes de ese proceso, pero por cada uno de esos hay miles que nunca veremos porque al llegar a medio milímetro o a un milímetro son liquidados por la policía del cuerpo, que es el sistema inmunitario. Sin embargo, algunas células se escapan. Y eso es el tumor: el resultado final de un proceso de selección brutal contra esa delincuencia. Mientras desayunamos, generamos células premalignas. A la hora de la comida ya no existirán.

P. ...y su fuga con éxito trae el tumor.

R. Los principios más básicos son los principios esenciales de la vida. Por eso decimos que mientras haya vida habrá cáncer. Cáncer es el precio que pagamos por estar vivos.

P. Dice que las infracciones se pagan. Oiga, ¿no hay un término medio al que poder acogerse entre el suicida “la vida son cinco minutos y voy a vivirlos a tope” y la desesperantemente aburrida obsesión por la vida sana?

R. El término medio es el término medio, y por eso le llamamos término medio.

P. Mensaje captado. ¿Hay células buenas y células malas? O de otro modo: ¿la célula se corrompe, como le pasa a la persona?

R. Sí. Y la principal manifestación de esa corrupción de las células es justamente el cáncer. Elementos corruptos que han logrado burlar dispositivos de vigilancia, de policía. Igual que en toda sociedad humana. Ahora ya sabemos, después de muchos estudios, que el principal talento que tiene que desarrollar una célula maligna para formar un tumor es ese: el de corromper.

P. O sea, lo de siempre, que las células corruptas no se autocorrigen por naturaleza, y entonces la policía va a por ellas y las mete en la cárcel. Igual que con Bárcenas. Perdón por la frivolidad.

R. Exactamente, es lo mismo.

P. ¿Es consciente de que para mucha gente es san Joan Massagué? ¿Pesa la responsabilidad de saber que tantos y tantos enfermos dependen de usted y de otros como usted, o huye de esas reflexiones?

R. No eres, no puedes ser consciente de “Uy, a ver, debe de haber 253 millones de personas que están pensando a ver si el cáncer de pulmón se resuelve”. Esto se hace por otras razones. Es una satisfacción saber que lo que estás haciendo tiene una misión, no es una entelequia.

P. Me dijo un enfermo de cáncer: “Estate seguro, me comeré al bicho”. Poco después murió. En la soledad del laboratorio, ¿dice usted cosas como “vamos, vamos a comernos el bicho”?

“España tiene que elegir ya si quiere ser un país lídero un país rémora”

R. Hablo por mí, ¿eh?, otros pueden ser muy fríos y otros pueden ser tan sentimentales que se paralizan. Y un investigador paralizado por la inmensidad de su misión es un investigador que no existe. Yo soy muy consciente de que estoy en la trinchera, en la línea de fuego. Y la reacción, sí, es: “Vamos a por él”.

P. A otra enferma le pregunté si a la quimioterapia la llamaba “mi amiga la quimio” o “mi enemiga la quimio”. Me contestó: “Mi amiga la puta quimio”.

R. ¡Ja, ja, ja, ja! Muy bueno.

P. La quimio mata lo malo… también lo bueno. A veces cura, siempre aniquila. Cruel paradoja.

R. Exacto, es así. Exacto.

P. El entorno del enfermo casi siempre tiene claro que merece la pena en todo momento seguir con la quimio o con la radio. No siempre es el caso del enfermo...

R. Conozco de todo. Hay enfermos que dicen basta. Y otros que están calvos, con llagas y demás, pero maravillados porque saben que, de otra forma, ya no estarían aquí. La quimio es… lo que tenemos. Pero es un arma de dos filos. Se carga a las células que crecen. Y claro, en nuestro cuerpo hay células que crecen que se multiplican constantemente para renovar nuestra piel, nuestro pelo, nuestras mucosas… y esas también son sensibles. El cáncer es un derivado de nuestra propia existencia, de nuestros genes.

P. A veces uno tiene la sensación de que, junto a la impronta racional y cartesiana que define a la ciencia y sus logros, la lucha contra el cáncer se parece también a dar palos de ciego…

R. Se llama empiricismo. Probar a ciegas. Pero eso era antes. Hoy la noticia es que cada vez vamos menos a ciegas. Cada vez conocemos mejor al enemigo, sabemos cómo las gasta, qué armas tiene, aunque todavía en muchos casos no lo podemos combatir.

P. Ha llegado usted a hablar de “feroz indiferencia de las instituciones públicas hacia la investigación”. Duro. ¿Cómo estamos exactamente hoy?

R. España tradicionalmente siempre vivió de espaldas a la investigación, nunca ha dado la nota hasta que, entrado el siglo XXI, los conceptos de economía del conocimiento y alta tecnología —que es la siguiente revolución industrial— empezaron a calar. Y entonces los Gobiernos se dieron cuenta de que con la buena cocina, el sol y los apartamentos de lujo no se aguanta un país. Y el salto que dio España fue, en siete u ocho años, espectacular. Pero al primer soplo de restricción económica, se nos olvidó ese valor. ¿No habíamos quedado en que esto de la investigación era importante? Hay una importante falta de cuidado del Gobierno hacia un ámbito que merecía un trato de discriminación positiva. Es un tema de recursos. Cuando se baja cuantitativamente así la inversión, el daño pasa a ser cualitativo. En investigación, sin recursos, lo mediocre sigue siendo mediocre, pero lo excelente es forzado a ser mediocre, y entonces todas las voces de la mediocridad salen y dicen: “Oye, como ya no hay excelencia, pues nada, venga, café —diluido, eso sí— para todos”. Y entonces viene una pérdida de moral. Construir es difícil, derribar es facilísimo, reconstruir es casi imposible. Y este país está jugando a eso. Es en los momentos de aprieto cuando se notan los líderes. España tiene que elegir ya si quiere ser un país líder o un país rémora. Y ahora estamos en la zona gris…

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