Que sea común no lo hace bueno: lo que la ira por hambre dice de nosotros

El problema no es que un estómago vacío acabe enojándote, sino lo que implica llegar hasta ese punto

La ira por hambre se apodera de las personas con una capacidad baja para escucharse a sí mismas.
La ira por hambre se apodera de las personas con una capacidad baja para escucharse a sí mismas.Ilka & Franz / Getty

Los ingleses tienen una palabra para definirlo: hangry, de angry (enfadado) más hungry (hambriento). En español no hay nada parecido, pero la sensación la conocemos bien. “Mi momento tenso de los viajes en pareja siempre ha tenido que ver con no encontrar restaurante cuando me moría de hambre. Pero no un enfado en plan ‘quiero llegar ya a un bar en el que comer’, sino de echar cosas del pasado en cara sin saber muy bien por qué, y acabar casi gritando”, dice una hangry de manual que prefiere no desvelar su nombre.

Hace un par de años un estudio publicado en la revista científica Emotion ahondó en las posibles causas de este arrebato de furia, arrojando al menos dos conclusiones: sucede con más frecuencia en contextos desagradables (el estómago ruge más en un atasco que en una fiesta) y se apodera de las personas con una capacidad baja para escucharse a sí mismas, fisiológica y emocionalmente. Los expertos consultados dicen que se trata solo del boceto de una cuestión aún farragosa. Y todos conceden que la ira por hambre existe. Vaya que si existe...

Aunque Giuseppe Russolillo, presidente de la Academia Española de Nutrición y Dietética, afirma que esa irritabilidad ante la ausencia de alimentos es un instinto natural (“los sistemas de defensa del organismo se activan para conseguir alimentos”), achaca el hecho de que suceda con frecuencia a un error de bulto: hemos dejado de escuchar a nuestro cuerpo. “Si estás delante del ordenador, trabajando, y empiezas a tener hambre pero aguantas y aguantas, acallando lo que tu organismo dice para teclear más y más, tu estómago acabará rugiendo como un león”.

La conexión cerebro-aparato digestivo se da en ambos sentidos: existen los gases por estrés.

Y pobre del que se cruce con ese monstruo emocional de camino a la nevera: “Una vez allí, es probable que arrases con todo, y que lo hagas tan deprisa que no te dé tiempo a escuchar las señales de saciedad que envía tu cerebro para que pares”. Es decir, el encontronazo previo es solo una manifestación más de un problema; el atracón es la otra. “Esta conducta está en la base de muchos trastornos alimentarios”, advierte el dietista-nutricionista. Por ello, anima a reconciliarnos con los mensajes del cuerpo. “Los que avisan del hambre varían de una persona a otra, aunque suelen ser la fatiga, el cansancio, la cefalea, el malestar y los borborismos (rugidos gastrointestinales). Lo importante es que cada uno conozca los suyos”, añade el dietista-nutricionista Néstor Benítez.

Hay que actuar antes de que estalle la tormenta. Continúa Russolillo: “Si te fijas, todo tiene que ver con lo mismo: vivir más lento, dedicar al menos una o dos horas al día a cocinar para profundizar en nuestra relación con la comida, sentarse a desayunar y a compartir los alimentos... Lo haría todo más fácil”. De ahí que ambos expertos coincidan en que si alguien la monta a menudo por un bocado de menos, nada como pedir ayuda a un psicólogo, el profesional apto para guiarte en el desafío que supone bajar el ritmo, y mano a mano con los dietistas-nutricionistas en cada vez más asuntos.

Al diván que nos vamos

José Antonio Portellano, psicólogo clínico y profesor en la Universidad Complutense de Madrid, explica así la ira por hambre: “La razón principal [del estallido] estriba en el conjunto de cambios fisiológicos que se producen de modo automático en el organismo y, particularmente, en nuestro cerebro, cuando sentimos hambre. Determinadas estructuras cerebrales como el hipotálamo y sustancias químicas como hormonas, neurotransmisores o carbohidratos provocan reacciones de enfado. La disminución de los niveles de glucosa es también un factor facilitador del enojo”. Pero insiste en que hay pautas para controlarlo: “Existen condicionantes: contexto, personalidad, educación... Y, en general, las personas impulsivas tienden a padecerlo más. Ahora bien, con entrenamiento es posible modular la respuesta ante todas las emociones. Tomar conciencia de ellas es el camino para autorregularse: verbalizarlas, darse automensajes constructivos...”.

Si, directamente, lo que quieres es evitar su aparición, el neuropsicólogo aconseja, amén de aguzar los sentidos, mantener unos horarios estrictos de comida y picar siempre algo antes de una reunión o actividad importante que no desee arruinar. Y una regla de oro: “No discutas con la pareja con el estómago vacío”.

Esta y otras historias te esperan en el nuevo número de BUENAVIDA, que podrás encontrar en el quiosco, gratis, con EL PAÍS.

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