El comandante que miraba a Hollywood
El régimen venezolano intentó plasmar en la gran pantalla la historia de grandes personajes históricos libertadores como Simón Bolívar

Sean Penn y Oliver Stone no tardaron en ofrecer, directamente o desde Twitter, sus condolencias por la muerte de su amigo Hugo Chávez. Aunque poco interesado por el arte en general, tuvo el presidente venezolano manifiesta debilidad por Hollywood. Llegó a pisar la alfombra roja del Festival de Venecia, en 2009, con actitud de estrella rutilante, como protagonista del documental South of the Border, en el que Stone ensalzaba su gestión bolivariana. Hizo amistad también con Susan Sarandon, Tim Robbins y Danny Glover. En el largo período chavista, el cine venezolano quizá fue el arte que más crecimiento tuvo, aunque muchas de las películas triunfadoras fueron iniciativas privadas, levantadas con mucha dificultad. No obstante, el apoyo gubernamental lo tuvieron, de manera generosa, proyectos que conectaban directamente con la alabanza a figuras históricas y héroes patrios, que eran los mismos que con frecuencia se citaban como ejemplo en el discurso bolivariano del presidente.
Lo más relevante es que con Chávez se puso en marcha el proyecto de La Villa del Cine, una productora estatal con aspiraciones a Cinecittá, donde se rodaron muchas de estas películas históricas, generalmente vinculadas con la emancipación libertadora de Simón Bolívar, personaje que se convirtió en la base fundamental del pensamiento y la cultura chavistas. Manuela Sáez (Diego Rísquez, 2000), Francisco de Miranda (D. Rísquez, 2006), Miranda regresa (primera película de La Villa, dirigida por Luis Alberto Lamata, con Danny Glover, 2007), Zamora (Román Chalbaud, 2009) o El libertador (de Alberto Arvelo, coproducción con España, aún por estrenar) son títulos de ideología típicamente chavista, algunos de ellos con carácter de superproducción, que vuelven una y otra vez sobre la gesta independentista del país.
También prosperó cierto cine político, que intentaba desentrañar y justificar el fenómeno del chavismo. Román Chalbaud y Carlos Azpúrua, cineastas de larga trayectoria y afines a Chávez, supieron canalizar estos intereses del poder en filmes como El caracazo (2005), en su momento la producción más cara del país, donde se relataba el estallido de ira de los venezolanos ante el gobierno de Carlos Andrés Pérez, y que pese a su fracaso de taquilla fue calificada públicamente por Chávez de “peliculón” o Amaneció de golpe (1998), filme previo al chavismo pero largamente alabado por el presidente, en el que se narraba su primer y fallido intento de golpe de estado.
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