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Álvaro Pombo: “La idea del amor, como la de Dios, es imposible”

El escritor publica la novela ‘Quédate con nosotros, Señor, porque atardece’

"La retirada de Ratzinger me parece de una enorme honradez”, asegura

Álvaro Pombo en una foto de 2012. Ampliar foto
Álvaro Pombo en una foto de 2012.

La última vez que este cronista se sentó con Álvaro Pombo para hacerle una entrevista le preguntó algo así —no viene a la memoria textualmente— como qué esperaba en esta etapa de su vida. Y resultó bastante impactante escuchar su respuesta: “Un último amor…”.

Algunos años después, el autor de Una ventana al norte abre la puerta y el controlado desorden de su ático parece el mismo. Los recortes de prensa sobre las lámparas, los libros en el suelo o acomodados en los sillones, algún radiador eléctrico en mitad de la habitación, los cuadros de veleros —tan santanderinos, como él, de buena familia, además—, en las paredes y el aroma de las plantas por la terraza.

¿Encontraría ese último amor? ¿Lo disfrutaría? “No, no he tenido la suerte”, asegura, después de haber intentado evadir la curiosidad. “En el fondo la idea del amor, como la de Dios, es imposible. Se debe amar a alguien en su libertad cuando tendemos a poseerlo y así, no hay manera”.

Por eso quizás redunda en su vena mística. Pero preocupa más una cierta tendencia a la misantropía, que cuando entra en materia y habla lo mismo de Santo Tomás de Aquino que de Dan Brown —“y a quién no le gustaría ser Dan Brown”, salta, medio en broma, medio en serio— la sospecha queda descartada. El problema es el reuma y también que no quiere líos, que ha decidido recogerse, en cierto sentido.

Obras destacadas

El héroe de las mansardas de Mansard (1983, premio Herralde de Novela).

El metro de platino iridiado (1990, Premio Nacional de la Crítica).

Donde las mujeres (1996, Premio Nacional de Narrativa).

La cuadratura del círculo (1999, Premio Fastenrath de la RAE).

La fortuna de Matilda Turpin (2006, Premio Planeta).

El temblor del héroe (2012, Premio Nadal).

Lo que le inquieta es una temida desafección. “Es que creo que no me entienden…”. Habla de su última novela, Quédate con nosotros, señor, porque atardece (Destino), cita del Evangelio según San Lucas, que preludia la inevitable aparición de las tinieblas. Para estos tiempos, que ni pintado.

Obsesionado por asegurarse de que queda claro, Pombo comienza a leer partes de su novela. Duda que alcancemos a entender el hecho de que no desea mostrar su desafección a la fe, ni enmendársela al Vaticano, ni nada de eso en quien se confiesa creyente. Heterodoxo, pero creyente. Y para eso ha hecho zozobrar a una comunidad de frailes impactados por el suicidio repentino del hermano Abel, “un farsante”, afirma Pombo, “un farsante a la manera de San Manuel Bueno Mártir”.

Y es que parece que urge hablar de los temas que la gente dicta que se deben hablar. Con el riesgo de que si te atreves a ahondar en las crisis de fe, el sentimiento de abandono, la cercanía de la muerte, la orfandad de espíritu, el frío de las tinieblas, la rendición ante el compromiso, a nadie le importe. Pero es eso lo que trata Pombo tras haber ganado el Premio Nadal con la brillante novela El temblor del héroe.

Lo hace con su brillante estilo de turbulencias. Ese que eleva los niveles de conversación de los personajes a las alturas al tiempo que los hace caer de golpe e intencionadamente hasta la vulgaridad. En la genialidad de Pombo no cabe el equilibrio. Menos cuando habla de Cristo y la fe: “Es que el drama de esta religión radica en que cuando se percibe al Cristo físicamente, este desaparece. Así es como se mueve en una difícil dialéctica”.

Hay vacío en la nueva obra de Pombo. O más bien, miedo al vacío. “Yo hubiese querido titularla El peragarzal, que es lo que para nosotros es un páramo, pero no me dejaron”, explica. Una palabra muy granaína, que es donde sitúa Pombo el convento para una historia que engarza con otras obras suyas como La cuadratura del círculo o El cielo raso. Una oración. “Mi poesía también es una oración”, afirma. Cree que viene bien: “El silencio, como el yoga, de lo que se trata con tanta repetición cuando se reza es de trascender ese bullicio interno del yo”, asegura.

No para hallar la paz, como en el caso del padre Abel, que ya no puede seguir creyendo y por eso se cuelga de una viga. “Eso pasa, la gente se suicida, se suicida mucho”. Y se desahoga. Literariamente también, aunque estos monjes consideran la escritura como un pecado de soberbia. “En el fondo quien tiene miedo a la escritura soy yo”, comenta Álvaro Pombo, que añade: “Te pasas años metido en un mundo que consideras fascinante y que por tanto esperas que sea fascinante para mucha gente y luego no lo es”.

¿Cansado, quizás? ¿Como Ratzinger? ¿De retirada? “A mí me parece muy interesante lo que ha hecho y de una enorme honradez, la retirada, algo que va directamente contra el concepto de infalibilidad”, comenta Pombo. Aunque, de momento, él no lo contempla para sí con tres libros como tiene pensado sacar este año: “Es una de las ventajas de la reclusión. Que produces”.